Jojo Rabbit

Seis candidaturas a los Óscars y una gran proyección mediática para una comedia sobre la Alemania nazi. “Jojo Rabbit”, despreocupadamente, convierte a Hitler en entretenimiento inofensivo.

El estreno de “Jojo Rabbit” ha levantado controversia y suscitado varios debates, especialmente tras el respaldo mediático que suponen seis candidaturas a los Óscars incluyendo las de mejor película, mejor dirección y mejor actriz de reparto para Scarlett Johansson. La polémica es esperable en una comedia satírica ambientada en la Alemania nazi y que contiene una encarnación de Adolf Hitler pero, a pesar del riesgo temático, este filme es un atrevimiento comedido.

Jojo es un niño de diez años que tiene como amigo imaginario a Adolf Hitler y quien, mientras asiste a una escuela para ser un buen joven nazi, vive los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial. En “Jojo Rabbit” los soldados alemanes y Adolf Hitler son presentados como unos bufones, las ideas de Jojo como el resultado de la influencia externa y, entre gag y gag, hay momentos de redención para todos. La película, tras media hora en la que apunta irreverencia y promete impactar al espectador, apuesta por un tono seguro y un desarrollo de idealizada fantasía.

Si hay ofensa en presentar una sátira sobre temáticas que podrían ser terreno vetado, “Jojo Rabbit” tiene grandes precedentes que la defienden. De los iniciales, el más destacable es “El gran dictador” (1940) de Charles Chaplin, y otros cómicos como Mel Brooks en “Soy o no soy” (1983) o Roberto Benigni en “La vida es Bella” (1997) han seguido la senda de Chaplin. El director neozelandés Taika Waititi no es un reconocido cómico como los tres anteriores y viene promocionado por ser el responsable de la película de superhéroes “Thor: Ragnarok”, pero suya también es la vibrante, divertida e inteligente “Hunt for the Wilderpeople: a la caza de los ñumanos”. Su “Jojo Rabbit” es, a pesar del envoltorio, edulcorada y se aleja completamente de otra tradición fílmica que emplea a la Alemania nazi, más cercana a películas de serie B, en el género conocido como “Naziexplotation” y que Quentin Tarantino homenajeó en “Malditos bastardos”.

Frente a actos de horror, existen múltiples voces que categóricamente niegan la posibilidad de que éstos sean material de comedia, aunque sí posibilitan una exploración dramática. Es lógico que tratar burlescamente horrores como campos de concentración, violaciones o abusos, se pueda leer como una falta de comprensión del dolor causado, de las causas del acto y de sus profundas consecuencias. Al mismo tiempo, es necesario reivindicar el poder catártico de la comedia. La tradición del drama y la tragedia como beneficio catártico para la sociedad viene asentada desde la “Poética” de Aristóteles y es muy probable que, si no se hubiera perdido el tratado sobre la comedia escrito por el filósofo griego, la comedia hubiera tenido una posición histórica y social considerablemente más elevada.

Muchas veces es una cuestión de sensibilidad en la comedia. El director Taika Waititi, quien interpreta también a Adolf Hitler en la película y firma el guion, ha comentado en entrevistas que no ha realizado una especial labor de documentación para preparar la película, a la cual inserta en la tradición de “El gran dictador”. Charles Chaplin la rodó al principio de la Segunda Guerra Mundial y aquí vale la pena recuperar una reflexión de Chaplin de su autobiografía, donde afirma que “si hubiera sabido de los horrores de los campos de concentración alemanes, no hubiera hecho “El gran dictador”, no hubiera podido hacer burla de la locura homicida de los Nazis.” Otro gran genio cómico, Jerry Lewis, dirigió y protagonizó una de las leyendas fílmicas de Hollywood que lleva por título “El día que el payaso lloró”. En ella, supuestamente, un payaso es llevado a un campo de concentración acompañando a niños judíos a su muerte. Es difícil hablar de ella ya que nadie ha visto el filme. Jerry Lewis, tras acabar el montaje, asumió las pérdidas económicas con tal de que la película nunca viera la luz del día. Allí donde Jerry Lewis fracasó, Roberto Benigni lo intentó con “La vida es bella”. Su comedia slapstick y su humor fueron recibidos con gran éxito y críticas cuestionando su acercamiento. Benigni defendió de forma aristotélica su película, una tragedia disfrazada de comedia, afirmando que “reír y llorar vienen del mismo lugar del alma, ¿no? Yo cuento historias: el quid de la cuestión es lograr belleza, poesía. Da igual si es en comedia o tragedia. Son lo mismo si llegas a la belleza.” En respuesta a Benigni, uno puede pensar en la mítica frase de Theodor Adorno, en la que afirma que hacer poesía tras Auschwitz es sencillamente barbárico.

A diferencia de “La vida es bella” de Benigni, “Jojo Rabbit” huye del horror para quedarse solamente con la comedia. Ambas son bienintencionadas, tal vez en exceso, pero “Jojo Rabbit” hace un acto de escapismo y rápidamente abandona cualquier pretensión crítica, mordaz y profunda para quedarse en la caricatura. Y aquí es donde radica el verdadero riesgo.

Es en el acto de la burla fácil donde uno se plantea no si es lícito que la comedia aborde cualquier tema sino si la comedia burlesca no está creando una desactivación de ciertos peligros. Cuando Donald Trump fue elegido, con un discurso nacionalista de tintes racistas y sexistas, muchas miradas se volvieron hacia los presentadores de programas conocidos como “talk-shows” y conducidos por Conan O’Brien, John Oliver, Seth Meyers o Jimmy Fallon entre otros. Durante la campaña todos ellos se dedicaron a ridiculizar sin descanso al entonces candidato. No es un caso aislado, el considerado “bufón” Boris Johnson, por ejemplo, es ahora el Primer Ministro del Reino Unido. La burla de líderes ha tenido múltiples consecuencias, y el reducir la importancia de palabras y acciones tratándolas como comedia fácil ha logrado que renunciemos a pedirles responsabilidades por las mismas. Además, el ridiculizarles solo ha logrado crear defensores a ultranza y una imagen de que ciertos líderes son víctimas de un linchamiento pueril e injusto por parte de lo que sus defensores definen como la intelectualidad de izquierdas.

El auge de la extrema derecha ya no es una tendencia sino una realidad en Europa, incluyendo España y Alemania. El riesgo que ha corrido Taika Waititi con “Jojo Rabbit” no es el de haber rodado una película controvertida sino el de lograr el objetivo opuesto a su intención. Con la burla fácil, la crítica se ve desarmada, y la película simplifica en tal medida el nazismo y el discurso nacionalista de extrema derecha que minimiza su peligro. Solo hay que consultar los resultados de las elecciones para valorar las consecuencias de la burla fácil en la historia reciente y ver que, a pesar del entretenimiento que proporcione un producto cultural, ciertos momentos pueden requerir dejar de reírse y tomarse la situación en serio. Se puede lograr con la comedia, por supuesto, pero “Jojo Rabbit” confunde trasfondo con escenario, crítica con burla, juicio con entretenimiento. Y así, Adolf Hitler no ofende a nadie, y tal vez debería.

Ficha técnica:

Director: Taika Waititi. Intérpretes: Roman Griffin Davis, Thomasin McKenzie, Scarlett Johansson y Taika Waititi. Año: 2019. Duración: 132 min. Idioma original: Francés.

 

 

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