Crítica: «La camarista» (2018)

La camarista

El término “camarista” para denominar a las personas que trabajan en hoteles es representativo de la película, ya que es un sustantivo intrínsecamente mexicano pero claro para cualquier hispanohablante. Del mismo modo, esta película logra construir una bella, contenida y metafórica historia acerca de la desigualdad, la soledad, la invisibilidad y la emancipación a través de una realidad social mexicana que reverbera de forma universal.

La cámara de la directora Lila Avilés, con un estilo que recuerda al género documental, sigue de cerca las jornadas de trabajo de Eve, empleada de un hotel de 5 estrellas en México capital. El día a día de Eve consiste en entrar en habitaciones vacías, hacer camas y satisfacer las peticiones de unos huéspedes transitorios mientras ella aguarda la confirmación de un ascenso al último piso, donde se encargaría de las suites.

la camarista

El hotel se presenta como un perfecto microcosmos donde la separación de clases se hace palpable en cada momento, donde es evidente la situación de violencia económica contra un colectivo mayoritariamente formado por mujeres (en España supera el 80%) cuya función es limpiar el escenario de las vidas de otras personas mientras ellas permanecen entre bastidores dejando una mínima huella de su propia existencia. Sin embargo, “La camarista” excede una posible aspiración de retrato social y construye el personaje central Eve con una sutil poeticidad mediante una lírica de la ausencia.

Eve llama a puertas donde nadie contesta. Entra en espacios que habitan la frontera que separa el ámbito público del privado, habitaciones que son su lugar de trabajo pero temporales ventanas que muestran la intimidad de sus ocupantes. Cada habitación es una puerta giratoria de vidas, donde Eve entra en contacto con ellas normalmente no a través de la presencia de las personas pero a través de la ausencia de ellas y de los objectos, pedazos y desechos que dejan atrás. Así, Eve construye su mundo a través de la relación que crea con el rastro de estas otras vidas pero, tal y como un día aparecen, desaparecen de la realidad diaria de esta camarista. Y entonces el mundo de Eve cambia y Eve despoja la habitación de cualquier recuerdo para convertirla de nuevo en un receptáculo aséptico.

A veces hay un contacto humano fugaz a través de la presencia, y es en estos pasajeros encuentros donde la diferencia de clase social entre camarista y huésped conlleva una ceguera de la humanidad de Eve a ojos de los hospedados. Eve, para ellos, no deja de ser una función, parte del engranaje del hotel.

El hotel es un espacio de tránsito donde, sin embargo, existe una población fija de trabajadores. Tienen instalaciones propias como su comedor, un sistema social organizado a través de estructuras jerárquicas, mecanismos de solidaridad. Es un mundo cerrado, donde la mayor aspiración de las camaristas es llegar al piso 42, el más alto del edificio, cumbre metafórica y física de sus posibilidades laborales y la cual se presenta como la puerta hacia una vida mejor, pero es donde el verdadero lujo inalcanzable evidencia la profunda separación social. El viaje de Eve es uno de construcción personal donde, a través de una serie de cuidadas escenas, Eve evoluciona de ser en apariencia un pasivo receptáculo de experiencias y emociones a tomar control de su propia identidad.

Para mostrar la vida del hotel y la transformación de Eve, la directora Lila Avilés recurre a una sobria cinematografía que nunca se separa de Eve, y deja que sea el silencio quien haga reverberar las implicaciones y la profundidad metafórica de las escenas del filme. “La camarista” es un ejercicio de contención tanto a nivel interpretativo, gracias a la espléndida actuación de su protagonista Gabriela Cartol, como un ejemplo escenificado de la máxima que, a veces, mostrar menos es más. El espectador nunca asiste a la vida de Eve fuera del hotel, nunca oye la voz de su hijo pequeño al otro lado de las conversaciones telefónicas que mantiene con él. La película es tanto una interpretación literal y metafórica de lo que se ve como una lectura entre líneas de lo que se oculta, donde el espectador rellena los espacios de indeterminación que la película crea.

“La camarista” se estrena en España coincidiendo con las celebraciones del 8 de marzo, Día de la Mujer. Este filme se encuentra dirigido por una mujer, está coescrito por la propia directora y se encuentra protagonizado por un personaje femenino, con lo que desafortunadamente representa una anomalía en las tres categorías, aún hoy en día. Según datos del último anuario estadístico de cine mexicano (2018), el 25% de los largometrajes fueron dirigidos por una mujer, incluyendo documentales. En Hollywood, según un estudio de UCLA de 2020, las mujeres representan un 15% de los directores de las 200 películas más taquilleras, y un 17% de los guionistas. Según datos del Ministerio de Cultura de España de 2020, el 17% de los largometrajes de producción española son dirigidos o codirigidos por mujeres, un 10% de los guiones son firmados por mujeres y otro 10% firmado de forma mixta por guionistas masculinos y femeninos. En cuanto a personajes protagonistas, en Hollywood un 43% de los protagonistas o co-protagonistas son interpretados por mujeres, aunque no se especifica qué porcentaje son más que un simple interés amoroso del protagonista masculino ni cuáles superarían el test de Bechdel[1]. En España, según datos de hace dos años, sitúan la cifra de roles protagonistas femeninos entre el 30 y el 38% del total sin valorar detalles de estos protagonismos. Esperemos que llegue el día en que películas como “La camarista” no necesiten ser estrenadas en vísperas del Día de la Mujer como acto reivindicativo.

Este largometraje dirigido por Lila Avilés fue el seleccionado por México para representar al país en los pasados Óscars y candidato a la mejor película iberoamericana en los recientes Goya. Tuvo 7 años de preparación y 17 días de rodaje, la inspiración de “Hotel” de la artista y fotógrafa Sophie Calle, un presupuesto extremadamente limitado y el apoyo de multitud de gente anónima, especialmente de la que trabaja en el hotel donde se rodó. “La camarista” es la historia de emancipación de su protagonista dentro de un sistema de separación social, una película sobre la soledad y la invisibilidad, pero es también una muestra de empeño silencioso que busca revelar un retrato humano y que, sin pretenderlo, resulta en una ópera prima íntegra y honesta que sabe darle respuesta a la gran “Roma” de Alfonso Cuarón.

Ficha técnica:

Director: Lila Avilés.

Intérpretes: Gabriela Cartol, Agustina Quinci y Teresa Sánchez.

Año: 2018.

Duración: 102 min.

Idioma original: Español.

 

Trailer:

[1] El test de Bechel coge su nombre de su formuladora, la novelista gráfica Alison Bechel. Para medir la representación de las mujeres en la ficción, el test de Bechel enuncia tres preguntas: si hay como mínimo dos mujeres representadas en la obra, si hablan entre ellas y si hablan de otra cosa que no sean los personajes masculinos.

 

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