Sobre víctimas, exilios, homenajes y algunas posibles confusiones

“Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos”
César Vallejo

Han pasado ochenta años desde entonces. Desde aquella nieve que cubría los caminos cuando la guerra ya prácticamente la había ganado el Ejército franquista, con la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista. Y con la neutralidad insultante de Francia y Gran Bretaña. La guerra, aquella guerra “con cara de malo de cine”, que decía Blas de Otero. Esa hilera amarga de gentes apenas cubiertas con las mantas del desamparo. La derrota. La callada persistencia de la derrota en las escuelas y las casas de la dictadura. La inmensa, irremediable tristeza de Antonio Machado en las tardes escolares, con la lluvia abrillantando los cristales de un miedo que se confundía con la inocencia infantil de los años primeros. Las imágenes en blanco y negro de la Retirada. Así llaman en Francia al éxodo republicano que confiaba en que detrás de las montañas estaba la playa. Y sí que estaba la playa. Es verdad que al otro lado de la frontera estaba la playa. Pero no era la playa que la huida esperaba. Volvía a ser esa playa la misma intemperie que los caminos acribillados por los aviones fascistas, cuando la diáspora, con una mirada perdida, sin amarres, buscaba la frontera francesa en aquel inhóspito invierno de 1939.

Se cumplen ahora ochenta años de la Retirada. Se cumplen más desde los primeros éxodos por los cruces de Hendaya. Ahora empezarán –ya han empezado– a escucharse voces exigiendo y con razón la reparación de aquellas víctimas. Y se hablará –ya se está hablando– del exilio, de aquella fila inacabable que no sabía si el viaje volvería alguna vez a ser el del regreso. “Mira enrere, a la terra que deixa i on no sap si tornará mai més” (Mira atrás, a la tierra que abandona y a la que no sabe si volverá algún día), escribe Margarida Aritzeta en su magnífica novela El pou dels maquis. No se sabía entonces que del exilio nadie regresa nunca, que cuando nos obligan a abandonar la vida y los sitios en que vivíamos esa vida, el regreso es imposible. El exilio parte en dos la biografía de la derrota. Rafael regresó a Gestalgar, mi pequeño pueblo del monte, cuando ya era muy mayor. En Francia siempre fue el español. Aquí, en este mismo sitio donde escribo, nunca dejó de ser, hasta que se murió hace unos años, el francés.

La memoria de aquellos días regresa este año en su ochenta aniversario. El Gobierno y muchas de las instituciones políticas y culturales que de él dependen se afanan –dicen– en organizar homenajes a esa memoria. Bienvenidos sean esos homenajes. La sequía memorialista es aquí de antología. La historia turbia de un país perdido en la extrañeza, en la ignorancia de lo que pasó, en una realidad atípica que lo ha convertido en una maldita anomalía: las cunetas llenas de muertos, los cementerios llenos de fosas comunes, el robo de las casas que todavía siguen en manos de quienes se las apropiaron porque habían ganado la guerra. La memoria, sí, los merecidos homenajes a las víctimas…

Aquí, llegados a este punto, una pregunta: ¿esa memoria, esos homenajes a las víctimas, llegan para quedarse?

Y mi respuesta rápida: pues la verdad es que no lo sé, pero no soy del todo optimista. Los homenajes tienen algo que demasiadas veces los convierte en humo. Duran, esos homenajes, lo que una señal india en las Montañas Rocosas. El año 2019 será el del reconocimiento a un tiempo que el franquismo nos robó a quienes vinimos luego (eso que algunos estudios han llamado posmemoria) y, sobre todo, al tiempo que tanta gente de entonces tuvo que vivir en las sombras de la represión interior y en los cielos agrestes y extranjeros del exilio. Pero también tienen los homenajes otra cualidad: la de la confusión. Algunas veces esos homenajes se convierten en una masa deforme de la moral y de la historia. Por ejemplo: en el año 2002, bajo el paraguas de la Fundación Pablo Iglesias, organizaron Alfonso Guerra y Virgilio Zapatero unas grandes celebraciones sobre el exilio. Se llamaba así, simplemente, ese calendario de celebraciones: Exilio. Podría pensarse, y con razón, que se refería al exilio republicano. Normal, ¿no? Pues no. Se refería a todos los exilios. De hecho, el Comité de Honor de aquellos fastos lo presidía S. M. el Rey, o sea, el hoy emérito Juan Carlos I. Y más aún: en la exposición había una vitrina dedicada a la monarquía borbónica. O sea: hay veces en que es mejor no organizar nada para evitarnos la vergüenza de ver cómo la historia se ve convertida, por quien la cuenta, en un insoportable ejercicio de cinismo.

Ahora mismo, esos homenajes a las víctimas se anuncian principalmente en el ámbito del exilio. No digo yo que eso sea inútil. Para nada lo digo. Desde hace muchos años -y con mucha otra gente- participo, aquí y sobre todo en Francia, en numerosas actividades sobre el exilio republicano español. Pero si sólo se refieren los homenajes a las víctimas del exilio y las conmemoraciones son en territorio extranjero, puede suceder lo que ya ha pasado otras veces. Por ejemplo, cuando en 2015 el rey Felipe VI homenajea en París a los miembros españoles de la Nueve que liberaron la ciudad de la ocupación nazi en agosto de 1944 y se olvida en sus discursos, cuando vuelve a casa por Nochebuena, de quienes siguen enterrados en las cunetas y en las fosas comunes, asesinados (que no “fusilados”) por haber defendido la República contra el Ejército golpista. Por lo tanto, habría que completar el itinerario memorialista de la Retirada aquí mismo y con quienes aquí se quedaron y sufrieron cárcel y humillaciones a destajo, con quienes fueron asesinados frente a las tapias de los cementerios o en las orillas de las carreteras. Pero ya ven ustedes: aún hoy hemos de soportar las burlas de Pablo Casado cuando se refiere a esos crímenes y a la rabia y la tristeza de las familias afectadas que hablan de completar el duelo encontrando, primero, y desenterrando después, a las víctimas.

No puede haber dos lenguajes para la memoria: uno para fuera y otro para dentro. El exilio, las cárceles, el ricino, el pelo rapado para humillar a las mujeres y las fosas comunes son parte de una misma historia. Y aún añadiría otra cosa, para mí importante, en estas seguramente torpes reflexiones: como dice el profesor Sergio Sevilla en un artículo precioso y necesario sobre el “lenguaje de la memoria”, hemos de referirnos no sólo al contenido moral de nuestros homenajes, sino que esos homenajes (yo lo digo con otras palabras y espero no traicionar demasiado las de mi admirado amigo y maestro) han de ser contemplados también desde lo político. Hablando en plata: el franquismo -y ahí sigue su máximo responsable, en su tumba faraónica- ha de ser juzgado y claramente expulsado de nuestra cultura democrática, sin medias tintas, sin remedios hechiceros ni cirugías plásticas que cambian el cuerpo por fuera y dejan intocado -en el caso del franquismo- ese tiempo interior que fue el del horror extremo en sus cuarenta larguísimos años de existencia.

Repito ahora, aunque con una formulación distinta, la misma pregunta de antes: cuando se acabe el año 2019, ¿qué?

Si cuando se acabe el año 2019 gobiernan las derechas, no hay duda: se acabó lo que se daba. Ni homenajes a las víctimas ni nada que se le parezca. Volverán los homenajes a aquel lejano 1 de abril de 1939: las víctimas volverán a ser sólo las suyas. Ya lo ha dicho Abascal hablando de Vox: “Somos la voz de aquellos que tuvieron padres en el bando nacional”. Las víctimas republicanas de la guerra y de la dictadura franquista seguirán en los desvanes del olvido, cuando no, abiertamente, en los del desprecio y la humillación porque quien pierde una guerra se convierte, en el lenguaje de quienes la ganan, en escoria. Pero mi pregunta se dirige, sobre todo, a esa otra posibilidad, a la posibilidad de que al acabar 2019 no gobiernen las derechas. El mejor homenaje a las víctimas que sufrieron o murieron defendiendo la legalidad republicana –en la guerra y en la dictadura– es el que no se limita a una fecha en los calendarios de la memoria y de la historia. La única manera de que la confusión se acabe es que las políticas de Estado en la materia dejen de ser miedosas, dejen de estar sometidas a las estrategias y los resultados electorales, dejen de esconderse en el artificio puntual de los aniversarios para erigirse en un puntal enorme y poderoso de los derechos humanos.

Se cumplen ahora ochenta años de aquel invierno lleno de nieve y sueños rotos. Aquellas miradas que sólo alcanzaban el vacío. A sus espaldas quedaban familias enteras sometidas a la devastación franquista. Estos días, y posiblemente a lo largo de todo el año, volveremos a encontrarnos con esas miradas a punto de llegar a la frontera francesa. Esas miradas -digo yo- que Walter Benjamin veía en la fotografía de Kafka tan famosa de su infancia. “Unos ojos inconmensurablemente tristes”, escribía el filósofo que tanto nos ha enseñado sobre exilios y derrotas. La hilera humana de la Retirada miraba así, con esa tristeza de pesadumbre infinita. Pensaban que pronto el mar iluminaría su mirada en el paso de frontera. También, cuando se suben a las barcazas de papel, esperan eso (“el derecho a la vida y el derecho de asilo”, como dice y exige mi siempre imprescindible Javier de Lucas), todos los exiliados de la tierra que ahora mismo buscan nuevos horizontes. Y lo que encuentran esos exiliados, como aquellas hileras republicanas de 1939, es esa dura palabra que cierra El coronel no tiene quien le escriba, uno de los mejores relatos de García Márquez: ¡mierda!

Artículo publicado originalmente en Infolibre
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