¿Por qué salen gratis las mentiras?

cinismo

Les importa un pito el sufrimiento de la gente. Y también les importa un pito que la gente se esté muriendo en los hospitales, en las casas, en las residencias, en cualquier sitio donde la pandemia llega y asienta implacable la desdicha. Les da igual que el desasosiego ocupe las horas solitarias del confinamiento. Y que los balcones se llenen de solidaridad hacia quienes se están dejando la vida en el trance insoportable de tantas y tantas muertes más o menos anunciadas.

Siempre hemos sabido que hay gente y gentuza, personas buenas como decía Antonio Machado y criminales que sólo necesitan, para hacer daño, un ordenador, una tertulia radiofónica o televisiva y el altavoz que les supone disponer de un escaño en alguna sede parlamentaria, autonómica o municipal. Siempre hemos sabido que la mentira emborrona la realidad, pero aún es peor cuando se convierte en el alimento principal del cinismo, de ese cinismo que demuestran quienes disfrutan expandiéndola sin sordina allá donde alcanzan sus poderosos medios de contaminación informativa: como si la verdad y la mentira sirvieran lo mismo para explicar lo que nos pasa. La crisis que estamos padeciendo es también, como la económica de 2008, una crisis moral. Veo las caras de la mala gente y me enrabieta el temple firme de su facilidad para la mentira. No hay nerviosismo cuando salen en la tele o en las redes sociales y se ponen a soltar auténticas bombas de relojería para socavar las raíces más profundas de lo que estamos sufriendo.

Lo que persigue esa marabunta de iniquidades a destajo no es aliviar ese sufrimiento, sino convertirlo en bayoneta calada contra el corazón de un país que está intentando salir de una situación infelizmente extraordinaria. Sólo pretenden, esos del cinismo y la mentira, cambiar el gobierno elegido democráticamente (con todos sus aciertos y sus errores en la gestión de la pandemia) por otro que sea de su cuerda, que les devuelva el cadáver nada exquisito de su pasado vergonzoso, que nos convierta, a quienes no pensamos como ellos, en una simple excusa para que puedan mearse burlonamente en nuestra cara. Los bulos lo están acaparando todo. Y cuesta mucho desbaratarlos, descubrir a sus autores porque las redes sociales tienen también la obscena contrapartida del anonimato. Pero, si no a todos, sí que tenemos bien a la vista a muchos de esos que mienten más que respiran. Y que, con nombres y apellidos, se enorgullecen de esas mentiras.

Seguimos viendo cómo esos disparates no tienen interés para la justicia, que nunca les pasa nada a los mentirosos, que disfrutan, esos mentirosos, de una más que extraña impunidad. Desde el PP y Vox salen cada día baterías bien pertrechadas de bulos para convertir el dolor en algo secundario, cuando el dolor lo que necesita no son precisamente mentiras, sino la verdad y el respeto que se merece la sociedad entera, y más que nadie quien lo está sufriendo con una crueldad que se nos hace insoportable. No es eso que exhiben libertad de expresión sino su turbadora pestilencia. Hablan de patriotismo y lo que quieren en realidad –permítanme la palabra tan de moda– es poner a la democracia en cuarentena. Hacer ese tipo de oposición al gobierno, cuando la muerte lleva tantos días convirtiendo los sueños en la más goyesca de las pesadillas, es de una indecencia que asusta. Se sabe que mienten, que presumen grotescamente de su indecencia, de esa ruindad que lo convierte todo –hasta la vida misma– en un campo minado para la esperanza.

Lo que no saben es que, como dice Marguerite Duras en El dolor, un libro impresionante, es que el dolor que nos provoca lo que está pasando lo tenemos “implantado en la esperanza”. Con los dos andamos en estos días llenos de tristeza. Pero también, no lo podemos olvidar, de esa música que cada tarde sale a los balcones para decir bien alto que hay otra patria distinta a la que predican los de las mentiras. La patria del bien común, de la solidaridad, de la urgente y apasionada defensa de lo público como patrimonio colectivo. Con esa patria nos encontramos todos los días a las ocho de la tarde. Y ahí vamos a seguir, porque a veces, a pesar de los tiempos difíciles y como cantaba Luis Eduardo Aute, “la vida te espera con los brazos abiertos y el firme deseo de hacerte feliz”. El camino será largo, y tortuoso como también cantaban los Beatles. Pero esos de las mentiras no van a salirse con la suya. Seguro que no. Seguro.

 

Artículo publicado originalmente en Infolibre.

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