Esa patria hostil de apocalipsis y cinismo

Leo lo que dice esa patria y me da vergüenza. Y rabia. Mucha rabia. Hablan como si para ellos, sus defensores a grito pelado y amenazante, hablar, mentir y ofender fueran una misma y única cosa.

El nuevo gobierno progresista es para ellos el de la anti-España. Nos espera la ruina económica porque la nómina presupuestaria de los miembros del nuevo gabinete no la podrán soportar las arcas públicas. Y dicen eso, precisamente, quienes desde el PP arruinaron este país con las famosas cajas B que convertían a su partido –según la propia justicia– en una banda criminal. Lo dicen quienes se dedicaron, con una ferocidad codiciosa que aterra, a esconder sus capitales en paraísos fiscales. Lo dicen quienes se acogieron a una amnistía fiscal, propiciada por los suyos, que era una manera de cotizar a la baja quienes habían adelgazado sin contemplaciones la hacienda pública. Lo dice ese mundo financiero que nos debe casi cincuenta mil millones de euros que se cobraron de la caja pública los bancos, cuando su rescate por el Estado. Lo dice, también, gente como ese Abascal que se pasó años cobrando en Madrid una pasta gansa y sabrosona de fondos públicos sin dar un palo al agua. La ruina económica de verdad es la que nos han dejado en herencia, de cuando gobernaron, esos que ahora ven la patria, la suya, amenazada.

El desastre que nos espera, anunciado con ruido de tambores (los sables, ahora, no se estilan) por la derecha y la extrema derecha (¿no son lo mismo, al menos hasta ahora?) también contempla otra ruina: la moral. El país se desangrará en una lujuria sin límites y la inaguantable, para las buenas gentes, obscenidad de las costumbres. La Iglesia, esa misma Iglesia que llevó a la dictadura bajo palio, ha soltado sin reparos sus homilías apocalípticas a la hora de enjuiciar al nuevo gobierno progresista.

Y la justicia, ¿qué? Tampoco se han callado, a la hora de hablar de la justicia, esas voces que anuncian mil clases de peste en todas sus proclamas. Como si fuéramos idiotas y no nos enterásemos de nada, gritan que nombrar a la exministra socialista Dolores Delgado Fiscal General del Estado es no respetar la división de poderes. ¿Habrá algún partido en el planeta que haya ensuciado más el nombre de Montesquieu que el Partido Popular de Aznar, Rajoy y ese alumno aventajado en lo peor que está demostrando ser Pablo Casado?

Pero todo les importa un pito. Saben que lo que digan será reproducido, aumentado de peso y de tamaño, por muchos medios de comunicación y muchos periodistas a sueldo de la infamia. Defienden inagotablemente, como el conejito de las pilas en los anuncios de la tele, el nombre honorable de la patria, de la suya, claro, de esa patria que disfruta solamente su media España, precisamente esa media España que, como en el poema de Gil de Biedma, ocupaba después de la guerra España entera.

De eso se trata, ahora mismo. De que aquella media España que ganó la guerra siga gobernando este país después de cuarenta años de dictadura y otros tantos de democracia, una democracia que la derecha y la extrema derecha desprecian porque nunca han creído en ella. En lo único que siguen creyendo es en esa patria cínica del autoritarismo y la represión, de la injusticia y el poder del dinero, del rezo falsamente caritativo y la desigualdad, del desprecio y el odio profundo a quienes no piensan como dice ese patriotismo cínico que hay que pensar si no quieres ganarte la violenta exclusión de sus rediles.

El nuevo gobierno progresista no cabe en esos rediles. No es su gobierno. Y eso debería de ser tenido en cuenta por quienes lo han puesto a andar en estos días. Frente al cinismo de la anacrónica patria franquista, ese gobierno progresista ha de seguir instalado en aquellos viejos valores de la libertad, la igualdad y una fraternidad que a día de hoy ha de mostrar mil caras solidarias con quienes más necesitan salir a flote, no sólo de los mares de la injusticia planetaria, sino también de esos otros mares que son el día a día de una supervivencia que cada vez se les ha puesto más difícil, casi imposible, más insoportable.

Ojalá ese gobierno progresista no retroceda ni un palmo frente a los del cinismo patriótico. Ojalá, de verdad, no retrocedan ni un palmo. Ojalá.

Artículo publicado originalmente en Infolibre
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