Sobre los cuentos chinos de la España vacía

A fin de cuentas, el único misterio es el de la pobreza,
que hace que las gentes no tengan nombre ni pasado.
Albert Camus

 

Aquí el que no corre, vuela. Y quien vuela, sorprende a los demás a paso de tortuga. Un día llegó al mercado un libro titulado La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. Su autor, un para mí desconocido Sergio del Molino. No sé si el país del subtítulo fue o no fue algo alguna vez en el ámbito de lo real. Lo que sé es que el libro fue un exitazo. De repente, alguien descubría América como si América no la hubieran descubierto antes Rodrigo de Triana y luego Nino Bravo hacía la tira de años. Pero ya se sabe que lo que no tiene nombre no existe y que el primer nombrador que llega se apodera de lo nombrado en cuanto se le ocurre un nombre para la ocurrencia.

Lo que estaba ocurriendo en mi pueblo y mi comarca desde hacía por lo menos setenta años se llamaba ahora España vacía. Chapeau. Me descubro humildemente ante tan clamoroso, inmortal descubrimiento. Aplaudo a rabiar, hasta que se me ponen las manos más rojas que la perilla de Lenin o la oreja ensangrentada de Van Gogh. El respetable, puesto en pie con mi entusiasmo, reclama como un eco el nombre recién inaugurado. La orfandad, nuestra orfandad de pueblo con mala suerte, ha muerto. Nunca más seremos una tierra que había vivido en la clandestinidad desde que la conocíamos. Antes esa clandestinidad se llamaba miseria a secas. O pobreza a secas. O abandono político a secas. A partir de ahora se llamará pomposamente España vacía. Nada menos. De repente y por arte de birlibirloque, los pequeños pueblos de la Serranía valenciana pasábamos a formar parte de una novedosa patria común, una patria común que era, para nosotros, más vieja que lavarte el pelo con vinagre en las palanganas del hambre. La pobreza y el abandono históricos infligidos por las políticas de todos los partidos –hablo de la democracia– podían dormir en paz y veríamos cómo nuestras pesadillas de siempre pronto se convertirían en dulces sueños de bebé con chupete untado en miel y un sonajero más alegre y zumbón que las maracas de Machín.

A partir de ahí, la política y el mundo entero se volcaron a la búsqueda de una solución. Había que llenar con urgencia el vacío de una España zombi recién descubierta. Había que llevar la felicidad a una pobre feligresía que llevaba años asistiendo a la misa diaria del aislamiento. De repente todos éramos España vacía. De repente no hay programa político que no hable de solucionar el problema de la despoblación. Llega a los oídos sordos de quienes mandan que en una buena parte del país no queda casi nadie, que se fueron sus habitantes a buscar una vida mejor en otros sitios. Salen en la televisión pueblos casi abandonados, dos o tres niños que han de hacer muchos kilómetros para ir a la escuela y cuando vuelven de la escuela han de dar de comer a las vacas, media docena de hombres muy viejos con gorra y mujeres con delantal a cuadros grises sentados en la fuente que antes daba agua y por su boca asoma ahora la cabeza de una lagartija. Son el tesoro de la España vacía. Los restos de una humanidad en bancarrota. Eso dicen los del marketing campestre. Pero en realidad, eso es lo que queda de un expolio capitalista que se llamó progreso y ahora ha cambiado el nombre por el eufemístico de la España vacía. Llegan las cámaras de la tele y graban parsimoniosamente no ese expolio humano sino su versión más kitsch para que te atraviese impunemente el corazón.

Hay que salvar a los últimos de Filipinas. Ése es el nuevo eslogan. Desde sus despachos, los políticos se ponen apresuradamente a la faena. Los pantanos de Loriguilla y Benagéber, y los de todo el país juntos, tienen menos agua que ilusiones han metido los inventores de la España vacía en las cabezas de quienes aún viven (vivimos) en ese no lugar que es desde hace muchos años lo que vulgarmente se llama tierra adentro. Sólo falta una campaña institucional protagonizada por una pareja joven que pasea un perro atado con una ristra de longanizas por las calles de un pueblo abandonado. Y por si faltaba algo, ha surgido como setas en otoño una nueva especie humana: los soñadores urbanos del paraíso perdido. En el ajetreo estresante de una aglomeración contaminada han descubierto que las ciudades, como escribía Walter Benjamin, son esos sitios en que “los hombres se pretenden con menos miramientos unos a otros, que no le permiten al individuo ni un sólo instante contemplativo”. Las prisas asesinas, el tiempo vivido a velocidad de vértigo, la deshumanización de la vida cotidiana. Con lo bien y felizmente que se vive en los pueblos pequeños, con lo maravilloso que es vivir en un sitio sin móvil ni ordenador, con lo increíble que resulta abrir los ojos por la mañana y ver cómo los dinosaurios se asoman con una ternura insospechada a la ventana de tu cuarto… ¡Vamos todos juntos a llenar de girasoles y amapolas los terrenos yermos de la España vacía! O vaciada. O como demonios se llame ahora mismo la España de la miseria y el abandono.

Escribo como si la cosa fuera en plan de broma, como si me estuviera riendo. Pero no es ninguna broma, ni me estoy riendo. En el colmo de una desigualdad tan antigua como injusta, los pequeños pueblos se mueren, se llevan muriendo muchos años porque el progreso había abierto su mercado fuera de esos pueblos. El franquismo se vio aliviado por la emigración económica de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo. Mucha de esa gente ya no volvió al pueblo. Se quedó en el extranjero o se instaló en la capital con los pocos ahorros conseguidos en sus campañas de trabajo duras de narices. Y ahora odiamos a quienes llegan aquí para hacer lo mismo que nosotros hacíamos en Francia o Alemania en aquellos años. Mi pueblo pasó de los mil seiscientos habitantes en aquel tiempo a los cuatrocientos setenta de ahora (sólo la mitad hasta que llega el verano). Y así muchos pueblos de la Serranía. Y así otros muchos pueblos que ustedes conocen mejor que yo, porque muchísima gente que vive en la ciudad viene de la España ahora llamada vacía. Y ves cómo desde hace tiempo se llena la boca de la política con planes contra la despoblación. Y hay ahí, en sus propuestas, un error ya de inicio: esos planes se hacen pensando en la gente que no vive en los pequeños pueblos. Y surgen de esos programas aspiraciones de una grandilocuencia que daría risa si no fuera por la gravedad de lo que hablamos.

También escribo esto porque el gobierno valenciano, con su presidente Ximo Puig a la cabeza, se ha reunido estos días en Montanejos, un pequeño pueblo de la provincia de Castellón, para reflexionar, cómo no y entre otros asuntos, sobre la despoblación. Sus propósitos son nobles, seguro que sí, ya que se trata, según el propio presidente, de conseguir que “se pueda vivir y trabajar donde cada persona quiera desarrollar su proyecto de vida y que el interior de la Comunitat Valenciana tenga oportunidades que ahora, desgraciadamente, no se pueden producir”. Tomo nota del deseo presidencial y le digo al ilustre deseante que lo primero que hay que hacer para que venga gente a los pueblos medio abandonados es conseguir que quienes viven o vivimos en esos pueblos vivamos decentemente, que dispongamos de unos servicios públicos que no sean insultantes, que haya de una puñetera vez interés de verdad en esa gran cuenta pendiente de la política española que es la financiación municipal y sobre todo la siempre tan ignorada de los núcleos rurales, que al abrir los ojos por la mañana no veamos dinosaurios sino un día con las luces y las sombras que veríamos en cualquier otro sitio del mundo. Muchos de esos pueblos –muchísimos– no tienen servicio médico o lo tienen a medio gas, ni transporte público, ni un cajero automático para poder sacar la parte mensual de la pensión sin tener que ir a otro pueblo que sí que lo tiene, ni cobertura telefónica, ni internet, ni una escuela porque con sólo tres críos para qué quieren una escuela mientras haya vacas que salgan con esos tres críos en la televisión.

No hay demagogia alguna en lo que escribo. Nadie me ha contado el cuento que les cuento. Vivo dentro de ese cuento desde hace muchos años. Nací en Gestalgar, el pueblo que antes les decía, y aquí vivo porque en mi caso privilegiado puedo decidir dónde vivir, si con los falsos dinosaurios del sueño urbanita o con la pelea diaria por una supervivencia difícil que viene de lejos, de mucho más lejos que esa especie de cuento chino que se viene montando en este país al hilo sandunguero de la España vacía. Mi comarca es la Serranía del río Turia: una comarca tan abandonada y despoblada como peleona, incansablemente peleona, que lleva años viendo cómo las montañas desaparecen sin control de la justicia ni de la autoridad medioambiental bajo las uñas metálicas de las excavadoras. ¿Qué disfrute de la naturaleza vamos a ofrecer si lo mejor que tenemos es el paisaje y lo están destruyendo para hacer tantas autopistas innecesarias que luego se regalan a la empresa privada y para que Isabel Preysler pueda hacer por una millonada los anuncios de Porcelanosa? Hubo un escritor italiano, Beppe Fenoglio, que luchó en la resistencia partisana y vivió en los paisajes rurales de su Piamonte natal, esos paisajes que tan queridos le fueron también a Cesare Pavese. Cuando publicó su primera novela, escribió Italo Calvino sobre Fenoglio y los paisajes de su vida y sus novelas: “Beppe Fenoglio sabe captar, más que un paisaje natural, un paisaje moral”. Pues de eso, con más o menos acierto, he estado hablando todo el rato. Cuando hablamos de ese territorio abrupto del abandono y la miseria que sufre la España sin gente, estamos hablando de una moral que desaparece bajo los designios de un capitalismo cerril (como todos los capitalismos), que busca sobrevivir pegada a su realidad sin que nadie le hable de paraísos perdidos: y aún menos de ese peliculero ejecutivo infeliz que huye de la ciudad para convertirse en una versión vintage del buen salvaje.

Seguro que si en los pequeños pueblos se vive decentemente habrá mucha más gente que venga a visitarnos los fines de semana. O alquilará una casa para las vacaciones. O algún día igual se viene a vivir aquí porque vivir en estos pequeños pueblos habrá dejado de ser una moda kitsch para convertirse en una tierra a la que nadie, ya nunca, podrá llenarle la cara de vergüenza. Ojalá este artículo –con sus aciertos y sus errores– pueda ser entendido por ustedes como una invitación a la reflexión y al debate sin trampas ni cartón. Y si viven en la ciudad, entiéndanlo como una invitación a esa visita y a que si les gusta la primera vez decidan vivir en sitios como estos su vida entera. Será, esa decisión suya, la mejor señal de que los pueblos pequeños tienen vida de nuevo y de que la tan cínicamente cacareada España vacía ha pasado a la historia.

Artículo publicado originalmente en Infolibre
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