Qué les importa que la gente se muera

coronavirus PP, Vox, Ciudadanos

Entre pausa y pausa de bronca parlamentaria y asedio cómplice con sus medios periodísticos, vuelven a la calle. Con sus autos gritones. Con sus banderas a las que de buena gana devolverían el insolente orgullo del águila siempre malcarada. Con sus consignas de libertad que en sus bocas suenan como una inquietante amenaza. Con esa atrabiliaria manera de estar en el mundo que muestran quienes se irritan cuando los demás no hacemos lo que ellos mandan, como si aún estuviésemos en aquel tiempo torturado sin piedad por su generalísimo. No estamos en aquel tiempo, pero ellos están seguros de que sí. Tal vez porque demasiadas veces les hemos dado razones para pensarlo: el miedo a que las derechas se enfaden, la voluntad conciliadora de que se incorporen esas derechas al argumentario de la democracia, el intento de que este país se construya solo bajo el auspicio de los consensos ignorando, no sé si aposta o sin querer, que los mejores consensos son los que se asientan en el respeto más absoluto y democrático a los desacuerdos.

Ellos quieren que sigamos sus políticas de exclusión, que nos pleguemos a sus decisiones tantas veces estrafalarias, que les hagamos la ola cuando pasan, como si volvieran de liberar con su jefe Aznar la isla Perejil. Su patria es la que les da en todo la razón. Quienes no se la damos pasaremos a formar parte de la antipatria, de ese paisaje dominado por el desorden, de lo que solo es digno de permanecer en el oscuro gueto de la derrota. Con el enemigo, ningún entendimiento. Ese es su credo. Y enemigos somos quienes les decimos que se acabó su derecho divino a gobernarnos, que la democracia ya no va bajo palio (esto lo digo con la boca pequeña porque algunas veces aún la veo desgraciadamente así), que ser de derechas no es ser los reyes del mambo en el salón donde ya no se acaba el baile entonando el Cara al sol o el himno a toda mecha con letra de Pemán.

Antes fueron la moción de censura que derrotó la corrupción del PP y a su presidente de gobierno y la gestión de la pandemia en manos de un gobierno socialcomunista. Y más atrás, ahora mismo y siempre, la humillación a las víctimas de ETA. Y en medio, la acusación de que Maduro estaba abriendo aquí una sucursal bolivariana. En todos esos tajos echaron mano de las mentiras. Lo mismo hicieron para cargarse los Presupuestos Generales del Estado y la nueva Ley de Educación. Y cuando hace unas semanas se aprobó en el parlamento la Ley de Eutanasia. Ahora mismo están utilizando la esperanza en las vacunas contra el covid para arremeter de nuevo contra el Gobierno de coalición.

Les da igual esa esperanza. Ellos van a la suya, a su bola, aunque esa bola, convertida en barro, arrastre en su camino las pequeñas alegrías que nos quedan en este maldito año de la peste. Miren lo último (bueno, con esa gente siempre será lo penúltimo): el asalto al Capitolio por los seguidores de Donald Trump. Dicen el PP, Vox y Ciudadanos que es lo mismo que hicieron aquí los de Unidas Podemos rodeando el Congreso, cuando, como escribe Fernando Varela en infoLibre: “La única manifestación que se saltó el cordón policial en el Congreso tuvo lugar en marzo y la llevaron a cabo policías y guardias civiles respaldados expresamente por la derecha”. Pero les importa un pito la verdad: no se hartan de mentir, de retorcer la realidad hasta convertirla en una pobre caricatura escasamente parecida a lo que de verdad nos pasa.

Hace unos años, cuando el gobierno de Rodríguez Zapatero, ya tomaron la calle la Iglesia y las derechas contra el matrimonio igualitario, el Estatut catalán, la regulación del aborto y la Ley de Educación. En el fondo, lo que les pasa, a esas derechas y a la Iglesia, es que no pueden admitir que el gobierno no sea suyo. Por eso siempre encuentran excusas para armar ruido cuando no gobiernan. Están acostumbrados a que el poder natural les corresponda. Es su ley de Dios, la que sellaba las monedas con la cara de su admirado dictador. O nosotros o el caos: es su mantra cotidiano cuando la democracia electoral los sitúa en la oposición. Es su estribillo pachanguero desde que perdieron la moción de censura: el gobierno de coalición es ilegal. También lo llaman gobierno Frankenstein porque está construido con pedazos de orígenes distintos. Los suyos en Andalucía, Madrid y otras comunidades y ayuntamientos no lo son. Claro que no lo son: los tres, PP, Ciudadanos y Vox, vienen del mismo sitio, aunque tengan siglas diferentes.

El ruido que arman por las calles y las mentiras que se inventan con cualquier motivo borran abruptamente el dolor que expande la pandemia. Les da igual que la gente sufra por el bicho, que tenga miedo, que mire con desasosiego la incertidumbre que nos queda por vivir, que los fondos buitre dejen en la calle el frágil sueño de la precariedad, que las eléctricas, llenas de políticos aprovechados de las puertas giratorias, corten la luz a esa precariedad, que las residencias sigan siendo el foco cruelísimo de una muerte más indecente, más indigna que la misma muerte. Y a ellos, qué. A ellos, nada. A ellos sólo les interesa lo suyo, sus cuentas corrientes, el adoctrinamiento en sus escuelas pagadas con dinero público, la conversión de ese dinero público en un chollo para sus negocios privados en sanidad, en educación, en lo que sea con tal de que les sea rentable, el retorcimiento del terrorismo machista contra las mujeres hasta convertirlo en un simple rifirrafe familiar a la hora de la cena o cuando se abre una discusión sobre a qué programa dirigir el mando de la tele.

No se cansan nunca de contar mentiras, como en aquella canción infantil que iniciaba El espíritu de la colmena. Por sus montes curtidos en una retórica incendiaria corren las sardinas, mientras las liebres disfrutan, como juguetonas surfistas de verano, en el mar borrascoso de su cinismo insoportable. El mundo al revés. Los buenos son ellos porque gozan de la absolución de los confesonarios para entrar en su reino de los cielos. A nosotros no hay dios capaz de perdonarnos y seremos condenados al infierno, aunque hasta no sé qué Papa dijera que no existe. Vamos a tener que soportar esa intermitente música callejera hasta quedarnos sordos. Sus altavoces mediáticos, siempre en su puesto de francotiradores exaltados, no pararán de dar la matraca sin que se arrugue una sola página de esos panfletos infames que convierten el periodismo —y a ratos también la literatura— en un estercolero. “Mientras un verdadero Ejército de investigadores serios se ocupaba del asunto, ha aparecido un pequeño grupo de escritores y figuras de la radio y la televisión que gritan desde las gradas como los gamberros del fútbol”, escribe Paul Preston en La Guerra Civil española. Se refiere, el historiador inglés, a cómo ha avanzado en los últimos años el interés por lo que fueron las atrocidades fascistas en la guerra y en la dictadura y, como réplica a esos avances, de qué manera ha tomado sus posiciones ese revisionismo (a veces o casi siempre negacionista) que no se cansa de enturbiar el rigor más imprescindible de la historia. Tal vez por eso, la foto de Colón, con los rostros de los protagonistas perdidos en un horizonte anacrónico de himnos y banderas, sigue extendiendo los colores de un tiempo que sólo existe en el calendario sombrío de sus obsesiones locas.

Y para aventar esas obsesiones vuelven a la calle con sus autos y sus banderas, con sus canciones de otro tiempo que sigue siendo el suyo, con la seguridad de que este país seguirá necesitando —como ya pasó con la Segunda República— la intervención de alguien —o sea, ellos— que lo salve del desastre. La enfermedad provocada por el puñetero pangolín, esa muerte largamente vivida en soledad, lo que la gente sufra como si resultara fácil acostumbrarse a ningún padecimiento… todo eso les importa un pito a esas derechas que bajo las siglas PP, Vox y Ciudadanos siguen pensando que la democracia sólo es buena si está única y exclusivamente a su servicio. Sólo entonces será buena la democracia. Sólo entonces.

 

Artículo publicado originalmente en Infolibre.

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