Aparten sus sucias manos de nuestras vidas

No tienen límites. La zafiedad, la palabra convertida en un asqueroso cuajo de bilis, lo que sueltan por su boca esos que van de regenerar nuestras vidas convirtiéndolas en una vergonzosa copia de lo que hicieron con ellas sus antepasados. Ahí están esos tipos como si el tiempo fuera el refrito de un rancio argumentario, podrido en su formulación de calculada maldad, listo para cepillarse lo que este país haya podido ir avanzando desde que su jefe, el dictador Franco Bahamonde, se murió igual que se mueren los atormentados, no por la culpa, que allá cada cual con sus tormentos personales, sino por una maldita sacralización de esa crueldad infinita que envenena el más mínimo atisbo de honra humana.

Les importa un pito que la historia vaya hacia atrás. O peor aún: es lo que quieren, lo que los empuja cada día a saltar al ring de la confrontación para dejar bien claro que lo suyo es abrir en canal lo que tanto y tantas vidas ha costado coser, es la manera que tienen de retorcer la verdad dando rango de justiciera credibilidad a la mentira. Su España, digan lo que digan sus voceros mediáticos, es otra vez aquella tan antigua y tan eternamente suya de los puños y las pistolas, y más ahora, que, con las botas camperas repicando en la mesa, ha vuelto Aznar para dejarles bien claro —directamente a Casado, pero también a sus socios Abascal y Arrimadas— que la democracia es un mal mayor que no se combate con la humillante genuflexión de los miedicas.

Lo último —o lo penúltimo, porque lo de esos individuos es rendirle permanente tributo a lo insaciable— es la presencia de un concejal de Vox en el Ayuntamiento de Madrid. Se llama Pedro Fernández y, en su papel de energúmeno con cargo en plaza, ha arremetido contra la gente de Más Madrid en el hemiciclo. En realidad, ha arremetido contra todo aquello que suponga un avance en derechos individuales y colectivos, en una mejora de las condiciones de vida para la gente más desprotegida, en la defensa insobornable de esa libertad, igualdad y fraternidad republicanas que sólo con oírlas o verlas escritas, a él y los suyos les provocan sarpullidos. Es su batalla diaria contra la democracia, esa democracia a la que si pudieran —y mira que lo intentan con ganas los del trío de Colón— le clavarían la estaca de Drácula en el corazón.

El tal Pedro Fernández lo acaba de demostrar una vez más desde el estrado institucional del consistorio madrileño. Dirigiéndose agresivo a la oposición ha vomitado: “Aparten sus sucias manos de mi hijo, aparten sus marxistas deseos y apetitos sexuales de mi hijo”. Al mismo tiempo que soltaba esas amenazas levantaba los brazos, en plan de irritado dueño de la selva, sin que ese gesto atrabiliario tuviera ni de lejos la rotunda nobleza de los orangutanes. No sé qué perra han cogido con lo de la sexualidad. Arriba y abajo con el sexo. Por todas partes el sexo. Para esa gente es como si todo este país fuera una de aquellas Salas X llenas de pecadores cinematográficos condenados directamente a las calderas del infierno. Ahí nos siguen condenando, aunque de paso condenen también a sus hijos a ver pasar la vida por su lado sin enterarse, como dicen que decía John Lennon, de que lo que se pierden es la vida de verdad, de que el fanatismo es una puerta abierta a la violencia no sólo contra los demás sino contra uno mismo, de que el sexo —qué dirán esos hijos cuando sean grandes— es algo que alegra la existencia en vez de convertirla en un valle de lágrimas como los que contaba el cura de mi pueblo y, seguramente, de los pueblos de todos ustedes.

Si esa gente ultramontana leyera, les recomendaría un libro recién salido a las librerías: Eterno anochecer. Lo escribió Forugh Farrojzad, una mujer iraní que nació en 1935 y murió en un accidente de coche en 1967, apenas con treinta y dos años. Se rebeló desde muy joven contra las imposiciones de su familia y del régimen dinástico y dictatorial de los Reza Pahlaví. Y fueron precisamente sus poemas una de las causas más importantes para que la condenaran a la invisibilidad y la calumnia permanente. En esos poemas brillaba la luminosidad casi libertaria del sexo en todas sus más hermosas versiones, sobre todo en la del amor y la independencia de la mujer a la hora de tomar sus decisiones. Hubo uno de esos poemas que brilló especialmente, perteneciente al poemario titulado Muro, escrito cuando Forugh tenía veintiún años y había decidido divorciarse de su marido, con quien se había casado a los dieciséis años. Si ese Pedro Fernández fuera tan amante de la lectura como, al menos en público, del fanatismo puritano, le recomendaría leerlo con detenimiento. El poema se titula Pecado y aquí van dos versos que igual al concejal de Vox, tan macho él y tan padre protector de las virtudes de su hijo, le provocarían un soponcio: “He pecado. Un pecado impregnado de gozo. / A mi lado, un semblante trémulo y extasiado”. El gozo, Fernández, el gozo y el éxtasis que usted quiere convertir en un maldito y anacrónico aborrecimiento.

Por eso, cuando el otro día escuchaba —y veía— a ese concejal dando gritos como un ridículo Tarzán de pacotilla, me entraron ganas de espetarle que por qué, de una puñetera vez, no apartan, él y los suyos, sus sucias manos de este país: de nuestras vidas.

Artículo publicado originalmente en Infolibre

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