Albert Einstein. Ciencia y conciencia

Albert Einstein leyenda

Prólogo

Se cumplen ahora cien años de la publicación, en Annalen der Physik, de los artículos en que Einstein dejó formulada la teoría de la relatividad especial. Y se cumplen también cincuenta años de la muerte del físico que fue unas cuantas cosas más. En los cincuenta años que transcurrieron desde la publicación, en 1905, de aquellos artículos pioneros que cambiaron el curso de la física hasta la muerte de Einstein, en 1955, éste se había convertido en una leyenda en vida. Y, en los siguientes cincuenta años transcurridos desde que nos dejó hasta la fecha en que escribo, esta leyenda no ha dejado decrecer.

Se trata de un caso insólito en la historia de la ciencia, que de todas las historias de la historia era la menos amiga de las leyendas. Pero al mismo tiempo es un caso que dice mucho sobre un siglo que ha elevado a la ciencia a las más altas cumbres y ha convertido el pen­samiento científico no sólo en compañero inseparable del pensa­miento filosófico sino, hasta cierto punto, en parte sustancial de lo que se podría llamar sentido común ilustrado de la humanidad.

Muy pocos personajes del siglo XX, incluidos aquellos políticos o humanistas que en vida fueron adorados por el gran público, habrán tenido el honor de ser honrados hasta tal punto por sus contemporáneos. Cuando Einstein abandonó Alemania, huyendo del nazismo, para instalarse en los Estados Unidos de Norteamérica era ya una leyenda. Su nombre aparecía en los principales medios de comunicación de todo el mundo con una frecuencia rara tratándose de un científico. La cultura norteamericana contribuyó aún más a hacer de él una leyenda fuera de los departamentos universitarios y de los laboratorios dedicados a investigar las leyes de la naturaleza.

En los últimos años de su vida, desde el término de la segunda guerra mundial, Einstein recibía más cartas y consultas que la mayoría de los personajes mediáticos de la época (incluidos políticos y humanistas). Le escribían físicos y estudiantes de secundaria; matemáticos y pedagogos; pacifistas y reinas; cónsules y filósofos; objetores de conciencia y abridores de ojos. Y lo que es más llamativo: le escribían y consultaban muchas personas de la calle que nunca le trataron personalmente ni le conocían apenas de nada. Algunas de esas personas le levantaron monumentos en sus pueblos y otras le preguntaban o le pedían consejo sobre los asuntos más variopintos: qué pensaba sobre el estado de la educación en la época; cómo se ve el mundo desde las alturas de la teoría de la relatividad; qué hay que hacer para convertirse en un buen matemático; qué relación hay entre ciencia y religión; cómo construir una cultura de la paz; por dónde empezar para lograr el establecimiento de un gobierno mundial en un mundo dividi- do; qué piensa un físico de la música; qué quería decir cuando decía que Dios no juega a los dados; o cómo veía un científico el socialismo (el “realmente existente” y el otro, aquel que algún día tendría que existir).

Lo notable es que Einstein, que solía contestar con paciencia y dedicación la mayoría de las cartas que recibía y la mayoría de las preguntas que se le hacían (incluso aquéllas que cualquier otro hubiera considerado intempestivas), siempre pensó que era un misterio indescifrable la causa por la que se le honraba tanto, se le consultaba tanto y se le solicitaba tanto. Cuando afirmaba que eso, en su caso, era un misterio no lo decía por posar o por coquetería intelectual. Lo creía realmente así. Esta creencia tiene que ver con la modestia, con la humildad del científico. Y es aún más notable que el que contestara cartas intempestivas de remitentes a veces desconocidos. Le parecía una paradoja que un individuo como él, que se consideraba un raro, un extraño, un viajero solitario, un constructor de ecuaciones cuyo significado sólo entendía una minoría de los científicos contemporáneos, pudiera estar convirtiéndose en eso que ahora llamamos un personaje mediático.

Que, al acabar la centuria y hacer repaso de los grandes hombres que en el mundo han sido, la revista Time diera a Einstein el título póstumo de mente del siglo XX, entre tantos grandes nomina- dos, se debe sin duda a su contribución, como físico, a la formulación de la teoría especial y general de la relatividad; teoría que, efectivamente, como se ha dicho tantas veces, cambió nuestra concepción del universo. Pero se puede pensar que este título, sobre cuya justicia parecen coincidir por una vez Agamenón y su porquero, no se ha debido sólo a que Einstein haya sido un científico genial sino también a lo que él mismo aludía, modesta- mente, con la palabra misterio y que ahora sabemos que no era tal.

Se puede pensar, pues, que este nuevo reconocimiento, al acabar el siglo XX, se debe a que Einstein fue un científico clásico de los que ya no quedan (o apenas quedan), es decir, un científico-filósofo que sabe pensar en los problemas sustantivos de su ciencia, en las cuestiones de método y en las derivaciones más generales de las teorías que inventa, y a que ha sido, a la vez, un pensador que sabe que la ciencia es también una pieza cultural y que, sabiéndolo, anticipa (sobre todo en sus últimos años, justamente cuando se siente solo o en minoría) lo que podríamos llamar la primera autocrítica de la ciencia en un mundo en el que ésta, la ciencia misma, está mostrando ya su lado malo, su peor cara: la de la infatuación.

Además de físico grande, Einstein ha sido también un científico particularmente sensible ante los problemas socio-políticos de su época y un librepensador humanista. No escribió de for- ma sistemática sobre los asuntos que suelen ocupar a los filósofos licenciados, pero al contestar a preguntas y solicitudes de tantas personas distintas (entre ellas no pocos filósofos) legó a la humanidad pensante y sufriente un corpus de ideas y opiniones cuyo interés y pregnancia ha puesto de manifiesto el paso del tiempo. Este otro aspecto de la vida y de la obra de Einstein, el de librepensador, no siempre se ha subrayado como conviene. Pero al cabo del tiempo, cuando se hace el esfuerzo de recons- truir con calma lo que fueron sus ideas y opiniones sobre la guerra y la paz, sobre la condición humana, sobre la ciencia en su historia, sobre la responsabilidad del científico en la época de las armas de destrucción masiva, sobre la educación, sobre la religión, sobre el judaísmo y sobre el socialismo, se entiende mejor aquella atracción que el hombre Einstein producía y que él con- sideró siempre un misterio.

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Empecé a trabajar sobre la obra de Einstein hace veinte años mientras enseñaba metodología de las ciencias sociales en la Universidad de Valladolid. Me interesaban entonces dos cosas: su consideración teórica de la ciencia y la ambivalencia de su pacifismo. Eran aquéllos años en los que, por una parte, la filosofía de la ciencia se separaba inequívocamente del positivismo y del neopositivismo y, por otra, sentíamos la posibilidad de una guerra librada con armas nucleares como una espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Me parecía entonces que la concepción einsteniana de la ciencia y el pacifismo de Einstein constituían una excelente brújula para orientarse en tiempos de perplejidades ideológicas y de tinieblas.

Publiqué los resultados de aquella reflexión en la revista mientras tanto y luego, en italiano, en un volumen titulado Albert Einstein filosofo della pace (Gangemi Editori, Roma, 1989). Casi simultáneamente hice de Einstein tema principal para una memoria académica que pretendía moverse entra la filosofía de la ciencia en acto y la preocupación ético-política. Pero por entonces empezaron a editarse los primeros volúmenes de The Collected Papers of Albert Einstein, con documentación nueva e inédita, e interrumpí aquella reflexión a sabiendas de que la investigación en curso en la Universidad hebrea de Jerusalén y en la Universidad de Princeton iba a proporcionar una visión mucho más amplia, detallada y completa del hombre Einstein que la que habíamos tenido hasta entonces. Así que agradezco ahora a Miguel Riera la oportunidad que me ha dado de volver, en este año Einstein y además en una colección de biografías, sobre aquel misterio que me sigue pareciendo fascinante para toda persona que se interese por la historia de las ideas. Lo que sigue en este libro sobre ciencia y conciencia es un primer resultado de esa fascinación que también yo siento.

Cuando en 1984 empecé a trabajar en este ensayo sobre Einstein pensaba dedicárselo a Manuel Sacristán para celebrar sus sesenta años. Siendo yo un joven estudiante de filosofía, Sacristán me hizo ver la importancia de Einstein no sólo como científico sino también como pensador influyente en el filosofar no-licenciado del siglo XX. Por desgracia, fui muy lento en la redacción del texto, o tal vez quise mirar demasiado el diente del caballo antes de regalarlo, como aconseja Juan Ramón Jiménez, y Sacristán murió antes de lo que esperábamos quienes le queríamos. Ahora, mejorado el texto, o al menos eso espero, lo dedico a su memoria.

 

Fuente «Prólogo» del libro de F. Fernández Buey Albert Einstein. Ciencia y conciencia.

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