Las contradicciones estructurales de ERC

contradicciones de Esquerra Republicana

Esquerra Republica de Catalunya (ERC), fundada en 1931, es una de las formaciones más antiguas de Catalunya, cuando tras la proclamación de la Segunda República arrebató a la derechista Lliga Regionalista la hegemonía del movimiento nacionalista catalán. En sus orígenes, el partido fue producto de la fusión de dos vectores: el separatista de Estat Català de Francesc Macià y el federalista del Partit Republicà Català de Lluís Companys; incluso, incluyó un sector filofascista, liderado por el conseller de Interior, Josep Dencàs y los hermanos Badia, que recientemente han sido homenajeados por el presidente vicario Quim Torra y por Oriol Junqueras. Esta doble composición generó numerosas contradicciones en la Segunda República, como en el 6 de octubre del 1934, cuando Companys proclamó la República catalana en el marco del Estado federal español. También, ocurrió durante la Guerra Civil como testimonian las memorias de Manuel Azaña donde denuncia la deslealtad del nacionalismo catalán.

Durante la dictadura franquista, ERC estuvo prácticamente desaparecida y renació de sus cenizas en la Transición. De hecho, tuvo un papel clave en la primera investidura de Jordi Pujol (1980) cuando entre un tripartito de izquierdas con socialistas y comunistas, o la derecha catalanista se decantó por Jordi Pujol, lo cual contribuyó decisivamente a aposentar su liderazgo. Entonces, el partido inició una relación de subsidiaridad respecto a Convergència, comandado por Heribert Barrera quien se hizo tristemente famoso por sus exabruptos xenófobos y racistas y luego por el oligarca Joan Hortalà, sempiterno presidente de la Bolsa de Barcelona. En este periodo, Esquerra funcionó como una suerte de conciencia crítica nacionalista de las ambigüedades del autonomismo pujolista, pero subordinada al marco político e ideológico de la derecha catalanista.

Al igual que durante la Segunda República, las bases sociales de ERC son las clases medias radicales de la Catalunya metropolitana y amplias capas de la población acomodada de la Catalunya interior. Desde el punto de vista ideológico, resulta una expresión casi químicamente pura de lo que en la terminología marxista se denomina nacionalismo pequeñoburgués que satisface los deseos de radicalismo verbal de estas capas sociales.

Generación independencia

Este marco político se transformó en el Congreso de Lleida (1989) cuando el partido, liderado por Àngel Colom, dirigente de la Crida a la Solidaritat y por Josep-Lluís Carod-Rovira, que provenía de la formación independentista PSAN y de Nacionalistes d’Esquerra, modificó sus estatutos federalistas del periodo republicano para convertirse en una formación nítidamente independentista. Los objetivos de la nueva ERC se articularon en torno dos ejes: por un lado, atraerse a la juventud nacionalista formada en el pujolismo, la denominada “generación independencia”; por otro, devenir la casa común del independentismo.

En este segundo ámbito, ERC ha operado con notable éxito como un polo de reagrupamiento de diversos sectores políticos, a derecha e izquierda. A principios de la década de 1990 agrupó a numerosos cuadros de la izquierda independentista, tras el pacto con el gobierno español para disolver la organización terrorista Terra Lliure e integrar a sus dirigentes en las filas del partido. A finales de esta década incorporó a líderes convergentes, como a su ex secretario general, Pere Esteve. Más recientemente, durante el procés, ha absorbido, directamente o mediante coaliciones instrumentales, a muchas figuras del sector catalanista del PSC, como Ernest Maragall y gran parte de los consellers socialistas de los gobiernos de su hermano Pasqual, e incluso del comunismo, como Joan Josep Nuet, a través de la coalición con el grupo denominado Soberanistes. También a los democristianos independentistas, como Núria de Gispert, conocida por sus exabruptos xenófobos, o Joan Rigol, ambos ex presidentes del Parlament de Catalunya, organizados en torno a la formación Demòcrates.

A finales de la década de los 90, ERC experimentó un notable crecimiento social y electoral, derivado tanto de la corrupción estructural convergente como de los pactos de Pujol con el PP de José María Aznar. Entonces, pareció que rompía con su subordinación con Convergència al apostar por los tripartitos de izquierdas (2003-2010) presididos por Pasqual Maragall y José Montilla, donde ocuparon la vicepresidencia del gobierno autónomo. Además, mediante el apoyo al primer ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero, ERC arrebató a Convergència su tradicional papel de “conseguidor” en Madrid, que Pujol hilvanó hábilmente con Adolfo Suárez, Felipe González y Aznar. Ahora bien, la experiencia acabó de mala manera tras el fiasco de la reforma del Estatuto de Autonomía. De este modo, en las elecciones autonómicas del 2010, fue severamente castigada por su electorado, perdiendo casi la mitad de los votos y pasando de 21 escaños a 10, en beneficio de Artur Mas.

El fracaso de la reforma estatutaria, certificada por la sentencia del Tribunal Constitucional, unida al duro castigo al nivel de vida de las clases medias y a los síntomas de movilización en el eje social de la clase trabajadora, determinó el giro independentista de la derecha catalana. Llegados a este punto, convendrá recordar la reacción del entonces secretario general de ERC ante el movimiento del 15M. Carod-Rovira, en el artículo Indignació espanyola publicado en Nació digital (16/07/2011), les invitó a ir “a mear a España”, enfurecido por el uso del castellano en sus pancartas y discursos, así como por su escasa sensibilidad, por no decir hostilidad hacia las reivindicaciones autodeterministas de nacionalismo catalán. De este modo, los jóvenes de los barrios obreros, fueron tratados como si no fueran catalanes, uniendo a la xenofobia el odio de clase.

Matar al padre

El giro independentista de Convergència y sus diversas mutaciones –la última Junts per Catalunya (JxCat)- inauguró un periodo de pugna feroz con ERC por la hegemonía del movimiento secesionista en la que esta formación aspira a sustituir a la derecha catalana como primera fuerza del movimiento nacionalista, como ocurrió en tiempos de la Segunda República. En las autonómicas del 2012, en las que Mas pidió una mayoría indestructible para encarar la ruta a la secesión, ERC recuperó posiciones y logró reeditar los 21 escaños que había obtenido en el 2006, mientras que Convergència perdía doce diputados. Durante esa legislatura se produjo la circunstancia anómala en democracia que Oriol Junqueras, el nuevo líder de ERC, suscribió un pacto de legislatura con Convergència, operando al mismo tiempo como socio de gobierno y líder de la oposición. Actualmente, ambas formaciones se reparten casi en dos mitades la representación parlamentaria en la Cámara catalana: JxCat con 34 escaños y Esquerra 32, con una diferencia de sólo doce mil votos. No sucede lo mismo en las Cortes españolas donde ERC cuenta con trece diputados y JxCat con ocho con 343 mil votos a favor de la primera.

Ahora bien, a favor de la derecha catalana juega el hecho que Esquerra no acaba de romper con su relación de subordinación edípica con los herederos de Pujol. Aquí, si se nos permite la licencia, se da la circunstancia que si ERC no mata al padre, terminará como en el mito de Cronos siendo devorada por éste. Así ocurrió en las elecciones “plebiscitarias” del 2015, cuando se plegó a las presiones del mundo soberanista para concurrir en coalición con los convergentes en la lista de Junts pel Sí, liderada por Artur Mas, cuando tenían todas las opciones de imponerse como primera fuerza política. Esta situación se reprodujo en los comicios de 2017, bajo la sombra del 155, cuando numerosos cuadros de ERC se desplazaron a Bruselas para rendir pleitesía a Carles Puigdemont en plena campaña electoral, lo cual contribuyó decisivamente a otorgar contra pronóstico la victoria a los postconvergentes. Asimismo, se sometieron a estas presiones cuando se negaron a aprobar los Presupuestos Generales del Estado y precipitaron la caída del primer gobierno Sánchez o ahora con la negativa a votar la prórroga del estado de alarma.

El errático comportamiento de ERC hace de esta formación un socio muy poco fiable, como experimentó Pasqual Maragall durante el tripartito o ahora comprueban Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. También, esto se apreció durante las jornadas decisivas del procés, cuando presionaron a Puigdemont para que no adelantase las elecciones y proclamase la Declaración Unilateral de Independencia, para luego, en la práctica, desechar la vía unilateral.

Esta conducta contradictoria se explica en parte por el temor cerval a ser tachados de insuficientemente independentistas como ya le sucedió a Companys. Un miedo hábilmente manejado por los medios de comunicación de la Generalitat y afines generosamente subvencionados controlados por los postconvergentes que, ahora con la crisis del coronavirus, ha adquirido dimensiones obscenas. En parte, por las divisiones internas en el seno de la formación entre el sector más nacionalista y el más izquierdista que de algún modo reproducen la composición binaria de sus orígenes. El primero, encarnado por Oriol Junqueras, quien recientemente publicó en el influyente rotativo La Vanguardia un articulo abonándose a las tesis del “España nos mata”, o Marta Rovira, cada vez más próxima a Puigdemont. El segundo, representado por Joan Tardà o Gabriel Rufián quienes propugnaron abstenerse en la prórroga del estado de alarma y no romper puentes con el gobierno de coalición progresista español.

Ahora bien, la experiencia histórica nos enseña que en ERC siempre acaba imponiéndose el sector nacionalista sobre el izquierdista, lo cual resulta un comportamiento típico de los denominados nacionalismos de izquierdas que, cuando han de elegir entre la bandera y la clase, siempre se decantan por la primera.

Los malestares provocados por los efectos sociales de la Covid-19 y la proximidad de las elecciones en Catalunya hacen prever un reforzamiento del sector nacionalista. Particularmente, cuando el giro de Ciudadanos de marcar distancias con el PP y de aproximación al PSOE puede provocar que ERC pierda la llave de la gobernabilidad en España. Esto, a su vez, podría comprometer los pactos con los Comunes pues, como se reveló con la aprobación de los Presupuestos de la Generalitat, se está gestando un acuerdo entre ambas formaciones, con la hipotética y benévola abstención del PSC, para conformar un gobierno de coalición en Catalunya a cambio del compromiso de ERC de garantizar la gobernabilidad en España.

 

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