La recomposición del espacio postconvergente

recomposición del espacio postconvergente

Todo parece indicar –según una fuente tan bien informada como TV3– que los anunciados pero no convocados comicios autonómicos podrían celebrarse entre el 19 de septiembre –cuando el Tribunal Supremo con toda probabilidad ratificará la inhabilitación del president vicario Quim Torra– y el 1 de octubre, tercer aniversario del referéndum ilegal de autodeterminación. La eventual elección de estas fechas indicaría que Torra y Carles Puigdemont buscan capitalizar las pulsiones patrióticas y victimistas con un doble objetivo: reeditar la mayoría parlamentaria independentista en la Cámara catalana y evitar o al menos contener que ERC se convierta en la fuerza hegemónica del movimiento secesionista.

En acusado contraste con la corriente hacia la unidad de los diversos vectores de movimiento independentista, cuya máxima expresión fue la candidatura unitaria de Junts pel Sí formada por CDC y ERC, ahora éste se presenta sumamente dividido. El ejecutivo de coalición está literalmente roto entre constantes disputas y reproches mutuos mientras que el espacio postconvergente experimenta una notable fragmentación.  Como señala Lluís Bassets, aquellos que han sembrado la división y la confrontación entre la ciudadanía catalana en dos bloques antagónicos, ahora están probando el jarabe de su propia medicina.

La implosión de la coalición Convergència i Unió (CiU) derivó, por un lado, en la constitución del PDeCat, que se presentó como el heredero legítimo de CDC y actual propietario de las siglas Junts per Catalunya (JxCat). Sin embargo, pronto desde el entorno de Puigdemont se creó la plataforma Crida Nacional per la República con el objetivo de someter al PDeCat a los mandatos de Waterloo y cuestionar el perfil independentista de ERC. Estas últimas semanas se han celebrado unas tensas negociaciones entre los dirigentes del PDeCat y la Crida. Mientras los primeros propugnan una coalición clásica entre ambos vectores, bajo las siglas de JxCat, Puigdemont, con el apoyo político y moral de los políticos presos, quienes difundieron un manifiesto que contó con el apoyo de numerosos cargos públicos, planteó la disolución del PDeCat y su completa sumisión a sus dictados. La ejecutiva postconvergente, liderada por David Bonvehí, se negó a aceptar estas draconianas condiciones. La respuesta de Puigdemont no se hizo esperar y ha anunciado la creación de un nuevo partido el próximo 25 julio, justamente cuando el PDeCat tiene previsto realizar una asamblea decisiva cara a fijar su posición en los comicios.

Sin duda, se trata de una OPA hostil a fin de doblegar a los dirigentes del PDeCat para lo cual Puigdemont y Torra cuentan con el apoyo de la ANC y sobre todo del inestimable control de los medios de comunicación de la Generalitat, que operan como una pieza fundamental en la conformación de las corrientes de opinión en el mundo del independentismo. La oferta de Puigdemont se inscribe en el registro del más puro nacionalpopulismo, al proyectarse como una organización que no tendría nada que ver con los partidos tradicionales, sino que se construiría como un movimiento transversal –más allá de derechas e izquierdas– bajo el liderazgo carismático y autoritario del líder supremo y cuyo objetivo sería proseguir la “confrontación” con el Estado hasta conseguir la independencia. Una oferta dirigida a los sectores más hiperventilados del independentismo, pero que acaso no tiene en cuenta los efectos de la pandemia, pues para amplios sectores de la población ahora la prioridad no es proclamar el Estado propio sino combatir los devastadores efectos económicos y sociales del Covid-19.

Ante esta perspectiva se abren dos escenarios. Por un lado, que el PDeCat rompa con Puigdemont y decida presentarse en solitario o busque aliarse con alguno de los múltiples agrupamientos surgidos en el ámbito del catalanismo no unilateralista. Por otro lado, tampoco puede descartarse que finalmente el PDeCat, como ha sucedido hasta el presente, acabe sucumbiendo a las presiones de Waterloo y a un sector nada despreciable de su militancia y sus cuadros partidarios de línea de Puigdemont.

Las turbulencias del proceso provocaron la ruptura por la mitad del socio menor de CiU, Unió Democràtica de Catalunya (UDC). La mitad contraria a la vía unilateral fundó Units per Avançar, liderada por Ramón Espadaler, que se integró en las listas del PSC, gracias a lo cual Espadaler obtuvo el acta de diputado en el Parlament de Catalunya. Al mismo tiempo el exdirigente socialista, Albert Batlle, lograba el acta de concejal por el Ayuntamiento de Barcelona, donde ostenta la responsabilidad del área de seguridad, y se ha ofrecido para liderar los diversos agrupamientos del ámbito del catalanismo que rechaza la vía unilateral en una candidatura unitaria. La otra mitad de la antigua UDC, que apuesta por la vía unilateral, constituyó el partido Demòcrates, que se incorporó a las listas de ERC. Esta formación está liderada por Antoni Castellà y la expresidenta del Parlament, Núria de Gispert, famosa por sus exabruptos xenófobos. Aunque Demòcrates ha anunciado su ruptura con ERC y su voluntad de presentarse en solitario, es muy probable que acabe concluyendo en el partido de Puigdemont.

Carta de navegación postconvergente

Extramuros de Junts per Catalunya han surgido múltiples formaciones políticas en un proceso que el tiempo dirá si es de recomposición o desintegración del espacio postconvergente. Estas organizaciones  aspiran a recoger entre 250.000 y 400.000 votos que según diversos analistas sumarían los electores catalanistas que rechazan la vía unilateral y el radicalismo de Waterloo. Ahora bien, para que ese hipotético electorado tuviese representación parlamentaria tendría que concurrir en una candidatura unitaria. Un objetivo que no resultará sencillo dada la extrema fragmentación de ese espacio que ahora pasamos sucintamente a examinar.

La principal de estas formaciones es el Partit Nacionalista de Catalunya (PNC), liderado por exdirigentes de CDC como Marta Pascal, Carles Campuzano o Jordi Xuclà, todos ellos purgados por Puigdemont de las listas electorales y de sus cargos públicos. Se trata de una formación partidaria del ejercicio del derecho de autodeterminación pero a través de un pacto a la escocesa con el Estado y respetando hasta que esto no sea posible la legalidad vigente. La elección de la denominación del partido no es baladí ya que expresamente se inspira en el PNV y su línea pragmática y pactista. Según diversas fuentes están muy avanzadas las negociaciones con los democristianos de Units per Avançar para presentarse en coalición. Si esto fuera así significaría una reconstrucción en miniatura de la vieja coalición CiU y sin duda se convertiría en el polo de referencia para la recomposición de este espacio político.

Por otro lado, Lliures y Lliga Democràtica son dos agrupaciones que están a punto de fusionarse, lideradas respectivamente por el veterano dirigente de CDC, Antoni Fernández Teixidor, y la politóloga mediática Astrid Barrio. Ambas formaciones aspiran a articular el catalanismo no autodeterminista, lo cual supone una diferencia doctrinal importante respecto al PNC. Sin embargo, esto no sería un obstáculo insalvable para confluir en una coalición ubicada en el centroderecha en el eje social y donde tendrían cabida independentistas no unilateralistas, soberanistas y autonomistas.

Otro actor de orden menor es la formación Convergents, cuyo líder, Germà Gordó, importante exdirigente de CDC, está siendo investigado por corrupción en la causa del 3%, lo cual debilita sus opciones.

Efectos de largo recorrido

En el caso que esta operación política tuviese éxito tendría dos consecuencias políticas de largo alcance. Por un lado, serviría para medir la correlación de fuerzas en el seno del nacionalismo catalán de centroderecha entre el sector moderado y el radical o, si se nos permite la expresión, entre procesistas y antiprocesistas. Aquí convendría analizar los motivos que condujeron a esta gente de orden a embarcarse en la línea rupturista que supuso el procés. En cualquier caso, aprendidas las lecciones del procés, estos sectores “moderados” volverían a la matriz convergente de centroderecha en el eje social y de un nacionalismo posibilista en el eje nacional, donde la reclamación de la independencia resultaría puramente retórica.

Ahora bien, acaso el factor más importante de esta operación si acaba siendo coronada por el éxito –es decir, si consiguen articular una plataforma unitaria– radica en que podrían romper la actual mayoría absoluta independentista del Parlament de Catalunya. Más allá de los sectores más hiperventilados del movimiento separatista, se detecta un cierto cansancio entre amplios sectores de sus bases sociales y electorales. En efecto, tras diez años de movilizaciones  no se han alcanzado ninguno de sus objetivos; además, ahora no existe ninguna perspectiva creíble para lograrlos, excepto en las declaraciones retóricas y el simbolismo. Esto podría derivar, según apuntan algunos sondeos, en un incremento de la abstención entre estos sectores del independentismo desencantado, los cuales incluso podrían apostar por una opción nacionalista pero alejada de las tesis rupturistas de Waterloo. Especialmente cuando la crisis del coronavirus ha modificado para muchos ciudadanos el orden de sus prioridades del eje nacional al social.

Sin duda, la pérdida de la mayoría absoluta de las tres formaciones independentistas  supondría un cambio sustancial en el paisaje político del país de esta última década. Es más, podría significar el definitivo entierro del cadáver insepulto del procés independentista.

 

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