Cómo Chávez y los pobres de los cerros han llegado a identificarse

Chávez y su muerte

La tarde que murió Hugo Chávez me puse en contacto con la parroquia 23 de enero. Uno de esos cerros al oeste de Caracas donde viven los pobres que tanto han querido a Chávez. Nada más enterarse de la noticia, todavía bajo el tremendo impacto, habían salido a la calle en donde pensaban pasar la noche en una vigilia honorando a su comandante fallecido. “Yo soy Chávez” fue lo primero que escuché. Los gritos de “Chávez Vive, la lucha sigue” se escuchaban de fondo. “Las personas tenemos un inmenso dolor. Hay gente llorando. Otros han traído retratos de nuestro Presidente. Algunos han empezado a caminar desolados hacia el hospital militar donde yace el cadáver… Es doloroso para la revolución que estaba floreciendo. Que no se equivoque la oligarquía: ¡no volverán! Estamos rodilla en tierra para defender ese legado que nos ha dejado ese hombre… Unidad, unidad , unidad”, decían cuando describían lo que estaba ocurriendo.

Había visitado la 23 de enero la última vez que estuve en Caracas. Me había llamado la atención un mural en donde habían reproducido la última cena. Allí estaba Hugo Chávez sentado junto a Jesucristo y otros revolucionarios del mundo con la constitución bolivariana en la mano, convertido en un apóstol.

El mural había sido pintado después del golpe de estado de abril del 2002. Se habían enterado de que era mentira que Hugo Chávez había renunciado a la Presidencia, como habían dicho los golpistas, y decidieron en una asamblea bajar a Mi­raflores a salvarlo. Acudieron miles. Me explicaron que varios vecinos habían muerto rescatándolo. Cuando vieron que Hu­go Chávez había retornado al poder y seguía firme con su re­volución, que no los abandonaba, fue cuando decidieron pintar el mural sagrado.

Chiqui, una joven psicóloga que ha dejado su carrera profesional para convertirse en una activista comunal, me dijo ya entonces que la figura de Chávez había franqueado definitivamente la política para forjar una simbiosis emotiva con los po­bres de la 23 de enero. Ese abril los lazos emocionales que ya existían entre los pobres y el Presidente se habían sellado con sangre. En los cerros empezaban a amar a Chávez cómo amaban al Cristo comprometido con los pobres. Empezaban a hacerse Chávez y Chávez a hacerse ellos. Desde entonces se han influenciado mutuamente, han caminando juntos, dando contenido socialista a esta simbiosis que empezó a nacer en febrero de 1992 cuando un comandante desconocido se su­blevó para derribar al gobierno de Carlos Andrés Pérez. Por eso lloraban su muerte esa tarde triste del 5 de marzo como si murieran ellos mismos; como si un trozo de su propia identidad fuese arrancado. Por eso formaron colas de 8 kilómetros, esperaron días enteros, para jurar con fervor ante su cadáver que no abandonarán los sueños compartidos del socialismo, como no lo hicieron con él ese abril del 2002, porque en caso de hacerlo sería traicionarse a ellos mismos.

En la 23 de enero a diferencia de muchos otros cerros hay edificios de apartamentos y no pequeñas y baratas casas de ladrillo rojo. Durante años muchos de ellos tenían boquetes enormes. Hace apenas dos o tres años que se terminaron de arreglar. Eran recuerdos del caracazo. “Disparaban primero y preguntaban después”, decía Chiqui. Los militares usaron ar­mas desproporcionadas. Los agujeros eran de balas de fusiles automáticos FAL. En Guarataro otro cerro de pobres al oeste de Caracas, en donde una vez los ricos tuvieron sus quintas, Gustavo Arana –un integrante del Consejo Comunal Mama Grande– contaba cómo durante el caracazo los soldados de un cuartel que hay en lo alto, el Observatorio lo llaman, practicaban como diversión el tiro al blanco con los vecinos. Peor había sido en Petare, en donde ni se sabe cuántos murieron ametrallados por los soldados cuando bajaban por las escaleras que comunican al metro de Palo Verde. Ni siquiera se molestaron en contar e identificar los cadáveres. Los echaron a fosas comunes. Los pobres de Caracas, excluidos de todo, ha­cía tiempo que no eran nada ni nadie para las elites que gobernaban. No tenían derecho ni a su propia tumba.

Por eso, cuando los pobres vieron a Hugo Chávez en la televisión asumir la responsabilidad de una sublevación fracasada contra un gobierno que había disparado contra ellos como si fuesen animales de caza, fue cuando empezaron a hacerlo uno de los suyos. Había alguien a quien su suerte sí le importaba. Que los quería y los defendía. Que estaba dispuesto a morir o ir a la cárcel por ellos. Estuvo dos años en la prisión de Yare pero las mujeres del 23 de enero vestían a sus hijos con el uniforme y la boina roja de paracaidista con que Hugo Chávez había salido en la televisión defendiendo su causa. Estaban construyendo esa alianza entre los pobres y los soldados avergonzados por disparar contra su propio pueblo. Por eso formaron ese tsunami en las calles de Caracas, sin ceder un centímetro a la oposición, vestidos de rojo, con retratos de su co­mandante en sus móviles, arrojando a su paso flores al sencillo ataúd de madera, el día que llevaron su cadáver del Hos­pital Militar a la Academia Militar en donde se celebró su funeral. Por eso le dieron una despedida para la leyenda. Agradecían a Chávez que les hubiese hecho ciudadanos en su propio país, que hubiese gastado la renta petrolera para satisfacer la deuda social que Venezuela tenía con ellos. Por eso lo amaban y muerto lo convirtieron en millones.

Los ricos del Country Club, quienes en su vida habían tratado a un hombre de origen humilde, un creole como era Hugo Chávez, de otra manera que no fuera como sirviente, celebraron con champán su muerte. Nunca le perdonaron que “el peón tomara la finca”. No sabían ni cómo acercarse a él, ni có­mo hablarle, les separaba un muro social infranqueable. Estos ricos que se quedaban antes de que Chávez fuera Presidente con toda la renta petrolera no conocían ni su propio país. Nunca habían puesto un pie en los cerros. Sólo habían salido de sus cortijos para ir a Miami o a Nueva York, donde tenían otra residencia. Nunca supieron que cuando el caracazo el 80% de los venezolanos vivían en la pobreza, desconocían que muchos venezolanos morían de enfermedades curables y otros muchos eran analfabetos. Ellos pensaban que Venezuela era París. Todavía le acusan de dividir a los venezolanos, de crear dos Venezuelas pero lo único que hizo Chávez fue levantar la manta, mostrar la vergüenza escondida de la Venezuela sangrante repleta de petróleo.

Una vez que visité Guarataro los Consejos Comunales ha­bían empezado una Misión tricolor para arreglar las viviendas dañadas y sanear el barrio. Se filtraban las aguas negras hacia abajo del cerro dañando la salud y los ranchos. Habían decido hacerlo por ellos mismos porque los planes urbanísticos de los ministerios para canalizar desagües nunca se implementaban. Los fondos asignados se extraviaban. Las reparaciones se dejaban a me­dias. No llegaban los materiales que te­nían que ser distribuidos por los militares. Se perdían por el camino. Mandaban cartas preguntando qué había pasado pero no había respuesta. Lo mismo pasaba en la 23 de enero. Habían pedido violines para los niños de la escuela y sólo habían llegado la mitad de los pedidos. Chiqui estaba segura de que ocurría a pesar de las ordenes de Chávez. “Gracias a él nuestros hijos tocan en el teatro Teresa Ca­rreño, ¿cómo no va a querer que lleguen los violines?”, decía.

Lo mismo decía Gustavo Arana: “Hay gente muy cercana a él (Chávez) que están saboteando al Presidente. Porque dice una cosa para ayudarnos pero ésta no ocurre. En los ministerios prefieren a las empresas de sus amigos que a nuestras cooperativas. Lo hemos discutido los que es­tamos en el Partido Socialista Uni­ficado de Venezuela PSUV, pero no nos dan oportunidad de hablar con él”.

Un domingo veían con pasión el “Aló, Presidente”, ese programa televisivo en el que Hugo Chávez entre chistes, canciones, anécdotas personales y poemas mantenía semanalmente la conexión emocional con los pobres. Lo escuchaban atentamente. Veían los mapas, las estadísticas, los proyectos de la Revolución que Chá­vez mostraba a las cámaras. Era allí en donde los ce­rros se enteraban de las tropelías de los funcionarios bolivarianos; de que ha­cían otra cosa di­ferente de lo que quería el presi­den­te. Ahí nos enterábamos decía Gus­tavo Arana de que “ el Pre­si­dente dice una cosa y pasa otra. Es co­mo si su mano derecha le estuviera saboteando”.

Para ellos la corrupción, la desidia, la ineficacia no era culpa de Chávez, al contrario, era a pesar de Chávez y contra Chá­vez. Estaba rodeado de incompetentes, oportunistas o aprovechados. Chávez se fue puro, limpio, invencible dijo Nicolás Maduro el día del funeral haciéndose eco de lo que pensaban los pobres de los cerros.

Los pobres votarán por Nicolás Maduro cumpliendo la última petición de su Pre­sidente. ¿Cómo podían traicionarse a sí mismos? “Chávez nos ha pedido por el co­ra­zón votar por Nicolás Maduro y lo haremos” me dijeron desde la 23 de enero.

Cuando Chávez lo nombró Vice­pre­si­dente dijo de él: “Nicolás era chófer del metro, y cómo se ha burlado de él, la burguesía, y ahora es el Vicepresidente”. Y posiblemente los pobres lo harán Pre­si­dente como quería Chávez. El dilema que enfrenta Maduro es que aunque tenga raíces comunes con los pobres el carisma no se hereda. No tiene un cheque en blanco. Si quiere seguir ocupando el corazón de los pobres tendrá que cuidar que todos los violines de los niños de los cerros pedidos por los Consejos Comunales suenen en el teatro Teresa Carreño. Que no se pierdan por el camino en manos de aprovechados bolivarianos.

 

Artículo publicado originalmente en el nº 303 de la revista El Viejo Topo, abril de 2013.

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