¿Cuál es el sentido político del asesinato de Jamal Khashoggi?

Mohammed bin Salman recibido por el Rey Felipe VI

La conclusión de la CIA de que el Príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman fue quien ordenó el asesinato del periodista Jamal Khashoggi no deja dudas de que se trató de un crimen de estado. No se les fue la mano a los sicarios saudíes mientras lo torturaban como quisieron hacernos creer al principio. Su asesinato vil y miserable fue un encargo del Príncipe heredero al trono saudí. ¿Por qué le molestaba tanto Khashoggi y por qué la enorme reacción que ha causado su crimen?

En julio de 2018 Mohammed bin Salman había ordenado traerlo de regreso a Ryad, pero protegido por su trabajo en Washington, aparecía frecuentemente en la televisión y tenía su columna en The Washington Post, por lo que decidieron cambiar el plan. Esperaron a que visitara el consulado saudí en Estambul, sabían que Khashoggi necesitaba un certificado para poder casarse con su novia turca, para hacerlo desaparecer.

Jamal Khassoghi fue asesinado por asfixia el 2 de octubre y su cuerpo descuartizado con una sierra médica traída a propósito para ello desde Ryad. El sanguinario trabajo fue hecho por un equipo de 15 sicarios, y había entre ellos colaboradores directos del príncipe heredero. Lo sabemos por el gobierno turco, quien ha convertido el crimen en un vector de su política hacia Arabia Saudí.

Ahora sabemos por la CIA que Mohammed bin Salman encargó el trabajo. La CIA lo sabe porque ha tenido acceso a dos cruciales comunicaciones. Primero en los días anteriores al crimen y después el día mismo del crimen. Son comunicaciones mantenidas entre los sicarios y un ayuda personal del Príncipe. El día del crimen el sicario le dice al ayuda: “dile a tu jefe que la misión ha sido realizada”.

El crimen se puede interpretar como una pieza de una lucha brutal por el trono que se está llevando a cabo dentro de la familia real saudí. , quien sueña con suceder a su padre el Rey Salman, está mostrando que está dispuesto a todo para conseguirlo. Sacó de la jugada al Príncipe Mohammed bin Nayef, quien había sido nombrado Príncipe heredero por el rey Salman cuando, a la muerte de su hermano Abdullah, ascendió al trono a principios del 2015; y ahora está haciendo un trabajo sucio contra quienes dentro y fuera de la familia al Saud se oponen a su entronización. Parece que su poder está menos consolidado de lo que se suponía.

Mohammed bin Salman ha sido acusado de secuestrar a otros príncipes de la familia al Saud, que no lo aceptan como heredero. Estos príncipes lo ven como un peligro por su rudeza, brutalidad e inexperiencia. The Washington Post ha denunciado que en el 2016 intentó secuestrar en Beijing a un príncipe crítico con él, pero el intento fracasó; los secuestros continuaron con disidentes políticos durante 2017, dentro y fuera de Arabia Saudí, ante el silencio de los gobiernos occidentales. Ya sabemos que hay una diferencia en el trato entre amigos y ante enemigos canallas. El equipo que asesinó a Khashoggi hubiera podido participar en estos secuestros. Mohammed bin Salman encarceló a finales de 2017 en el Ritz-Carlton de Ryad, junto a otros 200 príncipes y billonarios, a su rival, el Príncipe Turki bin Abdullah, quien sigue en cautividad. Sin duda alguna el silencio de Washington, Londres o París ante sus constantes violaciones de los derechos humanos y sus crímenes en la guerra de Yemen –lo recibieron con alfombras rojas cuando les mostró la chequera–, envalentonó al Príncipe para seguir con sus brutales crímenes dentro y fuera de Arabia Saudí. Se creía impune. Ahora, un juzgado de Buenos Aires está considerando juzgarlo tras una denuncia de Human Rigths Watch por sus crímenes de guerra en Yemen. La fotografía de Juan Carlos en Dubai con este asesino, como si el descuartizamiento de Khashoggi no hubiera existido, habla de quiénes son los Borbones y cómo obtienen su dinero.

Jamal Khashoggi nunca mostró simpatía por Mohammed bin Salman, y él mismo dijo que huyó de Arabia Saudí para no ser encarcelado. Tenía miedo de ser acusado de apoyar a otras fracciones de la casa real. Había trabajado como asesor de Turki Bin Faisal, hijo del rey Faisal, jefe durante un tiempo de los servicios de inteligencia y embajador en Londres y Washington. Khassoggi era conocido por sus lazos con Qatar y Estambul, quienes habían optado por apoyar a los Hermanos Musulmanes, con quienes el periodista simpatizaba. Era amigo personal de Erdogan, otro amigo de los Hermanos Musulmanes, quien entendió pronto que el crimen no era solo un asunto de política interior saudí.

Los Hermanos Musulmanes se han convertido en una línea de separación entre poderes regionales desde el epílogo de las revoluciones árabes. Fueron los Hermanos Musulmanes (una corriente moderada del Islam político opuesta al colonialismo y al secularismo con una intensa actividad caritativa) quienes mejor capitalizaron las protestas en las calles árabes. En Egipto, donde el régimen militar secular se formó en la lucha contra ellos, ganaron las elecciones presidenciales. En Yemen los jóvenes organizados en el Islah jugaron un papel muy importante en el fin del régimen de Saleh. En Turquía ayudaron a Erdogan. En Siria se levantaron contra Assad. Los saudíes contemporizaron con ellos hasta que Mohammed bin Salman se alió con la Unión de Emiratos Árabes para enfrentarse a Qatar, quien tiene un enfoque más moderado hacia Irán y estaba cuestionando la hegemonía de Ryad. La disputa ha producido un cisma dentro del islamismo sunita en la región entre wahabitas y hermanos musulmanes, lo que en Yemen dificulta una salida negociada a la guerra.Mohammed bin Salman junto a Putin

Erdogan, desde el principio entendió que el crimen tenía una dimensión internacional. Obama primero y Trump después han construido toda su estrategia en la región alrededor de la figura del Príncipe Mohammed bin Salman. Lo quieren como un policía en la región que haga el trabajo sucio que Estados Unidos no puede hacer tras su descalabro en Iraq. Obama consintió la guerra de Yemen para amansarlo después de su acuerdo con Irán. Obama lo veía útil por su petróleo, vigor y juventud. El Presidente Trump lo ve como un socio billonario con quien puede hacer negocios inmobiliarios.

La importancia del caso Jamal Kashoggi reside en que no era el típico disidente saudí. Jamal Khashoggi era un periodista con base en Washington que sin renunciar al Islam tenía una visión democrática para la región afín con los valores de Estados Unidos. Una visión enfrentada a un Príncipe autócrata y militarista como es el joven saudí. A Erdogan el asesinato le brinda la oportunidad de mostrar a Estados Unidos el error que está cometiendo al poner toda su política en Medio Oriente detrás de un príncipe brutal y sanguinario que no tiene otra visión que la guerra.

En Yemen Mohammed bin Salman está creando la mayor catástrofe humanitaria de las últimas décadas; en Siria ha sido derrotado por Assad con la ayuda de Rusia; su política de aislar a Qatar –un viejo amigo de Estados Unidos– es estéril; incluso en Egipto –donde Mohammed Morsi, el único presidente elegido democráticamente en la historia del país que sigue encarcelado acusado de espiar para Qatar–, la situación no ha llegado a estabilizarse.

El mensaje de Erdogan parece que está teniendo efecto viendo las grietas que empiezan a abrirse en Washintgon sobre la figura de Mohammed bin Salman. El senado de Estados Unidos, en una movida contra Trump, está discutiendo retirar la ayuda militar a la coalición encabezada por el Príncipe en la guerra de Yemen. Incluso hablan de imponer sanciones a Ryad. El propio Presidente Trump, a la defensiva, se niega a aceptar la evidencia que sus propios espías han recopilado. Cínicamente niega que el Príncipe ordenase el asesinato.

La denuncia de la CIA complica su política aventurera y militarista en la región y sus negocios particulares. Es un secreto a voces que desde que John Bolton está a cargo de la Seguridad Nacional, la guerra contra Irán ha vuelto a aparecer en la agenda nacional. Una guerra que requiere una política militarista como la que Mohammed bin Salman está desarrollando en la región y de la que el asesinato de Jamal Khashoggi –silenciar a los críticos– forma parte. Por eso Gina Haspel, la directora de la CIA, se niega a declarar en el Senado cuando se discute sobre Arabia Saudí. Mentiría si decidiese proteger a Mohammed bin Salman. La política de Trump en Oriente Medio es cada vez más la de un matón sediento de negocios, no importa el coste humanitario que pague la gente corriente.

 

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