¿Están llegando los vientos de paz a Yemen?

En Yemen se ha abierto una rendija de esperanza. La guerra continúa, aunque con menos intensidad. Y las partes implicadas han aceptado reunirse de nuevo en enero. Mientras tanto, el gobierno socialista mantiene sus compromisos de venta de armas.

 

Las noticias que llegan desde la ciudad de Hodeidah el día que en entra en vigor el acuerdo del alto el fuego son contradictorias. Se han reportado ruidos de explosiones y ataques aéreos al sur de la ciudad, pero también que la intensidad de los combates se ha reducido notablemente. Sabemos de la fragilidad del acuerdo alcanzado en Suecia, de lo poroso del territorio, del odio entre los combatientes, pero no nos queda más que hacer todo lo posible para que prospere el acuerdo. Estamos hablando del destino de la mayor crisis humanitaria de los últimos tiempos, de la vida de millones de personas.

Las fotos que por fin las empresas de comunicación han decidido publicar hablan por ellas mismas de qué clase de crisis estamos hablando. Hacía años que no veíamos imágenes tan devastadoras de una crisis hecha por el hombre. Niños con caras de viejos a causa del hambre atroz. Niñas agonizando de enfermedades curables. Cuerpos tumbados donde solo hay pellejo, incapaces de sostener su propio peso. La cifras son también pavorosas. Solo en un mes, en noviembre, en Hodeidah murieron 3.000 personas. La cifra mantenida hasta ahora de 10 mil muertos en los casi cuatro años de guerra se va quedando pequeña. Es mucho más creíble la de 60 mil dada recientemente. UNICEF ha dicho que ya han muerto 85 mil niños a causa del hambre. Una reciente encuesta de Naciones Unidas ha encontrado que 16 millones de yemeníes viven con escasez de comida, de ellos cinco millones pasan hambre y 63.500 están literalmente muriendo de hambre. Un incremento del 42% desde marzo del 2017, cuando se realizó una encuesta similar. Por el puerto de Hodeidah entra el 75% de la ayuda humanitaria que mantiene con vida a esta gente. Por eso es tan importante que el alto el fuego en Hodeidah prospere.

Martin Griffiths, el enviado de Naciones Unidas en Yemen que ha desempeñado un papel clave en las negociaciones, ha dicho que se requiere un robusto monitoreo internacional para que se cumplan los acuerdos y ha propuesto que la tarea sea llevada a cabo por el general holandés retirado Patrick Cammaert, que supervisó el alto el fuego entre Etiopía y Eritrea en su última guerra. El tiempo para que actúe la Comunidad Internacional ha llegado, pero cuando debía empezar el alto el fuego solo habían desplegado una pequeña misión. Todavía el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no ha adoptado ninguna resolución apoyando los acuerdos de Suecia. ¿Cómo es posible?

La razón es sin duda la debilidad política de la coalición. La guerra no puede acabar sin que se inicie un proceso político para refundar el estado yemení, un proceso que estaba en marcha cuando empezó el conflicto armado. Contra todo pronóstico la guerra ha trabajado a favor de los huzíes, debilitando el viejo régimen de Saleh sin Saleh que los saudíes, ingleses y estadounidenses querían reinstalar. No deja de ser chocante que un gobierno de facto que tiene el apoyo del ejército nacional, que ha controlado durante cuatro años la capital y un territorio donde vive el 80% de la población siga siendo considerado “rebelde”, mientras que el gobierno depuesto del Presidente Hadi, que no puede ni garantizar su sede en territorio yemení, que no es otra cosa que una cáscara vacía –el ataque a Hodeidah estaba comandado por militares de Emiratos–, se le considere el gobierno del Yemen. Es incoherente que pidan al gobierno de facto que ha resistido cuatro años y que está lejos de ser derrotado que se autodesarme para poder empezar negociaciones políticas. La idea de que es un gobierno sostenido por los misiles iraníes es ridícula, como lo era la amenaza de Sadam Hussein. Se trata de excusas prefabricadas para hacernos tragar una guerra en beneficio de los halcones saudíes coaligados con accionistas de las empresas de armamento.

Este periodista ha hablado recientemente con residentes de Taiz viviendo en territorio en manos de la coalición y le han contado que esta es incapaz de generar ninguna institucionalidad. El poder está en disputa entre jeques que reciben dinero de los saudíes y jeques que lo reciben de los emiratíes, muchas veces miembros de las mismas familias. En otras áreas controladas por la coalición las tribus han establecido alianzas con al Qaeda o están bajo control de grupos separatistas. Periodistas que han visitado recientemente el país dicen que se encuentran más seguros en Sanaa que en Aden, la vieja capital del sur donde se pasa la misma hambre que en Sanaa.

Bombardeos en YemenTaiz era uno de los centros políticos de Al-Islah, un partido esencial en el régimen anterior en el que habían confluido wahabistas y Hermanos Musulmanes. Corrientes del sunismo ahora no solo divididas, sino enfrentadas, como ha puesto en evidencia el asesinato de Jamal Khashoggi. El wahabismo es la corriente del islam saudí y los Hermanos Musulmanes están apoyados por Qatar y Turquía. El otro partido esencial del viejo régimen, el Congreso General del Pueblo, el partido del Presidente Saleh, ha quedado también debilitado después de que este fuera abatido el año pasado por los huzíes en una disputa política interna. El Congreso General del Pueblo mandó delegados con la delegación del gobierno de facto huzíe a las negociaciones de paz en Suecia.

De cualquier manera es imposible que la guerra acabe sin que se reanude un proceso político de negociación a nivel nacional. Las negociaciones que está previsto se reanuden en enero –ambas partes han aceptado– tendrán que abordarlo si quieren llegar a un final feliz. Sin acuerdo político no hay fin de la guerra. La guerra y la política son la continuidad de un mismo proceso, detenido cuando el Presidente depuesto Hadi se negó a negociar de igual a igual con los huzíes el futuro del Yemen. Después de cuatro años de guerra estamos como cuando empezó, pero quizá ahora Hadi –debilitado– se vea obligado por fin a aceptar un diálogo nacional entre iguales sobre el futuro del Yemen. La victoria militar es inviable, como lo es la continuidad del viejo régimen.

La presión internacional sobre los saudíes es decisiva para acabar con la guerra, que es la principal causa de la devastadora crisis humanitaria en Yemen. La guerra la están haciendo los saudíes con armas occidentales y asesorados por militares estadounidenses e ingleses. Por eso ha sido importante que el Senado de los Estados Unidos –en manos de los conservadores– haya aprobado una resolución bipartidista exigiendo que se detenga la asistencia militar de los Estados Unidos a Arabia Saudí en la guerra del Yemen. No por ser simbólica deja de ser significativa. Canadá está considerando dejar de vender armas a los saudíes después del asesinato de Jamal Khashoggi, a pesar de que tiene varios contratos firmados, según ha dicho su Primer Ministro Justin Trudeau. La mayoría de los países de la Unión Europea, incluida Alemania, han detenido la venta de armas a los saudíes.

El gobierno de Sánchez debería tomar ejemplo. Nunca será tarde si se salvan vidas de civiles inocentes. España tiene que dejar de vender armas a Arabia Saudí mientras dure la guerra del Yemen. La vida de los niños debe estar antes que las comisiones de los políticos, reales o no, y los dividendos de los accionistas de las empresas de armamento. El diario El Mundo recientemente informó que “sólo entre noviembre de 2016 y febrero de 2018, 5.300 toneladas de explosivos se cargaron en el puerto de Bilbao con destino a Arabia Saudí y Emiratos Árabes”. Sánchez no debe olvidar que la crisis humanitaria en Yemen es el resultado de una estrategia de guerra contra la población civil en la que se usan las armas que España vende. Una estrategia militar prohibida por la comunidad internacional por su compromiso con los derechos humanos y la ayuda humanitaria. Es una crisis hecha por el hombre y debe ser resuelta por el hombre. ¿Cómo es posible que un gobierno “socialista” siga vendiendo armas a criminales de guerra?

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