Contrarrevolución en Sudán de la mano de Arabia Saudí

El pasado lunes Jartum amaneció como un campo de batalla. Las Fuerzas de Ayuda Rápida (Janjaweed) llegaron de todas las direcciones disparando fuego real al campamento que la Revolución mantenía desde principios de abril cuando decidió convertir una marcha en una sentada permanente enfrente del cuartel general de los militares. Al menos 35 ocupantes fueron asesinados y otros cien heridos de bala. Los detenidos se cuentan por centenares. Las tiendas para dormir y otras instalaciones fueron quemadas. El campamento destruido.

No había ninguna excusa para la brutal represión. Los revolucionarios habían apostado por la resistencia cívica y habían convertido el campamento en una ocupación festiva. Periodistas que lo habían visitado lo describían más como un festival contracultural de verano que como el escenario de una Revolución. Los ocupantes habían decidido mantener el campo hasta que los militares entregaran el poder a un gobierno civil para organizar unas elecciones creíbles. Sabían que la detención del dictador al-Bashir en abril y su sustitución por un Consejo Militar era nada más que un cambio de cara. Los generales genocidas en Darfur, los coroneles corruptos que se habían enriquecido ilegalmente con el petróleo, el oro o el comercio de ganado, o los que habían hecho negocios con la Unión Europea para frenar la migración en el desierto de Sudán, seguían. Bashir había sido depuesto pero el viejo régimen continuaba y querían derribarlo.

Durante dos meses la Revolución había estado en un impasse. Las demandas de la Revolución se habían estrellado contra el muro que habían levantado los militares. Pero el lunes entró en una nueva fase peligrosa. La semana anterior Jartum había conocido una huelga general para forzar a los militares a volver a la mesa de negociaciones de la que se habían retirado. El lunes los militares decidieron mover ficha para romper el impasse y tomar la iniciativa, hasta entonces en manos de la Revolución, destrozando su principal símbolo.

El mismo día del ataque los militares confirmaron que no querían más negociaciones y convocaron unilateralmente a unas elecciones a celebrar en nueve meses. Unas elecciones de ningún modo creíbles para la Revolución. Los militares han optado por una vía de confrontación para mantenerse en el poder de cualquier manera, como muestra el ataque al campamento.

El humo del campo desmantelado se veía el lunes en vídeos subidos en directo a las redes sociales en los que se apreciaba también la brutalidad de los Janjaweed y a jóvenes heridos de bala sangrando en el suelo, algunos inmóviles. De cualquier forma el asalto al campo no había paralizado a los ocupantes. Ellos dicen que el miedo lo perdieron hace tiempo. Los revolucionarios dispersados no volvieron a sus casas derrotados. La Asociación de Profesionales (SPA), la organización que está liderando la Revolución, llamó a continuar en las calles después de calificar el ataque de “traicionero” y de “sangrienta masacre”.

En otros vídeos se veía a jóvenes heridos en camas improvisadas en el suelo de hospitales haciendo el signo de la victoria. Los que no habían sido heridos o detenidos se habían organizado en pequeños grupos. Al Jazeera –sus periodistas habían sido expulsados el día anterior– mostraba imágenes de estos jóvenes levantando barricadas con ladrillos, piedras y neumáticos ardiendo. Incluso llegaron a cerrar uno de los seis puentes del Nilo para dificultar el movimiento de los Janjaweed, que habían empezado a detener a gente en hospitales y domicilios. La determinación de estos jóvenes permite pensar que puede que los militares hayan tomado la iniciativa, pero el curso de la Revolución todavía no está decidido. La Revolución sigue contando con el apoyo popular.

Los militares lo saben y tratan de compensarlo con la ayuda de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Egipto. Países que no quieren una Revolución en Sudán. No es casual que la contrarrevolución haya empezado dos días después de una visita del General Abdel-Fattah Burhan, el jefe del Consejo Militar, a Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos.

Los egipcios, saudíes y emiratís quieren la continuidad del régimen militar porque han encontrado en Sudán suministro de agua; suelo agrícola para su seguridad alimentaria e inversiones; y soldados para su guerra del Yemen.

El propio al-Burhan fue el organizador del contingente sudanés que combate junto a Ryad contra los huzíes en Yemen. Los saudíes y emiratís aprovecharon la quiebra financiera –Sudán perdió dos tercios de sus ingresos estatales, que provenían del petróleo, cuando se separó de Sudán del Sur— para convertir a los militares sudaneses en sus clientes, desplazando a Qatar, Turquía e Irán –con quien mantienen una lucha por la hegemonía en la región. En abril, en medio de la crisis, Emiratos depositó 500 millones de dólares en la caja del tesoro sudanés. Forma parte de una cantidad prometida de 3.000 millones. La falta de pan, gasolina y medicinas es lo que desató las primeras manifestaciones que desencadenaron la Revolución, poniendo al régimen en peligro.

El número dos del Consejo Militar –muchos lo ven como el poder real– es Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemeti, también amigo de Ryad y Abu Dabi. Mientras al-Burhan estaba en Abu Dabi, Hemeti estaba en Jedda reuniéndose con Mohammed bin Salman, el príncipe a cargo de Ryad. Su poder le viene de ser el líder de las Fuerzas de Apoyo Rápido (Janjaweed). Las milicias árabes que estuvieron en la vanguardia del genocidio en Darfur. El núcleo de las milicias lo forman 7.000 hombres de la tribu árabe Rizaygat de Darfur, a la que pertenece Hemeti y que luchan en Yemen junto a las tropas de Emiratos. Fueron las víctimas de los Janjaweed en Darfur los que se presentaron en Jartum para sumarse a la Revolución. Se hicieron famosos en el campamento, porque trajeron con ellos fotos de su sufrimiento, que enseñaban desafiantes a los militares. Fueron los Janjaweed quienes llevaron a cabo la brutal represión el lunes. El poder parece estar cada vez más concentrado en los generales más violentos.

La escueta respuesta europea a la brutal represión se puede explicar porque el principal objetivo de su política en el cuerno de África es la estabilidad para evitar flujos de migrantes hacia el Mediterráneo. Los derechos humanos y la democracia los han aparcado en nombre de sus reaccionarias políticas migratorias, hasta el punto de que están financiando a los genocidas janjawees para que controlen las fronteras.

Es muy probable que el apoyo de la Comunidad Internacional al movimiento revolucionario democrático se quede solo en declaraciones y traguen lo que Arabia Saudí haga. Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia o España lo están haciendo ya en Yemen, donde han sacrificado los derechos humanos a cambio del dinero de los accionistas de sus empresas de armamento, y es posible que vuelvan hacerlo en Sudán.

La Unión Africana ha dado un ultimátum hasta el 30 de junio a los generales sudaneses para que traspasen el poder a los civiles. Pero el presidente de la Unión Africana es Abdel Fattah el Sisi. Él mismo líder de un golpe de Estado sangriento en 2014 que derrocó al primer presidente elegido democráticamente en la historia de Egipto.

En estas condiciones es difícil imaginar cómo ciudadanos que han optado por una vía pacífica para llevar a cabo su Revolución democrática pueden parar a un ejército conocido por su genocidio en Darfur. Pero la Asociación de Profesionales Sudaneses (SPA), quien lidera la revolución, piensa que puede conseguirlo y ha llamado al pueblo sudanés a ser parte de una “total desobediencia civil” para derribar al Consejo Militar.

El martes las movilizaciones seguían en las calles a pesar de que se celebraba la fiesta del fin del Ramadán. Internet había sido cortado. Los vuelos suspendidos. La Asociación de pilotos se ha sumado al llamamiento de la SPA. La destrucción del campamento ha obligado a la Revolución a cambiar de táctica. Ahora pequeños grupos se movilizan dispersos por las principales esquinas de las tres ciudades que forman Jartum, llamando a los militares a pasar el poder a los civiles. La lucha por la libertad no ha terminado.

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