El nacimiento de una especie

Un viaje a África en busca del origen de la vida humana.

Introducción

Este es un libro sobre lo que nos ha llevado a ser como somos. Un libro acerca de nuestra especie. Por qué vivimos en grupo y soportamos alianzas, jerarquías y rivalidades; por qué caminamos erguidos sobre dos piernas, tenemos mandíbulas y músculos débiles o carecemos de forro; por qué cocinamos o somos omnívoros; por qué tenemos cerebros grandes, somos curiosos y observadores y creamos cultura; cómo fuimos capaces de crear símbolos que entendemos colectivamente; te nemos un lenguaje creativo, somos religiosos y producimos arte, in terpretamos el mundo, o podemos organizar y movilizar grandes multitudes de individuos para un objetivo. Es un libro acerca de la evolución humana.

Aparecimos en África. Los humanos modernos, nuestra especie, no solo pertenece al grupo general de los grandes primates. Formamos parte de los primates africanos y fue en sus bosques, sabanas, zonas lacustres y costas donde nos hicimos humanos. Es por eso que la mayor parte de la acción de este libro ocurre en África, hablando con paleontólogos, buscadores de fósiles, curadores de museos o visitando santuarios en donde se encuentran ocultos secretos de nuestros orígenes. Son estos actores los que han narrado la historia de la evolución humana. En cierta manera es un libro sobre África. Fue en África donde nuestro género Homo, las especies que hemos evolucionado de un mismo ancestro, apareció modificado de otros homínidos, los australopitecos, hace 2,8 millones de años. Fue también en África donde apareció el H. moderno modificando el cerebro de una especie de homo más arcaico que poblaba África hace 300 mil años. Y fue en África también donde  nació con nuestra especie el lenguaje simbólico, el arte y la religión.

Como verá el lector no ha sido una historia fácil. Nuestra historia particular evolutiva comenzó su andadura hace alrededor de seis millones de años cuando grupos de nuestro ancestro común con el chimpancé salieron de la selva húmeda en busca de otros ecosistemas para sobrevivir y empezaron a caminar erguidos sobre dos pies. Durante los seis millones de años que han pasado desde entonces hasta la aparición de nuestra especie (aquellos individuos que compartimos el mismo ADN, nos atraemos sexualmente y tenemos descendencia) el azar genético tomó su oportunidad durante cambios extremos climáticos mutando una y otra vez el ADN de nuestros ancestros, experimentado con formas nuevas de vida en poblaciones que lograron adaptarse pero también en otras que desaparecieron y no por ser las más débiles. La evolución ha mostrado que no tiene ningún sentido o propuesta. La selección natural no tiene ningún libreto que seguir. Durante este largo periodo hubo largos episodios de continuidad y momentos de ruptura difíciles para nuestra vivencia compartida hasta hace apenas 40 mil años con otras especies humanas, entre ellas los neandertales. Todo ello con una sola propuesta: la vida.

Existe una discusión sobre si la evolución es un proceso largo o los cambios ocurren de golpe. El mismo Darwin estaba confundido al respecto. Ahora se sabe que puede haber saltos evolutivos. Cambios peque ños en el ADN, eventos de corta duración, 200 mil años, en pequeñas poblaciones aisladas, pueden tener efectos dramáticos sobre el futuro de una especie. Algo que parece haber ocurrido al final del pleistoceno, cuando en poblaciones de australopitecos que caminaban erguidas por la sabana africana crecieron desproporcionadamente sus cerebros, apareciendo el género Homo.

Desde entonces el cerebro ha marcado a los humanos. Ha resultado ser un órgano muy complejo que gobierna nuestra conducta, pero del que paradójicamente, a pesar de su importancia, sabemos todavía muy poco. Lo que sí sabemos es que un cerebro de un recién nacido tiene 100 mil millones de neuronas. El mismo cerebro ha sido construido por pequeñas mutaciones que le han permitido articular de manera oportunista y en cortos espacios de tiempo viejas y nuevas estructuras orgánicas estableciendo diferentes redes de conexiones para adaptarse a nuevas situaciones ambientales. Se piensa que la organización de estas redes es lo que hace único al cerebro del hombre moderno. Gran consumidor de energía, el cerebro mostró su habilidad para inventar la técnica y construir sofisticadas herramientas que permiten obtener la energía que necesita; supo manejar una vida cada vez más compleja en grupo; y más tarde entender conceptos abstractos y comunicarse de manera creativa usando un lenguaje simbólico. Su acelerado crecimiento hace dos millones de años significó una ruptura con otros homínidos. Una ruptura mucho más importante que cuando salimos de los árboles de la selva húmeda y fuimos capaces de adaptarnos a la vida en el suelo de la sabana. Todas las actividades humanas, incluida la religión, como veremos surgen de una actividad cerebral. El hombre transforma el mundo con lo que tiene en su mente, pero nos está costando tiempo asimilar que la mente es un producto de un concreto cerebro en un contexto colectivo particular.

El mundo interior nos ha fascinado desde cuando tomamos conciencia de que existía, algo que posiblemente empieza a ocurrir con la reorganización de conexiones cerebrales que conoció nuestra especie y aparece la llamada voz interior. La antropología está llena de historias de indagaciones sobre lo que hay debajo del cráneo. ¿Qué es lo que nos habla? Trepanaciones, cambios de forma craneal, decapitaciones de cadáveres, culto a las calaveras… han existido en diferentes culturas desde temprano. Ahora es la ciencia quien por primera vez está estudiando profusamente nuestro cerebro. Hasta hace bien poco la mayoría de las culturas han buscado el origen del mundo interior en un mundo intangible. Tiene su razón material, como veremos. Hasta han llegado a dotarle de una vida autónoma que llamaron alma. No podían imaginar que el milagro de su existencia fuera mucho más simple y terrenal. El mundo interior pertenece a un capítulo de la historia de la evolución, al de los cerebros humanos modernos. Ahora, gracias a Darwin sabemos que igual que no hace falta Dios para explicar el Universo tal como es, tampoco hace falta para explicar al hombre tal como es.

La inteligencia no es lo mismo que la conciencia. La conciencia humana, la idea de que la humanidad se creo a sí misma, es algo relativamente reciente; antes tuvo que haber otros tipos de conciencia. La conciencia también evoluciona. El concepto especie solo ha podido ser construido gracias a la revolución cognoscitiva desarrollada con la aparición del simbolismo y del lenguaje, que ha significado otra ruptura en nuestra evolución. La diferencia con otras especies humanas, había al menos otras seis especies distintas cuando aparecimos, está precisamente en lo que hay dentro de las mentes, en la manera en que aparece la conciencia. Gracias a esta el H. moderno por primera vez ha sido capaz de aglutinar a numerosos individuos para una propuesta, rompiendo las barreras de grupo. Esta capacidad para unir individuos permitió poblar al hombre moderno todo el planeta. Ninguna otra especie pudo hacer nada semejante. Las otras humanidades vivían diseminadas en pequeños grupos cazando y recolectando con la única consciencia posible de pertenecer a un pequeño grupo que controlaba un territorio. La construcción simbólica traída por los cerebros de los modernos permitió poner juntas a comunidades distantes incluso donde no existía relación sanguínea o lingüística. Los humanos modernos somos capaces de ayudar a individuos que no conocemos, algo que el chimpancé no hace, podemos identificarlos como semejantes, los chimpancés solo como extraños. A través del mundo simbólico hemos creado una consciencia de pertenencia a algo más inclusivo que nuestro pequeño grupo. Empezamos hablar como humanidad, como especie. Un proceso que sabemos por las guerras que está en construcción, un proceso que todavía no está acabado, como estamos experimentando con la crisis de los refugiados, o cuando negamos la humanidad a los enemigos de nuestro grupo, pero la revolución cognoscitiva que trajo la evolución del cerebro nos ha permitido crear también la esperanza de pensar y actuar como especie.

Esta capacidad de aglutinar a multitudes en torno a un objetivo ha convertido a nuestra especie en un actor único capaz de modificar el planeta. Los científicos están alertando de que la Tierra ha entrado en una nueva fase geológica debido a nuestra propia actividad. Para estos  científicos estamos saliendo del holoceno y entrando en el antropoceno. El planeta está enfrentando extraordinarios cambios climáticos y ambientales producidos por la actividad humana. La sobrepoblación, la acidificación de los océanos, nuevas epidemias, la emisión de dióxido de carbono (CO2) están amenazando la existencia de nuestra propia especie. Los objetivos capitalistas que nos aglutinan en nuestra época están amenazando al planeta con un destino sombrío. La propuesta de la vida, la única razón de existir de nuestra especie, está amenazada por nosotros mismos. Por primera vez el enemigo de la especie está dentro de ella. Hemos producido suficientes bombas nucleares para auto barrernos del planeta. Stephen Hawking ha dicho “las formas primitivas de la inteligencia artificial que ya tenemos han demostrado ser muy útiles. Pero creo que el completo desarrollo de la inteligencia artificial podría significar el fin de la especie humana”. Las nuevas generaciones enfrentan un desafío que no ha tenido ninguna generación anterior en 300 mil años de existencia del H. moderno. Un desafío que solo puede ser resuelto si llegamos a actuar como especie. Ha llegado el momento imprescindible de reivindicar a la especie humana y pensar en términos planetarios; la época de trabajar juntos por la vida sin importar raza, religión o nacionalidad ha llegado.

Presentación en Zaragoza:

 

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