La lucha por las utopías. Subversión y fidelidad

Botey lucha por las utopias

De entrada hay que distinguir aquella esperanza orientada a conseguir en este mundo un mundo mejor, de la esperanza escatológica, gratuita, resultado de una promesa. La primera es resultado del esfuerzo humano y podrá valorarse según criterios éticos y por los resultados. El cristiano no es ajeno a este compromiso. En la parábola de los talentos y en la del juicio final de Mateo 25 Jesús alude a esto. La segunda hace referencia a un hecho trascendente, el Reino. A ella se refiere, por ejemplo, San Ignacio de Antioquia en aquella memorable carta a los cristianos de Roma pidiéndoles que no intercedan por él, que desea morir en los dientes de las fieras porque está esperando con anhelo el encuentro del Señor. De esta hablaremos más adelante, aquí lo haremos de los que soñaron una utopía histórica, nunca del todo alcanzada.

3.1 Subversión y herejía

 Un posible hilo conductor para comprender la historia es leerla a partir de estos buscadores de nuevas tierras prometidas, que empeñaron su vida en el servicio de un mundo mejor. Los hay en todas las formaciones sociales. Viven su compromiso como la exigencia y entrega a una causa que sienten como absoluta. Para ellos el camino hacia esta tierra prometida supone un duro “paso por el desierto” porque casi todos fueron considerados subversivos, quebrantadores del orden, disidentes, herejes. Fustigan tanto a las autoridades, en tanto que responsables del mal como al pueblo por sus infidelidades, y son rechazados por ambos. Así fueron condenados los profetas de Israel y acostumbran a ser condenados los profetas de hoy. Sin embargo, aunque no hay una tierra prometida definitiva, son creadores de esperanza. Censurando el presente anuncian un futuro mejor y en esta confrontación ponen de manifiesto la dialéctica entre sistema-antisistema, institución-protesta, poder-fe, político-profeta.

La mayoría tuvo que escoger entre obediencia a la norma u obediencia a la conciencia. Obedecer a la conciencia exige convencimiento y una total libertad y pobreza porque quien lo hace sabe que deberá asumir graves consecuencias sociológicas y sicológicas, soledad, aislamiento, descrédito, vivir en el ostracismo, quizá ponga en riesgo su propia vida. Antígona sabe que enterrando a su hermano desata la ira de Creonte, y debe escoger entre la piedad y el orden. Sócrates es acusado de desacato a los dioses. Los dos serán condenados. En ocasiones, más que el hecho en sí, lo que se condena es el quebrantamiento del orden por su valor simbólico. En la República de Platón el innovador será reprobado y quien rompa o añada una cuerda a la lira será desterrado. Así también en Jesús. Los fariseos dan valor simbólico a la ruptura de las nimias prescripciones rituales. Pero proclamando que “el hombre no se ha hecho para el sábado sino el sábado para el hombre”, Jesús asume las consecuencias de su enfrentamiento con el poder.

La mayoría de las veces el disidente no alcanza a ver el resultado de su sacrificio. Si Espartaco y los miles de esclavos que fueron crucificados con él 70 años antes de Jesucristo no hubieran existido quizá estaríamos todavía en la esclavitud… sin las revoluciones de los pobres en la Edad Media, sin los libertadores de las colonias, sin tanto sufrimiento obrero, sin la resistencia en Irak… Además con suerte la historia recuerda sólo el nombre de los líderes, las mayorías sacrificadas permanecerán en el anonimato.

¿Quién tiene autoridad para condenar? ¿quién crea desorden y quién crea esperanza, el desobediente o el que manda obedecer un orden injusto? ¿En qué objetividad se fundamentan los criterios que condenan a uno y absuelven a otro? Porque muchos de los condenados fueron rehabilitados y otros a punto de ser condenados fueron encumbrados a la cima de los altares. En el palo al que fue atada Juana de Arco (1431) para ser quemada se describían las causas de su condena: “Jehanne que se hacía llamar virgen: mentirosa, perniciosa, engañadora del pueblo, hechicera, supersticiosa, blasfema de Dios, presuntuosa, descreída de la fe de Jesucristo, jactanciosa, idólatra, cruel, disoluta, invocadora de los demonios, apóstata, cismática y hereje”. Pocos años después es rehabilitada y posteriormente canonizada y nombrada patrona de Francia. San Francisco de Asís estuvo a punto de ser condenado. San Juan de la Cruz fue encarcelado a pan y agua durante siete meses por sus mismos hermanos de congregación. San José de Calasanz, condenado por la inquisición, muere con su orden de los escolapios prohibida por la Santa Sede. La lista de condenas que hoy nos avergüenzan sería inacabable, sobre todo en las organizaciones que dicen representar valores de la iglesia.

¿Debemos con esto decir que la herejía es un concepto subjetivo elaborado por parte de quien tiene el poder, es decir, que el poder actúa arbitrariamente? No necesariamente, pero hay que destacar la incomodidad que para el poder representa la mayor parte de los movimientos rebeldes. Porque con el tiempo, las instituciones tienden a la esclerosis y a convertir la esclerosis en ley. Las cúpulas acostumbran a secuestrar para sí el poder que deberían tener siempre las bases. En ocasiones, se plantea como la necesidad de adaptar el mensaje profético original a las circunstancias, pero en otras funciona sólo la lucha por el poder. Entonces el poder no declara herejes a los que lo son sino a los que puede o quiere, en parte porque en muchas ocasiones los herejes son las mismas autoridades que están condenando. A diferentes escalas se reproduce el conflicto entre Stalin y Trotsky. Quienes hoy en algunas organizaciones de izquierda proclaman el retorno a los principios fundacionales del socialismo son acusados por las direcciones como perturbadores del orden en la organización. Y el poder condena o amenaza con la condena no sólo a los declarados disidentes sino a todos aquellos que presumiblemente pueden poner en cuestión los intereses del grupo en el poder.

3.2 Herejías medievales: retorno a la tradición fundacional, prioridad del pobre

Una de las características que la historiografía atribuye a las herejías medievales (Chénu, Le Goff, G.Duby, Duvignaud, Valdeón) es su reiterada propuesta de retorno a la tradición fundacional, y en especial a la pobreza evangélica. Por ejemplo, el movimiento de mendicantes de la Edad Media como fenómeno de extraordinaria vitalidad y ubicuidad en toda Europa, siempre decapitado y siempre renaciente bajo múltiples formas. Todos ellos tienen en común su enfrentamiento a una jerarquía vinculada al poder y defensora de la fe por las armas y fueron mayoritariamente condenados como herejes. Sin embargo hoy debemos agradecerles que escogieran la pobreza y que en un largo período del XII al XIV se enfrentaran incluso a los grandes pontificados como los de Gregorio VII, Inocencio III o Bonifacio VIII e intentaran crear, como Jesús en su momento, espacios de resistencia frente una Jerarquía que actuaba en contra de los principios del evangelio.

Entonces y ahora reivindicar el pasado puede ser lo más revolucionario. Iglesia y colectivos sociales de izquierda saben que ante “el pobre” se juegan su ser o no ser. Pero frente al poder, tanto religioso como civil, los pobres son peligrosos, son incontrolables. No responden a las características que pueda asumir una institución que, aun teniéndolos en cuenta, quiere tener presentes criterios de oportunidad y prudencia, pactos, negociaciones. Pero ni los profetas ni el evangelio aceptaron estas sutiles distinciones. No es tanto un problema doctrinal como ético, no de ortodoxia sino de ortopraxis.

Siempre las expresiones sociales que parten de la fe tienden a ser radicales, no se guían por la oportunidad o moderación porque no se mueven por los criterios de la ética sino por la escatología.

3.3 Utopías renacentistas y autonomía de la conciencia individual

Al Renacimiento se le atribuyen los orígenes de la modernidad, el advenimiento de una nueva racionalidad económica –la mercantil– y de una nueva racionalidad política –laica, el Estado–. Se le adjudica la ruptura con el teocentrismo, el inicio de una larga secuencia de revoluciones científicas y técnicas y una transformación radical de principios éticos. En este contexto surge un género literario situado entre la imaginación y propuestas de cambio, entre la crítica al príncipe y el ofrecimiento de alternativas. Las más conocidas La Utopía de Tomas Moro, La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella o La Nueva Atlántida de Francis Bacon. Los autores fueron condenados, Moro fue ejecutado, Campanella pasó veintisiete años en prisión. Las diferencias entre ellas, una defensora de la libertad y otras del orden, se reproducen una y otra vez en todos los intentos de un orden diferente en el mundo.

Todavía en la Europa de los siglos XVI y XVII sigue siendo la Biblia, en su interpretación más social e igualitaria el principal “manual revolucionario” que inspiró tanto la libre conciencia  individual  frente  al  poder  de  la institución  (protestantismo)  como los movimientos más radicales y utópicos. Huss, Savonarola, Lutero, Calvino y tantos otros siguen teniendo a Dios como referencia en sus propuestas de reforma de la Iglesia y la sociedad.

Será, la Biblia la que inspirará a Thomas Münzer, partiendo de la misma teología luterana, a encabezar una revolución de campesinos y mineros contra Lutero por haber entregado el poder religioso a los príncipes. Puede considerarse la primera revolución social de la Europa moderna. Münzer fue ejecutado por orden de Lutero. De manera parecida ocurrió con el movimiento de los “niveladores” durante la revolución inglesa a mediados del XVII. Winstanley encabezó un movimiento agrario de revolución social contra la propiedad de la tierra bajo el lema que Jesucristo habría sido el primer “nivelador”.

En la misma línea hay que tener presente los movimientos surgidos en Latinoamérica a partir de la conquista. De entre muchas la figura más importante por su constancia en la defensa de la cultura india será la de Bartolomé de las Casas.

3.4 Hacia el mundo moderno y utopías sociales

La autonomía de la razón, la nueva ciencia, el secularismo y la laicidad, la conciencia y la proclamación de unos Derechos Humanos inalienables, la democracia, la libertad individual y colectiva, han sido conquistas sociales detrás de las cuales hay sufrimiento, condenas y víctimas. En muchas la violencia y abusos empañaron el ideal de los promotores. A menudo los principios quedan esclerotizados y después se condena a otros en nombre de aquellos principios. Por ejemplo, 70 años después de la Revolución Francesa en nombre de la Libertad, Igualdad y Fraternidad se aplasta a sangre y fuego la Comuna de París que se guiaba por los mismos principios.

Así ha ocurrido durante este trágico siglo XX con tantas utopías sociales y doctrinas globales de salvación. Marxismo y anarquismo son utopías con propuestas concretas de justicia, igualdad y cooperación, con voluntad de “soñar hacia delante”, son ciencia en el análisis social y son ideología, fe de transformación social. Demasiado rápidamente se contaminaron de ambición, voluntad de poder y corrupción, propiciaron la represión y crearon los gulags de muerte. Aprender la lección para no repetirla supone recordar los errores pero también los aciertos y no desechar la propuesta por el hecho que algunos la hayan desacreditado. También los cristianos tenemos una larga y desgraciada experiencia de lo que supone la arteriosclerosis en las instituciones religiosas y no por eso hemos dejado de creer.

3.5 Utopías que nacen

A pesar de la aparente atonía en el mundo actual, sigue viva la veta utópica escondida de la historia de la que surgen continuamente nuevos movimientos, colectivos que responden a los nuevos problemas de manera alternativa y en todas sus variantes, superando antiguas divisiones ideológicas o confesionales: pacifismo, anti-globalización, solidaridad internacional, feminismo, ecologismo, indigenismo, acogida al inmigrante, contra la droga, movimiento okupa, comunidades de base, colectivos de diálogo interreligioso etc, que proclaman con sus vidas que otro mundo no sólo es posible sino que existe. Ellos son en parte nuestros profetas de hoy.

No hay nada tan reaccionario como creer que “no hay nada a hacer”. La realidad no se agota en aquello que vemos, actúa más allá de los sueños que soñamos despiertos, son los sueños que penetran la vida aunque no los veamos. Lo querido utópicamente dirige a todos los movimientos de la libertad. Por otra parte lo nuevo no es nunca del todo nuevo. Siempre hubo alguien que lo había intentado antes en la misma dirección.

Finalmente, sabemos que siempre permaneceremos en el exilio porque la realidad conquistada nunca se conformará a nuestros deseos. Estemos donde estemos, estaremos siempre en el destierro, en Egipto. Siempre habrá un lugar mejor que el presente, una tierra prometida mejor para la que trabajar y esperar con esperanza activa.

 

Apartado 3º del texto de Jaume Botey Construir la esperanza, Cuaderno nº 154 de Cristianisme i Justícia, mayo 2008.

Libros relacionados:

 Filosofía y esperanza. Ernst Bloch y Karl Löwith, intérpretes de Marx Cristianismo de liberación. Perspectivas marxistas y ecosocialistas de Michael Lowy