La verdad como encuentro

Cristianos y el nacionalismo e independentismo catalanes

Agradezco al Instituto Mounier haberme invitado a esta XXV Aula de Verano(1) y en especial a Carlos Díaz, al que tanto he leído pero a quien no conocía personalmente. Le agradezco en especial que mi iniciación a Buber fuera a partir de sus escritos. Pero agradezco sobre todo al mismo Mounier que con su pensamiento y acción haya sido un referente a lo largo de mi vida, porque él vivió la Fe como encuentro con la realidad, como hoy, en un mundo tensionado por la lucha entre las grandes ideologías, liberalismo, fascismo y comunismo.

A mí se me encargó el tema La verdad como encuentro partiendo de la experiencia de la fe vivida a lo largo de mi vida, una especie de «Confesiones» o de autobiografía del cómo haber vivido la fe en medio de las contradicciones. Enseguida me di cuenta que aceptar fue un atrevimiento y quizá una irresponsabilidad, pero ya no tenia remedio.

Cargando con esta insensatez, en esta introspección a la que me habéis obligado se pone una vez más de manifiesto algo mounierano: la primacía de la conciencia sobre la norma, del individuo sobre la ley, de la construcción de la conciencia a partir de la relación entre lo subjetivo y lo objetivo y en definitiva el debate entre subversión y fidelidad. Descubro en mi algunas constantes, las llamaría «principios fundantes» que ahora, mirando retrospectivamente, constato que han ido repitiéndose en diferentes circunstancias, y que, como sedimentos, reaparecen a lo largo de mi vida. Creo además poder decir que todos ellos nacen del evangelio, de la cercanía a la figura de Jesús y de lo que entiendo que fue su «confianza en el Padre como encuentro con la realidad».

Antes de empezar permítanme citar dos textos de referencia del evangelio de Juan que ilustran este difícil dualismo entre verdad y vida. Al final del capítulo 18 Juan cuenta que Jesús, ante Pilato, en el momento supremo afirma «Yo he venido para dar testimonio de la verdad, todos los que son de la verdad escuchan mi palabra. Y Pilato le pregunta: Y, ¿qué es la verdad?». Pregunta que en el texto queda sin respuesta. La respuesta la había dado Juan a lo largo de todo su evangelio en el que, desde el Prólogo, la Verdad es una de las palabras recurrentes: «La Palabra se hizo carne», es decir con la consideración de «la Verdad» como realidad histórica encarnada, más que conceptos son hechos

 

1. DIOS ES SIEMPRE EL DIOS DE LOS POBRES.

ES EN EL POBRE DONDE PODEMOS ENTENDER Y ENCONTRAR A DIOS

Más que una convicción, ha sido desde siempre una experiencia profunda. La primera vez fue con los gitanos de un suburbio en la playa de Barcelona. Mi hermano Francesc, sacerdote escolapio, estaba allí desde hacía años. Fue condenado a un año de cárcel por haber participado en un acto contra la represión de la guardia civil contra los gitanos. Cumplió la condena en la cárcel de Zamora, habilitada para curas, por haber renunciado al privilegio concordatario de cumplirla en un convento. La cárcel de Zamora fue el ignominioso paradigma del nacionalcatolicismo franquista. A él tocó el triste privilegio de inaugurarla y yo fui a sustituirlo.

Allí no se intentaba tanto evangelizar como vivir una iglesia pobre entre los pobres, una de las grandes aspiraciones espirituales del Concilio. Allí, en la práctica, con los gitanos y la pobreza material extrema era fácil descubrir el Dios de los pobres. Esta «evidencia de fe» me ha acompañado toda la vida y se ha revivido en la Nicaragua de la revolución sandinista, en México con los indígenas de la sierra queretana, en Bolivia, con las víctimas de las hidroeléctricas en Guatemala. O en Iraq poco antes de ser bombardeado. Con la certeza que el Dios que acompaña a las víctimas es siempre el mismo.

 

2. FE Y LAICIDAD

Del Campo de la Bota fui a vivir a un polígono obrero de la ciudad de l’Hospitalet, responsable de una parroquia de nueva creación en el momento de la máxima venida de inmigrantes. Aquellos años supusieron el descubrimiento del Dios incrustado en la historia, que está más allá de los credos particulares, del diálogo entre fe y mundo.

Fieles a los principios del Concilio propusimos la construcción de la comunidad cristiana sin edificio parroquial, una «parroquia» sin templo. Nos dejaban el salón de actos del colegio de barrio para la misa los domingos y alquilamos un pequeño local que servía de despacho parroquial, local de ancianos, escuela de adultos y para niños y jóvenes. Los encuentros y la vida de comunidad los haríamos en casas particulares como los primeros cristianos.

Pero algunos representantes del movimiento político y social en la clandestinidad del Bajo Llobregat nos pidieron construir el templo para aprovechar la inmunidad que el concordato ofrecía a los locales de la iglesia. Aceptamos el reto con la condición de que físicamente deberían levantarlos la misma gente, en su mayoría albañiles.

La construcción, bajo el lema «construimos la comunidad», supuso un largo compartir valores fundamentales al margen de las ideologías políticas y religiosas, de capacidades o de procedencias. Se convirtió en «la casa de todos» y la bautizamos como «Casa de Reconciliación» ya que allí se habían encontrado creyentes y no creyentes, inmigrados y catalanes, de diferentes ideologías políticas que el amplio común denominador que compartían les permitía trabajar juntos. Fue una experiencia como del fermento escondido en la masa, el Reino de Dios allí presente se proclamaba por sí mismo, etsi Deus non daretur.

Durante mucho tiempo, y formando un solo equipo humano, alrededor de la Casa de Reconciliación nació:

 

* la Asociación de Vecinos, auténtica escuela de militancia y lucha política, encabezando permanentes e importantes movilizaciones por reivindicaciones urbanísticas y de servicios del barrio;

*una Escuela de Adultos al estilo Freire, conscientes de la naturaleza política de todo trabajo educativo, con colaboradores de todos los sectores sociales e ideológicos,

*el primer grupo de Objeción de Conciencia al servicio militar. Allí comenzó un Servicio Civil sustitutorio de «la mili». El primer grupo fue detenido el 20 de diciembre del 1975. Fue el descubrimiento colectivo de la práctica de la no-violencia y de la resistencia como instrumentos de lucha.

 

Aquella experiencia, con tanto diálogo y tanto fruto sentó en mí la convicción que ningún grupo humano, político o religioso, posee la Verdad en exclusiva. Dios está en todos, en el diálogo. La Verdad no son credos sino hechos.

 

3. RUPTURA O TRANSICIÓN, UTOPÍA Y POSIBILISMO

La transición fue un momento excepcional para reflexionar sobre qué entendíamos por «sujeto revolucionario», por las contradicciones entre la ética de las convicciones y la ética de las posibilidades. La lecturas de los clásicos, de Gramsci, de los modelos económicos y políticos de América Latina, la influencia de Cuba, la reflexión acerca de la democracia cristiana y su «compromiso histórico» con el PCI, los diferentes modelos de las independencias africanas etc., alimentaban toda clase de debates acerca de nuestro posible modelo de transición.

Por impulso profético éramos defensores de la ruptura, pero debiendo aceptar las limitaciones de las posibilidades. Nunca se sabe dónde está la sutil línea que separa la radicalidad con sus consecuencias de la falta de decisión o cobardía por las consecuencias.

Algo parecido en la contradicción entre asistencialismo y lucha por el cambio de las estructuras políticas. Sabía ya desde mi presencia entre gitanos que toda intervención social supone una contradicción. Había que luchar contra el barraquismo, pero en lo inmediato los habitantes de las barracas necesitaban trabajo, atención médica, educación, transporte. Socorrer las necesidades inmediatas no está en contradicción con el trabajo político. Sin embargo, a pesar del alto precio de cárcel que se pagaba por la denuncia política, viví un cierto enfrentamiento tanto con la izquierda como con la derecha, política y eclesial. La condena al asistencialismo venía de la izquierda —política o eclesial— y la condena del trabajo político venía de la derecha, política o eclesial. Ambas cargadas de dogmatismo.

Finalmente también la transición fue el resultado de un pacto, cargado de ambigüedades.

La «Asamblea de Catalunya» fue una insólita experiencia de proceso unitario, capacidad de convocatoria y capilaridad en los intersticios de la sociedad (sociales, eclesiales, políticos, profesionales, económicos, deportivos, culturales). Su eslogan «Llibertat, Amnistía, Estatut d»Autonomía» fue su principal acierto: concentraba en sólo tres palabras un programa unitario y de mínimos, sin renunciar a principios.

 

4. A DIOS NO SE LE ENCUENTRA UTILIZANDO EL PODER RELIGIOSO

Uno de los relatos que más han pesado a lo largo de mi vida ha sido el de las tentaciones de Jesús que las primeras comunidades formularon con precisión como parábola de la negativa de Jesús a mezclar el nombre de Dios con las tres clases de poder, el económico (el pan), el político (poseerás), el religioso (vendrán los ángeles).

En muy poco tiempo la Casa de Reconciliación adquirió un notable poder de convocatoria. En definitiva poder «político». Y personalmente viví la posesión de este poder como una contradicción respecto del relato evangélico. Detentar aquel poder estaba en contradicción con el principio de laicidad y de la deseable autonomía del poder civil porque el punto de partida del poder de la Casa era el carácter religioso de la institución.

A nivel personal el dilema se resolvió yendo a vivir en el mundo rural pobre, a 150 km. de Barcelona, en Vallbona de las Monges, a la Olivera, una comunidad de disminuidos psíquicos. Nuestro lema era «somos iguales porque todos somos disminuidos». La Olivera fue un espacio de reencuentro con la simplicidad de las palabras y las miradas, de la bondad hecha persona y a la vez un lugar de trabajo, cooperativa, como empresa que debe producir productos de calidad, revalorizar el mundo rural, venida de gente joven, nueva forma de gestión, modelo ecológico, formación. Alternativa a este mundo de locura competitiva y degradación ambiental desde los mismos disminuidos.

 

5. EL PODER DESDE LA AUTONOMÍA CIVIL

En 1979 se celebraron las primeras elecciones municipales después del franquismo y me pidieron ir de candidato a concejal en mi ciudad. Tuve que escoger entre La Olivera y l’Hospitalet como un deber hacia la gente que había dejado.

Se trataba de una historia larga de fidelidades hacia amigos, creyentes y no creyentes, Sobre todo entendí que se trataba de un servicio a los pobres y, quizá, de «devolver» lo que de ellos había recibido. En la lucha contra la pobreza no es indiferente el trabajo político desde las instituciones civiles. Durante muchos años nos habíamos quejado de la falta de responsabilidad de las administraciones, y ahora ¿íbamos a rehuir responsabilidades?

Acepté ir como independiente para concejal de educación en una ciudad con un servicio escolar muy deficiente y un alto grado de analfabetismo. Aprendimos a tomar decisiones en favor de la escuela pública y de las clases populares. Aprendimos que no es lo mismo una gestión hecha desde la distancia o superioridad que la gestión hecha empleando día y noche, sin vacaciones ni domingos, abriendo hasta desbordar las puertas del despacho. Fueron años de entrega absoluta. Construir escuelas y dar posibilidades de educación era, también, construir el Reino.

 

6. EDUCADOR Y EL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA CRÍTICA

La de educador ha sido una vertiente esencial en mí. Para eso 35 años de profesor en la universidad. Pero sobre todo educador en un sentido amplio, en el Campo de la Bota, propiciando una vivencia comunitaria de los valores del evangelio, en el partido, en el ayuntamiento, transcendiendo la definición que da el diccionario, más allá de las cuatro paredes de la clase. Consciente de que educación y medio interaccionan, que la educación es intervención política, que no se trata de una educación para acumular conocimientos sino para despertar actitudes críticas, como combate intelectual y, como dicen Freire y Miquel Soler, como «práctica de la libertad».

Sin embargo en mi larga experiencia de universidad he sido testigo de cómo los elementos más ideológicos, el conocimiento global que facilita la transmisión de valores y actitudes, y el alimento de la conciencia crítica ha ido dejando paso al conocimiento parcial que no interpreta, a los instrumentos y en los sucesivos planes de estudio a la preponderancia de los conocimientos fragmentados. En definitiva a la tendencia americanizante. Es uno de los aspectos del desprestigio y el fracaso de la universidad.

 

7. LA PRINCIPAL DERROTA DE LA IZQUIERDA HA SIDO LA CULTURAL, PREVIA A LA DERROTA POLÍTICA

Con la democracia empezó la desnaturalización de la izquierda abandonando sus principios. La socialdemocracia renunciaba a su credo fundacional y los comunistas expresaban su sintonía con los procesos pluripartidistas occidentales, el eurocomunismo. Ambas izquierdas giraban hacia la derecha. Esto provocó las primeras divisiones y ponía de manifiesto la dificultad de configurar una propuesta de transformación social huyendo tanto del fundamentalismo político como de la pérdida de identidad de clase. Esto fue lo que se propuso el grupo alrededor de Manolo Sacristán con la publicación Mientras Tanto.

Las múltiples variantes de la izquierda fueron reduciéndose a gestión y enquistándose en sí mismas. Pronto vinieron los grandes debates de la permanencia en la OTAN, de la entrada a la Unión Europea y las privatizaciones, los primeros y emblemáticos casos de corrupción.

Ganan los mitos de «fin de la historia», «no hay alternativas», «competitividad», «crecimiento indefinido». La disidencia intelectual, política, obrera, cultural desaparece. El partido y el sindicato, los «intelectuales colectivos críticos» han dimitido. Desaparece también de la Universidad su función crítica, su posibilidad de ayudar a entender lo que está aún por nacer, su posible visión de futuro. Todos, más o menos, han sido vampirizados por los mercaderes.

Ocurre igualmente en los movimientos nacidos de la fe. Pierden su fuerza profética. Los obispos intentaron por todos los medios la domesticación de la Acción Católica. Gana la contrarreforma de Juan Pablo II.

 

8. LA FRAGILIDAD DE LOS INSTRUMENTOS.

EL COMPROMISO DE PARTIDO

La lenta agonía de las propuestas de la izquierda alternativa y su escaso resultado electoral producía en los sectores afines una inevitable sensación de fracaso. La creación de Izquierda Unida en 1986 y de Iniciativa per Catalunya en 1987 como movimientos políticos y sociales supuso una esperanza. Participé desde el inicio, en la redacción de los documentos fundacionales y posteriormente encabezando esta lista para las municipales de 1991 en l’Hospitalet.

Nunca tuve la sensación de discontinuidad entre el trabajo militante de partido, en las instituciones, en los movimientos sociales o en movimientos cristianos. La motivación fue siempre la construcción del Reino y la necesidad de concretar el evangelio en obras. Movimientos Sociales y Partidos son meros instrumentos. Pero éstos tienden a convertirse en fines, se tiende sacralizar lo propio y condenar lo ajeno. Algo parecido ocurre también en la Iglesia-Institución. Siempre he creído en la posibilidad de intervenir en política con los principios de radicalidad e ingenuidad. Lo llamaría franciscanismo en política.

Pero lentamente, en Iniciativa, quienes procedían de los nuevos movimientos sociales y que tenían una visión más abierta de la intervención política fueron siendo desplazados de los órganos de decisión. La institución tiende a enquistarse. Se preparaba la ruptura y nuestra expulsión. Fue un aprendizaje doloroso. Aprendimos que también en la izquierda la radicalidad de planteamientos, la crítica a los acuerdos de cúpulas por fidelidad a las ideas, a las personas y a los procesos y en este caso concreto la voluntad de estar más cercano a los movimientos de base, se paga cara. Ocurrió como en la mayor parte de las herejías y su enfrentamiento con el sistema: no se trata tanto de un tema doctrinal sino de poder. La autoridad, no el colectivo, es quien define quién es el hereje y quién no lo es.

Como en otras ocasiones en la política, el transfuguismo de la dirección condena a las bases con sus ideales. Fuimos expulsados. De los restos de la expulsión, junto con otros restos, decidimos empezar de nuevo. Ahora se llamaría Esquerra Unida y Alternativa. Fundamentada sobre los pilares de siempre: anticapitalismo, pluralismo, voluntad unitaria y democracia interna. En el año 2000 salí elegido presidente. Se trataba de aglutinar esfuerzos para que, junto con otros que persiguen los mismos objetivos, nos pusiéramos realmente al lado de los oprimidos en el gran combate de la historia por la liberación de todos. Pero tampoco pudo ser…

Me ha tocado vivir «en diáspora» mis opciones políticas. Desde entonces he participado en innumerables intentos de reagrupar cultural y políticamente a la izquierda, aunque con poco éxito: la Balsa y la Barraca (en las que me encontré a intelectuales como José M.ª Valverde o Francisco Fernández Buey), Col·lectiu Roig-Verd-Violeta, la FARGA, Mesas de Convergencia, Socialismo 21, Frente Cívico, Xarxa-PSUC…

 

9. GLOBALIZACIÓN Y NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES

Paralelamente nace la conciencia de la globalización y se abre paso una nueva forma de contestación mundial a la que me vinculé inmediatamente. La revolución zapatista y su eslogan «mandar obedeciendo» fue un detonante, seguido inmediatamente de la Campaña del 0,7, la de 50 años bastan contra el FMI y el BM. Pronto será la contestación contra la OMC de Seattle, los Foros Sociales, Porto Alegre, la campaña mundial del No a la Guerra ante la intervención de EE.UU. en Irak como intervención política, etc… Para mí esta conciencia se concreta en los viajes a Chiapas y la promoción del doctorado Honoris Causa a D. Samuel Ruiz, obispo de San Cristóbal en la Universidad Autónoma, la acampada en la Diagonal de Barcelona pidiendo el 0,7, la presencia en casi todos los Foros Sociales Mundiales desde el primero de Porto Alegre, la estancia en Irak pocos días antes de la invasión, etc… y en una imperiosa necesidad de formación, que se traducirá en una estancia en Lovaina aprendiendo de François Houtart, en las nuevas asignaturas que desde entonces impartiré en la universidad y en multitud de charlas acerca del nuevo modelo económico mundial.

Sin embargo una lectura exclusivamente economicista de la historia incapacita a los partidos clásicos de la izquierda a entender los temas de fondo que estos movimientos plantean. La vinculación a ellos de los militantes se toleraba, a menudo como testimonial y exótica opción personal, pero sin atribuirle ninguna relevancia política y sin que supusiera ninguna aportación al partido. Participar en ellos me supuso durante mucho tiempo una especie de doble y cuasi clandestina militancia. La ortodoxia del partido exigía la defensa del sindicato como único representante de los intereses de la clase trabajadora, lo demás eran tonterías.

Sin embargo, el futuro está ahí y en los valores que estos movimientos llevan consigo. Se trata de un nuevo universo mental y de valores sólidamente interconectados sobre un nuevo modelo de propiedad, nuevas formas de organización, de consumo responsable y uso de la energía, de colaboración de cercanía, de ética en las finanzas, de recuperación del mundo rural, de gestión de empresa y cooperativismo, de valoración de los sectores marginales como inmigrantes, de nuevas formas colectivas de solidaridad como la lucha contra los desahucios, incluso de nuevas formas de organización política (Procés Constituent, Podemos, Barcelona en Comú)…

 

10. LA FRAGILIDAD DE LOS INSTRUMENTOS.

EL COMPROMISO DE FE

En realidad, la confianza —que quisiera total— en este Dios del amor es mi fuente de libertad. De la libertad como la vivieron los profetas y Jesús, desafiando el poder, libres de las ataduras del templo y de leyes y en la frontera entre la institución y fuera de ella. Jesús, igual que los profetas, cautiva y seduce porque su utopía se contagia, pero tuvieron que vivir su entrega en la soledad, teniendo que elegir entre la obediencia al sistema o la obediencia a la causa que sienten como absoluta. Esto genera disidencias, escandaliza y, sobre todo, provoca la condena del poder.

Todos llevamos en nuestro interior un sello de infinito, el sentido de algo que nos transciende. También la lealtad a esta voz interior genera incomprensión alrededor nuestro. A menudo nos obliga a vivirlo en un particular retiro de cada uno, con dificultades para explicarlo y para que sea entendido. Pienso en la mística y en la soledad en la que tuvieron que vivir los promotores de todas las utopías sociales, los Bartolomé de las Casas, los líderes bienintencionados de la Revolución Francesa, nuestros republicanos asesinados por trabajar por la justicia, o los Péguy, Simone Weil, Bonhoeffer, Etty Hillesum, Carlos de Foucauld, Lluís Mª. Xirinacs, tan cercanos.

Los gritos en el nombre de Dios y a favor de los pobres, de los profetas y de Jesús, han sido la más importante referencia en mi actuación política. Sin duda la fundamental, más allá de Marx y de cualquier tratado de filosofía. De ahí que me resulte tan difícil de comprender la condena de la Jerarquía a cualquier propuesta de fe comprometida con la justicia o de cambio revolucionario a favor de los pobres. Fueron razones políticas bajo el pretexto de ideología lo que motivó la prohibición de los sacerdotes obreros, la condena a la Teología de la Liberación, las reservas a Cristianos por el Socialismo y tantas otras. El «escándalo» de la pobreza y de sus causas, debía de haber estado por encima de cualquier ideología, y sin embargo cuánto patrimonio de amor y de transformación social se ha desperdiciado en función de ideologías o de poder político.

Sé que es importante compartir la fe, vivirla en comunidad, pero me resulta difícil vivirla bajo el fiel peso de una institución como la Iglesia. Como toda institución humana, como cualquier partido, la Iglesia tiende a mirarse más a sí misma que a las necesidades de su alrededor, a delimitar y defender pretendidos derechos, a convertirse en fin de sí misma, a condenar a los demás. Conclusión: vivo mi fe también en «diáspora», como mi compromiso político. En múltiples comunidades pequeñas algunas de las cuales yo mismo procuré impulsar, como el encuentro de los lunes, Cristianos por el Socialismo, Cristianos en Diáspora, Curas Obreros, Redes Cristianas, Cristianismo y Justicia, Cristianisme Segle XXI,

Fòrum de Teologia i Alliberament…

 

11. LAS «RUPTURAS» DE NUESTRO MUNDO

Sin duda el legado de Mounier nos ayuda a una comprensión de nuestro mundo y de nuestra relación de creyentes con el mundo desde dentro. Para terminar, diría que hay tres «rupturas» fundamentales en relación al pasado.

En primer lugar la necesidad de comprensión de la «historia» como substrato ontológico de la revelación. La historia de la humanidad y su evolución es, ella misma, revelación de Dios. Dios ya es «buena noticia» aquí y ahora. Hay por consiguiente una conexión directa entre «salvación cristiana» y acción sociopolítica. Leyendo la historia, y sobre todo la historia de los pobres y sus luchas, elaboramos Teología, tratado de Dios.

En segundo lugar, la ruptura religiosa. Vivimos en una sociedad adulta, laica y multicultural. Dios ya no se da «por descontado», ha dejado de ser un tema relevante, es un «extraño en nuestra casa», ha perdido legitimidad ontológica. El hombre puede pensar su existencia sin Dios, y ya no se siente primariamente criatura de Dios. La «modernidad» podía ser una época sin Dios pero con nostalgia de Dios. La «postmodernidad», es ya una sociedad sin nostalgia de Dios.

Finalmente, en nuestro siglo XXI no podemos pensar a Dios, sin pensar «el mal» que sigue existiendo como un hecho central para la mayoría de la humanidad. En la famosa frase «después de Auschwitz no es posible hacer teología», Auschwitz se ha convertido en una metáfora del mundo moderno. Viviendo permanentemente en situación de holocausto (refugiados, inmigrados, Oriente Medio, África, el paro, los desahucios, pobreza, las colas en la SS), el desastre no puede ser considerado una casualidad u obra de un loco.

Si esto es así, ¿cómo hablar de Dios en este mundo de dolor absurdo y evitable? Ahí es donde cobra más sentido la Cruz de Cristo como catástrofe y fracaso de Dios. Ella es la clave epistemológica de la interpretación de la historia. Ella es el «lugar» de la Revelación. En ella el Dios pobre y doliente, expresa al mismo tiempo la kenosis y la «salvación».

Notas:
1. Este artículo corresponde a la conferencia del autor, el 24 de julio de 2015, en el Aula de Verano del Instituto E. Mounier sobre «El miedo a la verdad».
Fuente: Nº 118 de Acontecimiento, revista de pensamiento personalista y comunitario del Instituto Emmanuel Mounier.
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