EE.UU. y la amenaza norcoreana. ¿Guerra a la vista?

Amenaza nuclear Corea del Norte

“le sugerimos al Pentágono que nos dejaran incendiar cinco de las principales ciudades de Corea del Norte -que no son muy grandes- y la guerra terminaría. Se rasgaron las vestiduras: ‘Así van a matar a un montón de civiles’, ‘es demasiado horrible’. Y sin embargo, a lo largo de tres años (…) hemos incendiado todas [sic] las ciudades en Corea del Norte, y en Corea del Sur también. (…) Durante un período de tres años, les pareció potable, pero matar a unos pocos para impedir que eso ocurra, eso no lo pueden aguantar”

General Curtis LeMay, 1953.

Corea del Norte es un pequeño país de algo más de 120.000 km2. Lo habitan algo más de 25 millones de habitantes. Es una nación pobre y pequeña. A pesar de ello es deseada desde hace decenios por sus recursos minerales y su posición estratégica. Alberga enormes yacimientos de materias primas por un valor superior a los 6.4 billones de dólares según informes del parlamento surcoreano. En la explotación de estos recursos participan en la actualidad, seis países (entre ellos la propia Corea del Sur, China y Rusia). Algunas de estas materias primas tienen un enorme valor en la industria electrónica y aeroespacial al estar considerados como minerales “raros”. La demanda mundial de pantallas planas o móviles ha elevado los precios de algunos de estos productos que Corea del Norte desea aprovechar para hacer crecer a su país y poder comprar bienes de primera necesidad. EE.UU. por el contrario insiste en profundizar el aislamiento del país a través de las sanciones económicas que se prologan hace decenios. Esta y su posición estrategica en Asia son una de las matrices del actual conflicto entre Pyongyang y  Washington.

Que Corea del Norte sea una amenaza para la paz mundial es una ironía amarga. Pyongyang jamás ha invadido a nadie. La RPDC es la víctima de la agresión militar permanente de Estados Unidos. Ha sido incluida en el “eje del mal” como una “amenaza a la paz mundial”. Estas acusaciones se han convertido en un consenso internacional. La Mentira se ha convertido en la verdad, como en Irak, Libia, Siria, o Venezuela. Se caricaturiza y/o demoniza al dirigente político de turno para hacer penetrar el mensaje agresivo con mayor facilidad. Así la política de Corea del Norte es anunciada como una amenaza. Norteamérica deja de ser el agresor para convertirse poco menos que en la “la víctima”. Washington en el actual contexto internacional, necesita el cambio de régimen en Corea del Norte para contener a China y amenazar la flota rusa del Pacífico.

Fue EE.UU. la que atacó a Corea en la década de los 50. Entre 1950 y 1953 la aviación norteamericana en el espacio de tres grandes oleadas de bombardeo asesinó al 30% de la población coreana. EE.UU. no discriminó: asesinaron tanto a la población del norte (enemiga) como la población del sur (supuestamente aliada) El general MacArthur ordenó la destrucción total de las 78 ciudades coreanas importantes e incluso la capital del Sur (Seúl). El responsable operativo de ese aquelarre el general Curtis LeMay, jefe del Comando Aéreo Estratégico, comentó orgulloso: “Durante un período de tres años más o menos, hemos matado al veinte por ciento de la población”.

Como referencia podemos recordar que en la Segunda Guerra Mundial la URSS perdió un 14% de su población total referida a 1939, el Reino Unido perdió el 0,94%, Francia el 1,35%, China el 1,89% y los EE.UU. perdieron el 0,32%.

EE.UU. nunca se disculpó por el genocidio provocado en la guerra de Corea. Su política, por el contrario, fue desde el final de la Segunda guerra mundial hasta ahora demonizar a las víctimas. Sólo en 1999 se supo, a instancia de la agencia de noticias Associated Press, que el embajador estadounidense John J. Muccio autorizó a sus comandantes a practicar contra los civiles la masacre sistemática y la política de la tierra quemada. Durante 50 años Washington ha profundizado el aislamiento político y el empobrecimiento de Corea del Norte: el objetivo era entorpecer el camino de la reunificación de las dos Coreas. Solo en la época de Bill Clinton en 1994 se atisbó la paz. Se firmó un proyecto que debería desmantelar el programa nuclear de Pyongyang. EE.UU. construiría varias centrales nucleares en Corea del Norte y se eliminarían las sanciones a cambio del compromiso de la eliminación de las armas nucleares. Corea del Norte cumplió su parte. El 28 de junio del 2008 se desmantelaba la torre de refrigeración de su mayor central nuclear, la de Yongbyon y se entregaba a China los datos del programa nuclear norcoreano. En cambio EE.UU. bajo la égida de George Bush y Dick Cheney decidieron incumplir el acuerdo y volver a colocar a Corea en la lista de los países terroristas. La desconfianza de Corea del Norte hacia EE.UU. ahuyentó la posibilidad de firmar un tratado de paz.

A Estados Unidos no le preocupan la protección de Japón o Corea del Sur. El objetivo central en la zona no es ni siquiera Kim Jong-un y sus misiles, sino  que a falta de una estrategia clara y definida, pretende mantener y aumentar el equilibrio armamentístico en la zona a su favor y contener como hemos dicho la expansión de la República Popular China. La instalación del supuesto sistema de defensa antimisiles en Corea del Sur pretende en realidad tener al alcance de sus armas nucleares una gran parte de China. El ejército popular chino tendría menos de 10 minutos para neutralizar los misiles nucleares de corto y medio alcance que se están trasladando a Corea del Sur con la excusa de la defensa contra el enemigo del norte. El THAAD (sistema de defensa antimisiles) estadounidense se puede convertir, con pocas modificaciones y en pocas horas en un sistema ofensivo.

Los medios de comunicación occidentales han magnificado el peligro coreano hasta límites absurdos. Que Estados Unidos lleve amenazando a Corea del Norte con un ataque nuclear ha sido obviado en el relato oficial de esta crisis. El general MacArthur pidió al presidente Truman en 1950 el uso del arma nuclear en la guerra de Corea. Acabado el conflicto, el militar americano comentó: “Yo hubiera lanzado unas treinta bombas atómicas (…) concentrando el ataque a lo largo de la frontera con Manchuria”. Este plan que estuvo a punto de materializarse en tres ocasiones en esa época, se basaba en la superioridad armamentística de EE.UU. que disponía de 450 armas nucleares frente a las 43 de La URSS. Hoy la asimetría armamentística de EE.UU. y la RDPC es aún mayor.

Las consecuencias de un ataque nuclear preventivo contra Corea del Norte serían devastadoras para los países directamente afectados y para el conjunto del planeta. Algunos datos nos pueden ayudar a situar el escenario: la distancia entre el centro de Seúl y la frontera es de sólo 57 km mientras que el aeropuerto internacional está a sólo 3 km. La distancia entre Seúl y Pyongyang es de unos 194 km. En este aspecto cualquier ataque nuclear implicaría enorme destrucción tanto en el norte como en el sur del país. Por otra parte la capital Pyongyang está cerca de la frontera con China y con Rusia.  La ciudad de Vladivostok, sede de la flota rusa del pacífico, está a unos 100 km de la frontera de la RPDC. Toda la región del noreste de Asia también se vería afectada por las explosiones nucleares.  Dos de esos países, Japón y Corea del Sur son, paradójicamente, aliados y socios militares de Estados Unidos. La posición china ha quedado clara; en el caso improbable de un ataque norcoreano, Pekín sería neutral en caso contrario defendería a Corea del Norte.

Se pretende vender a la opinión público que el uso de bombas nucleares tácticas, las denominadas B61-11 o romper-búnkeres (seis veces el potencial de la bomba de Hiroshima), al ser subterráneas serían inofensivas para la población civil, nada más lejos de la verdad. Esas mentiras son las que nutren en este momento los análisis del Pentágono y son las que se presentan a Donald Trump día sí y día también. La base del análisis del Pentágono ahora es que la RPDC ha miniaturizado sus primeras armas atómicas lo que le permitiría amenazar con el Armagedón nuclear. En Hiroshima murieron 100 000 personas en 9 segundos. La guerra de Trump sería preludio de la III Guerra Mundial.

Japón es uno de los principales actores de esta loca carrera hacia el precipicio. El gobierno nipón cada vez más dominado por los sectores revisionistas y militaristas ve en la nueva “amenaza” una oportunidad. El miedo a la guerra justificaría el rearme y la superación del “corsé” militar impuesto a su flota y ejército desde la II Guerra Mundial al mismo tiempo que coloca a Pekín y Pyongyang en el mismo plano agresivo. El Ministro de Defensa japonés Itsunori Onodera considera a China como una “amenaza” tan seria como Corea del Norte, al decir:

“Los misiles de Corea del Norte representan una amenaza cada vez más profunda. Eso, junto con el comportamiento amenazador continuo de China en el Mar de China Oriental y el Mar de China Meridional, es una preocupación importante para Japón”.

Trump, un presidente acosado por sus dificultades para imponer su visión política, incrementa la tensión. El “establishment”  gana posiciones y deja a  la presidencia en manos de aquellos que el presidente Donald Trump decía querer combatir. La diplomacia norteamericana en este momento carece de criterios y experiencia suficiente para afrontar los desafíos actuales. La remodelación del Departamento de Estado ha provocado que la mayoría de los altos cargos sean en estos momentos interinos y con escasa experiencia. Todo ello dibuja una administración confusa y caótica que ha conseguido aumentar la tensión internacional y crearse nuevos problemas. Su política doméstica cosecha fracaso tras fracaso; a la incapacidad de destituir estas semanas a su Fiscal general del Estado, se une la derrota parlamentaria para erradicar la reforma sanitaria de Obama y sus enfrentamientos cada vez más intensos con el líder de la mayoría republicana al que acusa de esa derrota. Los continuos cambios en su gabinete son fiel reflejo de esa situación. Mientras Washington da por perdida la guerra en Siria (el 11 de agosto del 2017 Arabia Saudita reconocía que había perdido la guerra), intenta aislar a Rusia, a través de las sanciones económicas, y la empuja de hecho a profundizar sus relaciones con China e Irán. Los movimientos cada vez más impulsivos y frenéticos de Trump han abierto una importante brecha con sus socios europeos así como con Turquía. Las amenazas de intervención militar contra Venezuela unirán aún más a esa nación haciendo un flaco favor a la oposición derechista. Indirectamente está ayudando a Maduro que parece estar ganando la batalla interna.

El presidente norcoreano ha demostrado no ser ningún tonto. Corea del Norte no atacará unilateralmente. El arsenal nuclear de Pyongyang en realidad es el elemento disuasorio que ha impedido la destrucción de las dos Coreas… Kim Jong-un no quiere acabar siendo el siguiente Saddam Hussein. Sólo hay una manera de lidiar con Corea del Norte y esta es la vía diplomática.

Las resoluciones de la ONU se suceden en una organización cada vez más dócil con los poderosos así como autoritaria frente a los débiles. La última resolución, la 2371, ha permitido ganar tiempo a China para negociar una salida al conflicto.

Beijing no quiere la guerra,  pretende salvaguardar la expansión de las Nuevas Rutas de la Seda. Rusia no quiere la guerra en un momento en que focaliza su atención en Oriente Medio y Ucrania.

Sólo la administración Trump sin una política discernible (más bien una no política) pretende que China haga de intermediaria mientras sus navíos de guerra provocan continuamente a la marina china bajo el pretexto de la libertad de navegación.

La falta de criterio político del equipo de Trump es la auténtica amenaza contra la paz. Los mensajes contradictorios se suceden. El  presidente, amenaza, alardea y vocifera y es faena del Secretario de Estado templar la situación. Para muchos analistas, entre ellos ex generales rusos la toma de decisiones en Washington va  “más allá de la lógica racional, y… podemos tener consecuencias que son difíciles de prever”.

Desde el 2002, cuando se produce la ruptura del acuerdo con la administración Bush, la capacidad nuclear de Corea del Norte comenzó a crecer. La ruptura de las conversaciones a seis en 2009 y el aumento de ventas de armas a Corea del Sur y Japón empujaron a Corea del Norte a definir, si quería evitar desaparecer como país, un doble objetivo enfocado en una única estrategia, la supervivencia: el primer objetivo era dotarse de armas nucleares como medio de disuasión y el segundo ampliar sus fuerzas militares convencionales teniendo en cuenta que Seúl está a sólo un tiro de piedra de la artillería norcoreana.

A pesar de la verborrea militarista de unos y otros, Pyongyang ha prometido no usar el primero el armamento nuclear así como no realizar un ataque preventivo contra Corea del Sur. El equilibrio del terror desarrollado por Kim Jong-un supone en la práctica, por paradójico que parezca, el fortalecimiento de la seguridad general en la región.

Son cuatro las grandes naciones implicadas directamente en la crisis. La relación entre todos los actores es muy compleja e interdependiente, lejos muy lejos, aparentemente, de la linealidad analítica de la política de Trump.

China no quiere deshacerse del gobierno de Pyongyang. La existencia de la RPDC y el mantenimiento del “status quo” es la garantía que las tropas de la OTAN no pulularán por su frontera. Aunque con divergencias de planteamiento importantes, el gobierno coreano es  amistoso con Pekín. Corea del Norte ha jugado bien sus pocas bazas. Su respuesta no ha sido incongruente o errática. Las pruebas de misiles han provocado la reacción de Corea del Sur y EE.UU. en forma de instalación del sistema antimisiles, inútil contra la artillería de Corea del Norte pero capaz de amenazar a China que no ha tenido más remedio que seguir apoyando a Corea del Norte. De esta forma Pyongyang ha conseguido que China presione a Corea del Sur (es su principal socio comercial) en una nueva ronda de negociaciones políticas al margen de EE.UU. obligando a la República Popular China a adoptar una actitud particularmente hostil hacia el despliegue de THAAD. Así, con cada nuevo lanzamiento norcoreano, la presión simétrica de China sobre Seúl aumenta.

Corea del Sur ha sido el gran convidado de piedra. El nuevo presidente, Moon Jae-in, preferiría el diálogo en lugar del despliegue de nuevas baterías THAAD.  Seúl está siguiendo a Washington en esta escalada que ciertamente no le beneficia económicamente. La anterior presidenta del país Park Geun-hye, auténtico títere en manos de EE.UU., dejó la presidencia envuelta en enormes escándalos, donde se ha entremezclado el asesinato de importantes empresarios, la corrupción más desmedida, la brujería y la participación en la política cotidiana de miembros de sectas.

EE.UU. no atacará a Corea del Norte. El miedo a la represalia tanto coreana, china, como probablemente rusa es un argumento de moderación. El Secretario de Defensa estadounidense, James Mattis, en una audiencia en la Cámara de Representantes del Congreso de EE.UU, insistió en la vía del diálogo como la mejor opción para arreglar las cosas con Corea del Norte y evitar un ataque nuclear que resultaría ‘catastrófico’. Incluso uno de los duros entre los duros, el senador republicano John McCain criticó la actitud de Trump y le pidió que no amenazara si no estaba dispuesto a cumplir la amenaza. Para EE.UU. no es de desdeñar que  la nuclearización de la península es útil en la medida que le permite justificar su presencia en la región para controlar la expansión china. Washington  pretende mantener su influencia aunque no aporta soluciones sino caos. Es una situación endiablada. En términos militares un ataque de Washington, además del desastre humano y ecológico a nivel planetario es, desde este punto de vista, inviable. La conclusión (espero no equivocarme) es que los Estados Unidos no pueden permitirse atacar a la RPDC.

La ceguera estadounidense no prevé, lo que parece otearse en el horizonte, que la  situación se deslice hacía un punto de ruptura entre Corea del Sur y Washington como consecuencia de las restricciones comerciales que impone China a Corea del Sur. Esta puede ser a medio plazo una de las consecuencias actuales de la actual crisis. EE.UU. no ofrece nada a Corea del Sur que no sea guerra, enfrentarse a su principal socio económico o la presencia fija de sus tropas en el país.

A pesar de lo que dice la propaganda occidental, la principal amenaza a la paz mundial no es Pyongyang ni Seúl, es la pérdida de la capacidad imperial de EE.UU. en la región y en el mundo.

A priori, ni Washington ni Pyongyang parecen querer la guerra, aunque esta puede estallar por un mero error de cálculo. El presidente norcoreano puede evaluar mal cuales son las líneas rojas de EE.UU. y provocar una respuesta que condujera al enfrentamiento directo y de ahí a la escalada. El problema es que no sabemos nada sobre Kim Jong-un y los líderes que controlan su arsenal, al igual que no sabemos mucho de las fuerzas oscuras del entramado civil-militar-mediático, que susurra al oído de Trump y que parece apostar por un aumento de la tensión mundial, o, en qué medida el presidente norteamericano acuciado por sus propios problemas domésticos puede elevar más y más la apuesta hasta un punto de no retorno.

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