Sentido de la responsabilidad

La izquierda ha sufrido en las dos últimas consultas electorales una derrota sin paliativos. Este hecho, con ser grave, no lo es tanto como lo que está empezando a desatarse en el seno de las dos principales fuerzas coaligadas: la impolítica sed de venganza, ligada a una suicida e incipiente diáspora. ¿Qué hacer?

A mi juicio, y con la contención y serenidad debidas al momento, se impone una reflexión organizada y lo más amplia posible para fijar la respuesta colectiva a tres preguntas:

¿Qué queremos? El proyecto concreto que nos une. ¿Con quién y cómo? ¿Con qué tipo de organización para todo el territorio nacional?

Después de haber llegado a una conclusión común, o al menos muy mayoritaria, habrá llegado la hora de relevar o mantener parcial o totalmente a los equipos de dirección. Pero no antes.

La primera señal de que se abre un período de reflexión colectiva, que estimule y galvanice a la muy desmoralizada militancia, sería la convocatoria de una consulta interna vinculante sobre el apoyo a la investidura y, además, sobre la insistente petición de entrar en el Gobierno de Sánchez. Y la razón de la propuesta no es tanto el saneamiento y revitalización de la confluencia y de las fuerzas políticas que la componen como la de evitar que se autodinamite la única organización que claramente se ha puesto del lado de los damnificados por las políticas económicas y sociales del bipartito reformador del artículo 135 de la Constitución. Cuando terminen las idas y venidas mediáticas y políticas sobre la conformación de los gobiernos -central, autonómicos, municipales, di-putaciones, juntas y cabildos-, volverán a cobrar protagonismo los desahucios, el precio de la luz eléctrica, las pensiones, la precariedad, la vivienda, la fagotización de lo público por parte de lo privado, la fiscalidad regresiva, el poder omnímodo de la banca, etc. etc. etc. Y entonces ¿quién o quiénes mínimamente organizados en política se opondrán a ello, tanto en las instituciones como en la calle con los afectados? La izquierda que se autodenomina transformadora no tiene derecho a permitirse juegos mediáticos, escisiones precipitadas, infantilismos de terruño y campanario o nuevos diseños para un espectro electoral de supermercado.

La izquierda que quiera ejercer de ello tiene ante sí una travesía del desierto, que será fructífera si asume que para ella los procesos electorales no son otra cosa que el examen al que se somete para ser evaluada sobre su trabajo de hormiguita en la sociedad y en las instituciones.

Y todo ello con un discurso y una práctica claros y de alternativa programática, política, ética y de valores.

Artículo publicado en El Economista.es
Libros relacionados:

Repensar la política refundar la izquierdaLa izquierda en la era de la confusiónEspaña un proyecto de liberación