La Unión Europea y el regreso a la CEE

UE regreso a la CEE

A los 60 años del Tratado de Roma que creó la CEE y a los 24 del Tratado de Maastricht que estableció la UE, Merkel, Hollande, Paolo Gentiloni y Rajoy plantean la necesidad de una Europa a dos velocidades. Ninguna novedad porque la actual UE es un Frankenstein en el que sus 28 componentes ya funcionan a dos, cuando no a tres velocidades.

Hollande ha declarado que reducir nuestra comunidad a una moneda única y un mercado constituiría unan regresión. Pero ¿acaso no ha sido ese el proyecto europeo desde la década de los noventa? Lo que los mandatarios reunidos han constatado es que la actual UE ha sido construida con ligereza, torpeza y ausencia del sentido de la realidad. La ampliación desde el núcleo de los seis se hizo sin tener en cuenta los retos derivados de las diferencias económicas y fiscales que los nuevos incorporaban.

Se siguió igual. La ampliación a los países de la antigua órbita soviética, a instancias de unos Estados Unidos que buscaban cercar a Rusia, colocó un torpedo en la línea de flotación de la UE surgida en Maastricht.

A la huida hacia adelante que supuso aquél tratado se le venían a añadir más y mayores diferencias. Aquella situación que demandaba un nuevo modelo basado en la creciente cohesión económica y social, fue mantenida sin variar el modelo, ya de por sí inviable, que reiteró y sancionó el Tratado de Lisboa.

Tres de los cuatro países reunidos en Versalles, fundaron la CEE; los otros tres, Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos son economías muy homologadas con los tres primeros. No es de extrañar que los seis sean los de la primera velocidad, con algún añadido por el Norte.

Tras sesenta años el proyecto europeo que tantas ensoñaciones ha producido vuelve a su origen. Por el camino han quedado algo más que ilusiones. La pretensión española de sumarse a esa velocidad está en la línea del hidalgo quevedesco que se ponía migas de pan en la barba para simular que había comido. Nos esperan días de ayuno y fanfarrias.

Publicado originalmente en El economista

Imagen de portada: Firma del Tratado de Roma, 1957.

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