Rosa Luxemburg

En enero de 1919 Rosa Luxemburg, fundadora del Partido Comunista Alemán (Liga Spartakus) fue asesinada por una unidad de los cuerpos francos, banda de oficiales y militares contrarrevolucionarios –futuro vivero del partido nazi- que fueron enviados a Berlín por el ministro socialdemócrata Gustav Noske para acabar con el levantamiento espartaquista.

Es, como Emiliano Zapata en ese mismo año, una “vencida de la historia”. Pero su mensaje continúa vivo en lo que Walter Benjamin define como “la tradición de los oprimidos”; un mensaje a la vez, e inseparablemente, marxista, revolucionario y humanista. Tanto en lo que respecta a la crítica del capitalismo como sistema inhumano, su combate contra el militarismo, el colonialismo, el imperialismo, como en su visión de una sociedad emancipada y su utopía de un mundo sin explotación, sin alienación y sin fronteras, este humanismo comunista atraviesa como un hilo rojo el conjunto de sus escritos políticos y también su correspondencia, sus emotivas cartas desde la cárcel, leídas y releídas por sucesivas generaciones de jóvenes militantes del movimiento obrero.

En la perspectiva de una refundación comunista para el siglo XXI resaltaría de forma particular cuatro temas de su pensamiento: el internacionalismo, la concepción abierta de la historia, la importancia de la democracia en los procesos revolucionarios y su interés por las tradiciones comunistas pre-modernas.

El internacionalismo

En la época de la globalización capitalista, de la mundialización neoliberal, de la dominación planetaria del gran capital financiero, de la internacionalización de la economía al servicio del beneficio, de la especulación y de la acumulación, la necesidad de una respuesta internacional, de una internacionalización de la resistencia, de un nuevo internacionalismo está más de actualidad que nunca. Sin embargo, pocas figuras del movimiento obrero han encarnado de forma tan radical como Rosa Luxemburg la idea del internacionalismo, el imperativo categórico de la unidad, de la asociación, de la cooperación, de la fraternidad de las y los explotados y oprimidos de todos los países y de todos los continentes.

Irreconciliable adversaria de los proyectos belicistas del Imperio germánico, no cesó de denunciar el militarismo y la carrera armamentista. Por ello se opuso a los turbios regateos de Wolfgang Heine y Max Schippel, revisionistas de la derecha socialdemócrata, con el gobierno del Kaiser: voto a favor de los créditos de guerra a cambio de medidas sociales, apoyo al militarismo (refuerzo de la flota naval) para crear puestos de trabajo, etc. Rechazó las pseudo-ventajas obtenidas al precio de consolidar la fuerza militar que, más pronto o más tarde, será empleada contra otros pueblos, en Europa o en las colonias, e incluso contra los propios obreros y obreras alemanes 1/.

Como se sabe, junto a Karl Liebknecht, fue una de las raras dirigentes del socialismo alemán y europeo que se opusieron a la Unión Sagrada y al voto a favor de los créditos de guerra en 1914. Las autoridades imperiales alemanes –con el apoyo de la derecha socialdemócrata- le hicieron pagar cara su coherente oposición internacionalista a la guerra encerrándola en prisión durante la mayor parte que duró el conflicto. Es entonces cuando define su principal punto de vista en un escrito de 1916: “La patria de los proletarios, a cuya defensa ha de subordinarse todo lo demás, es la Internacional socialista” 2/.

Confrontada al dramático fracaso de la II Internacional, se dispuso a unirse a otros marxistas para crear una nueva Internacional. Soñaba con la creación de una nueva asociación internacional de trabajadores y sólo la muerte le impidió participar, junto a las y los revolucionarios rusos, en la fundación de la Internacional Comunista en 1919.

Poca gente comprendió como ella el peligro mortal que representaba para los trabajadores y trabajadoras el nacionalismo, el chovinismo, el racismo, la xenofobia, el militarismo y el expansionismo colonial o imperial. La tarea inmediata del socialismo, escribió en ese documento espartaquista de 1916, “es la liberación espiritual del proletariado de la tutela de la burguesía, que se manifiesta en la influencia de la ideología nacionalista” 3/. Lo que ella entiende por nacionalismo no es las cultura nacionales de los diferentes pueblos, sino la ideología que convierte la Nación en un valor político y moral supremo, al que debe subordinarse todo” (“Deutschland über alles”).

Se esté de acuerdo o no con sus tesis sobre la cuestión nacional, no se puede cuestionar la fuerza profética de sus escritos. Utilizo la palabra profeta en su sentido bíblico original (tan bien definido por Daniel Bensaïd en sus últimos escritos): no quien pretende “adivinar el futuro” sino quien expresa una anticipación condicional, quien advierte al pueblo de las catástrofes que acontecerán si no se toma otro camino.

Siempre en el mismo documento de 1916, advirtió: mientras existan el capitalismo y el imperialismo habrá nuevas guerras: “La paz mundial no puede asegurarse por medio de planes utópicos o, en el fondo, reaccionarios, como tribunales arbitrales internacionales de diplomáticos capitalistas, acuerdos diplomáticos como desarme (…) federaciones de Estados europeos, uniones aduaneras centroeuropeas y similares. El imperialismo, el militarismo y las guerras no podrán ser eliminadas o limitadas mientras las clases capitalistas sigan ejerciendo incontestablemente su dominio de clase” 4/.

Sus intuiciones fueron proféticas en la medida que los peores crímenes del siglo XX –de la Primera a la Segunda Guerra Mundial (Auschwitz, Hiroshima) y más allá- se cometieron en nombre del nacionalismo, de la hegemonía nacional, de la defensa nacional, del espacio vital nacional, y así sucesivamente. El estalinismo es también el producto de una degeneración nacionalista del Estado soviético, materializada en la consigna del socialismo en un solo país.

Se puede criticar algunas de sus posiciones sobre las reivindicaciones nacionales (contrariamente a Lenín, se oponía al derecho a la autodeterminación de las naciones y más bien proponía una forma de autonomía nacional-, pero percibió de forma clara los peligros de las políticas nacionales estatales: conflictos territoriales, depuraciones étnicas, opresión de minorías. No pudo prever los genocidios…

Una concepción abierta de la historia

En segundo lugar, y tras un siglo que no solo fue el de los extremos (Eric Hobsbawm) sino el de las expresiones más brutales de la barbarie en la historia de la humanidad, no se puede sino admirar un pensamiento revolucionario como el de Rosa Luxemburg, que supo rechazar la ideología cómoda y conformista del progreso lineal, el fatalismo optimista y el evolucionismo pasivo de la social-democracia, la peligrosa ilusión –de la que nos habla Walter Benjamín en sus Tesis de 1940- de que bastaba nadar a favor de la corriente, dejar actuar a las condiciones objetivas. Cuando en 1915 escribió en el folleto La crisis de la socialdemocracia (firmado con el seudónimo de Junius), la consigna “Socialismo o barbarie”, Rosa Luxemburg rompió con la concepción –de origen burgués- de la historia como una progreso irresistible, inevitable, garantizado por las leyes objetivas del desarrollo económico o de la evolución social. Una concepción muy bien definida por Gyorgy Valentinovitch Plejánov, que escribió lo siguiente: “La victoria de nuestro programa es tan inevitable como la salida del sol por la mañana”. La conclusión política de esta ideología progresista no podía ser otra que la pasividad: nadie tendría la absurda idea de luchar, de arriesgar su vida, de luchar por lograr que el sol saliera a la mañana…

Detengámonos un poco en el significado político y filosófico de la consigna “Socialismo o barbarie”. Está sugerida en algunos textos de Marx o Engels, pero es Rosa Luxemburg quien le da una formulación explícita y definida. Implica la percepción de la historia como un proceso abierto, como una serie de bifurcaciones en el que el factor subjetivo –consciencia, organización, iniciativa- de las y los oprimidos constituye un factor decisivo. [Para llegar al socialismo] No se trata que madure la fruta en base a las leyes naturales de la economía o la historia, sino de actuar antes de que sea demasiado tarde. Porque la otra parte de la ecuación es el siniestro peligro: la barbarie. Mediante este término, Rosa Luxemburg no define una regresión imposible a un pasado tribal, primitivo o salvaje: desde su punto de vista, se trata de una barbarie totalmente moderna, de la que la Primera Guerra Mundial constituía un ejemplo impresionante, bastante peor en su mortífera inhumanidad, que las prácticas guerreras de los bárbaros conquistadores al final del Imperio romano. Nunca antes se habían puesto al servicio de una política imperialista y de masacre a una escala tan grande tecnologías tan modernas: tanques, gas, aviación militar.

Desde el punto de vista de la historia del siglo XX, la consigna de Rosa Luxemburg adquiere también un carácter visionario: la derrota del socialismo en Alemania abrió el camino a la victoria del fascismo de Hitler y, después, a la Segunda Guerra Mundial y a las más monstruosas formas de barbarie moderna que haya conocido jamás la humanidad, de las que el nombre de Auschwitz se ha convertido en todo un símbolo.

No es por casualidad que la expresión socialismo o barbarie se convirtiera en bandera y símbolo de reconocimiento de uno de los grupos más creativos de la izquierda marxista de la post-guerra en Francia: el que existía en torno a la revista del mismo nombre durante los años 50 y 60, animado por Cornelius Castoriadis y Claude Lefort.

La disyuntiva que marca la consigna de Rosa Luxemburg sigue estando de actualidad hoy en día. El largo periodo de retroceso de las fuerzas revolucionarias –de la que comenzamos a salir poco a poco- ha estado acompañado de la multiplicación de guerras y masacres de purificación étnica, desde los Balcanes hasta África, del aumento de los racismos, chovinismos e integrismos de todo tipo, incluso en el corazón de la Europa civilizada.

Pero existe un nuevo peligro que Rosa no previó. Ernest Mandel, en sus últimos escritos, señaló que la disyuntiva para la humanidad en el siglo XXI ya no sería, como en 1915, socialismo o barbarie, sino socialismo o muerte. Entendía por ello el riesgo de catástrofe ecológica fruto de la expansión capitalista mundial, con su lógica destructiva para el medio ambiente. Si el socialismo no llega para interrumpir esta vertiginosa carrera hacia el precipicio –de la que el aumento de la temperatura del planeta y la destrucción de la capa de ozono constituyen los elementos más visibles- lo que está amenazado es la propia superviviencia de la especie humana.

La democracia en el socialismo

En tercer lugar, frente al fracaso histórico de las corrientes mayoritarias del movimiento obrero, es decir, por una parte, el hundimiento poco glorioso del pretendido socialismo real –heredero de 60 años de estalinismo- y, por otra, de la sumisión pasiva (en caso de que no sea una adhesión activa) de la socialdemocracia a las reglas neoliberales del juego capitalista mundial, la alternativa que representaba Rosa Luxemburg, es decir: un socialismo a la vez auténticamente revolucionario y radicalmente democrático, aparece más pertinente que nunca.

En tanto que militante del movimiento obrero en el Imperio zarista –creó el Partido Social-demócrata de Polonia y Lituania, afiliado al Partido obrero socialdemócrata ruso-, criticó las tendencias desde su punto de vista demasiado autoritarias y centralistas, de las tesis defendidas por Lenin antes de 1905. Su crítica coincidía en este punto con la del joven Trotsky en Nuestras tareas políticas (1904).

Al mismo tiempo, en tanto que dirigente del ala izquierda de la socialdemocracia alemana, se batió contra la tendencia de la burocracia sindical y política y de las delegaciones parlamentarias a monopolizar las decisiones políticas. La huelga general rusa de 1905 le pareció un ejemplo a seguir en Alemania: tenía más confianza en la iniciativa de las bases obreras que en las sabias decisiones de los órganos dirigentes del movimiento obrero alemán.

Enterándose en la cárcel de los acontecimientos de Octubre de 1917, se solidarizó de inmediato con los revolucionarios rusos. En un folleto sobre la Revolución rusa escrito en prisión en 1918, que sólo se publicó (1921) tras su muerte, saludó con entusiasmo este gran acto emancipador histórico y rindió un caluroso homenaje a los dirigentes revolucionarios de Octubre:

“Todo lo que podía ofrecer un partido, en un momento histórico dado, en coraje, visión y coherencia revolucionarios, Lenin, Trotsky y los demás camaradas lo proporcionaron en gran medida. Los bolcheviques representaron todo el honor y la capacidad revolucionaria de que carecía la social democracia occidental. Su Insurrección de Octubre no sólo salvó realmente la Revolución Rusa; también salvó el honor del socialismo internacional”.

Esta solidaridad no le impide criticar lo que le parece erróneo o peligroso en su política. Si algunas de sus críticas –sobre la autodeterminación nacional o la distribución de tierras- son muy discutibles y poco realistas, otras, en relación a la cuestión de la democracia, son totalmente pertinentes y de una extraordinaria actualidad. Partiendo de la base de la imposibilidad para los bolcheviques –en las dramáticas circunstancias de la guerra civil y de la intervención extranjera- de crear “por arte de magia, la más bella de las democracias”, Rosa Luxemburg llama la atención sobre el riesgo de un deslizamiento autoritario y define algunos principios fundamentales de la democracia revolucionaria:

“La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que este sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente. (…) Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de la vida, en la que solo queda la burocracia como elemento activo”.

Es difícil no reconocer la importancia de este argumento. Unos años más tarde, la burocracia acapararía todo el poder, eliminando de forma progresiva a las y los revolucionarios de Octubre de 1917, que en los años 30 fueron exterminados sin piedad.

Comunismo y comunidad primitiva

En cuarto lugar, el interés de Rosa Luxemburg por la comunidad primitiva es mucho menos conocido y, por ello, vamos a dedicarle una atención especial en este artículo. El tema central de su Introducción a la economía política (manuscrito inacabado publicado por Paul Levi en 1915) es el análisis de lo que ella denomina como sociedad comunista primitiva y su contraposición a la sociedad capitalista mercantil. Es cierto que se trata de un texto incompleto, escrito en prisión hacia 1916 a partir de las notas de su curso de economía política en la escuela del partido socialdemócrata (1907-1914); tenía previstos otros capítulos que no se escribieron o que se perdieron. ¡Pero eso no explica por qué los capítulos dedicados a la sociedad comunista primitiva y su disolución ocupan más páginas de las dedicadas a la producción mercantil, el trabajo asalariado y las tendencias de la economía capitalista tomada en su conjunto!

Esta forma inhabitual de abordar la economía política es probablemente una de las principales razones por las que a este libro no se le ha prestado atención, se le ha relegado o ha sido ignorado por la mayoría de los economistas marxistas e incluso por biógrafos o especialistas en los trabajos de Rosa Luxemburg. Paul Frölich es una de las raras excepciones, así como Ernest Mandel, autor del prefacio a la edición francesa. Por el contrario, Nettl apenas se refiere a él y no ofrece ninguna información o comentario sobre su contenido. En cuando al Instituto Marx-Engels-Lenin-Stalin de Berlín Este, responsable de la edición del texto en 1951, pretende (en su introducción) que se trata de una “presentación popular de los elementos fundamentales del modo de producción capitalista”, sin hacer ninguna referencia al hecho de que casi la mitad del libro está en realidad consagrado al comunismo primitivo… 5/. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, lo que da valor a este libro es precisamente su visión de las comunidades precapitalistas y su forma crítica y original de concebir la evolución de las formaciones sociales, desde un punto de vista orientado, como diría Walter Benjamin, a cepillar la historia a contrapelo.

* * *

¿Cómo explicar el interés de Rosa Luxemburg por las comunidades primitivas? Por una parte, es evidente que en la existencia de estas antiguas sociedades comunistas ve una forma de sacudir e incluso destruir “la vieja noción del carácter eterno de la propiedad privada y de su existencia desde el origen del mundo” 6/. Es debido a la incapacidad de concebir la propiedad comunal y a la incomprensión de todo lo que no se asemeje a la civilización capitalista que los economistas burgueses rechazan obstinadamente reconocer el hecho histórico de las comunidades. Así pues, para Rosa Luxemburg se trata de un elemento de lucha teórica y política sobre un aspecto fundamental de la ciencia económica. Por otra parte, desde su punto de vista, el comunismo primitivo constituye una preciosa referencia histórica para criticar el capitalismo, para poner al descubierto su carácter irracional, reificado, anárquico, y para poner en evidencia la oposición radical entre valor de uso y valor de cambio.

Como lo subraya con razón Mandel en el prefacio, “la explicación de las diferencias fundamentales entre una economía basada en la producción de valores de uso destinados a satisfacer las necesidades de los productores, y una economía basada en la producción mercantil, ocupa la mayor parte de este libro” 7/. Para ella se trata de encontrar y rescatar del pasado primitivo todo lo que pueda, hasta cierto punto, prefigurar el comunismo moderno.

Esta actitud de Rosa Luxemburg no es ajena a una cierta afinidad con las concepciones románticas de la historia, que rechazan la ideología burguesa del progreso y critican los aspectos inhumanos de la civilización industrial/capitalista (de ahí, por lo demás, su interés por el trabajo de un economista romántico como Sismondi). Mientras que el romanticismo tradicional aspira a restablecer un pasado idealizado, el romanticismo revolucionario del que Rosa Luxemburg está cercana busca en determinadas formas del pasado precapitalista elementos y aspectos que anticipen el porvenir post-capitalista.

En sus escritos y correspondencia, Marx y Engels ya habían llamado la atención sobre los trabajos del historiador (romántico) Georg Ludwig von Maurer en relación a la antigua comuna (mark) germánica. Al igual que ellos, Rosa Luxemburg estudió con pasión los escritos de Maurer y se maravilló del funcionamiento democrático e igualitario de la Comuna y de su transparencia social: ” Es imposible imaginarse algo a la vez más sencillo y más armónico que este sistema económico de la antigua marca germánica. Todo el mecanismo de la vida social aparece con absoluta claridad. Un plan estricto y una sólida organización envuelven aquí la actividad de cada uno integrándolo en el conjunto como una pieza. El punto de partida y el fin de toda la organización son las necesidades directas de la vida cotidiana y su satisfación, pareja para todos” 8/.

Lo que ella valora y pone al descubierto son los elementos de esta formación comunista primitiva que se oponen al capitalismo y que hacen de ella, en cierto grado, humanamente superior a la civilización industrial burguesa. “De modo que hacía dos mil años, y aún antes, en aquella remota antigüedad de los pueblos germánicos de la que la historia escrita no sabe nada todavía, regían condiciones entre los germanos, radicalmente distintas de las actuales.

“No se conocía entonces el Estado con leyes coactivas escritas, la división entre ricos y pobres, dominadores y trabajadores” 9/.

Apoyándose en los trabajos del historiador ruso Maxime Kovalevsky (por el que Marx ya se había interesado mucho), Rosa Luxemburg insiste sobre la universalidad del comunismo agrario como forma general de la sociedad humana en una determinada etapa de su desarrollo, que se encuentra tanto entre los Indios de las Américas, los Incas, los Aztecas, como entre los Cabileños, las tribus africanas y los Hindús. El ejemplo peruano le parece especialmente significativo y, ahí también, no puede impedirse sugerir una comparación entre la Marca de los Incas y la sociedad civilizada: “El arte moderno de hacerse nutrir exclusivamente por el trabajo ajeno y hacer del ocio propio atributo de dominación, aún era extraño a la esencia de esta organización social en la que la propiedad común y la obligación general de trabajar constituían costumbres populares profundamente arraigadas”. También manifiesta su admiración por “la fantástica tenacidad del pueblo indio y de los mecanismos de la comunidad de marca considerando que se han conservado restos de ambos, pese a todo, hasta el siglo XIX” 10/. Una veintena de años más tarde, el eminente pensador marxista peruano José Carlos Mariátegui adelanta un punto de vista que presenta coincidencias impresionantes con las ideas de Rosa Luxemburg (de la que sin duda ignoraba sus observaciones sobre el Perú): el socialismo moderno debe apoyarse en las tradiciones indígenas que remontan al comunismo Inca, para ganar a su lucha a las masas campesinas.

Ahora bien, en este ámbito el autor más importante para Rosa Luxemburg –como para Engels en El origen de la família– es el antropólogo americano L. H. Morgan. Inspirándose en su obra clássica (Ancient Society, 1877), va más lejos que Marx y Engels y desarrolla toda una visión espectacular de la historia, una concepción innovadora e intrépida de la evolución milenaria de la humanidad, en la que la civilización actual “con su propiedad privada, su dominación de clase, su dominación masculina, su Estado y su matrimonio coercitivo” aparece como un simple parêntesis, una transición entre la sociedad comunista primitiva y la sociedad comunista del futuro. La idea romântico/revolucionaria de la relación entre el pasado y el futuro aparece aquí de forma explícita: “La noble tradición del lejano pasado extendió así la mano a los esfuerzos revolucionarios del futuro, el círculo del conocimiento se cerró armónicamente y, desde esta perspectiva, el mundo actual de la dominación de clase y de la explotación, que pretendía ser la totalidad de la cultura, la meta más alta de la historia mundial, se mostró simplemente como una etapa diminuta y pasajera de la gran marcha hacia adelante de la humanidad” 11/.

Desde esta perspectiva, la colonización europea de los pueblos del Tercer Mundo le parece fundamentalmente una actividad socialmente destructiva, bárbara e inhumana; como es el caso, sobre todo, de la ocupación inglesa de las Indias, que saqueó y desintegró las estructuras agrarias comunistas tradicionales, con consecuencias trágicas para el campesinado. Rosa Luxemburg comparte con Marx la convicción que el imperialismo aporta progreso económico a los países colonizados, si bien lo hace a través de “los infames métodos de una sociedad de clases” 12/.

Sin embargo, mientras que Marx, sin ocultar su indignación ante estos métodos, insiste sobre todo en el papel económicamente progresista de los ferrocarriles introducidos por Inglaterra en India, Rosa Luxemburg pone más el acento en las consecuencias socialmente nefastas de ese progreso capitalista: “Los viejos vínculos fueron rotos, el tranquilo aislamiento del comunismo fue aniquilado y reemplazado por la querella, la discordia, la desigualdad y la explotación. El resultado fueron enormes latifundios, por un lado, y por el otro grandes masas de millones de arrendatarios campesinos. La propiedad privada hizo su entrada en la India y, con ello, el tifus, el hambre y el escorbuto se convirtieron en los huéspedes permanentes de las planicies del Ganges” 13/.

Esta problemática no solo se aborda en Introducción a la Economía Política sino también en La Acumulación de Capital, donde critica de nuevo el papel histórico del colonialismo inglês y se indigna por el desprecio criminal que los conquistadores europeos manifestaron hacia el sistema de irrigación tradicional: el capital, en su ceguera voraz, “es incapaz de ver lo suficientemente lejos como para reconocer los monumentos económicos de una civilización más vieja”; la política colonial produjo el declive de este sistema tradicional y, en consecuencia, el hambre comenzó, a partir de 1867, a provocar millones de víctimas en India. En cuanto a la colonización francesa en Argelia, se caracterizó, desde su punto de vista, por un intento sistemático y deliberado de destruir y dispersar la propiedad comunal, llevando a la ruina económica a la población indígena 14/.

Pero más allá de estos ejemplos, es el conjunto del sistema colonial –español, portugués. holandês, inglés, alemán, en América Latina, en África o en Asia- lo que denuncia Rosa Luxemburg, que se sitúa firmemente en el punto de vista de las víctimas del progreso capitalista: “Para todos los pueblos primitivos de los países coloniales el paso de las condiciones comunistas primitivas a las capitalistas modernas ha ocurrido como una catástrofe repentina, como una desgracia indecible llena de horribles dolores” 15/. Esta preocupación por la condición social de las poblaciones colonizadas es uno de los signos de la asombrosa modernidad de este texto; sobre todo si se le compara con el libro equivalente de Kautsky (publicado en 1886), en el que los pueblos no europeos están prácticamente ausentes 16/.

De este análisis se desprende la solidaridad de Rosa Luxemburg con la lucha de los indígenas contra las metrópolis imperialistas; combate en el que percibe la resistência tenaz y digna de admiración de las viejas tradiciones comunistas contra la búsqueda del beneficio y contra la europeización capitalista. De forma implícita aquí aparece la idea de una alianza entre el combate anticolonial des esos pueblos y el combate anticapitalista del proletariado moderno como convergencia revolucionaria entre el viejo y el nuevo comunismo… 17/

Según Gilbert Badia, cuyo libro sobre Rosa Luxemburg es uno de los raros en examinar críticamente esta problemática, en la Introducción a la economía política las viejas estructuras de las sociedades colonizados se presentan a menudo como fijas “y opuestas radicalmente, por un contraste entre blanco y negro, al capitalismo”. En otros términos: “A estas comunidades dotadas de todas las virtudes y concebidas como casi inamovibles, Rosa Luxemburg opone la función destructora de un capitalismo que no tiene nada de progresivo. Estamos lejos de la burguesía conquistadora evocada por Marx en el Manifiesto” 18/.

Estas objeciones no nos parecen justificadas por las siguientes razones: 1) Rosa Luxemburg no concibe las comunidades como fijas e inamovibles: al contrario, muestra sus contradicciones y transformaciones. Indica que “La sociedad comunista primitiva lleva por su propio desarrollo interno al de de la desigualdad y el despotismo” 19/; 2) No niega el papel económicamente progresivo del capitalismo, pero denuncia los aspectos inmundos y socialmente regresivos de la colonización capitalista; 3) Si bien pone de relieve los aspectos más positivos del comunismo primitivo, en contraste con la civilización burguesa, tampoco oculta sus limitaciones y defectos: estrechez local, bajo nivel de productividad del trabajo y desarrollo de la civilización, impotencia frente a la naturaleza, violencia brutal, estado de guerra permanente entre comunidades, etc. 20/; 4) En efecto, el punto de vista de Rosa Luxemburg se sitúa muy lejos del himno a la burguesía de Marx en 1848; por el contrario, está muy cerca del espíritu del capítulo XXXI de El Capital (génesis del capitalismo industrial) en el que Marx describe las barbaridades y atrocidades de la colonización europea.

En realidad, en relación con la comunidad rural rusa, Rosa Luxemburg tiene una visión mucho más crítica que el propio Marx. Partiendo del análisis de Engels, que constató a finales del siglo XIX el declive de la obchtchina y su degeneración, muestra, a través de ese ejemplo, los límites históricos de la comunidad tradicional y la necesidad de superarla 21/.

Su mirada se dirige de forma resuelta hacia el futuro y aquí se distancia del romanticismo económico en general y de los populistas rusos en particular, para hacer hincapié en “la diferencia fundamental entre la economía mundial socialista del futuro y los grupos comunistas primitivos de la prehistoria” 22/.

* * *

Centrando la atención en estos textos, solo hemos querido salvar del olvido un capítulo desconocido de los trabajos de Rosa Luxemburg. Nos parece que albergan mucho más que un punto de vista erudito sobre la historia económica: sugieren otra forma de concebir el pasado y el presente, la historicidad social, el progreso, la modernidad. Confrontando la civilización capitalista industrial com el pasado comunitario de la humanidad. Rosa Luxemburg rompe con el evolucionismo lineal, el progresismo positivista, el darwinismo social y todas las interpretaciones del marxismo que lo reducen a una versión más avanzada de la filosofía de Monsieur Homais [personaje de ficción de Gustav Flaubert en Madame Bovary]. En último término, estos textos plantean el significado de la concepción marxista de la historia.

Y hoy en día, cuando en varias regiones del mundo, y especialmente en América Latina – Méjico, Ecuador, Bolivia, Perú entre otros-, asistimos a la lucha de comunidades campesinas e indígenas, con tradiciones pre-capitalistas aún muy vivas, en defensa de los bosques, de sus tierras y ríos contra las multinacionales petroleras y mineras, el agro-negocio capitalista y las políticas neoliberales del gobierno, responsables de los más grandes desastres sociales y ecológicos, adquieren una actualidad renovada,

 

Notas:

1/ Compárese el penetrante análisis de este episodio de Lelio Basso en su Introduction à R.L., Scritti Politici, Roma, Editori Riuniti, 1967, pp. 26-37 con la incomprensión del biógrafo universitario J.P.Nettl, que no veía en su crítica del militarismo y de Schippel más que un ejercicio “árido y formal”, que condenaba al paro a las y los trabajadores, que para Rosa Luxemburg sería un ¡”estímulo necesario para la lucha de clases”! cf. J.P.Nettl, Rosa Luxemburg, London, Oxford University Press, 1966, vol. I, pp. 216-217.

2/ Rosa Luxemburg, Tesis sobre las tareas de la socialdemocracia internacional, en El pensamiento de Rosa Luexemburg Antología a cargo de María José Aubet. Ediciones del Serbal 1ª edición 1.983. Disponible en https://www.marxists.org/espanol/luxem/1916/xx.htm

3/ Ibid.

4/ Ibid.

5/ Véase Paul Frölich, Rosa Luxemburg, Paris, Maspéro, 1965, p. 189-192 ; Ernest Mandel, “Préface” à Rosa Luxemburg, Introduction à l’Économie Politique, Paris, Éditions Anthropos, 1970 ; P. Nettl, Rosa Luxemburg. Oxford University Press, 1969, p. 265 ; Marx-Engels-Lenin-Stalin Institut beim ZK der SED, “Bemerkungen zu Rosa Luxemburgs Einfùhrung in die Nationalôkonomic” in Rosa Luxemburg, Ausgewählte Reden und Schriften, Berlin, Dietz Verlag, 1955, p. 403-410.

6/ Rosa Luxemburg, Introducción a la economía política (IEP), p. 51.

7/ E. Mandel, Préface a IEP, p. XVIII, disponible en http://www.ernestmandel.org/new/ecrits/article/preface-a-introduction-a-l

8/ R. Luxemburg. IEP, p. 83.

9/ Ibid. p. 45.

10/ Ibid, pp. 58.

11/ Ibid., p. 56.

12/ Ibid., pp. 108

13/ Ibid. P. 49. Este fragmento parece sugerir una visión idílica de la estrutura social tradicional en India: sin embargo, en otro capítulo del libro, Rosa Luxemburg reconoce la existência, por encima de las comunidades rurales, de un poder despótico y de una casta de sacerdotes privilegiados que instituían relaciones de explotación y desigualdade social.

14/ Rosa Luxemburg, The Accumulation of Capital, London, Routledge and Kegan Paul, 1951, pp. 376, 380.

15/ IEP, p.120.

16/ Véase el prefacio de E. Mandel, IEP, p. XVII-XVIII.

17/ IEP, p. 92.

18/ G. Badia, Rosa Luxemburg. Journaliste, Polémiste. Révolutionnaire, Paris, Éditions Sociales 1975, p. 498, 501.

19/ IEP. p. 158.

20/ , pp. 85.

21/ lbid..p. 102.

22/ ,p.80. En el mismo contexto, Rosa Luxemburg reconoce (al igual que Marx) que “la sociedade capitalista oferece por primera vez la posibilidad histórica de realizar el socialismo”, sobre todo a través de la unificación económica del mundo y del desarrollo de las fuerzas productivas.

Fuente de la traducción y publicación: Viento Sur
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