La historia es política

Entrevista a Howard Zinn

Howard Zinn es uno de los principales académicos radicales de Estados Unidos. Entre sus muchos libros están la colección de ensayos The Politics of History (La política de la historia); sus memorias You Can’t Be Neutral on a Moving Train (No se puede ser neutral en un tren en movimiento); una antología de ensayos escritos para periódicos y revistas durante varios años titulada The Zinn Reader; y el más famoso de sus libros: A People’s History of the United States (Historia popular de Estados Unidos).

Ha sido antiimperialista militante desde hace muchos años. En la década de los 60 trabajó con el Comité Coordinador de Estudiantes no Violentos (SNCC) en el Sur y se destacó en el movimiento contra la guerra de Vietnam. Alice Walker, una de sus estudiantes, dijo de él «Es un alborotador con un corazón de oro». Zinn sigue denunciando los crímenes del imperialismo aquí y por todo el mundo.

Es profesor emérito de ciencia política en la Universidad Boston.

El 24 de noviembre de 1998, el economista político Raymond Lotta conversó con Howard Zinn sobre el centenario del imperialismo estadounidense y las perspectivas radicales para el futuro.

RL: Howard, qué alegría conversar contigo; te agradezco por concedernos esta entrevista.

HZ: El placer es mío.

RL: Tus libros han influenciado a muchos estudiantes, activistas e intelectuales. Qué tal si nos cuentas cómo te hiciste historiador y cómo ves el papel del historiador.

HZ: No me dediqué a la historia porque quisiera ser historiador, erudito ni académico, ni porque quisiera escribir artículos para revistas eruditas, ir a conferencias académicas ni presentar ponencias ante aburridos historiadores. Empecé a estudiar historia porque a los 18 años ya era militante.

Trabajaba en un astillero, estaba organizando a los trabajadores jóvenes. Ese fue mi primer roce con las ideas radicales; leí a Marx, a Upton Sinclair, a Jack London y el libro Las uvas de la ira [de John Steinbeck]. Así que era un joven con conciencia política que trabajaba en un astillero. Trabajé ahí tres años. Luego entré a la Fuerza Aérea, donde fui bombardero. Cuando salí tuve diferentes trabajos.

Tengo muchas influencias: soy de una familia obrera… en mis memorias hay un capítulo titulado «Crecer con conciencia de clase», sí, me crié con conciencia de clase; esa es una expresión que no se oye mucho en Estados Unidos… así que mi conciencia de clase… mi experiencia en la guerra [II Guerra Mundial], mis complicadas reacciones a esa guerra, la dizque «mejor guerra», la «guerra buena»… el haber vivido con mi esposa en un barrio obrero y criado dos hijos en difíciles situaciones… estudié con ayuda del gobierno por ser ex combatiente mientras trabajaba en una bodega… fui miembro de diferentes sindicatos, me interesó el movimiento obrero y empecé a leer la historia de las luchas laborales.

Cuando empecé a estudiar historia y a pensar en ser profesor y escribir sobre la historia, ya sabía que no sería un profesor neutral; no iba a ser simplemente un académico.

RL: Tenías una idea clara sobre la clase de historiador que querías ser.

HZ: Quería que lo que escribía y enseñaba sobre la historia fueran parte de la lucha social. Quería ser parte de la historia y no simplemente un cronologista y maestro de historia. Así que ese criterio ante la historia, que la historia misma es un acto político, por decirlo así, es algo que siempre ha guiado lo que he escrito y lo que he enseñado. Desde el momento que puse pie en un aula, sabía que no iba a ser uno de esos maestros a los que los estudiantes al fin del curso o al fin del año les preguntan cuál es su posición. ¡Lo iban a saber desde el principio! Ese fue y sigue siendo mi modo de pensar.

RL: ¿Cómo ves la posibilidad de tumbar las barreras que separan tu trabajo como intelectual en la universidad de lo que pasa en el resto de la sociedad?

HZ: De dos maneras. Primero, llevando el mundo a las aulas, los temas actuales. Siempre, sin importar el curso que enseño, ya sea teoría política o derecho constitucional… siempre hay que estar comparando y contrastando lo que dicen los libros, lo que demuestra la historia, el pasado y lo que está pasando en el mundo en ese momento. Así que para mí el aula siempre ha sido un terreno en el que se juntan el mundo de afuera y el mundo de la universidad.

Pero eso no es suficiente; nunca pude limitarme a la vida académica, tenía que participar en el mundo de afuera. Si no hubiera participado en el mundo de afuera, el mensaje que les daría a los estudiantes sería [se ríe]: qué magnífico es pasar hablando de todas estas cosas en el aula, es fabuloso, pero no tienen que tener ninguna relación con eso. Con mi ejemplo, quería hacerles ver qué es lo importante en la vida.

Mi primera cátedra fue en la Universidad Spellman de Atlanta, Georgia, en los años del movimiento de derechos civiles. Ahí enseñé siete años, y me incorporé rápidamente en el movimiento. Vi que tenía que cumplir mi papel como maestro tanto en lo que hacía fuera del aula como en lo que enseñaba en ella.

RL: A People’s History of the United States (Historia popular de Estados Unidos) es probablemente el más conocido de tus libros. Le ha abierto los ojos a muchísima gente no solo por sus conclusiones sino también por su manera de abordar la historia. ¿Qué quiere decir para ti «historia popular»?

HZ: Dos cosas principalmente. Primero, el contenido de la historia, que es muy diferente a la historia tradicional, ya que escribo sobre la gente que la historia tradicional por lo general ignora. Por ejemplo, el gran «milagro económico» de Estados Unidos que se dio entre la guerra de Secesión y la I Guerra Mundial, cuando Estados Unidos entró a ser una gigantesca potencia industrial… eso es algo que se presenta como un gran y magnífico triunfo.

Pero lo que esa historia tradicional excluye (y esto es algo que vi claramente en la licenciatura y en mis estudios de posgrado) es la participación de los trabajadores. ¿Quiénes trabajaron en las refinerías de Rockefeller? ¿Quiénes sentaron los rieles del ferrocarril transcontinental? ¿Quiénes fueron los chinos e irlandeses que murieron sentando los rieles? ¿Y qué de las muchachas costureras de Nueva Inglaterra que empezaban a trabajar cuando tenían 12 años y morían a los 25? Todos ellos han sido excluidos de la historia tradicional y yo quería incluirlos.

Lo segundo es una cuestión de punto de vista, ver la historia desde un punto de vista diferente; no únicamente en el sentido académico, sino de ver la historia de Estados Unidos desde el punto de vista de la gente que no tiene voz, de los oprimidos y desde el punto de vista de la gente cuyas luchas no ha registrado la historia.

Por eso decidí contar la historia de Colón desde el punto de vista de los indígenas.

RL: Que no es lo común.

HZ: Quería contar la historia de la guerra con México no solo desde el punto de vista de los soldados estadounidenses que no sabían lo que hacían ni adónde iban (muchos eran inmigrantes necesitados de dinero y atención). No solo quería contarla desde el punto de vista de los soldados, algo que he hecho con todas las guerras, sino también desde el punto de vista del «enemigo», en este caso desde el punto de vista de los mexicanos. Lo «lindo» que fue que les robaran la mitad de su territorio y que sufrieran atrocidades.

Quería contar la historia de Estados Unidos desde el punto de vista de la mujer, del pueblo negro, de los indígenas, de los obreros y de los radicales.

Desde el momento en que tomé esa decisión, supe que sería una historia diferente. No tengo ninguna duda de que la razón por la cual tanta gente ha leído mi libro (lo cual, dicho sea de paso, fue una sorpresa para mí y mucho más para la casa editorial) es que el lector se da cuenta inmediatamente de que presento la historia de Estados Unidos desde un punto de vista muy diferente.

RL: Este año, en muchas partes del mundo, especialmente en Puerto Rico, Cuba y Filipinas, se están llevando a cabo conferencias, manifestaciones antiimperialistas y otros actos para conmemorar el centenario de la lucha contra el colonialismo español y contra el dominio de Estados Unidos que se impuso después de la guerra Hispano-norteamericana de 1898. Pero aquí en Estados Unidos se conoce muy poco y hay muy poca discusión sobre esa guerra. ¿Cuál es para ti la importancia de esa guerra y qué crees que debemos saber sobre ella?

HZ: Si bien no marcó el comienzo del imperialismo estadounidense (y a veces algunos libros de texto reconocen que hubo un breve período de imperialismo estadounidense, pero unos pocos años), fue la culminación de la expansión imperialista en el continente y de incursiones en Latinoamérica y el Lejano Oriente.

Creo que la importancia de 1898 radica en que probablemente fue la entrada más dramática, a nivel mundial, del poder económico y militar de Estados Unidos.

RL: Con enormes repercusiones para el futuro.

HZ: La guerra Hispano-norteamericana anunció el Siglo Americano, como lo llamaría después Henry Luce; mejor dicho, anunció el siglo de dominación estadounidense. La guerra contra Cuba fue un precursor de lo que Estados Unidos haría en diferentes partes del mundo; tuvo muchas características que se repetirían en otras partes. Me refiero al pretexto de liberar una parte del mundo oprimida por una nación opresora, para luego reemplazarla; o sea, sacar a los españoles pero impedir que Cuba fuera gobernada por un movimiento del país.

Eso se ha repetido una y otra vez. Estados Unidos supuestamente quería liberar a Vietnam del Sur del ataque y opresión de Vietnam del Norte, cuando en realidad quería apoderarse de todo Vietnam. En el Oriente Medio, para ver un ejemplo actual, se dijo en 1991 que la guerra contra Irak era por lo que le había pasado a Kuwait, cuando en realidad no tenía nada que ver con defender la libertad de los kuwaitíes sino con afianzar el control de las grandes reservas petroleras del Oriente Medio.

En ese sentido, la guerra Hispano-norteamericana presagió mucho de lo que Estados Unidos haría en el futuro.

Otro ejemplo de su papel precursor es que su éxito se midió por las pocas bajas de soldados estadounidenses. Se decía que fue «una espléndida guerrita»… porque no murieron muchos estadounidenses. Naturalmente, no contaron los muchos soldados que murieron a causa de la carne contaminada que le vendieron a las FFAA corporaciones rapaces. Además, no contaron las bajas del otro lado, no mencionan cuánta gente del otro lado murió.

RL: El secretario de Estado de ese entonces dijo que fue «una espléndida guerrita». Pero tú dices que la incursión de Estados Unidos en Filipinas durante la guerra Hispano-norteamericana fue una «asquerosa guerra de exterminio».

HZ: Así es. Es interesante ver lo que los niños aprenden en la escuela. Recuerdo que en la escuela nos enseñaron que la guerra Hispano-norteamericana fue un acontecimiento importante, un acontecimiento glorioso; se mencionaba la acción histórica de Theodore Roosevelt que con sus «Rough Riders» [regimiento de jinetes voluntarios] capturaron el Cerro de San Juan. Pero no se dice casi nada de la guerra en Filipinas, que no fue «una espléndida guerrita».

Fue una guerra larga, duró ocho años y el ejército estadounidense cometió atrocidades. Esa guerra fue otro precursor, en el sentido de que se creó un incidente en Filipinas, simplemente creado con la presencia del ejército de Estados Unidos, un incidente que llevó a la guerra y a la destrucción de gran parte de Filipinas, a masacres y atrocidades.

El predecesor de la masacre de My Lai [masacre de civiles vietnamitas por soldados estadounidenses] se dio en Filipinas en 1906. El ejército estadounidense atacó a 600 moros en el sureste de Filipinas: hombres, mujeres y niños; gente que vivía en condiciones primitivas y que no tenía armas modernas. El ejército los atacó con armas modernas y los mató a todos, a 600 hombres, mujeres y niños. Theodore Roosevelt le envió al comandante de la operación un telegrama de felicitación por la gran victoria militar. Por su parte, Mark Twain lo condenó con vehemencia.

En muchos aspectos, la guerra en Filipinas fue una premonición de la guerra de Vietnam.

RL: Dinos algo más sobre la oposición a la guerra Hispano-norteamericana en Estados Unidos, ya que es algo que muy pocos conocen.

HZ: Hubo un movimiento antiimperialista, aunque no lo suficientemente fuerte como para impedir que Estados Unidos hiciera lo que estaba haciendo.

La dirección conservadora del movimiento sindical apoyaba la guerra. Pero, por otro lado, hubo sindicatos y periódicos obreros que se oponían a la guerra y decían que los obreros irían a morir para alimentar las ganancias de las corporaciones. Eso se dio a nivel de la clase obrera.

A nivel de los intelectuales, estaba la Liga Antiimperialista, que contaba con miembros como William James y otros intelectuales que hacían protestas contra la intervención en Filipinas.

RL: Has escrito sobre la insubordinación en las FFAA estadounidenses durante la guerra Hispano-norteamericana.

HZ: Sí, hubo insubordinación en las FFAA. Hubo soldados que desobedecieron órdenes de combatir; hubo desertores; otros se pasaron a la trinchera opuesta, o sea al lado de los rebeldes. Soldados negros escribían a periódicos afroamericanos en Estados Unidos que se sentían asqueados por el racismo del ejército y el hecho de que tenían que matar a gente de color.

RL: Hay quienes miran el mundo tal como es hoy y el papel que desempeña Estados Unidos y dicen que no se puede describir como una potencia imperialista, que la noción misma de imperio ha pasado de moda. Pero tú has dicho que Estados Unidos estrenó un nuevo tipo de imperio. Dinos cuáles, en tu opinión, son las características del imperialismo estadounidense.

HZ: Creo que una de las razones por las cuales se dice eso sobre Estados Unidos es porque no creó un imperio a imagen y semejanza del imperio británico, con control directo y posesión franca de las colonias.

Cuba es un buen ejemplo, porque Estados Unidos no la declaró colonia oficial. Técnicamente, Cuba siguió siendo libre. Pero las corporaciones estadounidenses, el ferrocarril, los Vanderbilt, la United Fruit, los intereses bancarios dominaron su economía. Si bien Cuba no era una colonia franca, cuando Estados Unidos tenía que intervenir militarmente para ver que el gobierno protegiera sus intereses económicos, lo hacía las veces que fueran necesarias.

Creo que esa característica de no copiar el estilo británico sino de estrenar un nuevo modelo que daba a los gobiernos del tercer mundo una independencia nominal, pero dominar económicamente e intervenir militarmente si ese control económico se veía amenazado… pasó a ser una característica común.

RL: Qué tal si nos das otros ejemplos.

HZ: En los albores del siglo 20, después de la guerra Hispano-norteamericana, Estados Unidos hizo lo mismo una y otra vez en el Caribe, Guatemala, Honduras y Nicaragua. En Nicaragua tumbó un gobierno liberal que amenazaba su dominio; ocupó Haití y la República Dominicana cuando le pareció que surgirían gobiernos no muy dispuestos a ser títeres… y ocupó esos países por muchos años.

En nuestros tiempos, o sea, después de la II Guerra Mundial, tenemos el caso de Chile. Nadie diría que Chile es colonia de Estados Unidos, pero sus corporaciones, como Anaconda Copper, ITT… tenían importantes intereses financieros en Chile. Por eso, cuando llegó al poder [en 1970] un gobierno medio izquierdista y un tanto marxista (decían que era un gobierno marxista, lo cual no es correcto), mejor dicho, el gobierno de Allende se parecía más a un gobierno tipo Nuevo Trato, inclinado hacia la izquierda, pero era un gobierno que podía poner en peligro los intereses de ITT y Anaconda Copper, por eso primero Estados Unidos hizo lo que pudo para impedir que Allende ganara las elecciones. Pero fracasó. Se impuso la voluntad del pueblo chileno. Como consecuencia, Estados Unidos decidió proceder con su otra opción, el golpe militar.

Los documentos gubernamentales que se presentaron ante la Comisión Church [del Senado] en 1975 que investigaba a la CIA demostraron claramente el papel de Henry Kissinger y el gobierno para poner en el poder a Pinochet [el general que encabezó el golpe fascista de 1973] para proteger los intereses de esas corporaciones.

Ese es un patrón que se repite una y otra vez por todo el mundo: la protección de intereses económicos y el apuntalamiento o puesta en el poder de gobiernos tiránicos y dictatoriales dispuestos a proteger los intereses de Estados Unidos.

El derrocamiento del gobierno de Arbenz en Guatemala en 1954 es otro ejemplo. Está muy, pero muy claro que la United Fruit trabajó de la mano con la CIA para tumbar un gobierno elegido democráticamente que tuvo la osadía de expropiar las tierras de la United Fruit. No es correcto decir que fue expropiación porque no hizo lo que hubiera hecho un gobierno revolucionario, o sea, simplemente confiscar las tierras sin pagar por ellas, sin dar una compensación, porque iban a compensar a la United Fruit. Pero eso era inaceptable, así que la CIA y el gobierno tumbaron a Arbenz. Ese es el patrón que se ha seguido en muchas partes del mundo.

A ese nuevo imperialismo, ese neocolonialismo, lo acompaña un imperialismo cultural: medios de comunicación, TV, prensa y naturalmente productos Made in USA inundaron todo el mundo, destruyendo–en muchos casos–las culturas autóctonas… llevando «civilización» a pueblos «atrasados», lo cual viene a ser la imposición de la corrupción.

RL: El imperialismo estadounidense también opera por medio de organismos internacionales o multilaterales como la ONU y el Banco Mundial, que ocultan los intereses imperialistas.

HZ: Creo que la obra del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional es un buen ejemplo de neoimperialismo. Porque con la pantalla de ser organizaciones internacionales, como en las guerras de Corea e Irak con el escudo de la ONU, esas organizaciones dominadas por Estados Unidos saquean los recursos de los países del tercer mundo… los endeudan a tal punto que el interés de la deuda absorbe en muchos casos la mitad del presupuesto nacional. Encima, a cambio de esos préstamos, ordenan suspender los programas de asistencia social.

Se podría decir que están haciendo en esos países algo parecido a lo que están haciendo aquí: eliminando programas de asistencia social con el pretexto de poner en orden el presupuesto, pero no tocan el presupuesto militar.

Así que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial juegan un papel muy nefario en el mundo. Eso es parte de lo que yo llamaría neocolonialismo.

RL: Además está la red internacional de bases militares.

HZ: Sí. Basta ver la cantidad de bases militares que tenemos en Japón, en Corea. Cuando el pueblo filipino hizo protestas contra las bases militares, Estados Unidos se vio obligado a cerrarlas, aunque no todas. Eso reforzó la importancia de las bases en Corea y Japón. Además, tenemos un montón de soldados en Alemania, cuando ya no hay ni Alemania Oriental ni Alemania Occidental… no cedemos la base en Cuba, la de Guantánamo.

Así que es una extensa red de poderío militar y económico.

RL: Hay quienes dicen que, en las condiciones de hoy, el poder militar estadounidense podría tener aplicaciones positivas o humanitarias. Se pone como ejemplos a Haití, Somalia y Bosnia. ¿Qué les dirías a los que piensan así?

HZ: Yo desconfío mucho del poder militar estadounidense. Estoy dispuesto a aceptar que podrían existir situaciones que requieran una intervención en defensa de un pueblo oprimido cuando se han agotado las demás opciones. Pero, cuando la intervención la lleva a cabo un gobierno como el estadounidense, con todos sus antecedentes y sus intenciones, uno tiene que ser muy receloso.

En Somalia vimos un ejemplo de eso. Lo que a principios parecía ser una intervención «humanitaria» se transformó en algo repugnante y violento.

RL: Hemos platicado sobre el ascenso del imperio estadounidense con la guerra Hispano-norteamericana, hace 100 años. Ahora estamos en los umbrales del siglo 21. ¿Te sientes optimista con respecto a la posibilidad de que se den cambios y transformaciones en el mundo y en Estados Unidos?

HZ: No quiero ser un optimista ingenuo; quiero ser un optimista inteligente.

No quiero ser optimista ingenuo en el sentido de que hubo un tiempo, que tal vez todavía existe para unos, en que en la izquierda se decía: «la revolución mundial es inevitable». A mí nunca me ha gustado la noción de inevitabilidad, de determinismo, porque para mí… decirle eso a la gente abre una brecha entre uno y los demás, porque miran a su alrededor y no es fácil ser optimista. Así que pienso que uno tiene que aceptar que todo movimiento encara enormes obstáculos.

Sin embargo, creo que tenemos grandes posibilidades, pero todo depende de lo que nosotros hagamos. La razón por la cual no digo que el progreso, el cambio, el cambio radical sean inevitables es porque creo que lo que suceda está condicionado por nuestra pasividad o por nuestro optimismo. Pero sí creo que es importante plantear la posibilidad de cambios y proponer una visión de lo que podría ser una sociedad diferente, tanto para Estados Unidos como para el resto del mundo.

No solo como un sueño romántico sino como una posibilidad realizable. Me parece que es importante hacer eso porque nos cargará las pilas.

RL: Dices eso como historiador y militante.

HZ: La historia sirve para enseñar que ha habido terribles, pero terribles momentos cuando se pensaba que nada era posible… pero luego vino la sorpresa. Siempre ha habido sorpresas y cuando se dan nos preguntamos: ¿pero cómo? Eso es porque no miramos debajo de la superficie y no teníamos fe en el pueblo.

Yo tengo mucha fe en la gente común y corriente, por más que la prensa y los politiqueros les embrollen la cabeza. Creo que la gente tiene un sentido común fundamental y que es buena. Por eso creo que si seguimos machacando la verdad–y para mí no hay nada más revolucionario que decir la verdad–si no nos cansamos de decir la verdad, se abrirá paso y la gente responderá.

Eso ya lo hemos visto. Yo lo he visto en este país. Hemos vivido momentos que parecían irremediables. «¿Cómo vamos a organizar la Ford? Nunca. Mira todo el dinero que tiene, los soldados que tiene. ¿Cómo vamos a cambiar las cosas en el Sur? Es imposible; tienen todo el dinero; tienen todo el poder; el gobierno federal está de su lado». Pero se hizo.

Otro ejemplo es el movimiento contra la guerra: «¿Cómo vamos a parar la guerra de Vietnam?». Recuerdo lo que sentíamos cuando recién empezaban las manifestaciones contra la guerra, cuando convocamos una manifestación en Boston Commons y solo acudieron 100 personas. Y cuando uno va a un piquete de protesta hay más policías que manifestantes.

Pero los movimientos crecen. Si se persiste, los movimientos pequeños pueden transformarse en movimientos grandes. Así que creo que el cambio es posible, pero depende de lo que nosotros hagamos.

RL: Dijiste que te parece importante presentar una visión de un mundo diferente. ¿Cuál es tu visión?

HZ: Quisiera ver un mundo en el que las poderosas corporaciones no dominaran la economía… en el que las empresas económicas estuvieran en manos de los trabajadores… en el que los derechos de los trabajadores y de los consumidores tuvieran representación en los organismos que toman decisiones. Sería un mundo con una democracia de base como la que existió en la Comuna de París de 1871… de continua participación… de mítines populares por todos lados, en el que la participación popular no se limite a comicios cada dos o cuatro años en los que se escoge entre dos miserables posibilidades… una participación de base y de toma de decisión a todo nivel.

No sería fácil poner eso en práctica en una sociedad compleja y grande. Pero estoy convencido de que es posible tener infinitamente más democracia política que hoy. El objetivo sería equilibrar las condiciones de vida de los pueblos del mundo; utilizar la enorme riqueza que existe para alimentarlos, para cuidar a los niños. Todo el mundo debe tener ciertas garantías fundamentales: techo, suficiente comida, atención a los niños, servicios de salud sin tener que preocuparse del costo, de formularios o firmas.

También tenemos que tumbar las barreras nacionales; un mundo sin pasaportes ni visas, para que la gente pueda desplazarse libremente como se desplazan las corporaciones. Naturalmente es una visión difícil de contemplar, pero si uno no tiene una visión así no podrá evaluar lo que pasa día a día.

Por ejemplo, si uno no tiene una visión de un mundo sin fronteras, no puede evaluar cosas específicas, como por ejemplo: ¿debe el Congreso instituir esta o aquella ley de inmigración? ¿Debemos limitar la inmigración a este o a aquel nivel? Si uno tiene una visión de la clase de mundo que quiere, se aclara la posición que debe de tomar hacia la inmigración: que el concepto mismo de extranjero, foráneo o inmigrante no debe existir.

Si creamos condiciones de equilibrio de recursos, si cada quien puede vivir en ciertas condiciones básicas, se minarían las bases del racismo, del sexismo y del crimen. No es difícil ver por qué hay tanto crimen violento en Estados Unidos con los extremos de riqueza y pobreza que hay. En los países de mucho menos crimen la riqueza está mejor distribuida.

Así que es importante tener una visión de un mundo diferente que nos oriente de un día al otro.

RL: Tú eres un modelo para los intelectuales, eres un intelectual comprometido; has puesto tu conocimiento y tu trabajo académico al servicio del movimiento popular. ¿Qué les recomendarías a los intelectuales con respecto a su trabajo?

HZ: A los intelectuales les diría algo así [se ríe]. ¿No es aburrido el mundo académico? ¿No hay más en la vida que ir a conferencias académicas, escribir ponencias eruditas, escribir para un pequeño grupo en su campo, en su profesión? En el ocaso de la vida, no están en la misma posición que Iván Ilich en la novela de León Tolstoi La muerte de Iván Ilich en la que un hombre muy exitoso piensa en su lecho de muerte: «¿por qué me siento tan mal?».

RL: ¿Qué responsabilidad tienen los intelectuales?

HZ: Los intelectuales tienen la responsabilidad de descartar la noción de «objetividad» y de «erudición desinteresada». La posición de la «erudición desinteresada» es que los demás están interesados pero yo no. Comprométanse. Una cosa más: saben que serían mejores maestros, maestros más interesantes, si conectan a sus estudiantes con el mundo concreto y si sus estudiantes ven que ustedes están conectados con lo que sucede en el mundo.

RL: Hemos hablado de alentar un despertar y activismo antiimperialistas. ¿Qué piensas de la nueva generación y de que la vieja se conecte con ella? Es interesante que el personaje Matt Damon de la película «Good Will Hunting» cita un pasaje de tu libro A People’s History of the United States.

HZ: He oído tanto, como me imagino que tú también, sobre la apatía de la nueva generación, de su carencia de conciencia social. Creo que en parte se debe a una romantización de nuestra propia generación, que casi da por sentado que la gente de los años 60 es muy especial; algo casi genético, que le falta a la nueva generación. Pero nunca he aceptado eso.

Yo enseñé en la década de los 80, los años de Reagan, cuando se decía: «esta es la generación silenciosa». Mis alumnos no eran radicales. En ese entonces tenía aulas repletas con 400 estudiantes, con un abanico de conciencia política, de un alto nivel a cero. Cuando le entrábamos al debate, los alumnos lo hacían con ganas, y cuando se les presentaba información querían saber lo que estaba pasando en el mundo y demostraban mucho interés en lo que estaba sucediendo.

Estoy plenamente convencido de que la juventud, en todos los tiempos, está abierta a conectarse con el mundo: primero, si se le provee información; segundo, si se le da la oportunidad, si se le hace ver que hay un movimiento social, y si ve algo en el mundo a lo que se puede conectar.

RL: Eso me parece muy importante.

HZ: Por debajo de la superficie de la «ambición» juvenil, de la «necesidad de graduarse», de «seguir una carrera»… por debajo de esa superficie, la juventud siempre ansía hacer algo que vaga la pena, algo importante.

Si se le presenta a la juventud lo que pasa, algo que la impacte: hay opresión en este rincón del mundo; los niños negros mueren en promedio el doble que los blancos; hay gente sin techo que vive en terribles, muy terribles condiciones… cuando se presenta eso, así como posibles alternativas… propuestas de una manera diferente de vivir… que es posible tener una sociedad diferente… que la riqueza de Estados Unidos podría ayudar a resolver los problemas del pueblo en vez de ir a parar en las cuentas bancarias del uno por ciento de los super-ricos de este país; cuando a los jóvenes se les dan esas opciones y [se ríe], se les da el número de teléfono de organizaciones o sus direcciones, están muy dispuestos a conectarse.

RL: Eres optimista.

HZ: Soy mucho más optimista que mucha gente sobre la posibilidad de que la juventud adquiera conciencia social. Muy a menudo me doy cuenta de que los de la izquierda han absorbido el pesimismo de los de la derecha. La gente de la izquierda dice que la prensa manipula la información, pero se cree lo que dice la prensa sobre la carencia de conciencia de la juventud. Si no creemos que la juventud tiene potencial, no vamos a hacer nada.

Fuente: Corriente Progresista de Intelectuales, Boletín nº 4, marzo 2010
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