Prefacio a Huelga de masas, partido y sindicatos

Huelga de masas partido y sindicatos Lukács

PREFACIO A “HUELGA DE MASAS, PARTIDO Y SINDICATOS”, DE ROSA LUXEMBURG

Gÿorgy Lukács (1885-1971)

Prefacio a la edición húngara de 1921 

Rosa Luxemburg no fue tan sólo una mártir de la revolución proletaria; toda su vida fue un gran combate para que el proletariado se hiciera revolucionario, para que la justa toma de conciencia de la situación de la lucha de clase, oscurecida consciente o inconscientemente, a los ojos de la clase obrera, por los oportunistas socialdemócratas, se introdujera en la conciencia del proletariado: para que la conciencia de clase así desarrollada se transformara en acción revolucionaria. De modo que Rosa Luxemburg libró las batallas más difíciles de su vida, ante todo, contra las corrientes derechistas y centristas del movimiento obrero de hoy. No es sorprendente que finalmente fueran los mercenarios de Ebert y Scheidemann los que la mataron: toda su vida se batió contra ellos, con las nobles armas de la ciencia y de la justicia; mientras que ellos trataron de imposibilitar su influencia sobre la clase obrera por medio de calumnias, intrigas y mentiras. Hasta que, finalmente, cuando todo esto fracasó, cuando Luxemburg avanzó en cabeza de las masas revolucionarias para ganar la lucha de la clase proletaria por la vía armada, la asesinaron.

Rosa Luxemburg era una verdadera dirigente del proletariado. Quizá, junto a Lenin, el único sucesor digno de Marx y de Engels. Pero como la revolución proletaria se diferencia fundamentalmente de la revolución burguesa —la del proletariado no es tan brillante como la de la burguesía, pero va más al fondo que ella, y, pese a que progresa más despacio, cambia más profundamente lo esencial de la sociedad—, de ahí se desprende que el dirigente de la revolución proletaria se diferencia profundamente del tipo de dirigente de la revolución burguesa. Este dirigente no es ni un gran demagogo, ni un orador brillante y un agitador como Danton o como Lajos Kossuth; sino que será aquel que cultive más a fondo el marxismo, la dialéctica revolucionaria, la ciencia de la lucha de clases. Aquel que, con la ayuda del marxismo, sea capaz de analizar, de valorar y de juzgar correctamente todo acontecimiento de la vida cotidiana y sea, por consiguiente, capaz de mostrar la correcta vía de acción a la clase obrera.

Pero del hecho de que el juicio sobre la situación actual y la vía designada para la acción que de él se desprende sean correctos no se deduce que las grandes masas del proletariado puedan comprenderlos de inmediato ni que deban reaccionar en la dirección adecuada. Los oportunistas, al colocar en primer plano sus propios intereses, miopes y falseadores, han envenenado, durante décadas, las reflexiones y los sentimientos de la clase obrera. La han habituado a no mirar los acontecimientos desde el punto de vista de los intereses de clase generales del proletariado, y a que, en cambio, cada cual se preocupe ante todo de sus intereses personales, es decir, aquellos que conciernen al oficio o a la fábrica en un sentido restringido. Han conseguido, con ello, oscurecer la conciencia del proletariado, dirigir a la clase obrera en una dirección oportunista y pequeñoburguesa, y educarla en este sentido.

Fue contra este oportunismo pequeñoburgués contra el que Rosa Luxemburg libró los combates más difíciles de su vida. Como agitadora, como organizadora, como periodista del diario y como teórica, en las reuniones públicas, en los diarios, en los congresos, con armas distintas, pero siempre con igual fuerza, se batió en defensa del verdadero sentido del marxismo: por la revolucionarización del proletariado. Fue en esta batalla en la que Rosa Luxemburg se hizo grande, se convirtió en una verdadera mártir del proletariado; ella y sus compañeros de lucha.

La propia Rosa Luxemburg era un gigante del pensamiento porque no sólo presentaba, con instinto certero, los peligros que encerraba el oportunismo, sino que también analizó, con un profundo conocimiento marxista, todo acontecimiento del presente: ella fue la primera en ver, con una clarividencia profética, lo esencial de la historia, y todo lo que se desprende de este conocimiento para las acciones del proletariado. Si hoy observamos la obra y la vida de Rosa Luxemburg, no podemos dejar de constatar que fue ella la primera que percibió correctamente el imperialismo como última etapa del capitalismo, y las consecuencias necesarias de éste: la guerra mundial y la revolución mundial; ella fue la que descubrió la primera y única arma eficaz a emplear contra los peligros del imperialismo: los movimientos de masas revolucionarios.

El ascenso de la lucha de clases final entre el proletariado y la burguesía, el cómo, las condiciones, las posibilidades y las armas de esta lucha de clases, he ahí el contenido de la obra y la vida de Rosa Luxemburg. En los momentos en que el movimiento obrero europeo —y sobre todo alemán— se había hundido tan profundamente en el oportunismo que éste no sólo saboteaba las acciones de modo encubierto, sino que también podía manifestarse abiertamente, y teóricamente, Rosa Luxemburg fue la primera en imponer la teoría de la revolución proletaria contra la teoría del oportunismo. Es verdad que, entonces, en contra del creador de la teoría reformista, Bernstein, también Kaustky libró una batalla teórica. Pero esas dos especies de batalla estaban separadas una de otra como el cielo de la tierra. Kautsky puso en evidencia los errores teóricos y prácticos de Bernstein, pero desconfiaba, con una prudencia inconsciente, de remover el fondo del problema. Calificaba, sin embargo, a la teoría de Bernstein en su conjunto de “desviación teórica”, que no podía ni debía analizarse más que dentro del partido. Rosa Luxemburg demostró, con una lógica decisiva y despiadada, que había que elegir. Había que elegir entre seguir siendo o dejar de ser socialista. Aquel que, como Bernstein, enseña que en el capitalismo la capacidad de adaptación aumenta cada vez más, paralelamente al desarrollo de la sociedad; y que, por consiguiente, la posibilidad de crisis económicas —si es que llegan a estallar—, así como su intensidad y su significación, decae cada vez más; aquel que pretende que la clase obrera no tiene posibilidad de tomar en sus manos el poder organizativo de la producción como no sea por medio de la lucha sindical y sin revolución; aquel que dice que la sociedad “se fusiona” pacíficamente con el socialismo, ése ha dejado de ser socialista, y ha abandonado el terreno teórico del socialismo revolucionario.

Rosa libró esta batalla todavía —en apariencia— junto a Kautsky y a otros; éstos criticaban “su tono” y no se identificaban con “sus exageraciones”, pero, “en el fondo”, según decían, estaban de acuerdo con ella. En efecto, la toma de posición oficial del partido significaba la condena del oportunismo abierto de Bernstein y otros. Pero aquello que Bernstein y otros perdían ahí, lo ganaban en la práctica. En vano declaraba el partido alemán que estaba en las posiciones del marxismo revolucionario. En la práctica, cuanto más se acercaba la crisis final del capitalismo, tanto más él se aproximaba a la posición de Bernstein, tanto más oportunista se hacía.

Contra este oportunismo, Rosa Luxemburg dio batalla en todos los terrenos —ahora ya sola, apoyada por unos pocos camaradas comprensivos y revolucionarios (Liebknecht, Mehring, Radek, Zetkin, etc.; algunos de ellos, como, por ejemplo, Pannekoek, no comprendían su toma de posición profunda). Al comienzo, Kautsky y los demás observaban los esfuerzos de Rosa Luxemburg con una objetividad “científica” elegante y “neutra”, y, luego, pasaron a serle abiertamente hostiles. El contenido de la principal obra de su vida (La acumulación del capital, publicada en 1913) es el análisis del imperialismo como etapa última y nueva del desarrollo capitalista; supone un retorno al verdadero método de Marx, y un intento de comprender, apoyándose en su espíritu, el problema de los nuevos tiempos, que los oportunistas, basándose en la letra de Marx, no podían ni querían comprender. El problema de la acumulación del capital es, en efecto, un problema vital del desarrollo capitalista. Acumular significa acrecentar la producción capitalista gracias a una parte de la ganancia producida anualmente. Esta parte es igual a aquella que queda si, de la ganancia global de un año de la clase capitalista, se resta la parte consumida en las necesidades propias de esta clase. Con este resto, amplía y desarrolla sus fábricas. La acumulación es, pues, una cuestión de valorización económica de la ganancia que supera el consumo capitalista. La cuestión está en: ¿Quién comprará estas mercancías producidas de un modo acelerado? Para todo obrero sensato, la teoría de Rosa Luxemburg resulta clara de inmediato: de la acumulación del capital se deriva necesariamente la tentativa del capital de extender el mercado de modo continuo e ininterrumpido. Dado que la capacidad de absorción del mercado interior es limitada, el capital se ve obligado a expandirse a escala internacional (de ahí el imperialismo). Pero como tarde o temprano tiene que llegarse a una situación en que todas las colonias y esferas de interés sean propiedad garantizada de determinados grupos de interés imperialistas-capitalistas, será inevitable el estallido de una batalla a vida o muerte entre estos grupos: la guerra mundial. La causa última de esta guerra está en el hecho de que todo grupo imperialista-capitalista quiere evitar la crisis definitiva a costa de otro; puesto que, para la producción capitalista creciente, no existe mercado lo bastante amplio. Dado que la guerra mundial no puede ser otra cosa que una tentativa de evitar la crisis final, y que no resuelve en absoluto la crisis en sí misma, sino que siembra los gérmenes de nuevas guerras mundiales, resulta que la guerra mundial es, necesariamente, la crisis última del capitalismo y que, por lo tanto, tiene que conducir a la revolución mundial.

En contra de esta determinación extremadamente clara, la “ciencia” del oportunismo dio una batalla tan encarnizada que no encontramos otra igual en toda la historia del pensamiento socialista. La flor y nata de la “ciencia” del oportunismo, con Otto Bauer y Hilferding a la cabeza, trató de demostrar, con argumentos, con burlas y con datos estadísticos, no tan sólo que Rosa Luxemburg se equivocaba, sino también que veía un problema allí donde no había ninguno. El problema de la acumulación del capital, según ellos, no es tal problema: el capital crea por sí mismo su propio mercado. El imperialismo es un “fenómeno efímero”, las crisis tienen un carácter “transitorio”, y, por lo tanto, el capitalismo —desde el punto de vista económico— puede incluso ser eterno. Por lo menos, es seguro que no será él mismo el que cave su propia fosa a través de su desarrollo ilimitado y técnico.

Toda teoría de la lucha de clases tiene a su práctica por criterio verdadero. Así como los oportunistas, durante largos años, no quisieron reconocer la existencia del imperialismo y la necesaria aproximación de la guerra mundial consecuente a él, del mismo modo, cuando estalló la guerra mundial, no quisieron tampoco ver en ella el desencadenamiento de la crisis mundial, y aún menos extraer consecuencias relativas a su acción. Igual que en el caso del imperialismo, tomaron la guerra por un episodio, de tal carácter que, con la desaparición de éste, volvería una vez más la situación “normal”: el tiempo de la lucha sindical, de las elecciones parlamentarias, de los congresos internacionales. Evidentemente, en estas condiciones, la Internacional de los oportunistas se hundió. Cosa que, por lo demás, ellos consideraron como un episodio. “La Internacional es un medio de paz, no de guerra”, decía el más sensato de ellos, Kautsky.

La lucha teórica y práctica de Rosa Luxemburg contra los oportunistas cosechaba en este terreno sus más difíciles y brillantes victorias. Pese a que se pasó en la cárcel la mayor parte de la guerra, fue ella la que, junto con Mehring, Liebknecht y Jogiches organizó la lucha ilegal contra la guerra. Crearon, con Mehring, la revista Internacional, y, más tarde, al ampliarse el grupo, publicaron ilegalmente las célebres cartas de Espartaco, y crearon la Liga de Espartaco. Ella fue la que, durante los primeros días, condujo a Liebknecht, que dudaba, por el buen camino; fue gracias a su clarividencia teórica que las dudas del más grande de los héroes de la lucha contra la guerra no duraron más que unos pocos días. Ella fue la que sentó las bases teóricas de toda la lucha. En su magnífico folleto titulado La crisis de la socialdemocracia, esboza una vez más un cuadro grandioso del desarrollo del imperialismo, de la significación histórica y mundial de la guerra, de la tarea del proletariado respecto a su propia misión; tarea que la socialdemocracia no había podido ni querido cumplir. Y exigió la creación de un arma necesaria para la lucha del proletariado contra el capitalismo mundial: la formación de una Internacional nueva y revolucionaria.

Porque Rosa Luxemburg no olvidó nunca la práctica al lado de la teoría. Para ella, la más profunda y cierta de las teorías tan sólo era válida en la medida en que mostraba una nueva vía para la acción del proletariado, del mismo modo que la crítica no fue para ella más que un medio para el descubrimiento de medios de lucha positivos. Rosa Luxemburg observaba la aproximación de la revolución mundial con la misma clarividencia profética que el próximo peligro de la guerra mundial. La revolución rusa de 1905-1907 despertó por un momento a la socialdemocracia europea de la pereza teórica. Bajo la influencia de la revolución rusa, incluso Kautsky y los demás creyeron que había llegado la época de la revolución, y tomaron por objeto de análisis el medio de lucha que se había manifestado allí, por primera vez y de modo brillante: la huelga de masas.

Sin embargo, entonces, como toda teoría oportunista abierta o enmascarada, ésta partió de bases falsas, llegando a resultados igualmente falsos y a la inacción. También ahí descubrió de modo decisivo la falsedad del punto de partida. Las dos corrientes oportunistas polemizaban en tomo a si era correcto (y cuándo lo era) utilizar la huelga de masas como medio de lucha. Rosa Luxemburg, en cambio, constató que la cuestión estaba incorrectamente planteada. Ya que no se trata de si se quiere o no, o para cuándo se quiere, la huelga de masas (en último análisis, la revolución), sino de qué posición adoptar ante la huelga de masas, que se desarrolla necesariamente como consecuencia del desarrollo económico: ¿Cómo conduciremos esta huelga de masas en la dirección de la revolución proletaria?

Con esta concepción, cambia radicalmente la posición relativa al problema de la organización. De acuerdo con la vieja concepción de la socialdemocracia, la organización es una premisa de la revolución: tan sólo se puede pensar en la revolución cuando la clase obrera está ya organizada de tal modo que puede realizarla con éxito. En contra de esta toma de posición, es totalmente correcta la crítica de Engels de la teoría anarquista de la huelga, según la cual o bien las coyunturas políticas no permiten la evolución de la organización perfecta, y entonces la huelga general es imposible, o bien sí la permiten, y entonces el poder del proletariado es ya tal que la huelga general es ya inútil. Rosa Luxemburg rompe, ante todo, con el concepto estricto y mecánico de la huelga general, de acuerdo con el cual ésta es una acción momentánea, bien preparada y putschista, cuyo objeto es la toma voluntaria del poder político o el de alcanzar otro objetivo político cualquiera. Demuestra, con abundante documentación histórica, que la huelga general es un proceso. La huelga no es un medio de la revolución, sino que es la revolución misma. No es la simple utilización del poder económico de la clase obrera para lograr determinados objetivos políticos, sino que la huelga general es la unidad indivisible de la lucha económica y política. Los movimientos de reivindicaciones salariales se convierten inevitablemente en luchas políticas. Además, las épocas revolucionarias se caracterizan precisamente por esta unidad indivisible. Por consiguiente, la organización no es una premisa (una condición), sino la consecuencia de la huelga general, y, por lo tanto, de la revolución. La consigna del Manifiesto comunista según la cual el proletariado se organiza como clase por la revolución ha sido claramente confirmada por la revolución rusa. Y con mayor razón cuanto que el proletariado como clase está lejos de ser idéntico a esas capas de la aristocracia obrera cuya organización es el único, o, mejor dicho, el principal objetivo del oportunismo. En cada país —y no tan sólo en la Rusia “atrasada”— hay amplias capas del proletariado (respecto a Alemania, Luxemburg enumera a los mineros, los obreros del textil, los obreros del campo) cuya organización no es posible más que por la revolución, por una vía revolucionaria. Y entonces esas capas “atrasadas”, infinitamente explotadas —precisamente porque no tienen por perder más que sus cadenas— se convierten, en la revolución, en combatientes, tan dignos de confianza, al menos, como los antiguos miembros de los sindicatos.

De este modo, puede verse bajo una nueva luz el papel del partido en la revolución. Rosa Luxemburg rechaza la toma de posición según la cual el papel del partido consiste en “hacer” la revolución, y que es idéntica en los oportunistas y en los putschistas, con un objetivo distinto, por lo menos. No por describir la huelga general revolucionaria como una explosión elemental que resulta del desarrollo económico viene a negar la significación del partido. Al contrario. Fue ella la primera —exceptuando a los rusos— en descubrir y situar en su lugar correcto el verdadero papel del partido en la revolución: la dirección de los movimientos de masas desarrollados espontáneamente.

Con este descubrimiento, Rosa Luxemburg regresa a la fuente inicial de la ciencia de la lucha de clases, ocultada durante tanto tiempo por la falsa ciencia del oportunismo: Marx. Marx define claramente, ya a comienzos de los años cincuenta, lo esencial de la revolución proletaria, en oposición a la revolución burguesa. Y entonces Rosa Luxemburg, su discípula autónoma, genial y fiel, le sigue en esta definición: la revolución proletaria no puede terminar con la toma del poder de estado, momentánea y lograda, sino que es un proceso largo y doloroso, lleno de altibajos. En contra de las preocupaciones oportunistas en cuanto a que la revolución proletaria llegue demasiado pronto y no encuentre “maduras” ni las condiciones económicas ni las del proletariado, Rosa Luxemburg demuestra, ya en los años noventa, que la revolución no puede llegar demasiado pronto, puesto que la simple existencia de las fuerzas revolucionarias del proletariado es ya consecuencia de la maduración de las condiciones económicas. Desde el punto de vista de la conservación del poder, en cambio, la revolución llega y tiene que llegar demasiado pronto. Y ello porque la madurez revolucionaria no puede adquirirla el proletariado más que por la acción revolucionaria, más que en la revolución misma.

Rosa Luxemburg, la fanática de la revolución, era una revolucionaria de mirada fanáticamente clara, liberada de toda ilusión. Cuando en noviembre de 1918 se abrieron ante ella las puertas de la cárcel, cuando las masas rebeladas empezaron a organizarse bajo la bandera de Espartaco, Rosa Luxemburg no sobrestimó en ningún momento la evolución de la revolución alemana. Sabía perfectamente que las grandes masas del proletariado alemán no estaban verdaderamente revolucionarizadas, que la revolución política (burguesa) empieza apenas a transformarse en revolución económica (proletaria). Sabía perfectamente que la insurrección de enero provocada por Noske tenía que terminar en un fracaso, y que aquel enfrentamiento representaba tan sólo una batalla preparatoria para la revolución alemana. En el momento en que los proletarios conscientes entraron en lucha, Rosa Luxemburg tenía perfecta conciencia de que la lucha no tenía salida, pero sabía conscientemente que la victoria final se acercaba; y cayó bajo los golpes de los mercenarios de Noske como mártir y heroína verdadera.

 

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