Pi y Margall

Pi y Margall Solé Tura

Una lectura superficial de Pi y Margall, sobre todo del Pi de La reacción y la revolución, puede dar la impresión que el federalismo propugna soluciones ácratas, ultrarrevolucionarios y, por lo mismo, incompatibles con las aspiraciones reformistas de la burguesía. En realidad, entre este primer Pi y Margall y el de años más tarde, el de Las nacionalidades y, especialmente, el de los artículos de El Nuevo Régimen, hay toda una evolución cuyas premisas se encuentran ya en las fórmulas de las primeras obras. Pi y Margall ha podido ser reivindicado por anarquistas y catalanistas porque, efectivamente, todos pueden encontrar algo en él, como dice acertadamente Isidro Molas:

Pi y Margall surge en la vida política española en un momento en que la clase obrera no ha forjado aún sus propios esquemas ideológicos y subsiste aún con fuerza el artesanado, mientras la burguesía está en constante expansión. Sobre estas tres clases se sitúa Pi y Margall para trazar su línea política, que es ideológicamente una de las bases de una posible revolución democrática. Con el tiempo y, para fijar una fecha, con la I República, Pi se alienó la burguesía y la Parte organizada de la clase obrera, quedando reducidas sus fuerzas a la masa pequeño-burguesa y profesiones liberales, al artesanado, en progresiva desaparición, y a los obreros calificados e ilustrados, de corte republicano y anticlerical, y se concretó al campo puramente democrático. Por esta razón, por encontrarse en el camino de la revolución democrática, que entonces se hallaba sin realizar, y expresar la alianza entre obreros y burgueses, posteriormente, en el siglo XX, ambos grupos sociales podrán hallar textos en Pi asimilables y presentables como propios[1].

Su punto de partida es fundamentalmente individualista y antiestatal:

Nuestro principió es la soberanía absoluta del individuo; nuestro objeto final, la destrucción absoluta del poder y su sustitución por el contrato; nuestro medio, la descentralización y movilización continua de los poderes existentes[2].

Pero estas son, precisamente, dos de las constantes de la ideología artesana y pequeño-burguesa. Por otro lado, el propio Pi se encargará de establecer el límite exacto de esta rebelión:

La constitución de una sociedad sin poder es la última de mis aspiraciones revolucionarias; en vista de esto, he de determinar toda clase de reformas[3].

La fatalidad de las cosas quiere que no podamos aún destruir del todo la tiranía del capital; arranquémosle por de pronto cuando menos esos inicuos privilegios y ese monopolio con que se presenta armado desde hace tantos años…[4]

Reformismo y cautela que vienen impuestos, sin duda, por una apreciación realista de la situación, pero también –y quizá fundamentalmente– porque su concepción revolucionaria no supera nunca el horizonte del reformismo burgués.

Antoni Jutglar plantea correctamente el problema, a mi entender, cuando define a Pi y Margall (contra los tópicos que lo presentan como extremista y partidario de la destrucción del orden burgués y también contra los que ven en él a un apóstol de la revolución proletaria) como un

… reformista social plenamente adherido a la bondad de la evolución armónica posible de la sociedad democrática –a la usanza liberal–; un reformista, enunciador de unos postulados equivalentes a los de los sectores más progresivos –incluso socialdemócratas– de la revolución burguesa en otros países, y autor de las bases prácticas de expresión de los sectores más sanos de la nueva burguesía industrial[5].

Pi define la revolución que preconiza como atea en religión y anarquista en política[6]; pero, a la vez, habla de la conveniencia de elevar el proletario a propietario[7], identifica el deseo histórico de emancipación de la clase obrera con el acceso a la propiedad[8], preconiza el cooperativismo y confía en la creación de un banco de cambio que centralice todos los negocios del reino como panacea para la solución del problema social[9].

Denuncia los excesos de la tiranía burguesa, pero no supera nunca el marco social y económico de ésta. Acepta la concurrencia capitalista y no se propone eliminarla, sino regularla con la intervención del Estado[10]. Admite la propiedad e incluso la preconiza como medio de equilibrío social y de movilidad colectiva, pero sin sus consecuencias, sin sus atributos externos:

Yo admito la propiedad, pero sin renta[11].

Y no un tipo cualquiera de propiedad, sino explícitamente la privada, la individual. En este sentido es notable la distinción que hace entre propiedad de la tierra y propiedad industrial: admite para la primera la forma colectiva, pero no para la segunda. Jutglar lo explica porque[12]:

… Catalán y profundamente compenetrado con los anhelos y realizaciones de su tierra, Pi y Margall vivió intensamente vinculado a la gran aventrua de la industrialización, y ello quizá explica también –consecuencia lógica de la lucha de la burguesía para consolidar su revolución económica– su posición menos colectivista ante los problemas sociales planteados por el capitalismo industrial[13].

En definitiva, Pi quiere encontrar una forma de equilibrio, de armonización de las fuerzas económicas y sociales, que evite las crisis y los desórdenes y que, sobre la base del trabajo, de la eficiencia, de la eliminación de trabas irracionales y burocráticas, permita el desarrollo industrial del país:

La revolución es hoy tan social como política. Se propone reformar las naciones, no solo en su organismo, sino también en lo que las constituye esencialmente. He dicho ya que tiende a la destrucción del poder, a la celebración de un contrato. Todo contrato es un acto de justicia conmutativa; la justicia conmutativa del dominio de la economía. La revolución se compromete, por tanto, a armonizar las fuerzas económicas, o lo que equivale a lo mismo, a resolver el oscurísimo problema (de las luchas entre patronos y obreros) (sub. mío, J. S.)[14].

El desarrollo industrial aplazará la guerra social, aunque no consiga eliminarla totalmente:

La guerra social en este país, ya que no evitable, es aplazable. Los campos yermos abundan, pueblos de importancia están poco menos que incomunicados, ricos productos agrícolas carecen hoy de valor por falta de medios de transporte. No están aún agotados nuestros recursos nacionales; la mayor libertad individual, el mismo sistema federativo, pueden multiplicar y generalizar nuestra riqueza[15].

Contra el sistema centralista, burocrático, oligárquico, preconiza una organización descentralizada que dé a la periferia el peso político que merece por su peso económico y social y permita la regeneración del país con la mística del trabajo:

Las Repúblicas pueden ser tanto o más detestables que las Monarquías. Lo serán y no podrán menos de serlo siempre que no empiecen por destruir la omnipotencia del Estado, siempre que no aseguren sobre bases sólidas la libertad y la autonomía de todos los grupos de que la nación se compone, siempre que, como dijo Salmerón, la vida que hoy va del centro a la circunferencia no parta de la circunferencia al centro[16].

Deseo (…) que España recobre su perdida grandeza; pero no ya por las armas, sino mejorando su agricultura, desenvolviendo su industria, activando el comercio, beneficiando sus minas, abriendo por nuevos caminos y canales salida a sus productos, generalizando la instrucción, estimulando los progresos de las ciencias, haciendo oír su voz más en los congresos de los doctos que en los consejos de la diplomacia. Conviene crear aquí hábitos de laboriosidad y no de holganza (.., ). Mientras no se ennoblezca el trabajo hasta el punto de que se tenga por indigno al que huelgue, no abrigue usted la esperanza de ver a este pueblo ni pacífico, ni próspero, ni grande[17].

El motor de esta reforma han de ser los núcleos industriales y urbanos:

Habéis de entender que en España las revoluciones han llevado siempre el sello que les dieron las principales ciudades[18].

Su programa era reformista, pero avanzado, y, en más de un punto, muy clarividente. Preconizaba una verdadera reforma agraria, con formas de propiedad y de cultivo colectivas. Pero no propugnaba la expropiación y la distribución gratuita de las tierras, sino la adquisición por compra en forma de transformación de los arrendamientos en censos y de redención de los censos a plazos. Jutglar dice, al respecto.

Analizado desde la perspectiva general de la economía española el programa agrario pimargalliano, tendía a convertirse en una reforma agraria de nivel capitalista (…), en un medio de desarrollo de la burguesía que fundamentalmente tenía necesidad de constituir un mercado agrícola normal y de modernizar las estructuras agrarias a fin de poder desarrollar desahogadamente sus objetivos industriales[19].

Las fórmulas contractuales con que quería resolver la organización del Estado y de la vida económica y social tendían a mejorar efectivamente la vida de los trabajadores con una participación efectiva en la organización de la industria o de la agricultura; pero, a la vez, tendían a elevar su productividad, su eficiencia[20].

Aceptaba y desarrollaba, en este sentido, la idea de los jurados mixtos (obreros y patronos), ya preconizada por Balmes y que más tarde acogió con entusiasmo Prat de la Riba.

Propugnaba el derecho de huelga y el reconocimiento de las asociaciones obreras, pero:

… quería llevar al pacífico terreno del derecho las funestas discordias que entre ellos (los obreros) y sus maestros suscita a cada paso la cuestión de los salarios[21].

En definitiva, Pi y Margall, situado en la encrucijada de una burguesía fuertemente influida por los valores artesanos y a punto de diferenciarse interiormente en una alta burguesía y en unos estratos medios, es el intérprete más avanzado de una voluntad de transformación capitalista del viejo Estado español, prisionero de la nueva oligarquía agraria y financiera. Es consciente del conflicto entre el trabajo y el capital, pero también de la imposibilidad de superarlo con la violencia: debe reconocerse a los trabajadores su personalidad, integrarlos colectivamente en el sistema como un elemento dinámico y no como adversarios en plena contienda; deben reformarse las viejas estructuras agrarias, abrir el camino al desarrollo industrial y urbano.

Le mueve, sin embargo, una decidida voluntad de oponerse al desarrollo monopolista, a la influencia política y social de la alta burguesía. Por esto preconiza una sociedad contractual, basada en el pacto de productores libres e iguales; una sociedad descentralizada y apoyada en la vida autónoma de sus elementos orgánicos. Cree compatible esta sociedad con el desarrollo industrial capitalista y aquí es donde cae irremediablemente en la utopía artesana y pequeño-burguesa, la misma en que cayó Proudhon[22].

Este pensador reformista, utópico, pero al mismo tiempo realista y avanzado –demasiado avanzado para la realidad económica y social de la España en que vivió–, tuvo el enorme mérito de trazar las grandes líneas teóricas de lo que podía haber sido la verdadera revolución democrático-burguesa en España. Y en el centro de su concepción supo situar uno de los problemas básicos de la constitución política y social de España: el problema regional.

Su federalismo es, al principio, una teoría individualista y anarquizante, contradictoriamente ligada, sin embargo, a una visión orgánica y, en cierto modo, tradicionalista de la historia de España[23]. Los sujetos del pacto no son solo los individuos, sino también las colectividades. Ahora bien, cuando quiere precisar estas colectividades ha de recurrir a las regiones, a los reinos tradicionales, al municipio[24]. Y aunque su visión difiera de la de los tradicionalistas, aunque el marco de las regiones sea para él un marco esencialmente formal que ha de cubrir unas estructuras económicas y sociales muy diferentes (industria contra agricultura, ciudad contra campo), la realidad puede más que la teoría. Y la realidad es la de una España atrasada, con profundas diferencias estructurales, sometida al dominio de una oligarquía agraria, con islotes industriales y modernos incapaces de transformar todo el país a su imagen y semejanza. Pi comprende esta dualidad, esta transformación, pero solo la resuelve en el plano teórico y cree en la virtud regeneradora de la ilustración, de la propaganda, de la teoría, en una palabra.

Su desastrosa experiencia de gobernante le demuestra la inexistencia de las fuerzas sociales que podrían realizar la necesaria transformación. El siguiente paso lógico debería ser, pues, la admisión de la realidad del país y la vinculación de sus fórmulas teóricas con la verdadera savia orgánica de las regiones. Esto es, en definitiva, lo que le pide Valentín Almirall. Pi se niega, sin embargo, a dar este paso. Perfecciona, profundiza la teoría jurídica de su federalismo, pero se aísla cada vez más de la realidad política del país. Y cuando, en este panorama, surge el movimiento catalanista, su actitud es de reticencia y de esperanza al mismo tiempo. A través de Almirall el federalismo se ha integrado ya en la corriente catalanista y ésta puede permitirse el lujo de ignorar las ofertas de alianza de un Pi patriarca, pero políticamente impotente. El catalanismo aprovecha a Pi como figura aislada, pero, de hecho, se desarrolla sin él.

Hacia el final de su vida, Pi intenta un supremo esfuerzo de alianza con el movimiento catalanista. Ve sus insuficiencias, sus condicionamientos, su conservadurismo, su carácter clasista. Pero ve también su fuerza, su voluntad de transformación del Estado: ve una posibilidad de revolución burguesa, en una palabra.

El regionalismo, o lo que es igual, el federalismo, es todo un sistema de organización política. Aplicado en toda su integridad, puede ser la salvación de la patria; mutilado, puede ser nuestra ruina[25].

… (Los regionalistas) difieren mucho de nosotros, pero más por lo que callan que por lo que determinan. No se deciden ni por la Monarquía ni por la República, no definen los derechos del individuo, no fijan las lindes que deben separar la región de la comarca ni la comarca del municipio (…). No son demócratas, sino tradicionalistas, y de aquí sus indecisiones[26].

Pero las diferencias –algunas de ellas fundamentales– no le impiden buscar la unidad de acción, la alianza:

¡Catalanistas!, vosotros sois, como nosotros, verdaderos amantes de la patria. No olvidéis que unidos podríamos fácilmente transformar las condiciones de vida del país y, dentro de ellas, asegurar el engrandecimiento de nuestra amada Cataluña. ¡Felices todos si lográsemos transformarlas bajo la República![27]

Vosotros podéis hacer mucho porque lo que hoy es propaganda meramente literaria lo sea también política.

Para conseguirlo, habéis de hacer todos los esfuerzos, procurando infiltrar en todas las regiones la idea del autonomismo. Tenéis que saber que en España todas las revoluciones han llevado el sello que les dieron las principales ciudades. De modo que si mañana pudiésemos conseguir que Cataluña, Valencia, Galicia, etc., propagasen las ideas autonomistas, la autonomía sería un hecho en toda España. Porque hay regiones anémicas que se dejan gobernar siempre por las fuertes (…). Ahora, lo primero que debemos hacer es procurar que alguna otra ciudad importante participe en el movimiento político que hoy he visto aquí. Con esto conseguiríamos que todas las regiones se rigiesen por sus propios derechos y que los gobiernos se circunscribiesen a reglamentar las relaciones de las unas con las otras[28].

La voluntad regeneradora y transformadora es explícita:

La verdadera autonomía no la queremos sino los regionalistas y los federales. Debemos unos y otros defenderla tenazmente si deseamos sacar a la nación del abatimiento en que ha caído por las presentes desventuras y precaverla contra las que le amenazan[29].

Y comentando el manifiesto de la «Unió Catalanista» de 1898 (redactado por Prat), en el que se le pide la paz con los Estados Unidos y la autonomía de Cataluña:

¡Ojalá hablasen en el mismo tono y en igual sentido las regiones todas de España! Urge que reclamen todas su personalidad e impidan que los destinos de la nación sigan a merced de unos pocos hombres. Autónomas y fuertes, serían ellas las que rigiesen el poder central, no las regidas (sub. mío, J. S.).(…) A regenerarla (la nación española) hasta ponerla industrial y económicamente al nivel de las demás naciones se han de dirigir todos los esfuerzos[30].

La burguesía a que Pi se dirige ya es, sin embargo, una clase social diferenciada que se dispone a pasar a la acción por cuenta propia, con un partido político propio, con una ideología nacionalista propia. Pi todavía identifica la nación con España y habla de la autonomía de las regiones; Prat habla ya de nacionalismo, identifica la nación con Cataluña y ve en España la simple entidad artificial Estado. La concepción regionalista, federalista de Pi, su voluntad de transformación del Estado, de modernización de las estructuras, han sido asimiladas por la burguesía nacionalista. Pero su opción política es otra: es una clase hegemónica en Cataluña, pasa a la acción independiente como intérprete y representante de una voluntad colectiva y, por consiguiente, su federalismo es instrumental: la voluntad democrática de Pi ha sido sustituida por el clamor de la tierra, por la savia orgánica de la comunidad histórica.

Notas
[1]. I. Molas, «Prólogo» a Ideario de Pi y Margall, Barcelona, 1966, p. 24.
[2]. F. Pi y Margall, La reacción y la revolución, Madrid, p. 215.
[3]. Ibid., p. 205.
[4]. Ibid., p.413.
[5]. A. Jutglar, Federalismo y revolución: las ideas sociales de Pi y Margall, Barcelona, 1966, p. 189. Véase también G. Trujillo, El federalismo español, Madrid, 1967, 2ª ed., passim.
[6]. Cfr. Pi y Margall, La reacción y la revolución, op. cit., p. 200.
[7]. Cfr. E. Vera y González, Pi y Margall y la política contemporánea, Barcelona, 1886, vol. II, p. 294.
[8]. Cfr. Pi y Margall, Las nacionalidades, op. cit., p. 92.
[9]. Cfr. Pi y Margall, Las luchas de nuestros días, Madrid, 1887, pp. 81-83.
[10]. Cfr. Las clases jornaleras, Barcelona-Buenos Aires, 1917, 2ª ed., pp. 89-90.
[11]. La reacción y la revolución, op. cit., p. 384.
[12]. Cfr. Las luchas de nuestros días, p. 56.
[13]. A. Jutglar, op. cit., p.100.
[14]. Pi y Margall, La reacción y la revolución, op. cit., p. 229.
[15]. Ibid., p. 231.
[16]. Pi y Margall, artículo «No Cejamos», El nuevo régimen, 7 abril 1894.
[17]. Pi y Margall, Las luchas de nuestros días, op. cit., p.231.
[18]. Pi y Margall, «Discurs pronunciat en el dinar dels Jocs Florals del 1901», en La qüestió de Catalunya davant el federalisme (colección de trabajos de Pi), Barcelona 1936, p. 173. Véase también Las nacionalidades, op. cit., pp. 115-116.
[19]. Cfr. A. Jutglar, op. cit., pp. 128-130.
[20]. Cfr. A. Jutglar, op. cit., p. 131.
[21]. E. Vera y González, op. cit., tomo II, p. 295.
[22]. Cfr. K. Marx, Misèrie de la philosophie, París, 1946, passim; cfr. también Jacques Droz, Historie des doctrines politiques en France, op. cit., páginas 96-97.
[23]. Cfr. la descripción del proceso de formación de la nación española y la crítica del unitarismo en el libro II de Las nacionalidades, op. cit., pp. 195-249.
[24]. Cfr. M. García Venero, Historia del nacionalismo catalán, Madrid, 1944, p. 137.
[25]. Pi y Margall, artículo «El regionalismo», El nuevo régimen, 5 agosto 1899.
[26]. Pi y Margall, articulo Las bases de Manresa, «El nuevo régimen», 6 abril 1892. Véase también el discurso pronunciado en la velada del Circulo Ecuestre de Barcelona el 19 de septiembre de 1888 (La qüestió de Catalunya…, op. cit., pp. 153, 154, 155).
[27]. Pi y Margall, artículo «La Unión Catalanista», El nuevo régimen, 25 junio 1898.
[28]. Pi y Margall, «Discurs pronunciat en el dinar dels Jocs Florals del 1901» (La qüestió de Catalunya…, op. cit., p.173).
[29]. Pi y Margall, artículo «No cejemos», El nuevo régimen, 14 enero 1899.
[30]. Pi y Margall, artículo «La Unión Catalanista», ya citado.

Primer apartado del capítulo IV del libro de Jordi Solé Tura Catalanismo y revolución burguesa.

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