Marx historiador

Marx no escribió ningún libro de historia al uso y las instituciones académicas, tan formalistas ellas, difícilmente lo considerarían un historiador y, no obstante, su aportación a la historia es fundamental. Marx marca un antes y un después en las ciencias sociales en general y en la historiografía en particular. De entrada, porque como dijo Hobsbawm: “todo lo que Marx escribió está impregnado de historia”[1]; él es un ejemplo indiscutible de lo que Pierre Vilar llamó “pensar históricamente”. Segundo porque su obra es referente imprescindible del oficio de historiar; en el mismo escrito citado, Hobsbawm relataba una anécdota nada banal: recordaba como entre los jóvenes comunistas decían que los filósofos comunistas eran wittgenstenianos, los economistas comunistas keynesianos… pero que los comunistas historiadores eran marxistas, porque no conocían ningún referente que pudiera “competir con Marx como maestro y como inspiración y no porque no conocieran ningún gran historiador –Hobsbawm citaba a Marc Bloch– sino porque ninguno de ellos podía igualarse con él como referente historiográfico. Tercero, y nada despreciable, porque sí había en su obra escritos de historia en forma de textos independientes o de parte de una obra que, aparentemente, no era de manera directa un escrito de historia.

Su forma de “pensar históricamente” se presenta implícitamente por su interés permanente por el desarrollo histórico, por su aproximación en clave histórica a la sociedad. Se refleja en su aforismo del Manifiesto Comunista sobre la historia como historia de la lucha de clases, que constituye toda una guía de análisis e interpretación de la marcha de la sociedad humana a lo largo del tiempo. Porque esa naturaleza histórica de su pensamiento es insoslayable en su análisis del capitalismo, al que considera no como un sistema “natural” sino como un hecho histórico, proceso, producto y productor de historia; en sus conceptos fundamentales, empezando por el de la teoría del valor que no es para él una norma universal, atemporal, sino un producto social histórico que distingue, precisamente, al capitalismo de otras formaciones sociales. Su distinción entre el establecimiento esporádico de formas de producción capitalista en los siglos XIV y XV en los países del Mediterráneo y el de la era capitalista a partir del siglo XVI es una distinción histórica, de reconocimiento de un proceso histórico, ni predeterminado ni deducido de lógica; el proceso histórico de la acumulación originaria del capital que no es, por consiguiente, más que el proceso histórico de escisión entre productor y medios de producción”[2]. Y Marx lo argumenta con una lección de historia sobre como la población rural era despojada de su tierra y también como, entre otros procesos concretos, la disolución de las mesnadas feudales que llenaban casas y castillos arrojó al mercado de trabajo “una masa de proletarios libres como el aire”, de la misma manera que lo hizo la expropiación de los bienes eclesiásticos y la supresión de los monasterios en el siglo XVI. Fontana señaló ese capítulo XXIV de El Capital como “posiblemente la mejor muestra que tenemos del Marx historiador”[3]; si no la mejor – hay otras muestras que podrían competir– si una de las más evidentes, porque forma parte del texto de su obra capital.

Un texto que pone en evidencia la preparación historiográfica de Marx. No se acostumbran a citar sus lecturas de historia y sus materiales de trabajo, tanto como se hace de las de filosofía o economía política, pero aquellas fueron importantes en cantidad, calidad y trascendencia para su propia obra, y constantes desde sus primeros estudios hasta el final de su vida. Un reciente artículo de Michael R. Krütke ha hecho una relación detallada de esos estudios que culminan en las lecturas de las obras de Schlossen, sobre la historia del pueblo alemán, y de Botta, sobre los pueblos de Italia, con los cuatro volúmenes de notas y extractos entre 1881 y 1882[4]. Esa relación muestra la extraordinaria amplitud geográfica y cronológica de estudios, desde Asia hasta Europa, desde la antigüedad griega y el Imperio Romano, hasta la historia colonial, la económica, la agraria, la de los conflictos europeos. Para el caso de España Krütke cita la lectura de la obra de Francisco de Cárdenas y Espejo, Ensayo sobre la historia de la propiedad territorial en España, publicada en 1873, lo que también es muestra de hasta qué punto estaba Marx al día de las novedades que se publicaban sobre los temas que le interesaban, en este caso la configuración del feudalismo en la península ibérica; que acompañaba con lecturas de historia agraria y de la propiedad en Alemania (Karl Dietrich Hüllmann) e Italia (Stefano Jacini). Pero no eran solo libros de historia específicos, sino también interés por la historia del país, por su cultura; para elaborar sus artículos sobre en España, Marx lee a Calderón, a Lope de Vega y desde luego a Cervantes, cuyo Quijote es citado en El Capital.

A cuenta de la historicidad de su pensamiento, de que considere la sociedad humana no como un hecho intemporal sino como un hecho histórico, de que su más conocido, y trascendente, objeto de estudio, el capitalismo no lo concibe como ningún sistema natural –y menos aún predestinado e inmutable– sino como un proceso, producto y productor de historia, se puede estar tentado de dejar por zanjada aquí la cuestión y olvidarse del Marx que escribe historia de manera explícita. Sin embargo, no son prescindibles y tenerlos en consideración ayuda no poco a evitar caer en alguna de las caricaturas más habituales de Marx y del marxismo, desde luego en las del economicismo o del desprecio del papel del individuo o del pueblo en aras de una interpretación “hiperclasista” que negara la importancia de esos otros factores, y la intervención de lo imprevisible en la relación entre individuo, sociedad, pueblo y clase en la dinámica histórica. Marx no le hace ningún asco a reconocer la intervención autónoma y trascendente del individuo y la presencia del pueblo, sin que eso haga de él ningún individualista ni ningún populista. Hay constantes ejemplos de ello, citaré algunos que los tenemos muy al alcance.

Uno de los escritos de Marx sobre España es el que publicó el 19 de agosto en el New York Daily Tribune, sobre Espartero, apenas tres semanas después de que éste hubiese sido nombrado Presidente del Consejo de Ministros, inaugurando el breve y frustrante “bienio progresista”, y solo algunos días después de que su naturaleza política real quedara en evidencia con la represión de las manifestaciones obreras del 14 de agosto por la milicia nacional. El artículo empezaba así: “Una de las peculiaridades de las revoluciones consiste en que en el momento mismo en que el pueblo parece estar a punto de dar un gran paso e inaugurar una nueva era, sucumbe a ilusiones del pasado y pone todo el poder e influencia tan costosamente conquistados en manos de hombres que representan, o se supone representan, el movimiento popular de una época ya terminada. Espartero es uno de esos hombres tradicionales que el pueblo acostumbra a cargarse a las espaldas en los momentos de crisis sociales y que, como el perverso viejo que hundía obstinadamente sus piernas en torno al cuello de Simbad el Marino, son luego muy difíciles de descabalgar”[5]; en este caso un hombre al que Marx tenía bien calado sobre el que no se hacía ninguna ilusión y del que sentenció en el mismo texto: “Los méritos militares de Espartero son tan discutidos como indiscutible es su cortedad política”, “Espartero es conocido como el hombre que manda bombardear ciudades –Barcelona y Sevilla–. Si los españoles quisieran representarle como a Marte, dice un escritor español, pintarían al dios con atributos de ‘destructor de paredes’”. Y Marx se interroga, por qué a pesar de todo “¿puede haberse convertido de nuevo en el Salvador de la Patria y la ‘Espada de la Revolución’ como se le llama? Este hecho sería completamente incomprensible si no existieran de por medio los diez años de reacción que ha sufrido España bajo la brutal dictadura de Narváez (…) Épocas de reacción intensa y duradera son maravillosamente adecuadas para restablecer a los hombres desprestigiados en abortos revolucionarios (…). Ellas aumentan la capacidad imaginativa de un pueblo y el más irresistible de sus impulsos, que consiste en oponer a las encarnaciones individuales del despotismo encarnaciones individuales de la Revolución”.

En otro texto, sobre el que Clara Ramas ha citado la atención[6], en una carta de Marx a Kugelmann sobre la Comuna de París, del 17 de abril de 1871: “Desde luego, sería muy cómodo hacer la historia universal si la lucha se pudiese emprender solo en condiciones infaliblemente favorables. De otra parte, la historia tendría un carácter muy místico si las «casualidades» no desempeñasen ningún papel. Como es natural, las casualidades forman parte del curso general del desarrollo y son compensadas por otras casualidades. Pero la aceleración o la lentitud del desarrollo dependen en grado considerable de estas «casualidades», entre las que figura el carácter de los hombres que encabezan el movimiento al iniciarse éste. La «casualidad» desfavorable decisiva no debe ser buscada esta vez, de ningún modo, en las condiciones generales de la sociedad francesa, sino en la presencia en Francia de los prusianos, que se hallaban a las puertas de París. Esto lo sabían muy bien los parisienses. Pero lo sabían también los canallas burgueses de Versalles. Por eso plantearon ante los parisienses la alternativa: aceptar el reto o entregarse sin lucha. La desmoralización de la clase obrera en este último caso habría sido una desgracia mucho mayor que el perecimiento de cualquier número de «líderes»”. La conocida invocación de Gramsci de la revolución contra El Capital nunca habría de entenderse contra Marx y su obra, sino contra el reduccionismo de tantos, partidarios y contrarios, que esos textos y en general sus escritos de historia desmienten de manera absoluta; en ellos la revolución y la contrarrevolución, los sistemas sociales y los episodios históricos, las estructuras y los acontecimientos, no son hechos predestinados sino de libre albedrío. No hay “ciencia exacta” que valga en la decisión política.

Desde luego, ese no es un descubrimiento de ahora, aunque la permanente batalla de las ideas con que el capitalismo defiende la supuesta razón de su continuidad –la supuesta razón de su superioridad, a fin de cuentas– obliga a rehacerlo una y otra vez, como se rehace el discurso del liberalismo y de la jefatura de las elites. Para encerrarlo en su lógica de mercado, el pensamiento capitalista insiste en reducir a Marx en un economicista más, en un productivista, que formula una grosera teoría entre infraestructura –que es la que tiene la iniciativa y la hegemonía en esa relación sin fin– y supraestructura. Algo a lo que lamentablemente se ha cedido también de manera repetida en la historia de los movimientos políticos que se han proclamado “marxistas”: en la socialdemocracia de la primera mitad del siglo XX con su doctrina evolucionista que culminó intelectualmente en Hilferding; en el diamat/hismat no inventado por el estalinismo, pero convertido por él en doctrina de estado y de partido. En fin, habrá que seguir manteniendo esa batalla con todas nuestras armas, también la del recuerdo de la tradición propia, no por invocación de autoridad sino por la de la experiencia. Sigamos recordando a Gramsci más allá de la moda, a pesar de la moda: “La pretensión (presentada como postulado esencial del materialismo histórico) de presentar y exponer toda fluctuación de la política y la ideología como una expresión inmediata de la estructura, debe ser combatida teóricamente como un infantilismo primitivo, o prácticamente debe ser combatida con el testimonio auténtico de Marx, escritor de obras políticas e históricas concretas”[7]. Cospito concreta y remacha, apoyándose en Gruppi, “desde el Dieciocho Brumario a los escritos sobre La cuestión oriental, desde Revolución y contrarrevolución en Alemania a La guerra civil en Francia, donde se encuentran como ya ha sido escrito, “las páginas menos didácticas de Marx, dirigidas a considerar, más que la ‘anatomía de la sociedad’, toda su compleja corporeidad”[8].

Las mismas recomendaciones de lecturas que han venido haciendo Pierre Vilar, Hobsbawm, Fontana…de textos que hoy calificaríamos de “historia del presente”. Por no repetir los clásicos recordaré algunas observaciones más que pertinentes de Clara Ramas en la tesis citada: en Las luchas de clases en Francia, “se analizan detalladamente los intereses, estrategias y relación con las diversas instituciones de distintas facciones sociales, definidas no solo por su lugar en el proceso técnico-económico de producción, sino también por sus percepciones, formas de subjetivación o relaciones intersubjetivas”; en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, hay un análisis jurídico de un problema de derecho constitucional – nada que ver con místicas relaciones de estructuras infra y supra– el de la tensión en la constitución de 1848 entre legalidad y voluntad, entre poder civil constituyente y constituido, el conflicto de soberanías. Puede añadirse a esas observaciones el recordatorio, una vez más, de los escritos de Marx sobre España, entre los que el largo artículo de 1856 dedica una buena extensión a las Cortes de Cádiz y la Constitución de Cádiz, analizadas en clave histórica, sin que tropecemos con la fraseología “marxista” de la determinación de la superestructura por la infraestructura. Marx escribe: “La verdad es que la Constitución de 1812 es una reproducción de los antiguos fueros, pero leídos a la luz de la Revolución Francesa y adaptados a las necesidades de la sociedad moderna (…) Al concluir este análisis de la Constitución de 1812 llegamos pues a la conclusión de que, lejos de ser una copia servil de la constitución francesa de 1791, fue un producto genuino y original, surgido de la vida intelectual española, regenerador de las antiguas tradiciones populares, introductor de las medidas reformistas enérgicamente pedidas por los más celebres autores y estadistas del siglo XVIII y cargado de inevitables concesiones a los prejuicios populares”[9]. El recuerdo de los fueros recuerda el derecho de rebelión y que éste no es ninguna invención jacobina y las tradiciones y los prejuicios populares al rechazo del autoritarismo monárquico o la prevalencia del reconocimiento institucional de la religión católica.

Un análisis de continuidad, cambio y compromiso que no responde a fijas mecánicas entre estructuras, pero que tampoco se mueve en una historia institucionalista ni en una historia inmanente de las ideas, sino que combina – totaliza– clases e intereses de clases, ideas e instituciones, para concluir la singularidad de las Cortes y la Constitución del Doce. Un ejemplo, y podrían escogerse unos cuantos más: “Los liberales se vieron obligados a entrar en compromisos con el partido eclesiástico, como hemos visto ya en algunos artículos de la Constitución de 1812. Al discutirse la libertad de prensa, los clérigos la denunciaron como ‘contraria a la religión’. Tras tempestuosísimos debates y luego de haber declarado que todas las personas tienen libertad de publicar sus ideas sin necesidad de autorización especial, la Cortes admitieron únicamente una enmienda que al insertar la palabra políticas, reducía esa libertad a la mitad de su extensión y sometió todos los escritos sobre asuntos religiosos a la censura de las autoridades eclesiásticas, de acuerdo con los decretos del Concilio de Trento”[10]. Y es conveniente destacar la finura del análisis de Marx, y su alma social, cuando devela que se escondía detrás de la adjetivación política de la libertad de prensa.

Marx no pretendió hacer filosofía de la historia, ni elaborar una teoría científica de la historia, sino algo más modesto y al propio tiempo más importante: desarrollar una concepción materialista de la historia por oposición a la concepción espiritualista; en la que el adjetivo se refiere a la sociedad, a todo el cuerpo y no solo la anatomía. Muerto Marx, Franz Mehring –autor de una biografía de Marx publicada en 1918 que todavía merece leerse (la publicó en castellano Grijalbo en su colección de Biografía Gandesa– hizo en un texto de 1893[11] un juego de palabras en el que la paráfrasis “concepción materialista de la historia” la convirtió en “materialismo histórico” dando pie a su conversión en una etiqueta; tanto más cuanto que Mehring equiparó ese “materialismo histórico” a un método. No carguemos las culpas a Mehring, el debate entre concepción y método es complejo y no me atrevo a entrar en él aquí; lo que me importa señalar es que la popularidad creciente del pensamiento de Marx, su divulgación y sobre todo su entronización en doctrina oficial de algunas de las principales corrientes revolucionarias del siglo XX tendieron a reducir un pensamiento en construcción y abierto –sobre cuyas debilidades y limitaciones le respondía Engels al mismo Meringh en una carta de valoración de su texto de 1893– en una biblia, y lo que era una concepción de la historia en un juego de piezas y el método para construir con ellas diferentes arquitecturas del tiempo de la sociedad humana, como si ello fuera posible. Para decirlo de manera más sencilla en una frase de Engels: “El método materialista resulta contraproducente si, en lugar de adoptarlo como un hilo conductor del estudio histórico, se utiliza como un esquema fijo e inamovible con el que clasificar los hechos históricos”[12].

El tantas veces denostado Engels no podría haberlo expresado más gráficamente: el hilo conductor. ¿Y cuál es la fibra de ese hilo conductor?, ¿con qué objetivo se ha trenzado y hacia donde dirige el estudio? Las respuestas desde lo que, con otra feliz imagen, esta vez conceptual, Gramsci nombró “filosofía de la praxis” son sencillas, si uno quiere seguir en el mismo campo de Marx de su militancia y su pensamiento. De entrada, la razón y la forma del estudio es la develación de la existencia social del hombre, una historia social de la humanidad considerando el término social no en un sentido restrictivo de la parcialidad “social” que sea (social de grupo, de género, de condición material…) tratada cada una de ellas como “especialidad”, compartimentadas entre sí, sino en la de la totalidad en la que se integran todas las dimensiones de los seres humanos en sociedad. El objetivo nace no del pasado que se estudia, sino del presente que se vive: el de la emancipación de los sistemas que oprimen al ser humano, en nuestro presente el capitalismo. La historia total entendida como nos explicó Pierre Vilar como una historia en construcción; no como una tela acabada, una inmóvil fijación de tramas y urdimbres, sino como la dinámica de reconstrucción multidimensional de ese cuerpo histórico que es la sociedad humana. El objetivo parte del reconocimiento de la función social de la historia, del estudio histórico y de la divulgación. Una función social que puede ser legitimadora del sistema de explotación del hombre por el hombre y que en primer lugar niega y enmascara esa explotación. O que, de manera antagónica, parte de la evidencia de esa explotación y es crítica y legitimadora de los movimientos y luchas por el cambio; en nuestro horizonte histórico el cambio por la igualdad social de todos los hombres, de manera que el producto de todos sea para la satisfacción de cada uno según su necesidad.

No hay acción humana sin motivo, ni sin intención y tampoco hay estudio histórico sin motivo ni sin intención. Ese motivo solidario, esa intención emancipatoria son dos dimensiones básicas de la historia a la manera de Marx, de la “concepción materialista de la historia”; una tercera dimensión vendrá dada por los estímulos, las aptitudes, capacidades y aficiones de cada historiador, al que habrá que reconocer, en el mundo actual, a cada quien por el valor crítico, solidario y emancipatorio de su trabajo. Un valor que se produce estudiando la sociedad prehistórica o el mundo contemporáneo, la supervivencia a través de la recolección o el productivismo que está desequilibrando la naturaleza del planeta en el que vivimos; un grupo o una biografía; ….Todas las materias primas de la historia son válidas, aunque también es cierto que algunas son más pertinentes para el presente que otras; lo fundamental es el trabajo que se realiza sobre ellas para transformarlas en un producto crítico, en un producto de cambio. Y cada estudio histórico le atribuiremos el reconocimiento de su trabajo y del valor que le ha transmitido. La historiografía marxista, o si se prefiere marxiana, es por naturaleza una historia de compromiso y combate; su voluntad no es especulativa, ni académica, es política, en el sentido más amplio de definición. Ese no es un valor suficiente –el trabajo puede estar bien o mal hecho, más allá de la intención y la voluntad– pero es un valor imprescindible; un cabo fundamental del hilo conductor. Desde luego puede haber otras historiografías útiles, algunas excelentes, pero la plenitud de su función social se conseguirá integrándola en el proyecto de crítica y cambio del que Marx fue, también como historiador, no un representante sino un exponente fundamental.

Notas:
[1] E. J. Hobsbawm, “Marx y la historia”, conferencia dictada en 1983 y publicada en Cuadernos Políticos, nº 48, octubre-diciembre 1986, Editorial Era, México.
[2] K.Marx, El Capital, Libro Primero, capítulo XXIV.
[3] Josep Fontana, “Para un historia de la historia marxista” en José Gómez Alen (ed.) Historiografía, marxismo y compromiso político en España. Del franquismo a la actualidad. Siglo XXI, Madrid, 2018.
[4] Michael R. Krütke, “Marx and World History”, en International Review of Social History, nº 63, abril de 2018.
[5] Reproducido en K. Marx, F. Engels, Revolución en España. Traducción, prólogo y notas de Manuel Sacristán. Ariel, Barcelona, 1º edición 1960, 2ª, corregida, 1966.
[6] C. Ramas, tesis doctoral, “Hacia una teoría de la apariencia. Fetichismo y mistificación en la crítica de la economía política de Marx”. Universidad Complutense, 2015, pág. 430. La tesis ha sido publicada con el título Fetiche y mistificación capitalistas. La crítica de la economía política de Marx por Siglo XXI, Madrid, 2018.
[7] A. Gramsci, Cuaderno 17, segunda nota, 24 de febrero de 1931; citado por G. Cospito, El ritmo del pensamiento de Gramsci. Una lectura dicacrónica de los Cuadernos de la cárcel. Ediciones Continente, Buenos Aires, 2016.
[8] G. Cospito, op. cit., pág. 68.
[9] K. Marx, F. Engels, op. cit. pág. 124 y 129.
[10] Ídem, pág. 131.
[11] F. Mehring, Die Lessing-Legende. Eine Rettung, nebst einem Anhang über den historischen Materialismus. Suttgart, 1893. Citado habitualmente como El materialismo histórico alemán; hay versión castellana, descargable en pdf por internet, editada por la Colección Socialismo y libertad.
[12] Citado por J. Fontana, “Para una historia de la historia marxista”, en J. Gómez Alen (ed.) Historiografía, marxismo y compromiso político en España. Del franquismo a la actualidad. Siglo XXI, Madrid, 2018.

Capítulo 4 del libro  Pensar con Marx hoy.

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