Ladran, luego cabalgamos

No me sorprenden en absoluto los insidiosos ataques que recibí tras mi entrevista en El Confidencial. Es la prueba de lo que dice Don Quijote: si nos ladran, Sancho, es porque cabalgamos. Desafortunadamente, el espacio de la «izquierda», en el sentido más amplio de la expresión, está afectado por una patología: la agorafobia intelectual, es decir, el miedo a cualquier posible innovación teórica, a cualquier eventual replanteamiento de las categorías originales, a cualquier posible intento de aproximar a Marx a altura de nuestro tiempo. Y, sin embargo, Marx, tal como ya he sostenido en Todavía Marx, no construyó un sistema granítico, un Evangelio intocable. Al contrario, desarrolló una “crítica”, que es la palabra que siempre aparece en sus títulos (“Crítica de la filosofía hegeliana del derecho público”, “Crítica de la economía política”, “Crítica de la crítica crítica”, etc.). El problema surge precisamente cuando el marxismo se transforma en evangelio: quien se atreve a interpretar e innovar, es tratado como un hereje. No lo tachan de hereje, sino de fascista, de “ideólogo de la extrema derecha”, rojipardo, etc.

Obviamente, el fascismo no tiene nada que ver con esto: se usa como una categoría ahistórica, esencialmente para difamar al interlocutor y negarle el derecho a la palabra. Por esta razón, como ya dije en otra ocasión, el antifascismo heroico y venerable que, en la época de Gramsci, era comunista, anticapitalista y patriótico, ¡se ha convertido en la actualidad en una denominación funcional al turbocapitalismo globalizado, capaz de difamar como fascista al propio Gramsci! Fascista es, de hecho, en el neolenguaje liberal, cualquiera que proponga formas de intervención estatal en la economía, en sentido keynesiano, socialista y marxista. Y por ello precisamente, las izquierdas, que del rojo de Gramsci se han pasado al fucsia, y de la hoz y el martillo al arco iris de los derechos civiles del consumidor individual, se proclaman antifascistas, ahora que el fascismo ya no existe, para no ser anticapitalistas, ahora que el capitalismo es más fuerte que nunca. El capitalismo, que en tiempos, fue fascista y nacionalista, es ahora cosmopolita y liberal; y debe liquidar la idea misma de nación porque es un obstáculo para la reproducción de un capital sin fronteras y líquido-financiero. Por lo demás, ¿acaso no aprendimos de Gramsci que “nación” no es sinónimo de “nacionalista”? Las izquierdas fucsia luchan contra la nación pensando que luchan contra el nacionalismo, y así le hacen el caldo gordo al capital cosmopolita, del que terminan siendo los tontos útiles.

En concreto, la tesis que desarrollé en Historia y conciencia de precariado: Siervos y señores de la globalización (2018), es la siguiente: no es posible resocializar la economía si, previamente, no se recupera la soberanía nacional. El estado nacional puede ser democrático: la economía globalizada y sin política nunca lo será. La liberación del yugo globalizador y sus “restricciones externas» (estilo Unión Europea), que imponen decisiones supranacionales y aniquilan todo espacio democrático, aparece como una condición sine qua non para la repolitización de la economía: y, en consecuencia, para la redemocratización de la realidad socio-política mediante políticas de bienestar y planes nacionales orientados a la creación de pleno empleo. Sin soberanía política, no pueden existir democracia y derechos sociales. Sin populismo, es decir, sin movilización desde abajo del Siervo “glebalizado” una vez éste sale de la pasividad, no puede haber soberanía democrática y socialista. Contra las bellas almas de la globalización de los derechos y de la democracia global, es necesario reafirmar, con el realismo de Antonio Gramsci, que «toda conquista de la civilización se vuelve permanente, es historia real y no un episodio superficial y fugaz, solo en la medida en que se encarna en una institución y encuentra una forma en el Estado» (El Estado y el socialismo, 1919). Mientras nos limitemos a imaginar a lo Toni Negri de Imperio– o un milagroso vuelco del globalismo en el comunismo, o una evolución lineal de la globalización hacia la democracia y la igualdad, la idea socialista –y vuelvo nuevamente a las palabras de Gramsci de El Estado y el socialismo”– seguirá siendo un mito, una quimera evanescente, una mera arbitrariedad de la fantasía individual”.

Para que se haga realidad el socialismo democrático se necesita una subjetividad organizada en un movimiento revolucionario, que hoy coincide con el Siervo nacional-popular (momento populista). Y, además, se necesita la estructura del Estado (el momento soberanista), como una forma capaz de institucionalizar los logros del movimiento y convertirlos en un gobierno fundamentado en la soberanía popular. Por otra parte, no existen formas más o menos perfectamente realizadas de socialismo, excepto en el contexto de Estados nacionales concretos: desde la “patria o muerte” de Che Guevara hasta el «socialismo en un solo país» del área soviética, pasando por las socialdemocracias escandinavas y los socialismos patrióticos “bolivarianos” de América Latina (Bolivia, Venezuela, etc.). Así entendido, el populismo soberanista, una variante del marxismo en el nuevo milenio, es el movimiento mediante el cual el pueblo, una vez abandona su condición de pasividad subalterna, vuelve a ser el protagonista de su propia historia. Recupera su soberanía y su protagonismo, beligerante y reivindicativo, participativo y deliberativo: y pasa a moverse, con su propia «voluntad colectiva», como diría Gramsci, de acuerdo con líneas conceptuales opuestas con respecto a las del “bloque hegemónico”.

La recuperación de la soberanía es la base de la reapertura del conflicto biunívoco entre Siervo y Señor y del posible retorno a la democracia y los derechos sociales. Sin la soberanía “del” Estado no puede existir soberanía popular “en” el Estado, que coincide, en última instancia, con la democracia como autodeterminación del demos: en el plan de la lucha de clases promovida desde arriba por la elite globalista líquido-financiera, la eliminación de la “soberanía” de los estados siempre resulta funcional para la eliminación de las soberanías populares “en” los Estados, y de este modo, la capacidad de decisión se desplaza de los parlamentos nacionales a los consejos de administración post-nacionales. Esto evidencia también el inevitable nexo que existe entre democracia y espacio nacional, por un lado, y entre dictadura de lo económico y espacio cosmopolizado, por el otro.

La lucha de clases se da hoy entre la apertura financiera ilimitada y la autonomía nacional como base para las posibles decisiones del demos. El Señor, que una vez fue nacionalista, ahora es cosmopolita. El Siervo, por su parte, debe ser soberanista e internacionalista, nunca nacionalista en sentido regresivo o, alternativamente, cosmopolita en sentido liberal. El nacionalismo, entendido como individualismo capitalista referido a la nación, aplica la competitividad del hobbesiano bellum omnium contra omnes, guerra de todos contra todos, a la relación con las otras naciones: si pudiera, las neutralizaría para proteger su propio egoísmo adquisitivo. El cosmopolitismo, por su parte, lucha contra la dimensión nacional en nombre de la apertura y la libre circulación desregulada. El internacionalismo socialista, por el contrario, valora la dimensión nacional, pero no la nacionalista: sabe bien que no se puede ser internacional sin ser nacional (¡Engels ya lo había escrito!), y que no podemos ser democráticos y socialistas sin derrocar al nacionalismo imperialista y su evolución globalizada, y al cosmopolitismo liberal en tanto que dominio planetario de una sola nación (la monarquía del dólar) y de una forma única de pensar, existir, hablar y relacionarse. Por esto el internacionalismo socialista, que conjuga el populismo soberanista con el internacionalismo y la democracia socialista, se opone firmemente tanto al nacionalismo imperialista como al cosmopolitismo mercantilista. Hace valer la idea-guía de una constelación nacional (y no post-nacional, como piensa Habermas) de patrias solidarias y comunitarias, socialistas y democráticas, respetuosas de su propia alteridad irreductible y, a la par, concebidas como hermanas y no como competidoras en la arena de la guerra de todos contra todos.

En resumen, no me parece que estas ideas puedan ser excomulgadas como «fascistas» y de «extrema derecha». Sin embargo, no me sorprende que lo sean. El mensaje es inadmisible cuando el destinatario es irreformable. Después de todo, ¿no es verdad que Lukács y Korsch –mucho más grandes que nosotros– fueron acusados de “herejía revisionista”?

Traducción de Joaquín Miras para El Viejo Topo.

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