Marxismo y soberanismo. Contra el cosmopolitismo liberal

Un debate latente pero interesadamente oculto en el seno de las izquierdas ha estallado en estos últimos meses con ocasión de una entrevista a Diego Fusaro, increíblemente descalificado por la izquierda caviar y algún otro despistado como ideólogo de la extrema derecha. Una posición que se veía venir, dada la reacción que suscitó meses antes un artículo firmado por Monereo, Illueca y Anguita. Estupefacto por el tamaño de las descalificaciones, el director de esta revista le formuló una pregunta a Fusaro. Aquí reproducimos pregunta y respuesta.

 

Mi pregunta hace referencia a la polémica que desató la entrevista que te hizo Esteban Hernández para El Confidencial. Se te han dicho cosas inverosímiles, como –cito textualmente– que eres “el ideólogo de la extrema derecha”. Obviamente quien escribe esto lo hace de oídas, sin haberte leído (lo cual ya es en sí mismo un síntoma), pero ¿a qué atribuyes esa virulencia? 

 

Deseo responder al amigo Miguel [Riera] de la editorial El Viejo Topo, con quien tengo el honor de colaborar desde hace tiempo compartiendo no solo proyectos editoriales, sino también batallas culturales en nombre de la emancipación declinada en el sentido gramsciano y marxiano. Miguel, en nuestro diálogo epistolar, plantea un problema decisivo con respecto a la entrevista que hice gracias al periodista Estaban Hernández del diario español El Confidencial. Miguel me pregunta cómo es posible que una proposición como la mía, que combina el marxismo con la cuestión nacional, haya podido provocar una reacción unificada por parte de las izquierdas fucsias, las cuales me han tildado, de manera despreciativa, de «ideólogo de la extrema derecha». Obviamente, los que escribieron esas palabras han leído muy poco y han reaccionado instintivamente y con mucha virulencia, como dice, con razón, Miguel. 

Esto me lleva a hacer algunas consideraciones preliminares sobre lo que me gustaría llamar la «agorafobia intelectual» de gran parte de las izquierdas de hoy, que no tienen la fuerza, el valor, ni la dignidad para cuestionar los conceptos categoriales fundamentales del marxismo clásico y que, por lo tanto, transforman la crítica de Marx en un dogma cristalizado, o sea, en la negación de lo que Marx hizo a lo largo de toda su vida. No olvidemos que la crítica de Marx no fue una elaboración sistemática doctrinal, sino –como indican los títulos que eligió para sus obras– una crítica en continua evolución, una crítica in fieri, o, como dirá Gramsci, un ritmo del pensamiento en desarrollo y, por lo tanto, no puede considerarse como un sistema listo para usar en cualquier ocasión de una manera deshistorizada. 

Sin embargo, el marxismo se ha convertido, como traté de argumentar en Bentornato Marx, en una religión indiscutible, con dogmas incuestionables y, al igual que todas las religiones, difama de inmediato como herejes peligrosos a todos los que se atreven a poner en tela de juicio algunos puntos sólidos de la doctrina, a los que cuestionan las certezas de la fe marxista. Como decía mi maestro Costanzo Preve: “El mensaje es inadmisible cuando el destinatario es irreformable”. Me temo que este axioma puede aplicarse trágicamente a las izquierdas actuales que, lo repito por enésima vez y lo digo sin miedo de ser desmentido, han pasado de las luchas contra el capital a las luchas por el capital, del internacionalismo proletario al cosmopolitismo liberal, del “rojo” del trabajo al “fucsia” de la adoración del orden existente, de la hoz y el martillo al arco iris de la falsa policromía de los derechos individuales del consumidor. Pues bien, quiero decirte, querido Miguel, que el espinoso tema que ha provocado las furiosas invectivas de las izquierdas en España ha sido el de la cuestión de la soberanía nacional; es decir, que me haya atrevido a relacionar entre sí el marxismo internacionalista con la cuestión nacional, y poco importa que desde siempre –desde la teoría marxista misma hasta Engels, Kautsky, Lenin y Gramsci– la cuestión nacional sea un tema fundamental para el marxismo. 

Hoy en día, las izquierdas, la mayor parte de ellas, incluso las que se definen marxistas, siguen siendo esencialmente cosmopolitas y no internacionalistas. El internacionalismo, como escribe Engels, supone que haya naciones autónomas e independientes –lo dice muy bien a propósito de Polonia, por ejemplo–, y que las naciones se relacionen entre sí internacionalmente. El cosmopolitismo liberal, que es algo completamente diferente, establece, en cambio, que las naciones desaparezcan, disueltas en el único mercado cosmopolita y sin fronteras donde reina simplemente la ley cruel de la competitividad “no border”. La tesis que defiendo, y me doy cuenta de ello, es inadmisible para casi toda la izquierda, salvo pocas excepciones como El Viejo Topo en España y, en Italia, el movimiento de Stefano Fassina y Carlo Formenti en materia de patria y constitución. Se trata de experiencias minoritarias, típicas de un marxismo que, en mi opinión, ha entendido la cuestión fundamental, como diré de inmediato. Pues bien, la mayor parte de la izquierda sigue siendo aliada del orden cosmopolita liberal, su lucha contra el fascismo y contra la derecha es, en realidad, la misma lucha que hace el capitalismo cosmopolita, que nos lleva a luchar contra un enemigo que ya no existe: la derecha fascista, nacionalista, para que seamos indiferentes o, mejor dicho, para que aceptemos con alegría al enemigo, o sea, el rostro del nuevo capitalismo cosmopolita liberal. Al fin y al cabo, ya lo dijo Lenin en El derecho de las naciones a la autodeterminación, quien escribe literalmente que la primera fase del capitalismo es la nacionalista-imperialista, luego esta se convierte en un capitalismo cosmopolita con una “apertura”, diríamos hoy, que apunta a derribar las fronteras nacionales.

La tesis que defiendo será calumniada segura y constantemente por las izquierdas como “fascista”, “de derecha” y “nacionalista”, porque las izquierdas, digámoslo abiertamente, han olvidado la distinción gramsciana entre nacionalista y nacional. Gramsci distingue muy bien estos dos aspectos en los Cuadernos de la cárcel; dice que Goethe y Stendhal eran nacionales pero no nacionalistas, dice que el nacionalismo es patológico respecto a la nación. Pero este no debe ser un tema para matar, con el nacionalismo, también a la nación; de ser así, se defenderían los intereses del cosmopolitismo liberal. La tesis que defendí en esa entrevista, y que es el tema central también de mi ensayo Storia e coscienza del precariato. Servi e signori della globalizzazione, es que es imposible resocializar la economía si no se lleva a cabo una recuperación preventiva de la soberanía nacional; es decir, mientras se permanezca en el nivel del cosmopolitismo sin fronteras, la clase dominante capitalista seguirá ganando. 

Digámoslo de otra manera, el Estado nacional puede ser, y en parte ha sido, democrático; en cambio, la economía globalizada sin política, con apertura ilimitada del mercado, nunca será democrática. Por eso, la tesis que defiendo y, si queremos ser marxistas –con el término marxista quiero decir, en sentido general, del lado de los dominados y contra la clase dominante, del lado del trabajo contra el capital–, pues bien, si queremos ser marxistas, hoy, en la coyuntura histórica en la que nos encontramos, en la época de la globalización atlantista, para liberarnos del yugo globalista y de sus vínculos externos –como los de la Unión Europea, que neutralizan la fuerza de los parlamentos, despolitizan la economía, desplazan las decisiones de los parlamentos a los consejos de administración, “supranacionalizan” las decisiones y destruyen los espacios democráticos–, si este es el contexto en el que vivimos, para liberarnos del yugo globalista, decía, hay que recuperar la soberanía nacional. Es la conditio sine qua non para repolitizar la economía y redemocratizar la realidad sociopolítica, con políticas típicas del estado de bienestar, con leyes nacionales dirigidas a lograr el pleno empleo y la defensa de las clases más débiles. En otras palabras, sin soberanía nacional no puede haber defensa welfarista de las clases más débiles, no puede haber Estado social como el del siglo veinte. Sin el soberanismo político no puede haber democracia ni derechos sociales; sin el populismo, es decir, sin un movimiento del siervo “glebalizado”, entendido como masa nacional-popular que sufre los efectos de la globalización, no puede haber soberanismo democrático y socialista. 

El soberanismo sin populismo conduce a un soberanismo reaccionario, conservador, antidemocrático y regresivo. Si, en cambio, se asocian entre sí el soberanismo y el populismo, puede surgir la experiencia de un soberanismo democrático y socialista, marxista, si queremos decirlo así. Por esta razón es necesario repetirlo enfáticamente, contra las almas bellas del globalismo de los derechos y de la democracia global, repetirlo con el realismo del propio Gramsci, de aquel Gramsci que escribió en 1919 «El Estado y el socialismo», un artículo importante que se remonta a la fase anterior a su encarcelamiento. Aquí Gramsci escribe: “Toda conquista de la civilización se convierte en algo permanente, es historia real y no un episodio superficial y fugaz, ya que se encarna en una institución y encuentra una forma en el Estado”. Esto significa que, mientras nos limitemos a imaginar, a la manera de Toni Negri, una inversión taumatúrgica adialéctica del globalismo en comunismo, o a fantasear con una evolución lineal inexplicable de la globalización hacia la democracia y la igualdad, la idea socialista, el comunismo, la emancipación –nuevamente con las palabras de Gramsci (“El Estado y el socialismo”)– seguirán siendo (cito) “una leyenda, una evanescente quimera, un mero albedrío de la fantasía individual”. 

Esto significa que el socialismo democrático, para poder realizarse, necesita de una subjetividad organizada en un movimiento revolucionario, que debe coincidir con el siervo nacional-popular (momento populista) y, al mismo tiempo, necesita de la forma-Estado (momento soberanista) como forma capaz de institucionalizar las conquistas del movimiento revolucionario y convertirlas en un gobierno centrado en la soberanía popular. No existen, que yo sepa, formas de socialismo más o menos perfectamente realizadas fuera del marco de los Estados nacionales concretos: desde el “Patria o muerte” de Che Guevara en Cuba, hasta el socialismo de los países del área soviética, pasando naturalmente por las socialdemocracias escandinavas, por los socialismos patrióticos bolivarianos de Latinoamérica, como la Bolivia de Morales y la Venezuela de Chávez. Así es como debe entenderse el populismo soberanista, que es la variante del marxismo del nuevo milenio en un contexto concreto, es el movimiento por el cual el pueblo abandona su condición de “pasividad subalterna” y vuelve a ser el protagonista de su propia historia. Recupera su soberanía, su antagonismo conflictual reivindicador y se mueve, por decirlo con Gramsci, según su voluntad colectiva, según líneas opuestas a las del bloque dominante que, al contrario, tiene como objetivo la pasividad de las masas y las decisiones tomadas por las instituciones posdemocráticas y transnacionales.

“Lo bajo” del pueblo, la masa nacional-popular, debe moverse para reabrir el conflicto entre siervo y señor. Hoy en día el conflicto lo controlan de manera unívoca los que están arriba en contra de los que están abajo, pero debe volver a surgir un conflicto de abajo hacia arriba. Carlo Formenti lo dice muy bien en su estudio La variante populista: hoy el momento populista es la única posibilidad que hay para devolverle el poder al elemento democrático. Sin soberanía del Estado nacional no puede haber soberanía popular en el Estado, este coincide, en resumidas cuentas, con la democracia, es decir: con la autodeterminación del demos. Por esta razón, en la lucha de clases llevada a cabo desde arriba por parte de la élite globalista líquido- financiera, la disolución de las soberanías de los Estados tiende siempre –pensemos tan solo en la Unión Europea– a ser funcional a la supresión de las soberanías populares de los Estados, para que las decisiones no se tomen en los parlamentos nacionales sino en los consejos de administración posnacionales. 

Por todo lo dicho anteriormente, queda clara, una vez más, la existencia de un vínculo inevitable entre democracia y espacio nacional, por una parte, y entre dictadura de lo económico y espacio cosmopolita por la otra. La lucha de clases hoy en día se da entre la apertura financiera ilimitada (“openness”) y la autonomía nacional del demos que decide por sí mismo. Pues bien, tras los pasos de Lenin, el señor, que un tiempo era nacionalista, ahora es cosmopolita; por lo tanto, el siervo debe ser soberanista internacionalista, nunca nacionalista en sentido regresivo, o cosmopolita en sentido liberal. El nacionalismo como individualismo capitalista vinculado a la nación, aplica el competitivismo del bellum omnium contra omnes (guerra de todos contra todos) para relacionarse con las demás naciones. Si el nacionalismo pudiera hacerlo, neutralizaría a las otras naciones para proteger a su propio egoísmo adquisitivo. Por su parte, el cosmopolitismo lucha contra la dimensión nacional, lo hace en nombre de una “openness” que es la apertura de la libre circulación desregulada de los mercados, de las mercancías y de las personas cosificadas. 

Esta es la razón por la cual el internacionalismo socialista –que representa una alternativa tanto al cosmopolitismo liberal como al nacionalismo regresivo– valora la dimensión nacional sin ser nacionalista; sabe muy bien que uno no puede ser internacional sin ser nacional –esto lo escribe también Engels–, y que uno no puede ser democrático y socialista sin derrocar al nacionalismo imperialista y a su evolución globalista, a saber, el cosmopolitismo liberal que es la dominación planetaria de una sola nación –la monarquía talásica del dólar– y de una sola manera de pensar, existir, hablar y relacionarse. Por este motivo yo apoyo abiertamente el internacionalismo socialista desde un enfoque marxista, que no es, repito, ni el cosmopolitismo liberal ni el nacionalismo regresivo. Es necesario combinar el populismo soberanista con el internacionalismo socialista para que se oponga tanto al nacionalismo imperialista como al cosmopolitismo mercantil. 

Es preciso hacer valer la idea de una constelación nacional no posnacional, como en cambio diría Habermas, de patrias solidarias y comunitarias, socialistas y democráticas, respetuosas de su propia alteridad irreductible y, al mismo tiempo, concebidas como hermanas, no como competidoras en la arena de la guerra de todos contra todos. Es, básicamente, el viejo internacionalismo que la izquierda ya no quiere aceptar, difamándolo más bien como nacionalismo, puesto que el internacionalismo recupera realmente la idea de nación pero repudia el nacionalismo, y las izquierdas, casi todas, se han volcado al cosmopolitismo liberal y no aceptan la idea misma de nación, descartándola de inmediato como nacionalista. Se han apoderado de los mapas del enemigo liberal y cosmopolita. No debemos, pues, sorprendernos si las izquierdas reaccionan tan violentamente contra quien hoy habla de soberanía nacional, incluso en clave marxista y socialista. Al fin y al cabo, si hasta Lukács y su Historia y conciencia de clase así como Karl Korsch y su Marxismo y filosofía fueron expulsados y liquidados como revisionistas ¿por qué deberíamos sorprendernos nosotros, que somos infinitamente más pequeños que ellos, si el orden del discurso políticamente correcto de las izquierdas fucsias y cosmopolitas nos ataca duramente?

Traducción de Michela Ferrante Lavín