Israel y el apartheid

El número 972 es el prefijo telefónico internacional de Israel, que sirve por igual a árabes y judíos. De ahí viene el nombre de una revista internáutica israelí, +972 Magazine, que propugna «el fin de la ocupación israelí de Cisjordania y la protección de los derechos humanos y cívicos en Israel y Palestina».

El pasado 12 de enero la activista jerosolimitana Orly Noy publicó en dicha revista un artículo titulado «Por qué B’Tselem califica a Israel como un régimen de apartheid, desde el río [Jordán] hasta el mar».

Conviene recordar que B’Tselem es la mayor ONG israelí dedicada a la protección de los derechos humanos en los territorios ocupados, lo que la ha hecho merecedora de numerosos elogios y premios internacionales, así como del más hondo rechazo por la derecha israelí. Ese mismo día anunció, sin andarse con rodeos, que «un régimen de supremacía judía desde el Jordán al Mediterráneo es apartheid».

Diez días después, un respetado y ecuánime semanario británico (The Guardian Weekly), muy alejado de cualquier veleidad activista, tituló su editorial de este modo: «Sin ningún plan [roadmap] para la paz, Israel se arriesga a ser comparado con la antigua Sudáfrica».

Por mal que les pese a los ciudadanos israelíes que ven a su Estado como una plena democracia que surgió desde los hornos crematorios nazis, la comparación de su régimen político con el odioso racismo de los afrikaner se hace día a día más evidente y difundida, como muestran las declaraciones de relevantes personalidades, como Desmond Tutu o Jimmy Carter.

No hay eufemismos posibles. El apartheid se define así: «Actividades inhumanas cometidas en el contexto de un régimen de opresión y dominación sistemáticas de un grupo racial sobre otro u otros, con la intención de conservar el régimen». El inveterado problema histórico judío de la discriminación racial se agravó durante el Gobierno de Netanyahu con la «Ley del Estado-nación judío» de 2018, que constitucionaliza la supremacía judía, y con el plan de 2020 para anexionar zonas de Cisjordania.

Según la citada ONG, más de 14 millones de habitantes, mitad judíos y mitad palestinos, viven entre el río y el mar bajo un único Gobierno. Venía pareciendo como si existieran dos regímenes separados por la llamada «Línea verde»: uno dentro del Estado de Israel, con unos 9 millones de ciudadanos; el otro, en los territorios militarmente ocupados en 1967, con unos 5 millones de palestinos, cuyo futuro habría de negociarse.

Pero la realidad es hoy muy distinta, según B’Tselem. Todo el territorio comprendido entre el Jordán y el Mediterráneo se gobierna con un solo objetivo: acrecentar y consolidar la supremacía de un grupo, los judíos, sobre otro, los palestinos. Ya no existen dos regímenes paralelos sino uno solo. Y sus modos y formas de actuación poco difieren de lo que en el pasado fue el ignominioso apartheid sudafricano, como se comprueba al observar la vida cotidiana del pueblo palestino.

Esta es la penosa situación actual que preocupa en muchos países democráticos a quienes, en el pasado, asistieron con interés al nacimiento y maduración del Estado israelí y admiraron muchos de sus innegables valores iniciales. Valores cuya progresiva degeneración es, en parte, la degeneración de la esperanza por un mundo más justo y equilibrado.

 

Artículo publicado originalmente en el blog del autor El viejo cañón.

Libros relacionados:

El libro negro   Pazlestina