El «caso Afganistán»

USA abandona Afganistán

Tras el resultado de las elecciones estadounidenses, parece necesario preguntarse cuál será la postura que adopte el nuevo equipo que va a dirigir a la primera potencia militar del mundo, dada la inveterada tradición nacional de imponer la voluntad por la fuerza de las armas en defensa de sus intereses. El «caso Afganistán» parece sintomático a estos efectos.

Aunque en su campaña electoral Trump prometió «terminar con las guerras interminables», en realidad no ha hecho mucho por cumplir su promesa. Con su desdén por los detalles, nunca supo cuántos soldados estaban realmente desplegados en los países implicados en esas guerras: Siria, Afganistán, Somalia o Irak. Además, como filtró uno de los políticos implicados en la guerra de Siria, «Nosotros siempre estábamos trampeando para que en las altas esferas no se supiera cuántas tropas teníamos allí».

Pero ahora parece que algo va a cambiar en Afganistán, el sufrido país que lleva 20 años en guerra. Para las pocas semanas que le quedan al mando, Trump ha elegido a un nuevo Secretario de Defensa, quien enseguida publicó una carta dirigida a sus soldados que decía: «No somos un pueblo de guerras perpetuas». Consideraba éstas como «la antítesis de todo lo que defendemos y por lo que nuestros antepasados lucharon». Afirmaba que «todas las guerras deben terminar» y que no por multiplicar el esfuerzo bélico el resultado sería mejor. Y concluía: «Es la hora de volver a casa».

No parece que los «generales de Trump» estén por la labor. Ni tampoco Biden, quien ha hablado en dos sentidos opuestos: por un lado, insiste en terminar las «guerras eternas» y, por otra parte, promete mantener tropas estadounidenses en Afganistán para «combatir a los grupos terroristas que van a continuar surgiendo».

Estas ideas son apoyadas por el estamento militar, los responsables de la política exterior y los más agresivos medios de comunicación, conscientes de que el prestigio de EE.UU. en el mundo, ya menguado antes de que Trump llegase al poder, ha sufrido mucho durante su mandato.

La política de EE.UU. en el Medio Oriente se ha basado en dos premisas: 1) los supuestos intereses vitales en esta región (incluso en las más remotas zonas de Afganistán), y 2) que el mejor modo de preservarlos es mediante la fuerza militar. Ambas han demostrado ser erróneas. Y la nación ha dilapidado en este empeño vidas humanas, recursos financieros y capacidad de atracción y persuasión.

Tras unos años tan penosos, abandonar Afganistán traerá también otras consecuencias, porque las políticas que tengan éxito en ese país también podrán aplicarse en otros, como Iraq, Siria o Somalia. Comparando esta situación con el ya histórico caso de Vietnam, algunos alertan de que EE.UU. no podría soportar otra humillación como aquella deshonrosa huida de Saigón en 1975. Frente a esto conviene recordar que el fracaso no fue abandonar precipitadamente Vietnam sino aspirar a que el ejército de EE.UU. fuera el que tenía que decidir el destino del pueblo vietnamita, en lo que se empeñaron los presidentes estadounidenses.

Que también hayan sido los sucesivos presidentes de EE.UU. los que desde 2001 se implicaron en una cruzada para reformar extensas zonas del mundo islámico hace pensar que esas «guerras interminables» habrán de tener un fin. Si algo ha aprendido la nación norteamericana desde Vietnam es que para concluir una guerra es necesario abandonar el teatro de operaciones. No sabemos todavía qué decisión adoptará el equipo saliente en los días que le quedan, aunque Trump ha manifestado su deseo de abandonar Afganistán antes de fin de año y «a poder ser, para Navidad». De ese modo, podría salir de la Casa Blanca anunciando que, al menos, había concluido una de «las guerras interminables», cumpliendo su promesa electoral.

 

Artículo publicado originalmente en el blog del autor El viejo cañón.

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