¿Es inevitable el suicidio de la izquierda?

Desolación. Esa es la palabra que mejor describe el sentimiento de un grupo de profesores amigos que habían quedado a comer, tras conocer la situación de ruptura creada en la izquierda en Madrid. Y las frases más repetidas: “Somos idiotas”, “no tenemos arreglo”, “qué pena”, “rabia”, “tristeza”… Todo esto nos suscita algunas reflexiones que querría compartir:

No se entiende nada. Resulta que Manuela Carmena monta una plataforma de electores con el fin de preparar una candidatura para el Ayuntamiento de Madrid. Ella no está en ningún partido político, tiene un prestigio merecido y habían surgido diferencias con otros socios de la posible candidatura unitaria por algunos concejales de su confianza y quería asegurar su continuidad. Lo mejor hubiera sido insistir en la negociación para alcanzar acuerdos que sean participados por las bases y no montar otra cosa nueva. Pero, bueno, algo se puede entender. Se entiende menos que Íñigo Errejón, candidato de Podemos a la CAM, y desde donde habría podido hacer tándem con Manuela Carmena en las elecciones de mayo de 2019, haya decidido irse como candidato a la Comunidad de Madrid, bajo un proyecto (Más Madrid) que se entendía que era para el ayuntamiento. Parece un poco absurdo e incomprensible llegar a hacer lo mismo: ser los candidatos al alimón a la Comunidad y al Ayuntamiento de Madrid, pero hacerlo sin unidad con todas las fuerzas que estaban dispuestas a apoyar esa propuesta y rompiendo con parte de ellas. Se puede adornar con toda la retórica que se quiera, pero los hechos son los hechos.

Las puñeteras listas. Yendo más a lo concreto, quizá lo único que explique la crisis de la izquierda en Madrid son las ambiciones desmedidas, los desencuentros personales que no se saben gestionar y, sobre todo y como siempre, la lucha por colocarse en las candidaturas. Eso sí, con grandes discursos y marcando las diferencias para enmascarar las ambiciones personales. A ello juegan las hinchadas correspondientes para forzar situaciones con el único fin de que algunos se aseguren un sitio en las listas aunque se hunda el proyecto. Es mejor seguir hablando de la incapacidad de los demás, en vez de hablar de las limitaciones y errores de la izquierda. Salvando las distancias, los entusiasmos que desatan entre algunos la división, me recuerda la ingenuidad de los obreros que iban a enfrentarse a otros obreros en la Primera Guerra Mundial al ritmo de las marchas militares. No se debe pelear entre colegas y mucho menos cuando vivimos entre los dientes de los tiburones.

Hay Política y política. La política con minúsculas es la que por desgracia vemos casi a diario: la que se hace al servicio de las élites, que busca el interés particular, que está trufada de intrigas y sectarismo, de vuelo raso…. Es el “politiqueo” o política sin ética que decía Manuel Sacristán. La Política con mayúsculas, es la que está guiada por el bien común, el de toda la sociedad; que se basa en el pensamiento crítico, la ética y la transparencia; apuesta por una ciudadanía democrática, por la libertad, la solidaridad, la justicia social. En las situaciones límites se pone a prueba la grandeza de la política y de sus dirigentes: la izquierda debe de ser un ejemplo de Política con mayúsculas en toda circunstancia.

La unidad y la ilusión son más necesarias que nunca. Son imprescindibles para impulsar un proyecto de cambio social que dé respuesta a los principales problemas de la ciudadanía (paro, precariedad, protección social y pensiones, mejora de la educación y sanidad, vivienda, igualdad, etc.) y que refuerce la democracia y las libertades, buscando una solución negociada a la cuestión de Catalunya. Y para frenar a una ultraderecha crecida que, después de Andalucía, puede dar un salto en todo el Estado y condicionar gravemente la política en España; más aún si tenemos en cuenta la falta de escrúpulos de la derecha (PP y Ciudadanos) para pactar directa o indirectamente con ella.

Sin unidad no hay victoria. Es una lección que, por la experiencia histórica, debería estar aprendida. Cometer los mismos errores conduce a las mismas consecuencias y muchas veces estas son muy duras. Si en Madrid, por ejemplo, puede acabar habiendo hasta tres listas de la izquierda, las posibilidades de triunfo se reducen y aumentan las de acabar siendo una izquierda inane. Y es una comunidad que necesita como el agua un cambio, un gobierno progresista para revertir las políticas neoliberales y los recortes. Además, con la división, se traslada un pésimo ejemplo a la confección de acuerdos de unidad en el resto del Estado.

Debería ser posible reconducir las cosas. Cuando más avanza la ultraderecha, cuando más existe un riesgo de FBI (fascismo de baja intensidad), la irresponsabilidad no puede ser mayor, si la izquierda no es capaz de unirse. Sería un gran fracaso si no lo consiguiera. Debería de empeñarse en llevarle a la contraria a esa maldición bíblica que parece que tiene la izquierda. No es la primera vez que recuerdo el Incidente de X´ian, en 1936, a partir del cual los generales chinos nacionalistas y comunistas se pusieron de acuerdo para establecer una tregua en la guerra civil ante la invasión japonesa del país. ¿Por qué no se reúnen al máximo nivel los afectados para buscar soluciones y proyectarlas en un proceso participativo hacia la sociedad? Y estoy hablando de que se reúnan todo Podemos, Izquierda Unida, Equo, Más Madrid…, incluyendo a Manuela Carmena, a la que quiero mucho y agradezco el gran esfuerzo de volverse a presentar, pero que no acabo de entender qué hace metiéndose en la CAM con una plataforma electoral que creía que era solo para el ayuntamiento.

Sucede siempre que la izquierda se divide: aumenta el cansancio y la abstención, cae la militancia y el trabajo político. Si no se pone de acuerdo, muchas personas no la van votar. Y así no hay quién cambie nada. Nadie dijo que fuera a ser fácil, pero no nos empeñemos en hacerlo más difícil todavía. Decía Ernst Jünger que el suicidio es un privilegio de la Humanidad, y que su posibilidad es algo innato en todos. Parece que estamos en ello, si no somos capaces de darle a la moviola y alcanzar un acuerdo por un renovado proyecto de cambio. Hagan un último esfuerzo compañeras y compañeros, sean audaces y no pierdan autoridad política y moral. Puede parecer utópico este ruego, pero es, simplemente, que no hay que resignarse a un futuro de derrota.

Artículo publicado originalmente en Cuarto Poder.
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