El filósofo salvaje

Rousseau

Las cumbres de la cordillera suiza del Jura estaban completamente cubiertas de nieve, pero la carretera que bordeaba las estribaciones orientales de la misma estaba despejada y seca. Entre los que circulaban por ella a una hora temprana de la mañana del 3 de diciembre de 1764 se encontraba un joven escocés llamado James Boswell.

Boswell había salido de la ciudad de Neuchâtel, encajonada entre la fina capa de hielo del lago que lleva el nombre de la ciudad y las montañas que se levantan detrás de ella. Mientras el sonido de los cascos de su caballo resonaba contra el suelo helado del alto valle montañoso de Val de Travers, el joven heredero de 24 años de edad de una antigua familia escocesa, iba silbando una animada melodía francesa. Boswell se mostraba indiferente al frío, sin embargo, porque, como escribiría aquella misma noche en su diario, un “gran objetivo” tenía ocupada su mente.

Aquel “gran objetivo” era Jean-Jacques Rousseau.

Boswell llevaba tiempo disfrutando de antemano de la emoción que ahora iba a concretarse con aquel encuentro; cuando todavía era un estudiante en la Universidad de Edimburgo, había subido con su amigo William Temple a la cima del Arthur’s Seat, la colina que domina la ciudadela, y había gritado: “¡Voltaire! ¡Rousseau! ¡Nombres inmortales!” El hecho de que el Dr. Samuel Johnson considerase a Rousseau como “un hombre muy malo” divertía más que preocupaba a su joven admirador. Para pinchar al viejo e irascible conservador político y religioso, Boswell le preguntó a Johnson si creía que Rousseau era tan malo como Voltaire. Su respuesta no le decepcionó: “Caramba, señor, sería difícil establecer quién es el más inicuo de los dos”.

Boswell había partido casi dos años y medio antes para recorrer Europa. Era un brillante y obsesivo relator de las palabras de los demás, y el Dr. Johnson le había aconsejado que relatase de una forma “imparcial y sin disfraces” sus encuentros y experiencias. Esas páginas, que fueron la base de su monumental Vida de Johnson, aportan también un material igualmente valioso sobre las vidas de otras muchas figuras literarias de su tiempo, incluidos Rousseau, Hume y Voltaire. Afortunadamente para nosotros, los encuentros de Boswell con estos hombres tuvieron lugar justo cuando nuestra historia se estaba desarrollando, y sus descripciones nos proporcionan una introducción de primera mano y sin precedentes de los participantes en la querella.

Boswell se detuvo a almorzar en un pequeño mesón cerca de Môtiers, la aldea en la que vivía Rousseau. Mientras le servía una jarra de vino, la hija del mesonero, Mademoiselle Sandoz, obsequió al visitante con varias anécdotas del ermitaño local. Hablaba con la seguridad propia de quien vive cerca de una maravilla natural, una catarata, por ejemplo, o un volcán. “Es un hombre muy amable y de aspecto muy agradable. Pero no le gusta que la gente vaya a mirarle como si fuera un hombre con dos cabezas. ¡Cielos! La curiosidad de la gente es increíble.” Señalando por la ventana un desfiladero suspendido encima de la aldea, la vivaz mujer le contó con orgullo que había ido allí de excursión en compañía de Rousseau y de Mademoiselle Le Vasseur. Una experiencia excepcional, añadió Mlle Sandoz, teniendo en cuenta su amor por la soledad. “Camina por esos lugares agrestes un día entero”. Mientras Boswell pagaba su cuenta, le dijo que aunque eran muchos los que acudían a ver a Rousseau, pocos eran los que conseguían ser recibidos. “Está enfermo y no le gusta que le molesten”. De todos modos, aquellas palabras no hicieron vacilar a Boswell. Al fin y al cabo, el motivo de su viaje no era otro sino “molestar” a Rousseau.

Cuando divisó por vez primera Môtiers, un puñado de casas bajas de granito, Boswell empezó a tararear con “una especie de agradable turbación”. Môtiers era una aldea de unos cuatrocientos habitantes, muchos de los cuales eran la clase de artesanos independientes, relojeros y tejedores que Rousseau había idealizado en sus escritos. Los destiladores de absenta eran otro de los gremios del lugar, y el licor que elaboraban pasaría a simbolizar un siglo más tarde el corrosivo núcleo de la vida urbana. Otra sombra que se proyectaba sobre aquel paisaje idílico era la mina de asfalto local, que presagiaba la era industrial prevista y temida por Rousseau.

Al doblar la esquina de la calle mayor de la ciudad, Boswell pasó frente a una pequeña iglesia calvinista que, por su espíritu si no por su estilo, le recordó la austera iglesia de su nativa Auchinleck. Súbitamente inquieto, el joven escocés alquiló una habitación en la posada local, la Maison du Village, y se dispuso a preparar un plan para encontrarse con Rousseau. Sentado frente a la estufa en la habitación principal de la posada, redactó una carta de introducción. Unas horas después, apoyado en el respaldo de la silla, se dijo que la epístola que había redactado era “una obra maestra”.

La carta, fielmente transcrita por Boswell en su diario, comienza con una escueta presentación de sus circunstancias vitales y luego se convierte en un panegírico de los escritos de Rousseau, que, según manifiesta, habían derretido su corazón, elevado su alma y encendido su imaginación. El febril escocés seguía a continuación atribuyendo a Rousseau un “conocimiento perfecto de todos los principios del alma y el cuerpo, de sus movimientos y sus sentimientos; en resumen, de todo aquello que pueden hacer, de todo aquello que pueden adquirir que realmente afecta al hombre en tanto que hombre.” Boswell, en consecuencia, le decía a Rousseau que “estaba dispuesto a pasar la prueba de su penetración” y concluía su misiva con una floritura: “Os pido, pues, señor, que abráis vuestra puerta a un hombre que osa deciros que merece entrar por ella.”

La premura que sentía Boswell por conocer a Jean-Jacques Rousseau no era nada fuera de lo corriente. A mediados de la década de 1760, la vida de Rousseau ya no le pertenecía por entero. El filósofo errante que tanto valoraba su independencia, se había convertido en una valiosa propiedad de sus lectores. Incluso aquellos que no le habían leído insistían en conocerle. Se quejaba constantemente de que hubiera hombres y mujeres dispuestos a “viajar treinta, cuarenta, sesenta y hasta cien leguas para ir a ver, a admirar, al ilustre, al famoso, al famosísimo gran hombre, etc.” Môtiers corría el riesgo de convertirse en el Delfos suizo. Desde el momento en que Rousseau se había trasladado allí dos años y medio antes, huyendo de París y de una orden de arresto emitida contra él por el carácter subversivo de sus escritos, el estrecho camino que llevaba a la aldea se veía colmado por un tráfico constante de peregrinos decididos a visitar al ermitaño público más famoso de Europa.

Si bien algunos hacían el difícil viaje a Môtiers para conocer al azote de las instituciones sociales y políticas, la mayoría iban allí llevados por otros motivos. Hoy Rousseau es sobre todo conocido como teórico político, como el autor de los dos Discursos y del Contrato social, pero para sus contemporáneos era por encima de todo el creador de Julie o la nueva Eloísa. Este era evidentemente el caso de Boswell, que en su carta de presentación subrayaba que necesitaba “el consejo del autor de La nueva Eloísa”.  Al igual que Boswell, los más fervientes lectores de Rousseau le atribuían una capacidad única de autoentendimiento. Esta capacidad se había puesto sobre todo de manifiesto en la novela en la que idealizaba la región alpina en la que entonces vivía Rousseau. Julie fue el libro más popular del siglo XVIII, y a comienzos del XIX había sido reeditado al menos setenta veces. La novela epistolar de Rousseau concluía su vida tal como él la había conocido e instruía a sus lectores acerca de cómo comenzar de nuevo sus propias vidas.

Esta “novela que no es una novela”, como con fingida timidez describe Rousseau el libro en el prefacio, narra la desventurada relación de los amantes Saint-Preux y Julie. Separados por su diferente origen social, mantienen un idilio a lo largo de seis volúmenes de correspondencia, hasta que finalmente se reúnen y recuperan la virtud bajo la atenta mirada del esposo de Julie, el misterioso Wolmar. Con el paisaje de los Alpes al fondo –un marco adecuadamente sublime para un amor imposible–, los amantes son dos naturalistas de su mundo interior y en sus cartas describen sus emociones y sentimientos con el mismo cuidado que empleaba Rousseau para describir la flora de los muchos lugares de su exilio. La correspondencia termina con la muerte de Julie, un prolongado suceso durante el cual confiesa el imperecedero amor que siente por Saint-Preux.

Curiosamente, muchos de los lectores de Rousseau creían que las cartas eran auténticas, que sus protagonistas realmente habían vivido y habían muerto, habían amado y habían sufrido. La aparente falta de artificiosidad de la novela y su carácter epistolar le conferían una pátina de autenticidad que invitaba a sus lectores a sentir un grado de intimidad sin precedentes con los protagonistas de la misma y, lo que es más importante, con el supuesto editor de la correspondencia, el propio Rousseau. El libro generó una auténtica avalancha de cartas, de lectores aristocráticos y de lectores burgueses, que se igualaban en su pesar y en su placer. La marquesa de Polignac se erige en portavoz de toda una generación cuando describe su reacción ante la muerte de Julie del siguiente modo: “Me sobrecogió un terrible dolor. Se me heló el corazón. La moribunda Julie dejó de ser una desconocida. Para mí era como una hermana.”

La forma en que Rousseau difumina la línea que separa la realidad de la ficción ayuda a explicar la locura de la avalancha de lectores que se dirigieron a Môtiers. Al advertir que “este libro no está pensado para que circule en sociedad, y sólo es adecuado para unos pocos lectores”, se estaba asegurando astutamente lo que aparentemente trataba de evitar.  Solamente aquellos lectores más cándidos e impresionables –es decir, aquellos lectores capaces de olvidarse de sí mismos– podían entrar en aquel mundo. El libro tenía que ser leído lejos de la galería de espejos que llamamos sociedad. Era una nueva forma de leer no sólo un libro sino a uno mismo, que exigía al lector desaprender su propia historia y volver a recuperar la ingenuidad. Bajo la influencia del amor de Rousseau por las montañas, los viajeros ya no evitaban los precipicios ni cerraban los ojos al cruzar un desfiladero. Al contrario: las montañas eran el objetivo del viaje, no un obstáculo. Aquellas imponentes ruinas inspiraban majestuosidad, no desesperación; el vértigo era una prueba de virtud. Circundados por aquellas erizadas cumbres y aquellos deslumbradores glaciares, los lectores se encontraban de nuevo consigo mismos. “Me encuentro en un hermoso y agreste valle rodeado de inmensas montañas”, escribió Boswell desde Môtiers: “Me siento sumamente feliz”. Boswell iba pronto a saber que Rousseau, la persona que le guiaba por aquel mundo que era en gran parte de su propia creación, no podía decir lo mismo.

Môtiers no estaba lejos de Ginebra, la ciudad natal de Rousseau. Este había abandonado la ciudad unos treinta y cinco años antes, a los dieciséis, y nunca había regresado realmente a ella. Las grandes distancias posteriormente recorridas por el filósofo fueron tanto peregrinaciones físicas como viajes de la mente y la imaginación. Cuando le visitó Boswell a finales de 1764, Rousseau acababa de empezar la relación de estos viajes en su obra autobiográfica Confesiones, una tarea que le ocuparía durante su estancia en Inglaterra.

Escribiendo a instancias de su editor, que esperaba hacer un buen negocio,  Rousseau  transformó  la  forma  tradicional  del  libro  de   memorias. Convirtió la autobiografía en una de las formas supremas de la fusión de géneros literarios, incorporándole el autoanálisis, la autojustificación y la autocelebración. Rousseau tomó como modelo las Confesiones de San Agustín, pero dándole la vuelta al obispo de Hipona. Si en su obra Agustín había utilizado la historia de su propia conversión como prueba de la necesidad de la ayuda divina para superar el pecado original, Rousseau presentaba la historia de su vida como prueba de que dicha ayuda era innecesaria, puesto que el pecado original no existía. Para él, efectivamente, el hombre es naturalmente bueno y es la sociedad la que lo echa a perder. Mientras Agustín apela a Dios para obtener un autoconocimiento que no puede alcanzar por sí mismo, Rousseau proclama al principio de sus Confesiones: “Aquí está el único retrato de un hombre pintado exactamente de acuerdo con su naturaleza y en toda su verdad que existe y que probablemente nunca existirá.” Se imagina a sí mismo el día del juicio final, de pie ante Dios y ante toda la humanidad, desvelando su yo más íntimo como sólo él –Jean-Jacques Rousseau– es capaz de hacerlo, y desafiando a cualquiera a decir: “Yo he sido mejor que este hombre”.

En sus Confesiones, Rousseau se remonta hasta sus experiencias más tempranas buscando ese talento para la autoinvención que le permitía escapar de su insatisfacción con el mundo. Explica que su imaginación se había visto recalentada por la lectura de novelas románticas, una herencia de su madre, que había muerto al darle a luz, y por los antiguos autores griegos y romanos que leía con su padre, que pronto abandonaría a su hijo dejándolo primero en manos de unos parientes y después de unos artesanos. Los amantes y héroes que poblaban su mente constituían un listón demasiado alto para la realidad. Durante el resto de la vida de Rousseau, sus congéneres, hombres y mujeres, quedarían invariablemente muy lejos de los ideales inspirados por estos escritores. “En mi juventud”, recordaría mucho más tarde, “dado que yo creía que iba a encontrar en el mundo la misma clase de gente que encontraba en los libros, estaba siempre buscando algo que no existía. Gracias a la experiencia fui perdiendo poco a poco la esperanza de encontrarlo.”

Entre las personas que decepcionaron al joven Rousseau estaba su padre, en quien los antiguos moralistas no habían conseguido inspirar el mismo amor por la virtud que consumía a su hijo. Pese a la posterior descripción que haría el filósofo de Isaac Rousseau como un enamorado de Ginebra, el viejo Rousseau no tenía de hecho nada de patriota y sus ausencias incluyeron una estancia de seis años en Constantinopla poco después del nacimiento de François, el hermano mayor de Jean-Jacques. Poco después de volver de Oriente, Isaac engendró al futuro filósofo, perdió a su esposa y prosiguió con su oficio. El irascible relojero era casi tan impaciente como su hijo, sin embargo, y tras retar a duelo a un patricio local y después huir para no ser procesado, dejó a su hijo Jean-Jacques, que entonces tenía solamente diez años, a cargo de unos parientes. Poco después fue enviado junto con su primo a Bossey, una aldea al pie de los Alpes franceses, donde se alojaron en casa del pastor de la iglesia local, Monsieur Lambercier, y de su hermana. Fue allí donde Rousseau descubrió el paraíso, sólo para ser expulsado del mismo poco después.

El paraíso recuperado era la naturaleza, que él descubrió en la sencillez de la vida en la región circundante a Bossey. Lo que encontró en la naturaleza fue a sí mismo, o más exactamente, la pérdida del yo, una paradoja que ocupa un lugar central en el pensamiento de Rousseau. Recorriendo los valles y prados alpinos, se fue desprendiendo de las diversas capas de preocupaciones, excusas y pasiones sociales que, según creía él, enmascaran nuestra naturaleza original y que se van depositando como las capas de polvo sobre una estatua. Estas experiencias juveniles fueron como una especie de arrobamiento en el que el yo y el mundo formaban una unidad sin fisuras. En una época posterior de su vida le dijo a un visitante que cuando caminaba por los Alpes siempre se abandonaba a la ensoñación para encontrarse a sí mismo. “Si resbalo bajando por la montaña, simplemente me siento sobre el trasero y me deslizo hacia abajo hasta llegar al fondo sin hacerme el menor daño. Esta es la filosofía de los niños, y yo la he hecho mía.”

Pero los niños sólo elaboran filosofías cuando son empujados a la adultez. Dos años después de su llegada a Bosey, Rousseau cayó de su estado de inocencia. Un día, Mademoiselle Lambercier descubrió que uno de sus peines se había roto y las sospechas recayeron inmediatamente sobre JeanJacques. Pese a las sinceras negativas de este, los Lambercier, que hasta entonces se habían mostrado amables y considerados, se aferraron a su convicción de que el muchacho estaba mintiendo. “Una fuerza superior tuvo finalmente que ceder ante la diabólica terquedad de un niño”, recordaba Rousseau, “pues así era como percibían mi tenacidad.”

Del mismo modo que el célebre relato de Agustín acerca del robo de las peras en el huerto de un vecino, la historia aparentemente trivial del peine roto adquiere una gran importancia para el conocimiento de sí mismo de Rousseau. Los moretones que le produjo la palmeta acabaron curándose, pero aquella herida abrió una cicatriz más profunda en el mundo de Rousseau. La propia campiña pareció transformarse. Oscura y sombría, “parecía haber sido cubierta por un velo que nos impedía percibir sus bellezas.” Todo parecía estar igual, pero de hecho las cosas eran mucho más lúgubres y tristes. La transparencia de la infancia dio paso al malestar de la adultez. Por mucho que lo intentó, no consiguió transmitir la verdad de las cosas a los Lambercier: como él mismo constata amargamente, había sido condenado por las apariencias. Medio siglo después, Rousseau sigue recordando con horror aquel momento. “Mientras escribo esto siento que mi pulso se acelera de nuevo; esos momentos estarán siempre presentes en mí aunque viva cien mil años.” El niño, en dos palabras, había sido expulsado del paraíso. Y como Agustín antes que él, Rousseau recrea la historia bíblica  de la caída, pero con una diferencia importante: él era inocente. Como escribió William Wordsworth, uno de los descendientes espirituales de Rousseau, los árboles, los campos y las flores del mundo “nos hablan de algo que ya no existe”. Esa visión persigue a Rousseau en sus escritos y en  su vida.

Poco después el joven Rousseau regresó a Ginebra. El muchacho que se había imaginado a sí mismo como un amante o un patriota de la antigüedad vio cómo le atribuían, a instancias de su padre, el menos romántico papel de aprendiz de grabador. Trabajando duramente en un taller bajo la supervisión de un irascible artesano, el autor que condenaría las cadenas de la sociedad que destrozan nuestra libertad natural tuvo su primer contacto con los corruptores efectos de la servidumbre.

Rousseau solamente se escapaba de aquella rutina diaria los domingos, paseando por las colinas que rodean Ginebra. Para ser el hijo de un relojero, era sorprendentemente indiferente al paso del tiempo y un día se encontraba fuera de las murallas de la ciudad cuando oyó el son de los clarines y los tambores anunciando que pronto iban a cerrarse las puertas. Mientras la música retumbaba por las colinas, echó a correr hacia la ciudad. “Doblé el ritmo de mis pasos. Al escuchar los redobles de tambor eché a correr tan deprisa como podían hacerlo mis piernas: llegué sin aliento y empapado de sudor. Oía perfectamente los latidos de mi corazón… Pero era demasiado tarde.” Sentado a la orilla del río y contemplando cómo subía el puente levadizo, Rousseau tomó una decisión trascendental. Volvió la espalda al maestro artesano y a Ginebra y se fue en busca de los quiméricos castillos que poblaban su imaginación.

 

Fuente: Primeras páginas del Capítulo 2º del libro de Robert Zaretsky y John T. Scott La querella de los filósofos. Rousseau, Hume y los límites del entendimiento humano.

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