Carta. Un primer esbozo de las Confesiones

Carta de Rousseau a Malesherbes

Montmorency, 4 de enero de 1762

[En esta época Rousseau ha sufrido una manía persecutoria desatada por los retrasos conllevados por la impresión del Emilio y que le hizo pensar en una confabulación destinada a desfigurar su libro. Recuperada la lucidez brinda sus excusas a Malesherbes, quien le dice comprender su estado, achacándolo a la melancolía propia de los literatos, la cual se habría visto agravada en el caso de Rousseau por su malestar físico y la soledad a la que se ha retirado. La respuesta de Rousseau, contenida en las cartas que siguen, prefigura el empeño autobiográfico que dentro de tres años emprenderá en las Confesiones. ]

Habría tardado algo menos en agradeceros vuestra última misiva, si hubiese acompasado mi diligencia en responderos con el placer que me produjo. Mas, como me cuesta mucho escribir, encontré preferible dejar pasar unos días para no agobiaros excesivamente con mis cuitas.

Los motivos a que atribuís los partidos que se me ha visto adoptar desde que he alcanzado cierto renombre acaso me hacen más honor del que merezco, pero seguramente se hallan más cercanos a la verdad que cuantos me prestan esos literatos quienes, en aras de la reputación, juzgan mis sentimientos a partir de los suyos. Tengo un corazón demasiado sensible a otros apegos como para tener un excesivo aprecio por la opinión pública; estimo demasiado mi goce y mi independencia para ser tan esclavo de la vanidad como ellos suponen. Aquel a quien el hacer fortuna y la esperanza de medrar nunca le compensó una cita o una grata cena, no debe sacrificar naturalmente su dicha al deseo de hacer que se hable de él, no resultando creíble que un hombre con cierto talento y que no se ha dado a conocer hasta la cuarentena esté lo bastante loco para ir a aburrirse el resto de sus días en un desierto tan solo para cobrar fama de misántropo [1].

Ahora bien, aunque odio en grado sumo la injusticia y la maldad, esta pasión no es lo bastante poderosa por si sola para hacerme rehuir la compañía de los hombres. No, mi motivo es menos noble y más íntimo. He nacido con un amor natural hacia la soledad que no ha hecho sino aumentar a medida que he conocido mejor a los hombres. Saco más provecho de los seres quiméricos que agrupo en torno mío que de los que veo en el mundo, y la compañía de mi imaginación acaba por quitarme las ganas de las compañías que he dejado atrás. Me suponéis infeliz y consumido por la melancolía. ¡Cuán equivocado estáis, señor mío! En Paris es donde yo era desdichado; en Paris una bilis negra roía mi corazón y la amargura de ese mal humor se hizo sentir sobremanera en los escritos que publiqué por aquél entonces. Comparad esos escritos con los redactados en mi soledad; o mucho me equivoco, o captaréis en estos últimos una tranquilidad de ánimo que no deja lugar a dudas sobre el estado interior del autor. La extrema agitación que acabo de experimentar os puede haber hecho juzgar lo contrario; pero resulta fácil advertir que dicha agitación no arraiga en mi situación actual, sino en una imaginación desordenada presta a alarmarse por todo y a extremarlo todo. Éxitos sucesivos me han vuelto sensible a la gloria y no hay hombre con cierta grandeza y alguna virtud que pudiera pensar, sin desesperarse mortalmente, que tras su muerte se sustituiría bajo su nombre una obra útil por otra perniciosa, capaz de deshonrar su memoria y de hacer mucho mal. Es muy posible que tal turbación haya podido acelerar el avance de mis dolencias, pero en el supuesto de que tal acceso de locura me hubiera sorprendido en París, seguramente mi propia voluntad no hubiese ahorrado el resto de ese proceso a la naturaleza.

Durante mucho tiempo me engañé a mi mismo sobre la causa de este invencible hastío que siempre he padecido en el trato con los hombres, atribuyéndolo a la pesadumbre de no atesorar el suficiente ingenio para mostrar el poco que tengo en la conversación y como un rechazo al hecho de no ocupar en el mundo el lugar que creía merecer. Pero cuando, tras haber emborronado algún papel, estuve seguro de que, aun cuando dijera tonterías, no era tomado por un tonto, cuando me vi buscado por todo el mundo y honrado con una consideración mucho mayor a la que hubiera osado aspirar mi más ridícula vanidad, experimenté que pese a todo ese hastío aumentaba en vez de disminuir, concluí que se debía a otra causa y que no necesitaba para nada de este tipo de disfrute.

Manuscrito de Rousseau

Cuál es a la postre dicha causa? No es otra que ese indomable espíritu de libertad que nada ha podido vencer y ante el cual nada pueden los honores, la fortuna e incluso la reputación. Es cierto que ese espíritu de libertad me viene menos del orgullo que de la pereza; pero esta pereza es increíble, todo lo espanta; los deberes más nimios de la vida civil le resultan insoportables. Decir una palabra, escribir una carta, hacer una visita, desde el momento en que se las reclama suponen para mí un autentico suplicio. He ahí por qué, aun cuando el trato ordinario con los hombres me resulte odioso, me es tan cara la amistad íntima, al no haber deberes para con ella. Todo está hecho con seguir al propio corazón. Esa es la razón de que siempre haya rehuido los favores, pues todo favor exige reconocimiento y mi corazón se siente ingrato hacia ello, con tal de que el reconocimiento suponga un deber. En una palabra, la dicha que necesito no consiste tanto en hacer cuanto quiero como en dejar de hacer lo que no quiero. La vida activa no alberga nada que me tiente; prefiero cien veces más no hacer nada nunca que hacer algo a pesar mío; centenares de veces he pensado que no habría vivido demasiado mal en La Bastilla si lo único por hacer hubiera sido quedarme allí.

En mi juventud realicé ciertos esfuerzos por medrar, pero esos esfuerzos solo tuvieron como meta el retiro y el reposo en mi vejez, y como no fueron hechos sino a salto de mata, como es propio de un perezoso, jamás tuvieron el menor éxito. Cuando llegaron las dolencias, estas me procuraron un hermoso pretexto para librarme a mi pasión dominante. Al descubrir que era una locura torturarme por una edad a la cual no llegaría nunca, lo dejé todo plantado y me limite a disfrutar. He aquí, os lo juro, la verdadera causa de este retiro al que nuestros literatos han atribuido una motivación por sobresalir que supone cierta constancia, o más bien una obstinación por mantener lo que me cuesta, directamente contraria a mi carácter natural.

Me diréis que esta supuesta indolencia se compadece mal con los escritos que he compuesto desde hace diez años y con ese deseo de gloria que me ha debido azuzar a publicarlos. He ahí una objeción por solventar que me obliga a prolongar mi carta y por consiguiente me fuerza a terminarla. La continuaré en otro momento, si no os desagrada mi tono familiar, pues en el desahogo de mi corazón no sabría adoptar otro. Me describiré sin disimulo ni modestia, me mostraré a vos tal como me veo y tal como soy, ya que algo debo conocerme al pasar la vida conmigo y compruebo que no me conocen en absoluto quienes piensan conocerme al interpretar mis acciones y mi conducta. Nadie me conoce salvo yo mismo. Podréis juzgarlo cuando os haya dicho todo.

Os suplico que no me devolváis mis cartas. Quemadlas, ya que no merece la pena guardarlas, mas no por consideración para conmigo. Tampoco penséis en retirar las que se hallan en poder de Duchesne. Si hubiera que borrar del mundo las huellas de todas mis locuras, habría que hacer desaparecer demasiadas cartas y yo no movería ni un dedo para ello. En cargo o en descargo, no temo ser visto tal como soy. Conozco mis grandes defectos y siento vivamente todos mis vicios. Con todo ello moriré lleno de esperanza en el Dios supremo y bien persuadido de que, entre todos los hombres que he conocido en mi vida, ninguno fue mejor que yo.

  1. En 1751, poco después de publicar el Discurso sobre las ciencias y las antes, Rousseau acomete su «reforma» personal, renunciando a una sinecura que se le había ofrecido e instalándose por su cuenta como copista de música. Comienza así un proceso que le alejará progresivamente de los círculos sociales donde se mueven los enciclopedistas y que se ve jalonado por su mudanza al Ermitage, su complicada relación con Sofia d’Houdedot, su disputa con Diderot en torno al pasaje del Hijo natural donde se afirma que «únicamente el malvado está solo», y su ruptura con este, consignada en el prefacio de la Carta a D’Alambert.
    Malesherbes (1721-1794) es quien controla el comercio de los libros en Francia y supervisa las actividades de la censura. Es un hombre culto, reformista y liberal, partidario de la Ilustración. Bajo su autoridad tiene lugar un régimen de permisos tácitos para imprimir obras que no juzga peligrosas para el reino y cuya prohibición podría perjudicar los intereses de Francia en relación con sus competidores extranjeros.

Fuente: J.J. Rousseau. Cartas morales y otra correspondencia filosófica. Carta de Rousseau a Malesherbes.                                                  

Edición de Roberto R. Aramayo. Plaza y Valdés Editores.  

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