Desarme de ETA y Paz en Euskadi. Una muy buena noticia.

Desarme definitivo ETA

De muy buena noticia se ha de calificar lo ocurrido en Bayona el pasado 8 de abril con la proclamación del desarme unilateral y definitivo de ETA, avalado por todos los partidos de Euskadi excepto el PP, entregando las coordenadas de los escondites del armamento a la comisión internacional “Artesanos de la Paz”. Después de casi sesenta años, tantas muertes, tanto miedo y tantas familias destrozadas, es una de las mejores noticias de los últimos años.

Todos los que lo han hecho posible merecen toda clase de agradecimientos: los que han preparado el terreno; los actores políticos y sociales de Euskadi, desde dentro o desde fuera de Euskadi, incluido el gobierno; las entidades que nacieron con la vocación de la paz (Gesto por la Paz y otros) sembrando diálogo y a menudo en medio de incomprensiones; la comisión internacional de mediadores. A todos los que, ahora o antes, han ayudado a que llegara esa hora de “verificación del alto el fuego” y el final definitivo de la violencia de ETA. A todos ellos y ellas el más sincero reconocimiento. Gracias.

Y de manera especial, nuestro reconocimiento a las familias que han tenido alguna víctima. Para ellas, con seguridad, este es un momento muy difícil. Quizás creen que no es posible comprender su dolor y les puede ser más fácil alimentar sentimientos de venganza. Por eso hay que ponerse en su lugar, vendar las heridas, inventar hechos de reconciliación. La compasión, el reconocimiento del error y el perdón son el único camino posible para la paz.

Pero ha sido una proclamación unilateral sin correspondencia por parte del gobierno del Estado. Ante un hecho tan importante parece como si gobierno y asociaciones contra el terrorismo, guiados por sentimientos de aniquilación del adversario, no se alegren. Piden la disolución de ETA y una petición de perdón, sin ningún reconocimiento de las propias culpas. Sobre estos sentimientos no es posible construir la paz.

Si de verdad se quiere la paz en Euskadi hacen falta tres cosas por parte del gobierno:

– el reconocimiento del error que fue la creación del GAL como órgano de terrorismo de Estado, de la culpa de los 27 asesinados y de los más de 50 heridos graves y pedir perdón a las familias de las víctimas.

– el acercamiento de presos. La dispersión de los presos es una medida de castigo contra las familias. Es además inconstitucional e ilegal. La Constitución (art. 25.2) establece que la finalidad de la cárcel es la reeducación y la inserción, no un castigo añadido a la familia; e ilegal ya que según la Ley Orgánica General Penitenciaria hay que “evitar el desarraigo social de los presos” (art.12).

– el reconocimiento de que en Euskadi, al igual que en Cataluña, hay un problema de carácter político que hay que resolver políticamente. La desaparición de ETA no ha resuelto el problema.

La ausencia de los obispos vascos en el desarme de ETA. Aún y así, para los cristianos, la fiesta se vio enturbiada por el triste papel de la Jerarquía eclesiástica de Euskadi. En el proceso de paz los obispos de Vitoria, Bilbao y San Sebastián han quedado lamentablemente fuera de juego. No fueron invitados y, de haberlos invitado, seguramente no habrían aceptado asistir.

En efecto, ETA hace el anuncio del desarme el 18 de marzo y pocos días después, en una entrevista conjunta, los tres obispos manifiestan que lo que ETA anunciaba era “claramente insuficiente”, que esperaban su “disolución definitiva” y advertían que la organización no se estaba rigiendo por parámetros éticos sino “de estrategia política”.

Ante esta declaración diferentes colectivos cristianos los acusaron de alinearse con el ‘poder central’ y de reflejar las posiciones de un único sector, sin atender a los deseos de la mayoría de la sociedad vasca “sobre la desaparición de todas las violencias e injusticias políticas, judiciales, culturales, policiales (tortura y malos tratos), y especialmente de la política penitenciaria”.

Pero había dos testigos de excepción, representantes de dos iglesias: el obispo católico de Bolonia Mateo Zuppi, dirigente la comunidad de San Egidio y el pastor metodista Harold Good, que había participado en los actos de desarme del IRA en 2005, y que había viajado a Euskadi en varias ocasiones.

Mateo Zuppi, con su presencia, enviaba dos claros mensajes. El primero, que lo que allí se estaba desarrollando contaba con la bendición del Vaticano. Y el segundo, dejaba en evidencia a los tres obispos vascos a los que ni el Gobierno de Iñigo Urkullu ni el Vaticano les habían invitado al acto.

Los tres obispos ni siquiera sabían que iría. Al día siguiente manifestaron que se enteraron por la prensa. Y se molestaron. Rápidamente se apresuraron a aclarar que la participación de Mons. Zuppi era a título personal y no en representación de la Santa Sede ni por mandato del Vaticano. José Ignacio Munilla, el obispo de San Sebastián-Donostia, puntualizó que “desde la Secretaría de Estado de la Santa Sede, le habían dicho que podía decir públicamente que el arzobispo de Bolonia acudió al acto sin ningún tipo de bendición ni explícita ni implícita por parte del Vaticano”. Negaba, por tanto, la implicación de la Iglesia en el desarme. Aún más, añadió que en estos tiempos de laicismo era extraño el intento de utilización del “rostro de la Iglesia” en temas civiles (!). Olvidaba el valiente testimonio de compromiso por la paz de sus antecesores en la sede de San Sebastián, los obispos José María Setién y Juan Mari Uriarte y, sobre todo, olvidaba las palabras y hechos del papa Francisco que ha hecho de mediador en tantos conflictos de paz.

Pero la ayuda de la Iglesia vasca en la mediación con ETA tiene una larga historia -casi tan larga como las desavenencias en su seno a la hora de enfrentarse al fenómeno del terrorismo-, lo que en su discurso en Bayona reconoció el presidente de la comisión mediadora. Muchos sectores cristianos de base, casi desde el inicio del conflicto, impulsados por los ideales evangélicos, se han esforzado en tender puentes desde el diálogo e incluso desde los principios de la no-violencia.

Este texto aparecerá como editorial del próximo número de la revista El Pregó

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