¿Quién fue Cervantes?

quien fue Cervantes
©Ilustración: Pedro Moreno

 

Hay autores cuyas vidas son tan anodinas que nadie se interesaría por ellas a no ser por sus escritos. Lo que vivieron y lo que escribieron siguen cauces distintos. Es, por ejemplo, el caso de Calderón. En cambio, hay autores cuyas vidas nos brindan testimonios apasionantes. La de Cervantes es inte­resantísima y muy relacionada con sus obras. Él mismo sin duda la consideraba novelesca, mucho más apasionada e intensa que las fingidas historias de los libros de caballerías. Las fuentes para conocerla son unos documentos que, en su mayoría, tratan de su servicio a la corona como militar, comisario y recaudador de impuestos. Leídos —o escudri­ñados— con conocimiento de las prácticas comerciales, brotan a veces conclusiones jugosas de las secas líneas. Aparte de estos documentos, que iluminan bien sólo ciertas etapas y actividades de su biografía, tenemos que sacar conclusiones de la autopresentación de Cervantes en sus prólogos y dedicatorias, y de sus obras. Un aviso previo: como era el caso de muchos escritores y artistas. Cervantes solía cargar las tintas describiendo su mala posición econó­mica, para animar al mecenas a una donación más generosa.

Biografía

Cervantes nació en 1547 en la joven ciudad universitaria de Alcalá de Henares, la ciudad castellana más intelectual del siglo XVI. Sus antecesores, por sus oficios y por la falta de datos sobre su madre, tienen que haber formado parte del grupo llamado, sin caridad, «cristianos nuevos». (No hay término para referirse a este grupo que no sea despectivo.) Esta gente descendía de judíos españoles, un grupo culto y trabajador forzosa o sinceramente convertido al catolicismo durante los siglos XIV y XV. Muchos de ellos, gente margi­nada social si no económicamente, en sinceridad y actividad religiosa sobrepasaban a los más seguros cristianos viejos. Víctimas de leyes cada vez más discriminatorias, que los excluían de las universidades, de los altos cargos y de las colonias americanas, recurrían a menudo a documentación fraudulenta para establecer su llamada «limpieza de sangre». Se dedicaban a la medicina, profesión típica de los judíos, y a los oficios despreciados por los hidalgos: los oficios manuales como la sastrería, zapatería u orfebrería, la admi­nistración pública y particular, la banca.

El padre de Cervantes fue cirujano, oficio sanitario algo inferior al de médico. Tuvo altibajos económicos, y mudó su familia de una ciudad a otra, según consta en los pocos documentos de esta etapa. Abandonó la ciudad humanista de Alcalá, entonces, cuando Miguel era joven. Por ello su influjo es tenue, pero también innegable. Luis Astrana Marín, en su biografía de Cervantes, ofrece una buena descripción de la Alcalá donde Miguel pasó sus primeros años:

“Ved aquí una oficina singular del pensamiento, una vasta forja del espíritu. Se hablan todas las lenguas, las clásicas, las orientales y las vivas. Se examinan todos los problemas científicos, todos los misterios teológicos, todas las conquistas del método experimental. Allí está el códice, la esfera y la retorta, la espátula, el compás y el tetragrama. Las torres mismas son otra rama de la Universidad. La ciencia y el arte viven allí felices, y la muerte parece una amenaza irreal. La propia vejez respira juventud entre la juventud, y una y otra entonan un himno triunfal a la vida.

 

Casa natal de Cervantes. Alcalá de Henares
Allí se corona a los vates: Arias Montano recibe el laurel en 1551, y las enseñanzas de Cipriano de la Huerga despiertan en Fray Luis de León la levadura oriental de sus antepasados. Las riberas de Henares se pueblan de ninfas y de pastores. Mateo Alemán sólo aquí será optimista. Por ello, sólo aquí podía nacer el regocijo de las musas.”

 

El primer dato para conocer directamente la personalidad de Miguel es de 1569. En una colección de elegías reunida por Juan López de Hoyos, director del «Estudio de Madrid», aparece Miguel como autor de cuatro poemas. Más signi­ficativo, encontramos que López de Hoyos le califica de «caro y amado discípulo». Es de suponer, entonces, que fue un estudiante sobresaliente, el predilecto del maestro. Por el erasmista López de Hoyos disfrutará de otro contacto con la tradición humanística española que Felipe II pronto des­truiría. Los seguidores de Erasmo de Rotterdam, quien tuvo más influjo en España que en cualquier otro país —incluido el suyo— estimaron una religiosidad interna y personal y despreciaron las ceremonias religiosas y la vida monástica. Cervantes evidentemente recibió estas enseñanzas.

Pronto encontramos a Cervantes desterrado por una riña cuyos detalles no sabemos. Sirve en Italia al cardenal Acquaviva. Entra en la marina, y según nos cuenta él mismo, participó en la batalla de Lepanto, una gran victoria de los galeones cristianos sobre los turcos. Por un arcabuzazo perdió el uso de la mano izquierda. Cervantes era, desde entonces, un minusválido. Su mano destrozada era muy visible y sin duda objeto de constantes comentarios y explicaciones.

Durante el viaje de vuelta a España, Cervantes fue aprisionado por piratas argelinos. Entonces comienzan sus cinco años de cautiverio en Argel, una estancia que le marcaría hasta los tuétanos y que constituye, en opinión de Alonso Zamora Vicente y Juan Goytisolo, el eje de su vida. En lugar de ser vendido como esclavo, suerte de los cautivos pobres, fue  retenido en espera de un rescate elevado e imposible de reunir para su familia. Según informaciones que sugieren pero no aclaran unas enormes lagunas, Cervantes organizó varios intentos de huida, fracasados todos ellos. Increíblemente, no recibió ningún castigo, y se hizo amigo de sus captores. Cinco años después pudo volver a España gracias a los esfuerzos de su familia y de un fraile trinitario, Juan Gil. Entre sus actividades en el cautiverio figuraba la composición literaria.

Llevaría siempre consigo un anhelo de libertad y una honda repugnancia hacia la crueldad de los administradores musulmanes. Otra vez en España, cuyo suelo no había pisado desde hacía más de diez años, Cervantes buscaba un empleo seguro al mismo tiempo que se dedicaba a la composición literaria. Sin éxito, intentó conseguir un puesto administra­tivo en las Indias. Consta cierta resonancia y lucro como autor de comedias: vendió «veinte o treinta» de ellas, que fueron representadas en los teatros de Madrid. Con pocas excepciones, estas comedias se han perdido.

También Cer­vantes pudo vender la Primera Parte de su Galatea, publicada en 1585. Era la más filosófica de todas las llamadas «novelas pastoriles», y es a ella a la que Cervantes expresa más veces el deseo de volver. Esta primera etapa de composición literaria se cierra con lo que Cervantes llama «el alzamiento de Lope con la monarquía cómica». La aparición del fecundo Lope, quien más que Cervantes escribía para el gusto del público, significaba que las comedias de éste no se vendían.

Hacia 1584 nace el único vástago de Cervantes: su hija Isabel, a quien después protegería económicamente. Pero los datos del amorío con la madre de su hija, Ana Franca de Rojas, nos faltan. El mismo año de 1584 Cervantes se casa con Catalina de Palacios, mujer mucho más joven y econó­micamente mejor acomodada que él, del pueblo toledano de Esquivias. Aunque no lo sabemos directamente, el matrimo­nio, sin descendencia, parece haber sido infeliz, y Cervantes nunca se refiere a su esposa.

Entonces consigue unos encargos administrativos: procurador de la Armada y recau­dador de impuestos atrasados en el reino de Granada. Los dos eran trabajos regularmente pagados, aunque sin prestigio y conllevando la necesidad de enfrentarse con gente que no quería recibir, por sobrados motivos pecuniarios, ni a procuradores ni a recaudadores.

Pero estos cargos aparentemente ingratos tenían la que sería para Cervantes una ventaja fundamental: la oportuni­dad de viajar por Andalucía. Dejando a su mujer bien respaldada materialmente, la abandona y se marcha de la casa marital. Es entonces cuando Cervantes, como después don Quijote, va de pueblo en pueblo. Trasnocha en ventas pobres, pero tiene algo que estima mucho: «la santa libertad». Sus diversiones son la conversación y la lectura. Durante este período sucedió su famoso encarcelamiento en la cárcel real de Sevilla, aludido en el prólogo a la Primera Parte de Don Quijote.

Las actividades posteriores de Cervantes nos son menos conocidas. Cuando la corte se traslada a Valladolid, a principios del siglo XVII, Cervantes se establece allí tam­bién, acompañado no de su mujer sino de su hermana y de otras parientes, costurera de nobles una de ellas. Parece que tuvo algún empleo administrativo particular. Fue entonces cuando acabó y publicó la Primera Parte de Don Quijote. Aunque la cronología de su desarrollo no está del todo clara, cuando la remata, aprovechando materiales ya escritos, se publica enseguida. Contrario a lo que se cree, Cervantes no tuvo dificultad en publicar sus libros acabados, aunque no con las recompensas elevadas que quisiera haber percibido.

Con la Primera Parte del Quijote en la calle, Cervantes ganó la primera entrega de la fama que siempre anhelaba, si bien  como autor «festivo», es decir cómico. En la última década de su vida, cuando tenía más de cincuenta y ocho años, consiguió el apoyo económico del Conde de Lemos, que le permitió dedicarse completamente a la escritura. Acaba en unos pocos años las Novelas ejemplares, obra que le saca de la poco  prestigiosa categoría de autor humorístico y le concede el aplauso general. Entonces se le califica, por primera vez, de «honra y lustre de nuestra nación, admiración y envidia de las extrañas». Comienza a tener admiradores y seguidores, entre ellos Tirso y Góngora. Entonces, también, le es posible publicar una colección de sus comedias y entremeses que en la portada declara, en desafío, «nunca representados».

En sus últimos años, enfermo y amargado por el infructuoso intento de conseguir un cargo en Nápoles, escribe constantemente. Con la colaboración activa de su antiguo rival Lope, aparece un ataque de mal gusto en la forma de la continuación de «Avellaneda» del Quijote, y se siente obligado a detenerse para acabar rápidamente su propia continuación, paralizada años atrás. Publica el Viaje del Parnaso, un poema de crítica literaria. Acaba apresu­radamente la que considera su obra maestra, Los trabajos de Persiles y Sigismundo, cuatro días antes de morir, y que publica, póstuma, su viuda. Aparte de las comedias de cuyos manuscritos no disponía porque las había vendido, se habían publicado todas sus obras acabadas. Con pocas excepciones, los manuscritos de sus obras editadas y de las inacabadas se perdieron.

¿Qué tipo de hombre fue Cervantes?

Honrado, desde luego. Lo demuestran tanto el cuidado que tuvo para proteger a su hija natural y a su mujer, como los avales que consiguió para poder trabajar con dinero de la corona. También es notable su sentido de la responsabi­lidad del escritor a estimular al lector a vivir y obrar bien.

Cervantes también era hablador, buen bebedor, asiduo de tabernas y jugador de naipes. Como don Quijote, estaba más a gusto entre gente humilde que en palacio. El pueblo llano le parecía por lo general más sensato, inteligente y honrado que la cortesana aristocracia, cuya ignorancia cuando no corrupción—le era insoportable. Entre la gente sencilla Cervantes encontraba, a veces, verdaderos filósofos, perso­najes peculiares con quienes conversar y de quienes aprender con alegría.

Era la conversación, entonces, un medio de satisfacer su curiosidad insaciable, sus ganas de conocer y entender. Era sin duda un hombre de amistades. Entre ellas se cuentan su maestro poético Pedro Laínez, los poetas Cristóbal de Mesa, Pedro de Padilla, Luis Barahona de Soto, Francisco de Figueroa, López Maldonado, Juan de Jáuregui, y Vicente Espinel. Ya mayor, como hemos dicho, tuvo admiradores y hasta seguidores. También sabemos que fue amigo de Tomás Gutiérrez, dueño de una lujosa casa de huéspedes en Sevilla. Las burlas burdas de sus rivales Lope de Vega y «Avella­neda», de quien trataremos más adelante, le hirieron mucho. No tenemos noticia, sin embargo, de ninguna amistad suya de toda la vida, ni ninguna que sepamos haya sido íntima.

Tampoco tenemos noticia de una amistad femenina, y sus relaciones emocionales con su mujer y con Ana Franca, la madre de su hija, parecen haber sido parcas. Era un hombre rodeado de compañeros, pero al mismo tiempo solitario y callado, sin este «verdadero amigo», de toda la vida, tan apreciado en sus obras.

Otro medio de satisfacer su curiosidad era viajar. Cer­vantes viajó mucho, y conocía Italia, Portugal, el imperio otomano, Barcelona y Andalucía. Quería viajar más: a las Indias, por ejemplo, y quería volver a Italia. Si no podía viajar lo reemplazaba con la lectura. Esta tiene que haber sido su diversión favorita durante muchos años, según los muchí­simos libros, entre ellos libros de historia, geografía, ciencias y matemáticas, que muestra haber conocido. Era uno de los hombres de más ancha formación que había en la España de su tiempo. En sus propias palabras: «quien anda mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho».

Saber mucho, en un mundo en que la libertad de prensa no existiría hasta siglos después, era carga a veces dura. Siendo la sociedad española de su tiempo más opresora de los intelectuales que de los criminales, comunicar, un punto de vista disidente sin rodeos llevaría a uno directamente a los grilletes, cuando no a la hoguera. Pero las opiniones políticas y religiosas de Cervantes, nacidas de sus experien­cias más que de la lectura, salen fácilmente de sus obras.

Quería una sociedad racional y por ello justa, y la que le tocó vivir visiblemente distaba mucho de serlo. Todas las almas son creadas iguales, recuerda el equitativo Cervantes, y cada uno es hijo de sus obras. Las obras de la corrupta aristocracia, cuando hacían otra cosa que entretenerse, no correspondían con su posición en la sociedad. Más honradez y menos hipocresía se podía encontrar entre los muleros, picaros y prostitutas: hasta los criminales tenían honra. Más justicia había entre los moros. Resultado de la venalidad de la aristocracia, nobleza y realeza es que su país, tan rico, iba a la ruina.

Como cualquier pensador de su tiempo, Cervantes disen­tía de varias posiciones oficiales de la iglesia. La abundancia de conventos y monasterios, ricos muchos de ellos, le parecía escandalosa. El culto a los falsos santos y milagros, el mal cumplimiento de los votos religiosos, las luchas entre facciones cristianas y la falta de unidad contra su «enemigo común», los turcos, le desagradaban mucho. En un sentido más íntimo, se encontraba confuso ante la contradicción entre lo que le decían sus observaciones y razón, y las creencias a que le obligaba la fe. Estaba, entonces, perplejo ante el gran problema religioso: la existencia del mal.

Por último, parte del deseo de Cervantes de vivir, en todos los sentidos, era el de sobrevivir a la muerte. La perspectiva tradicional de una vida eterna en el cielo no parece haberle satisfecho. Para permanecer vivo en la tierra el mejor remedio es la literatura. Las obras literarias, pues, son independientes de una forma física, resisten el paso del tiempo mejor que los palacios, los monumentos, las láminas de bronce o piedra. De los griegos desapareció su pintura completamente, junto con la mayor parte de su escultura y sus monumentos. Sus creadores están olvidados, o no son sino nombres, completa e irreparablemente separados de sus creaciones. También los historiadores, los científicos, hasta los filósofos son conocidos de pocos.

Pero el griego a quien conoce todavía toda persona culta es Homero. Ser autor de literatura ofrece la mejor defensa contra el olvido. ¿Quién tiene mayor fama, pregunta un teórico leído por Cervantes (Sánchez de Lima): Aquiles y Héctor por lo que hicieron, u Homero y Virgilio por lo que escribieron? Por eso figurar en un libro —reproducirse en muchos ejemplares— debe haber sido para Cervantes, como para su héroe don Quijote, motivo de una enorme satisfac­ción.

Participar en la literatura europea más avanzada de su época, la española, poder contribuir a ella, era causa de orgullo tanto personal como patriótico. Le hubiera emocio­nado hondamente a Cervantes saber que sus obras están en la cumbre de la literatura española, que han sido traducidas a todos los lenguajes escritos del mundo y que hoy en día, después de casi cuatro siglos, se leen, se celebran y se estudian con más interés que nunca.

 

Fuente: Capítulo primero del libro de Daniel Eisenberg Cervantes y Don Quijote