Marx sin fronteras

marx sin fronteras samir amin

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Marx no es «un» filósofo, «un» historiador, «un» economista, un «politólogo», «un» sociólogo. Ni siquiera es un sabio de primera magnitud en cada una de estas disciplinas. Y todavía menos un universitario de talento que habría preparado un buen plato multidisciplinar con todos estos ingredientes. Marx se sitúa de entrada mucho más allá. Marx inicia la crítica radical de los tiempos modernos, y en primer lugar la del mundo real. Esta crítica radical del capitalismo exige y permite descubrir el fundamento de la alienación mercantil y de la explotación del trabajo (indisociables). El estatus fundamental del concepto de valor emerge de esta crítica radical; solamente así es posible entender las leyes objetivas que gobiernan la reproducción del sistema, subyacentes a los movimientos de superficie que aprehende la observación directa de la realidad. Y después las de los discursos que conforman esta realidad, los discursos de la filosofía, de la economía, de la sociología, de la política. Esta crítica radical desvela entonces su auténtica naturaleza, que, en última instancia, sigue siendo apologética, legitimadora de las prácticas del poder dominante del capital.

«Ser marxista», para mí, consiste en proseguir la obra iniciada solamente por Marx, aunque este inicio haya sido de una potencia sin igual. No consiste en quedarse en Marx, sino en partir de él (La crisis. Salir de la crisis del capitalismo o del capitalismo en crisis, p. 185 y ss.).

Marx no es un gurú. Ni un profeta en el que todas las conclusiones que haya podido sacar de su ambición de hacer esta doble crítica radical de la realidad y de sus lecturas son necesariamente «correctas», «definitivas», lo que transformaría su obra en una teoría cerrada, conclusa. Marx no tiene fronteras porque la crítica radical que él inicia carece ella misma de fronteras, es siempre incompleta, es necesariamente objeto de su propia crítica («someter el marxismo formulado en un momento dado a la crítica marxista»), tiene que enriquecerse incesantemente con la crítica radical de lo que el sistema real produce de nuevo como nuevos campos abiertos al conocimiento.

Pero Marx ha creado escuela. Las escuelas de los marxismos históricos se han constituido siguiendo su estela, se han enfrentado, han combatido (a menudo con violencia) como lo hacen todas las escuelas teológicas. Sus exégesis son «antimarxismo» por naturaleza. El marxista solo puede ser un marxista independiente. Quienes han tratado de serlo hasta un pasado no muy lejano han sido siempre tildados de «desviacionistas» por las escuelas de los marxismos teológicos. La posición en que se encuentran hoy tal vez no es tan incómoda.

El caso es que los marxismos históricos que han ocupado el primer plano han sido por ello mismo lo que no dudo en calificar de «marxismo vulgar». De un modo general, este marxismo vulgar yuxtapone dos discursos.

Existiría por una parte una ciencia económica correcta, la economía política marxista, crítica y complemento de la ciencia económica ricardiana considerada insuficiente y en oposición absoluta a la supuesta ciencia económica llamada neoclásica, discurso ideológico sin valor científico. Y existiría por otra parte una ciencia de las sociedades, el materialismo histórico, basado en una proposición fundamental: que la lucha de clases es el motor de la historia. Estos dos capítulos del marxismo serían complementarios. Su unidad procedería de la del método común que los inspira: la filosofía del materialismo dialéctico. Nuestro propósito aquí no es refutar esta lectura del marxismo y sustituirla por otra, sino simplemente examinar cómo se articulan en el capitalismo las leyes económicas y las luchas de clases.

El subtítulo de El Capital «Crítica de la economía política «no significa «crítica de una economía mala» (ricardiana) a sustituir por una crítica «buena» (marxiana), sino crítica de la supuesta ciencia económica, denuncia de su auténtica naturaleza (el discurso de la burguesía sobre su propia práctica) y por tanto de su estatus epistemológico, denuncia de sus límites e invitación a comprender que esta supuesta ciencia que quisiera ser autónoma respecto al materialismo histórico no puede serlo.

Nuestra tesis es, pues: 1°) que el materialismo histórico constituye la esencia del marxismo, y que, por consiguiente, 2°) que las leyes económicas del capitalismo tienen un estatus epistemológico que las subordina a las del materialismo histórico; 3°) que las leyes económicas tienen, por otra parte, un estatus teórico en el modo capitalista diferente del que tienen en los modos precapitalistas, e incluso, 4°) que, hablando con propiedad, no hay leyes económicas más que en el mundo capitalista y que por tanto la «ciencia económica» no es una ciencia general de los modos de producción, sino la ciencia particular del modo capitalista; 5°) que las leyes económicas del capitalismo tienen una existencia objetiva; y finalmente, 6°) que estas leyes se rigen en última instancia por la ley del valor. Así, para nosotros, la lucha de clases en el capitalismo en general y en el sistema imperialista mundial en particular opera sobre una base económica determinada y modifica a su vez esta base.

Las proposiciones aquí formuladas se desarrollarán en este libro y afectarán a los dominios principales relativos a: 1°) la acumulación en el modo de producción capitalista (capítulo 1); 2°) el equilibrio monetario y la teoría del tipo de interés (capítulo 2); 3°) el reparto del excedente entre capitalistas y hacendados y la teoría de la renta de la tierra (capítulo 3); 4°) la acumulación a escala mundial en el sistema imperialista, la jerarquización de los precios de la fuerza de trabajo y la renta imperialista (capítulo 4).

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Yo fui un lector precoz de Marx. Hice esta lectura del El Capital y de las demás obras de Marx y Engels disponibles en francés de una forma que creo poder calificar de atenta durante mis estudios universitarios, entre 1948 y 1955. Elegí asimismo leer atentamente a los autores criticados por Marx (Smith, Ricardo, Bastiat, Say y otros) en vez de contentarme con los «cursos universitarios» de economía que presentaban sus tesis.

Este trabajo me produjo ciertamente una gran satisfacción intelectual y me convenció de la fuerza del pensamiento de Marx. Pero al mismo tiempo me dejó con ganas de más, puesto que me planteaba una cuestión central, la del «subdesarrollo» (término nuevo que entonces empezaba a utilizarse) de las sociedades contemporáneas de Asia y África, para la que no encontraba la respuesta en Marx. Los textos que leí más tarde, cuando fueron publicados en francés por vez primera en 1960 –los Grundrisse–dejaron igualmente sin saciar mi apetito intelectual.

Lejos de «abandonar» a Marx y de considerarlo «superado», llegué simplemente a la conclusión de que su obra había quedado inacabada. Marx no había podido completar su obra como se había propuesto hacerlo, entre otras cosas debido, por una parte, a la integración en su análisis de la «dimensión mundial» del capitalismo, y por otra, a la articulación sistemática de la cuestión del poder (lo político) y de la economía (capitalista y precapitalista), más allá de las indicaciones más que brillantes que pueden proporcionar sobre el tema su tratamiento de las revoluciones francesas (desde la Gran Revolución a la de 1871, pasando por la de 1848).

La cuestión del «desarrollo» (desigual) que caracteriza a la realidad del capitalismo mundializado me llevó pues, ya en mis años universitarios, a centrar mi reflexión en la primera de estas dimensiones. Mi tesis de doctorado (La acumulación a escala mundial, 1957) lo atestigua. Dicha tesis constituyó para mí un punto de partida, una primera etapa en el trabajo que llevé a cabo durante los cincuenta años que siguieron. No voy a describir de nuevo aquí los momentos sucesivos de este desarrollo. Pero creo que es útil que llame la atención sobre la formulación de conjunto de la cuestión del «desarrollo desigual» que propuse en 1973 en el libro que lleva este título y en otras dos obras que escribí por la misma época –La ley del valor y el materialismo histórico (1977) y El intercambio desigual (1973).

Para llegar a esta formulación elegí centrar mi reflexión en estas dos direcciones, inspirándome directamente en la magnífica lección que sobre esta materia nos había dado el propio Marx. Primero me sumergí en una lectura atenta de las grandes obras de la economía vulgar producidas después de Marx, en respuesta a Marx, como Marx nos había enseñado que teníamos que hacer mediante su crítica de la economía «clásica» y de su deriva vulgar anterior. Esto implicaba la lectura directa de los trabajos de Bohm Bawerk, Walras y otros productores de los fundamentos de la nueva economía «subjetivista» hasta las formulaciones de Keynes. Esta lectura crítica ya la había propuesto en la primera versión de La acumulación (1957) y la había retomado en El desarrollo desigual. «Leer a Marx» hoy –es decir, después de Marx– impone esta lectura crítica que a mí me convenció del carácter vulgar, ideológico en el sentido funcional del término, de la nueva economía burguesa, posmarxista y antimarxista.

Marx, en su momento, no se había limitado a la crítica teórica de sus predecesores. Les había enfrentado al mismo tiempo con la presentación ordenada de una inmensa masa de datos empíricos. Del mismo modo, yo pensaba que la crítica de la economía burguesa posterior a Marx no era suficiente. Y que era igualmente necesario completarla con la presentación ordenada de los «hechos» que ilustran la realidad del despliegue mundializado del capitalismo. En La acumulación propuse un primer tratamiento de esta masa de datos empíricos, y luego la actualicé respecto a las publicaciones de los años 1970. Proseguí este trabajo observando más de cerca los desarrollos en curso de la época -la de ese primer «despertar del Sur» representado por el período de Bandung (1955- 1980). Lectores atentos de mis escritos-principalmente británicos y japoneses- han destacado la importancia de estos «estudios empíricos». La continuación tiene dos facetas: la economía, la llamada economía del desarrollo, por una parte, y la profundización del análisis de los mercados (y del rol de las anticipaciones), por otra. La primera de estas facetas me pareció en su conjunto más bien pobre, incapaz de ir más allá de la visión decretada de las»etapas ineludibles del crecimiento». Yo había formulado la crítica radical de esta visión mecanicista y vulgar tres años antes incluso de que lo hiciera el propio Rostov en su obra de 1960. Y desde entonces la «economía del desarrollo» propuesta por las principales instituciones encargadas de las intervenciones al servicio de la misma (el Banco Mundial, los programas de «cooperación», las Universidades) no ha ido más allá de estas pamplinas.

La segunda faceta prosiguió, a mi modo de ver, la deriva vulgar llevándola al término de su lógica: la construcción de una «economía imaginaria» -la de los mercados generalizados»- sin relación alguna con el capitalismo realmente existente. La centralidad del concepto vacío e irreal de «previsiones», necesario para esta construcción, culmina dicha deriva. La «teoría económica» se ha convertido en una escolástica que se dedica a la discusión de algo muy parecido al «sexo de los ángeles», pensando, como sus predecesores de la Edad Media, que la respuesta a esta cuestión es el medio por excelencia a partir del cual se puede comprender el mundo. Simultáneamente, esta deriva, que se proclama «empírica», se asigna el objetivo de integrar en las tesis que propone una masa cada vez mayor -pero desordenada- de datos empíricos. El método matemático que este tratamiento impone no tiene por qué ser rechazado de entrada. Pero la sofisticación continua de sus métodos no consigue abolir el carácter absurdo -irrealista- de las cuestiones que plantean sus utilizadores: las «previsiones» (el sexo de los ángeles).

Ni la crítica que yo dirigí a la teoría vulgar y a sus «aplicaciones» para-empíricas, ni las contra-proposiciones que desarrollé, se proponían como contrapunto integrar la masa ordenada de datos en una teoría del capitalismo mundializado realmente existente, aunque no me parecieron suficientes para comprender la totalidad de la realidad del desarrollo desigual. La articulación de la dimensión política/ideológica/cultural y de la relativa a la gestión económica de la sociedad, constituye en efecto el eje central de una lectura materialista histórica ineludible. Y en este campo mi lectura de Marx me había convencido, como ya he dicho, de que sus primeras proposiciones eran una invitación a atreverse a avanzar más. Cosa que yo traté de hacer proponiendo, por una parte, un concepto general del «modo de producción tributario», fundamento de la gran familia de las organizaciones de las sociedades de clase avanzadas pre-capitalistas, estableciendo la oposición entre la articulación poder dominante/ economía dominada y la articulación inversa propia del capitalismo, y sacando de ello unas cuantas conclusiones importantes relativas a las formas de alienación propias de las sociedades históricas antiguas y de la sociedad capitalista moderna. Y, por otra parte, buscando en la variedad de las formas tributarias el movimiento de las contradicciones concretas que operaban en ellas, acelerando o retardando el avance del capitalismo. Traté pues de integrar las cuestiones planteadas desde el punto de vista del materialismo histórico y las relativas a la dimensión económica, como podrá constatar el lector de Eldesarrollo desigu,al y de La ley del valor y el materialismo histórico.

Mi trabajo no ha sido nunca el de un marxólogo. Ya he dicho y repetido que para mí «ser marxista» era partir de Marx y no quedarse en él o en sus principales sucesores (Lenin, Mao), fundadores de los marxismos históricos.

El eje central de las conclusiones de mis esfuerzos viene definido por la formulación de una «ley del valor mundializada», coherente con los fundamentos de la ley del valor propia del capitalismo descubierta por Marx, por una parte, y con las realidades del desarrollo mundializado desigual, por otra.

Las que yo osaría calificar -sin falsa modestia- de mis propias contribuciones al enriquecimiento de un «Marx sin orillas» son diversas, concretamente desde el punto de vista de su importancia por lo que respecta a la concepción de la naturaleza y al alcance de las principales contradicciones y conflictos a ella asociados en el capitalismo contemporáneo.

En mis contribuciones «dispersas» no he dudado en «completar» las proposiciones de Marx, ni en «corregirlas». Destacaré por tanto aquí mis desarrollos relativos al papel del crédito en la acumulación (en respuesta a la cuestión de la realización de la plusvalía planteada por Rosa Luxemburg); mis análisis centrados en el crecimiento del departamento III de absorción de la plusvalía; mis críticas a las teorías de Marx relativas a las determinaciones del tipo de interés y de la renta de la tierra, y mis propuestas alternativas en estos campos, mis críticas a la economía vulgar. Estas cuestiones son las que me han llevado a referirme a El desarrollo desigual.

La principal de mis contribuciones es la relativa al paso de la ley del valor a la ley del valor mundializada, basada en la jerarquización -también ella mundializada- de los precios de la fuerza de trabajo en torno a su valor. Asociada a las prácticas de gestión del acceso a los recursos naturales, esta mundialización del valor constituye el fundamento de la renta imperialista. Considero que esta gobierna el despliegue de las contradicciones principales del capitalismo/imperialismo realmente existente y los conflictos asociados, de modo que las clases y las naciones están imbricadas en sus luchas y conflictos, con toda la complejidad de sus articulaciones específicas y concretas. Considero que una lectura de los siglos XX y XXI no puede ser otra, precisamente, que la de la emergencia-o el «despertar»- de los pueblos y naciones de las periferias del sistema capitalista/imperialista mundializado.

Por supuesto, hay otras muchas contribuciones al enriquecimiento de un Marx sin orillas, aportadas por otros marxistas. No las ignoro, pero esta obra no pretende ser una «enciclopedia» dedicada a hacer un inventario total de las mismas.

3

 

Para orientar mi exposición de un «Marx sin orillas» he optado por retomar mi libro El materialismo histórico y la ley del valor y proponer una especie de nueva edición revisada y ampliada del mismo.

En los muchos préstamos que utilizo aquí de ese viejo libro (1977), he conservado lo esencial de la argumentación, procurando que fuera lo más concisa y precisa posible.

El recurso a formulaciones de cariz matemático no ha de asustar a nadie. Las ecuaciones de un sistema que se reduce a dos sectores (o a dos productos) puede leerlas un alumno de secundaria. Unas ilustraciones numéricas muy simples facilitan la comprensión. El propio modelo generalizado, presentado en un recuadro, es accesible a todos. Una formulación con n ecuaciones (en lugar de 2) que recurriera a la utilización del álgebra matricial no cambiaría en absoluto la validez de las conclusiones (aunque sí resultaría poco legible a un lector no versado en matemáticas).

Los nuevos párrafos llaman la atención del lector sobre las cuestiones que interpelan a la exposición retenida. He procurado hacer presentaciones sintéticas que, aún siendo suficientes en sí mismas –espero– no excluyen volver a lecturas más minuciosas y a fin de cuentas más precisas.

Esta obra, por lo demás, no recurre a otras contribuciones hechas por su autor en campos que no tienen relación directa con el eje central en torno al cual se articulan los argumentos: el que constituyen el valor y la ley del valor.

Esas «otras contribuciones» se refieren: (i) a la «sucesión» de los modos de producción que preceden al capitalismo, cuestión acerca de la cual me he separado claramente de las propuestas de los marxismos históricos (véase a este respecto El desarrollo desigual); (ii) a los desafíos a los que ha de hacer frente la transición desde el capitalismo mundializado al socialismo -la principal cuestión política de nuestra época. (Esta referencia a mis intervenciones en dichos debates puede encontrarse también en La crisis. Salir de la crisis del capitalismo o salir del capitalismo en crisis).

Esta obra, que bebe abundantemente de La ley del valor y el materialismo histórico, llega, creo yo, en un buen momento. Este libro, que completa El desarrollo desigual, trata en efecto de mi propuesta central relativa a la ley del valor mundializada. Ahora bien, la crisis actual gira totalmente en torno a las diferentes evoluciones posibles de las relaciones sociales e internacionales que gobiernan la forma de esta ley, bajo el efecto combinado de las luchas sociales en las sociedades del centro y de las periferias del capitalismo contemporáneo y de las luchas entre las sociedades imperialistas dominantes y las de las periferias dominadas, que ponen en entredicho la búsqueda de la dominación de lo que yo llamo el «capitalismo tardío de los oligopolios generalizados, financiarizados y mundializados».

 

Fuente: Introducción del libro de Samir Amin La ley del valor mundializada. Por un Marx sin fronteras.

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