Clases, Naciones y Estados en el materialismo histórico

Clases, Naciones y Estados en el materialismo histórico

La historia sirve al combate ideológico que opone a los que quieren cambiar la sociedad (una sociedad, en un sentido determinado) y a los que quieren perpetuar sus características esenciales. No hemos de creer en las profesiones de fe de aquellos que pretenden situarse al margen de este conflicto, porque son los hombres quienes hacen su historia, aunque esto ocurra en unas condiciones objetivamente determinadas. En efecto, las leyes de  la sociedad no actúan como las leyes de la naturaleza; y no hemos de creer en una cosmogonía única que englobe la Naturaleza y la Sociedad (aunque sea calificada como dialéctica materialista). En cambio, es cierto que la calidad de las reflexiones de los que quieren cambiar la sociedad es necesariamente mejor que la de  los que quieren inmovilizarla. La razón de esto es que la sociedad cambia. Aquellos que quieren detener su movimiento se ven así obligados a negar la evidencia, y, con este objetivo, a extraviar la reflexión en un detalle que justifique su negativa a abstraer y generalizar, acto propio de toda actitud científica, para sustituirlo por una reflexión moral –platónica o confuciana. Pero aquellos que quieren cambiar la sociedad no son dioses que vivan al margen   de ella: entre los objetivos que creen asignarse, los que nos ofrecen efectivamente (con frecuencia implícitamente) y los resultados obtenidos, hay un amplio  margen.

Vamos a tratar aquí de ofrecer un balance, provisional, modesto, pero peligroso (porque reclama todo tipo de críticas), de lo que la historia nos enseña. Presuponemos que solo el presente permite dar un sentido al pasado, y creemos ser capaces de situarnos en el punto de vista de los que quieren una sociedad sin clases. Además, pretendemos que el combate por la liberación social de la explotación de clases se halla ligado indisolublemente al combate por la liberación nacional de los pueblos de Asia y de África. Expresaremos este balance en la forma de siete tesis establecidas en el desarrollo de este libro, resumidas en sus conclusiones teóricas como sigue:

Primera tesis: La historia universal puede ser comprendida. Podemos elevarnos por encima de lo que permite la sola explicación inmediata, la que produce la mejor historia de acontecimientos, sobre la base de un método empírico-ecléctico que recurre a causalidades directas múltiples, provenientes de planos diferentes (esta ideología explica aquel comportamiento, aquel hecho económico lleva consigo esta evolución, etc.). De tal modo que descubrimos: 1) que un conjunto de conceptos de alcance universal, que son los conceptos del materialismo histórico, constituye el medio de este análisis (estos conceptos no son decretados a priori, sino que por el contrario son inducidos por la historia real);   y 2) que la evolución de todas las sociedades humanas permite extraer algunas grandes tendencias universales que resultan de la misma dialéctica fundamental (fuerzas productivas/relación de producción).

Segunda tesis: La historia universal es siempre historia de desarrollos desiguales. El desarrollo desigual es universal, aunque su naturaleza, el terreno en que opera, la manera a través de la cual se expresa, no constituyen una eterna repetición de unas cuantas leyes simples. La periodización de la historia (de un segmento de la humanidad o, para la época moderna, de la historia mundial) debe estar fundada en la dialéctica tendencias generales/ desarrollos desiguales por medio de los cuales estas tendencias se expresan.

Tercera tesis: La historia, en último análisis, es la historia de la lucha de clases. Pero las clases que definen, oponiéndose dialécticamente, los modos de producción que constituyen las formaciones sociales sucesivas que corresponden a los diferentes niveles de desarrollo de las fuerzas productivas, se hallan insertas en unas sociedades definidas, delimitadas por las fronteras del Estado y –en ocasiones– de la nación.

Cuarta tesis: Algunas sociedades constituyen un sistema de formaciones sociales cuando las relaciones que mantienen entre ellas son suficientemente densas como para que las oposiciones y alianzas de clases no puedan ser ya analizadas válidamente limitándose al nivel de cada una de ellas, sino que han de ser consideradas al nivel global del sistema. En particular, el mundo contemporáneo constituye un sistema, el imperialismo.

Quinta tesis: La reproducción social de la sociedad capitalista no podría ser comprendida únicamente en el nivel del funcionamiento económico interno de los Estados-naciones del sistema capitalista mundial. Esta reproducción puede ser comprendida solamente si, por una parte; se integra la instancia estatal en la regulación económica y, por otra parte, se toma como campo del análisis de la dialéctica lucha de clases/leyes económicas, no cada Estado-nación por separado, sino el conjunto del  sistema.

Sexta tesis: La existencia de las naciones conlleva la de cuestión nacional y el desarrollo desigual da a esta cuestión una agudeza particular en el desenvolvimiento de las luchas. Es importante pues tener en cuenta la naturaleza de la tendencia burguesa y de la tendencia proletaria en la manera de plantear y resolver la cuestión nacional.

Séptima tesis: La tendencia a la uniformización, propia del sistema capitalista, aunque opere contradictoriamente (uniformización/desigualdad), tiene unos efectos ideológicos considerables. La ideología de la “cultura universal” merece, por  este hecho, ser re-examinada sin cesar en sus evoluciones y modalidades sucesivas.

1. Lo particular y lo universal en la historia

Los conceptos fundamentales del materialismo histórico únicamente tienen valor científico en la medida en que tienen un alcance analítico universal. Es decir, estos conceptos deben ser abstraídos de la historia universal y no de la de un segmento particular de ésta. Los conceptos de modo de producción, formación social, infraestructura, superestructura, clases sociales, etc., tienen esa validez universal. En cambio, el modo de producción feudal no tiene necesariamente valor universal, porque ha sido abstraído de un segmento de la historia, la de Europa. Decretar de antemano que el feudalismo es una categoría universal y tratar luego de hacer entrar por la fuerza la realidad de otras sociedades en  este marco definido a priori, abstraido de una historia particular, es dar la espalda al espíritu científico. Teniendo en cuenta esto, negarse a sacar del conjunto de la historia de la humanidad conceptos universales, es caer en el discurso de “la irreductibilidad   de las civilizaciones”, un discurso irracional, racista en último término.

Desde este punto de vista pues, la gran lección de la historia es la universalidad de las leyes fundamentales que rigen todas las sociedades humanas, europeas y no. En ese marco, Marx solo proporcionó los primeros elementos, pero fundamentales, del arma del materialismo histórico. Unos elementos limitados no solo por los conocimientos de su época, sino también por una experiencia de luchas que posteriormente se extendieron considerablemente, ya que creemos que la fuente principal del conocimiento es la acción. Toda actitud contraria conduce a la rigidez dogmática y a la impotencia práctica.

 

Fuente: Preámbulo del capítulo primero del libro de Samir Amin Clases y Naciones en el materialismo histórico.

Libros relacionados: