Los restos del imperio

referéndum de autodeterminación en el Sáhara

A pesar de su verborrea la historia del colonialismo imperial español es bastante vergonzante. Para muestra un botón: la huida del territorio del Sáhara occidental, abandonando a su suerte a los habitantes de un territorio que hasta la fecha (1975) se había considerado provincia española y a sus habitantes ciudadanos españoles a todos los efectos.

Corrían los últimos meses de 1975. Franco yacía en su cama en lo que serían ya sus últimos días. El país estaba en suspenso pues nadie sabía lo que iba a pasar: si todo estaba “atado y bien atado” como se difundía desde los círculos del poder o si se abriría una etapa de profunda democratización del país, como deseábamos las fuerzas antifranquistas.

En ese suspense se desató la llamada “marcha verde”, preconizada por el monarca marroquí Hassan II, auspiciada por los americanos y financiada por el dinero saudí.

Todavía recuerdo el estupor de ver avanzar por el desierto grandes masas de marroquíes, varones, niños y mujeres que se dirigían al entonces Sáhara español sin encontrar resistencia. ¿Todo el mundo en aquel ejército se escabullía ante un enfrentamiento con Marruecos?, ¿estaban los EE UU detrás como siguen estando hoy en día?, ¿acaso las potencias occidentales se habían puesto de acuerdo ante el peligro de que los saharuis contaran con el apoyo de Argelia y otros países africanos y europeos?, ¿hasta dónde llegaba y sigue llegando la financiación saudí?

Desconocemos el trasfondo, pero lo que sí sabemos es que, a pesar de que la ONU conminó la retirada de dicha marcha, España abandonó el territorio encomendándolo al saber hacer de Marruecos y Mauritania, justamente los que en aquel momento lo estaban invadiendo. Y firmó con ellos el Tratado de Madrid el 14 de noviembre de 1975. ¿Se puede imaginar un final más tragicómico para una potencia colonial? Ni siquiera la huida de los americanos de Vietnam en aquella avioneta que despegó de una azotea en Saigón es igual de ridícula.

Atrás quedaban varios miles de saharuis, 75.000 según el censo de 1974, que desde entonces viven divididos, unos en tiendas en pleno desierto y otros en los territorios ocupados. Con un muro que los divide de más de 1.000 Km. España, esta gran nación, miembro de la UE y de la ONU, por no hablar de la OTAN, ha sido incapaz de hacer valer su fuerza para que se lleve a cabo el referéndum de autodeterminación al que se comprometió y que ha sido avalado por los organismos internacionales, tanto la Unión europea como la Organización para la Unidad africana, además de por la ONU. Ni siquiera ha sido capaz de negociar con Marruecos una salida digna al conflicto, aunque el territorio del Sáhara occidental sigue siendo considerado internacionalmente como colonia española y figura como uno de los pocos territorios pendientes de descolonización. Hasta tal punto llega el sinsentido que Naciones Unidas considera nulo el acuerdo de Madrid de 1976 por el que se transfirió la soberanía a Marruecos y Mauritania, cosa que España no podía hacer, pues no tenía la soberanía sobre el territorio colonizado sino sólo su administración. El entonces príncipe de España, el posterior rey Juan Carlos I, ahora emérito, fue protagonista de tales acuerdos.

Según documentos desclasificados de la CIA el entonces príncipe habría acordado con el rey marroquí que la marcha entrara en zona española de la que las tropas habrían sido convenientemente retiradas. Cosa que ocurrió conforme a lo acordado. En su encuentro con el embajador americano Wells Stabler le notificó ese acuerdo al tiempo que le pedía ayuda para que EE UU facilitara las relaciones con los países europeos, algunos de cuyos dignatarios no acababan de fiarse de un rey nombrado por el dictador, y suministrara equipamiento a las fuerzas armadas españolas. En un documento anterior se precisa que de hacerse un referéndum los saharauis casi con toda seguridad votarían por la independencia, pero “España asegura que los resultados se podrían manipular” (¿?)

El referéndum nunca se hizo. El Polisario lleva decenios solicitando su realización y las propias Naciones Unidas han enviado a la zona una misión, la MINURSO, con este objetivo. Sin embargo el horizonte no es el más favorable. El reconocimiento por parte de Trump de la ocupación marroquí aleja todavía más esa posibilidad a no ser que los saharauis, con sus propias fuerzas, logren imponerlo.

Mientras, en una España orgullosa de su pasado imperial, este fracaso en la descolonización sigue oculto para muchos conciudadanos. Ahora que conocemos otras fechorías del anterior monarca, el abandono del Sáhara no es una de las menores. Otros países lograron encajar la descolonización de una forma mucho más honrosa que la huida, mar a través, de los últimos españoles que ocuparon la entonces llamada Sidi Ifni, militares y civiles al alimón.

Quizá, aunque tarde, tenga razón Henry Kissinger quien, en esos encuentros distendidos que suelen acompañar a las grandes reuniones, comentaba que por el momento ─estamos hablando de principios del 76─ el monarca español no mostraba esa capacidad de los Borbones para autodestruirse. Sólo faltaba darle tiempo para que cumpliera con la tradición.

En la complicada geopolítica del Norte de África los saharauis han pagado un alto precio por su intervención, bendecida ahora por Trump y el dinero saudí, y que ningún gobierno español hasta el momento ha sido capaz de revertir. La ocupación por los marroquíes del territorio ha sido escenario de detenciones, torturas y desapariciones de personas acusadas de relacionarse con el Polisario. Hasta el punto de que en abril de 2015 el juez Ruz imputó a 11 militares marroquíes de diversos crímenes contra los derechos humanos. Basta leer el sumario para percatarse de la magnitud del genocidio.

Por eso, cuando me hablan de las glorias del pasado imperial, respondo: No, gracias. Ninguna acción humanitaria, por beneficiosa que sea, podrá resarcir ese quebrantamiento de las leyes elementales de la política. Ningún proceso de descolonización, y los ha habido muy complicados, ha consistido en regalarle a la nación vecina el territorio anteriormente colonizado sin ni siquiera consultar a sus habitantes. Esta hazaña sólo ha estado a la altura del colonialismo español y de su dirigente máximo, el emérito Juan Carlos I. Ya es hora de que el Gobierno actual utilice todos sus medios para reparar tamaña injusticia.

 

Texto publicado originalmente en El Salto.

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