La burocracia totalitaria y el arte

Por un arte revolucionario e independiente.
La revolución de octubre ha dado un magnífico impulso al arte en todos los dominios. Por el contrario, la reacción burocrática ha estrangulado la producción artística con su mano totalitaria. ¡No hay de qué sorprenderse! El propio arte cortesano de la monarquía absoluta se basaba en la idealización y no en la falsificación. Sin embargo, el arte oficial de la Unión Soviética –y allí no hay otro arte– se basa en una falsificación grosera, en el sentido más directo e inmediato del término. El objetivo de la falsificación es magnificar al «jefe», fabricar artificialmente un mito heroico.

Muy recientemente, el 27 de abril de este año, el periódico oficioso Izvestia publicó el cliché de un nuevo cuadro, que representa a Stalin como el organizador de la huelga de Tiflis en marzo de 1902. Pero, como lo muestran documentos publicados desde hace tiempo, Stalin se encontraba entonces en la cárcel y, lo que es más, no en Tiflis sino en Batum. Esta vez, la mentira salta a la vista. Al día siguiente, Izvestia tuvo que excusarse de su lamentable error. Adónde fue a parar el cuadro, pagado con los fondos del Estado, nadie lo sabe. Decenas, centenares y millares de libros, películas, pinturas, esculturas, animan y magnifican episodios «históricos» como el precedente, que nunca ocurrieron. Así, en muchos cuadros que se refieren a la revolución de octubre, no se olvida jamás representar, con Stalin a la cabeza, un «centro revolucionario » que no ha existido nunca. Alexis Tolstoi, en quien el cortesano ha estrangulado al artista, ha escrito una novela donde glorifica los éxitos militares de Stalin y Vorochilov en Tsaritsin. En realidad, y como atestiguan los documentos, el ejército de Tsaritsin –uno de las dos docenas de ejércitos de la revolución– jugó el más lamentable papel. Es imposible contemplar sin una repulsión física mezclada de horror, la reproducción de cuadros y esculturas soviéticas en los que funcionarios armados de un pincel, bajo la vigilancia de funcionarios armados de máuseres, glorifican a los jefes «grandes» y «geniales», desprovistos en realidad del menor destello de genio y de grandeza. El arte de la época estalinista entrará en la historia como la más patente expresión de la profunda decadencia de la revolución proletaria.

Por un arte revolucionario e independiente.Sin embargo, el fenómeno no se limita a las fronteras de la URSS. En busca de una nueva orientación, la intelligentsia casi revolucionaria de Occidente, so capa de un tardío reconocimiento de la revolución de octubre, se ha arrodillado ante la burocracia soviética. Desde luego, los artistas que tienen carácter y talento han permanecido alejados. Con mayor razón, han venido al primer plano los fracasados, arribistas y gente sin talento de toda laya. Pese a su gran amplitud, todo este movimiento militarizado no ha engendrado hasta ahora ninguna producción capaz de sobrevivir a su autor o a sus inspiradores del Kremlin.

No obstante, el cautiverio de Babilonia del arte revolucionario no puede durar ni durará eternamente. El hundimiento ignominioso de la política cobarde y reaccionaria de los «frentes populares» en España y en Francia, por una parte, y las falsificaciones judiciales de Moscú, por la otra, marcan el advenimiento de un gran cambio de dirección, no sólo en el terreno de la política, sino también en el de la ideología revolucionaria. Sólo un nuevo ascenso del movimiento emancipador de la humanidad es capaz de enriquecer el arte con nuevas posibilidades. Ciertamente, el partido revolucionario no puede asignarse la tarea de «dirigir» el arte. Semejante pretensión no puede caber sino en el espíritu de gentes embriagadas por la omnipotencia de la burocracia de Moscú. El arte, como la ciencia, no sólo no necesita órdenes sino que, su propia esencia, no las tolera. La creación artística tiene sus leyes, incluso cuando sirve conscientemente a un movimiento social. El arte revolucionario, al igual que toda actividad verdaderamente creadora, es incompatible con la mentira, la falsedad y el espíritu de adaptación. Si el movimiento emancipador de las clases y los pueblos oprimidos disipa las nubes del escepticismo y del pesimismo que oscurecen hoy el horizonte de la humanidad, los poetas, los pintores, los escultores y los músicos encontrarán por sí mismos sus caminos y sus métodos. La primera condición de tal renacimiento y de tal ascenso es la supresión de la asfixiante tutela de la burocracia del Kremlin.

 Coyoacán, 10 de junio de 1938

Texto incluido en el volumen editado por José Gutiérrez: André Breton, León Trotsky-Diego Rivera  Por un arte revolucionario e independiente.

Imagen de portada: Diego Rivera, León Trotsky y André Breton

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