Jemina, la chica montañesa

Esto no tiene pretensiones de ser “Literatura”. No es nada más que una fábula para esa gente bravía que quiere un cuento y no un mero montón de relatos “psicológicos” o de “análisis” ¡Y cómo os va a gustar! Leedlo aquí, id a verlo al cine, escuchadlo en el fonógrafo, pasadlo por la máquina de coser.

 

Una existencia montaraz

Era de noche en las montañas de Kentucky. Hirsutas elevaciones se alzaban en todas direcciones. Rápidos arroyos montañeses corrían veloces montaña arriba y montaña abajo.

Jemina Tantrum estaba en el arroyo, destilando whisky en el alambique de su familia.

Era una típica chica montañesa.

Llevaba los pies descalzos. Sus manos, grandes y fuertes, colgaban hasta más abajo de sus rodillas. Su rostro mostraba los estragos producidos por el trabajo. Aunque solo tenía dieciséis años, hacía más de diez que mantenía a sus ancianos mami y papi destilando whisky montañés. De tiempo en tiempo hacía una pausa en su labor y tras llenar hasta los bordes un cucharón con el líquido puro y vigorizante, se lo empinaba hasta el fondo y después continuaba su tarea con renovados bríos.

Ponía el centeno en el lagar, lo trillaba con los pies y a los veinte minutos vaciaba el producto terminado.

Un grito repentino la obligó a hacer una pausa y levantar la vista en el momento en que se empinaba un cucharón.

—Hola –dijo una voz. Era la de un hombre que acababa de aparecer, con unas botas de caza que le llegaban al cuello–. ¿Podría decirme cómo llegar a la cabaña de los Tantrum?

—¿Usted es uno de los que viven en los pueblos de allá abajo?

Apuntó con la mano al pie de la montaña, hacia donde quedaba Louisville. Nunca había estado allí; pero una vez, antes de que ella naciera, su bisabuelo, el viejo Gore Tantrum, había partido hacia los pueblos de allá abajo acompañado por dos alguaciles y nunca había regresado. De ahí que entre los Tantrum se hubiera transmitido de generación en generación el temor a la civilización.

El hombre se sintió divertido. Dejó escapar una leve risita tintineante, la risa de un nativo de Filadelfia. Algo en el tono de esa risa le resultó encantador a Jemina. Se bebió otro cucharón de whisky.

—¿Dónde está el señor Tantrum, hijita? –preguntó el hombre, no sin amabilidad.

Jemina levantó un pie y apuntó con el dedo gordo hacia el bosque.

—Allá en la cabaña, detrás de esos pinos. El viejo Tantrum es mi papá.

Scott Fitzgerald

El hombre de los pueblos de allá abajo le dio las gracias y siguió su camino. Vibraba de juventud y personalidad. Al andar silbaba y cantaba y daba vueltas de carnero y hacía el pino, y respiraba a pleno pulmón el aire puro y fresco de las montañas.

La atmósfera cerca del alambique era embriagadora.

Jemina Tantrum lo contemplaba hechizada. Nadie parecido a él se había cruzado antes en su camino.

Se sentó sobre la hierba y se contó los dedos de los pies. Contó once. Había aprendido aritmética en la escuela de la montaña.

 

Un odio montañés

Diez años antes, una dama procedente de los pueblos de allá abajo había abierto una escuela en la montaña. Jemina no tenía dinero, pero había pagado sus estudios con whisky: llevaba un balde lleno a la escuela cada mañana y lo dejaba sobre el escritorio de la señorita Lafarge. La señorita Lafarge había muerto de delirium tremens tras ejercer un año el magisterio, de modo que la educación de Jemina se había visto interrumpida.

En el lado opuesto del tranquilo arroyo se alzaba otro alambique. Era el de los Doldrum. Los Doldrum y los Tantrum no se visitaban nunca.

Se odiaban.

Cincuenta años antes, el viejo Jem Doldrum y el viejo Jem Tantrum se habían peleado en la cabaña de los Tantrum a propósito de una partida de naipes. Jem Doldrum le había lanzado a la cara a Jem Tantrum su rey de corazones, y el viejo Tantrum, indignado, había echado por tierra al viejo Doldrum con un nueve de diamantes. Otros Doldrum y Tantrum se habían sumado a la riña y pronto por toda la cabaña volaban las cartas. Harstrum Doldrum, uno de los Doldrum de la joven generación, yacía en tierra retorciéndose en los estertores de la agonía, con el as de corazones metido hasta el fondo del gaznate. Jem Tantrum, de pie en el umbral, lanzaba mazo tras mazo de naipes, con el rostro encendido por un odio feroz. El viejo Mappy Tantrum, junto a la mesa, rociaba con whisky caliente a los Doldrum. El viejo Heck Doldrum, a quien finalmente se le acabaron los triunfos, fue retrocediendo hacia la puerta de la cabaña mientras lanzaba golpes a diestra y siniestra con su bolsa de tabaco y reunía a su alrededor al resto del clan. Después todos montaron en sus novillos y partieron a furioso galope hacia su hogar.

Esa noche, el viejo Doldrum y sus hijos, jurando venganza, regresaron, colocaron una pila eléctrica en la ventana de los Tantrum, metieron un borne en la campanilla de su puerta y se batieron en retirada.

Una semana más tarde los Tamtrum echaron Aceite de Hígado de Bacalao en el alambique de los Doldrum, y así, año tras año, continuó la rencilla, que aniquiló primero a una familia y después a la otra.

 

La llegada del amor

La pequeña Jemina trabajaba día tras día en el alambique de su orilla del arroyo, y Boscoe Doldrum trabajaba en el alambique de su lado.

A veces, con un odio heredado que ya era automático, los enemigos se tiraban whisky, y Jemina regresaba a su casa oliendo como un menú francés.

Pero ahora Jemina estaba demasiado ensimismada como para mirar a la orilla opuesta del arroyo.

¡Qué maravilloso era el forastero y de qué manera tan extraña iba vestido! En su inocencia, Jemina nunca había creído en la existencia de los poblados civilizados, y había achacado la creencia en ellos a la credulidad de los montañeses.

Se volvió para regresar a la cabaña, y al hacerlo algo le golpeó el cuello. Era una esponja lanzada por Boscoe Doldrum, una esponja empapada en whisky de su alambique en la otra orilla del arroyo.

—Oye, Boscoe Doldrum –gritó Jemina con su voz de bajo profundo.

—¡Hey! Jemina Tantrum. ¡Maldita seas! –replicó él.

Jemina reemprendió el camino de regreso a su hogar.

El forastero hablaba con su padre. Se había descubierto oro en las tierras de los Tantrum, y el forastero, Edgar Edison, intentaba comprarlas por una bicoca. Meditaba sobre qué bicoca ofrecer.

Jemina se sentó sobre sus manos a observarlo.

Era maravilloso. Cuando hablaba, sus labios se movían.

Se sentó sobre el fogón a contemplarlo.

De repente se oyó un grito que helaba la sangre en las venas. Los Tantrum corrieron a las ventanas.

Eran los Doldrum.

Habían amarrado sus novillos en los árboles y se habían escondido detrás de los arbustos y las flores, y pronto una granizada de piedras y ladrillos comenzó a dar contra las ventanas y las empujó hacia adentro.

—¡Padre! ¡Padre! –chilló Jemina.

Su padre tomó el tirachinas del portatirachinas de la pared y acarició amorosamente la banda elástica. El viejo Mappy Tantrum avanzó hasta el quicio.

 

Una batalla montañesa

El forastero al fin dio señales de vida. Animado por un feroz deseo de echarle mano a los Doldrum, intentó escapar de la casa trepando por la chimenea. Entonces pensó que debía haber una trampilla debajo de la cama, pero Jemina le dijo que no. Buscó trampillas debajo de las camas y los sofás, pero una y otra vez Jemina lo sacaba a empellones y le informaba que no había trampillas en esos lugares. Furioso, comenzó a golpear la puerta y a vociferar contra los Doldrum, quienes no le contestaron, sino que continuaron con su pedrea contra las ventanas. El viejo Pappy Tantrum sabía que en cuanto lograran hacer un boquete se precipitarían al interior y la batalla habría terminado.

Entonces el viejo Heck Doldrum, echando espuma por la boca y expectorando en el suelo a derecha e izquierda, se puso a la cabeza del asalto.

Los tremendos tirachinas de Pappy Tantrum no habían dejado de producir su efecto. Un disparo perfecto había incapacitado a uno de los Doldrum, y otro Doldrum, alcanzado casi incesantemente en el abdomen, seguía luchando con sus últimas fuerzas.

Se acercaban cada vez más a la casa.

—Debemos huir –le gritó el forastero a Jemina–. Me sacrificaré para sacarte de aquí.

—No –gritó Pappy Tantrum con el rostro cubierto de salpicaduras–. Usted se queda, y siga peleando. Yo sacaré a Jemina. Yo sacaré a Mappy. Yo me sacaré a mí mismo.

El hombre de los pueblos de allá abajo, pálido y tembloroso de rabia, se volvió hacia Ham Tantrum, quien estaba de pie en el umbral lanzando piedra tras piedra para detener el avance de los Doldrum.

—¿Cubrirás la retirada?

Pero Ham le dijo que él también tenía otros Tantrum que sacar, aunque se quedaría allí para ayudar al forastero a cubrir la retirada si lograba encontrar la manera de hacerlo.

Pronto comenzó a filtrarse humo por el suelo y el techo. Shem Doldrum se había adelantado y le había acercado un fósforo al aliento del viejo Japhet Tantrum cuando se asomaba por un resquicio, y una llamarada alcohólica se había alzado por todas partes.

El whisky de la bañera se incendió. Las paredes comenzaron a derrumbarse.

Jemina y el hombre de los pueblos de allá abajo se miraron a los ojos.

—Jemina –susurró él.

—Forastero –respondió ella.

—Moriremos juntos –dijo él–. De haber vivido, te habría llevado a la ciudad y me habría casado contigo. Con tu capacidad para beber, tendrías asegurado el éxito en sociedad.

Jemina lo acarició distraída por un momento mientras se contaba casi en silencio, para sí misma, los dedos de los pies. El humo se hizo más espeso. Su pierna izquierda ardía.

Jemina era una lámpara de alcohol humana.

Los labios de Jemina y los del forastero se fundieron en un largo beso, y después les cayó encima una pared que los ocultó a la vista de todos.

“Solo somos uno”.

Cuando los Doldrum lograron romper el círculo de fuego los encontraron muertos y abrazados en el sitio donde habían caído.

El viejo Jem Doldrum se sintió conmovido.

Se quitó el sombrero.

Lo llenó de whisky y se lo bebió.

—Están muertos –dijo lentamente–, se gustaban. La pelea ya se acabó. No debemos separarlos.

Así que los arrojaron juntos al arroyo y las dos salpicaduras de agua que levantaron fueron como una sola.

 

Nota 1. Doldrum significa murria, morriña. Tantrum es berrinche, rabieta.

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