¿Galileo fue encarcelado y torturado por defender el copernicanismo?

Galileo y el telescopio
El gran Galileo, a sus ochenta años, pasó sus últimos días en las mazmorras de la Inquisición porque había demostrado de un modo irrefutable el movimiento de la Tierra.
Voltaire, “Descartes y Newton” (1728)

 

El célebre Galileo […] fue encarcelado por la Inquisición durante seis años, y torturado, por decir que la Tierra se movía.
Giuseppe Baretti, La biblioteca italiana (1757)

 

Decir que Galileo fue torturado no es una afirmación temeraria, sino simplemente repetir lo que dice la sentencia. Especificar que fue torturado por su intención no es una deducción arriesgada, sino, una vez más, repetir lo que dice el texto. Son afirmaciones basadas en la observación, no intuiciones mágicas; hechos probados, no introspecciones cabalísticas.
Italo Mereu, Historia de la intolerancia en Europa (1979)

 

 

Durante los primeros años del siglo XVII el matemático y filósofo natural italiano Galileo Galilei (1564-1642) propugnó abiertamente la teoría del movimiento de la Tierra elaborada en el libro de Nicolás Copérnico Sobre las revoluciones de las esferas celestes (1543). A consecuencia de ello fue perseguido, juzgado y condenado por la Iglesia católica. Pasó los últimos nueve años de su vida bajo arresto domiciliario en su casa a las afueras de Florencia. Pero ¿fue realmente encarcelado y torturado como afirman los autores arriba citados, y otros muchos?[1]

Galileo no empezó a propugnar el copernicanismo hasta 1609. Antes, estaba ya al corriente de la obra de Copérnico y valoraba el hecho de que contuviese un argumento nuevo y significativo sobre el movimiento de la Tierra. Galileo había estado trabajando en una nueva teoría del movimiento y había intuido que la teoría copernicana encajaba mejor con la nueva física que la teoría geoestática. Pero aún no había publicado o articulado esta intuición. Además, era consciente de las muchas pruebas existentes contra el copernicanismo procedentes de la experiencia sensorial directa, de la observación astronómica, de la física tradicional y de varios pasajes bíblicos. En consecuencia, juzgaba que los argumentos an­ticopernicanos superaban de mucho los procopernicanos.

En 1609, sin embargo, perfeccionó un instrumento recién in­ventado, el telescopio, y durante los años que siguieron hizo una serie de impresionantes descubrimientos con este nuevo instrumento: montañas en la Luna, innumerables estrellas además de las visibles a simple vista, densos cúmulos estelares y nebulosas en la Vía Láctea, cuatro satélites en torno a Júpiter, las fases de Ve­nus, y las manchas del Sol. Describió todos estos fenómenos en Sidereus Nuncius [El mensajero sideral, 1610] y en Cartas sobre las man­chas solares (1613).

A medida que Galileo empezó a mostrar que la nueva evidencia que aportaba el telescopio convertía al copernicanismo en un serio aspirante a la verdad física, fue siendo cada vez más atacado por filósofos y clérigos conservadores. Estos le acusaban de hereje porque creía que la Tierra se movía, y el movimiento de la Tierra contradecía lo que se exponía en las Escrituras. Galileo pen­só que no podía permanecer callado y decidió refutar los ar­gu­mentos bíblicos en contra del copernicanismo. Formuló su crítica en forma de unas largas cartas privadas que envió en diciembre de 1613 a su discípulo Benedetto Castelli y en la primavera de 1615 a la gran duquesa viuda Cristina.

La carta de Galileo a Castelli provocó aún más a los conservadores, y en febrero de 1615 un fraile dominico presentó una queja formal contra Galileo ante la Inquisición en Roma. La investigación resultante duró aproximadamente un año. El propio Galileo no fue convocado a Roma, en parte porque el testigo clave le exoneró, en parte porque sus cartas no habían sido publicadas, y en parte porque sus publicaciones no contenían ni una afirmación categórica a favor del copernicanismo ni una negación de la autoridad científica de las Escrituras.

En diciembre de 1615, sin embargo, Galileo fue a Roma por propia decisión a defender la teoría copernicana. Pese a vencer en el plano de los argumentos intelectuales, sus esfuerzos prácticos fueron vanos. En febrero de 1616, el cardenal Roberto Bellarmino (en nombre de la Inquisición) le hizo a Galileo una advertencia en privado prohibiéndole sostener o defender el punto de vista de que la Tierra se movía. Galileo decidió acatarla. En marzo de aquel mismo año, el Índice de Libros Prohibidos (el departamento encargado de la censura de los libros) publicó un decreto, sin mencionar a Galileo, en el que se declaraba que el movimiento de la Tierra era físicamente imposible y que contradecía lo que se afirmaba en las Sagradas Escrituras, y en el que se condenaba has­ta que fuese revisado el libro de Copérnico.

Hasta 1623, año en que el cardenal Maffeo Barberini se convirtió en el papa Urbano VIII, Galileo mantuvo silencio respecto al tema objeto de la prohibición. Pero como Barberini era un viejo admirador suyo, Galileo se sintió con libertad para escribir un li­bro que defendiese indirectamente y de un modo implícito el co­pernicanismo. Escribió, pues, un diálogo en el que tres personajes discuten sobre aspectos cosmológicos, astronómicos, físicos y filosóficos del copernicanismo, evitando los de tipo bíblico o teológico. Publicado en 1632, este Diálogo mostraba que los argumentos a favor del movimiento de la Tierra eran más poderosos que los que sostenían el punto de vista geoestático. Galileo consideraba al parecer que el libro no “sostenía” la teoría del movimiento de la Tierra porque no afirmaba que los argumentos a favor de ella fuesen conclusivos; no estaba “defendiendo” la teoría porque el libro era un examen crítico de los argumentos de ambos bandos.

Pero los enemigos de Galileo se quejaron de que el libro sí de­fendía el movimiento de la Tierra y que contravenía por ello la advertencia de Bellarmino y el decreto del Índice. Se formuló un nuevo cargo: el libro violaba un mandamiento especial que se le había hecho a Galileo en 1616 prohibiéndole discutir la idea del movimiento de la Tierra en cualquiera de sus formas. El do­cumento acababa de ser descubierto en los archivos del caso precedente, por lo que esta vez fue convocado a Roma para ser so­metido a un juicio cuyas deliberaciones empezaron en abril de 1633.

En la primera vista del caso Galileo admitió haber recibido de Bellarmino una advertencia acerca de que no podía sostener o defender el movimiento de la Tierra, pero negó haber recibido explícitamente la orden de no discutir el tema de ninguna forma. En su defensa presentó un certificado que había obtenido de Bellarmino en 1616 en el que se mencionaba solamente la prohibición de sostener o defender la teoría. Galileo también declaró que el Diálogo no defendía el movimiento de la Tierra sino que sim­plemente mostraba que los argumentos favorables no eran con­clusivos, con lo que consideraba no haber contravenido la ad­vertencia de Bellarmino.

A la luz del certificado de Bellarmino y de diversas irregularidades relativas al mandato especial, los funcionarios de la In­qui­sición intentaron llegar a un acuerdo extrajudicial: prometieron retirar el cargo más grave (violación del mandato especial) si Galileo se confesaba culpable de un cargo menor (transgresión de la advertencia de no defender el copernicanismo). Galileo aceptó el trato, y así, en las vistas subsiguientes del juicio (celebradas el 30 de abril y el 10 de mayo) admitió que el libro había sido escrito de una forma que podía dar la impresión a los lectores de que se estaba defendiendo el movimiento de la Tierra. Sin embargo, negaba que esta hubiese sido su intención y atribuía su error al engreimiento.

El juicio terminó el 22 de junio de 1633, con una sentencia más dura de la que Galileo había sido llevado a esperar. El veredicto le encontraba culpable de una categoría de herejía intermedia en­tre la más grave y la menos grave, calificada de “vehemente sospecha de herejía”. Las creencias consideradas inaceptables eran la tesis astronómica de que la Tierra se mueve y el principio metodológico de que la Biblia no es una autoridad científica. Se vio obligado a recitar una humillante “abjuración” retractándose de sus creencias. Pero el Diálogo fue prohibido.[2]

El prolijo documento de la sentencia también relataba los procedimientos iniciados en 1613, resumía los cargos de 1633 y hacía constar la defensa y la confesión de Galileo. Proporcionaba además otros dos detalles sumamente importantes. El primero describía un interrogatorio: “Porque creemos que no habéis dicho toda la verdad acerca de vuestras intenciones, consideramos ne­ce­sario proceder contra vos mediante un riguroso examen. Aquí contestasteis de una forma católica, aunque sin prejuzgar las cosas arriba mencionadas confesadas por vos y deducidas en contra de vos acerca de vuestras intenciones”. El segundo le imponía un castigo adicional: “Os condenamos a una pena de reclusión for­mal a discreción de este Santo Oficio”.[3]

El texto de la sentencia de la Inquisición y el de la abjuración de Galileo fueron los únicos documentos del juicio que se publicaron entonces. La Inquisición mandó copias a todos los inquisidores y nuncios papales provinciales, con el encargo de difundir aquella información. De este modo, la noticia de la suerte corrida por Galileo circuló ampliamente en forma de libros, revistas y pan­fletos. Esta publicidad sin precedentes fue el resultado de las órdenes expresas del papa Urbano, que quería que el caso Galileo sirviese de aviso a todos los católicos y que pretendía de este modo reafirmar su propia imagen como defensor intransigente de la fe.[4]

La cláusula sobre la reclusión en la sentencia estipulaba claramente que Galileo tenía que ser recluido en una cárcel del edificio de la Inquisición en Roma por un período indefinido cuya duración se dejaba al arbitrio de las autoridades. Todos los lectores de la sentencia dieron naturalmente por supuesto que la Inquisición había llevado a cabo la sentencia impuesta.

Aunque la sentencia no utilizaba la palabra tortura, sí hablaba de “un examen riguroso”, un término técnico que implicaba tortura. Además, el pasaje explicaba el motivo por el que los jueces habían decidido someter a Galileo a un riguroso examen: después de los varios interrogatorios que le habían hecho, incluido el de su confesión (de haber defendido el copernicanismo), seguían te­nien­do dudas acerca de si su transgresión había sido intencio­nada (aumentando de este modo la gravedad de su delito) o involuntaria (como declaraba). En la práctica de la Inquisición (y también en la de los tribunales laicos) tales dudas justificaban la ad­mi­nistración de la tortura (para resolverlas). El pasaje citado informaba a los lectores de que Galileo había pasado el “examen riguroso” al afirmar que había contestado “de una forma católica”. Es decir, Galileo había contestado como un buen católico, alguien que no haría voluntariamente algo que la Iglesia había prohibido. Finalmente, el pasaje clarificaba, una vez más de acuerdo con la práctica inquisitorial, que la negativa de Galileo de albergar intenciones maliciosas (sus “respuestas católicas”) no debilitaban las pruebas incriminatorias procedentes de su confesión y de otras fuentes (por ejemplo, las opiniones del Diálogo escritas por tres especialistas). Los lectores de la sentencia que estaban fa­mi­lia­rizados con la terminología y la práctica legal llegaron lógicamente a la conclusión de que Galileo había sufrido tortura a ma­nos de sus inquisidores.[5]

La impresión de que Galileo había sido encarcelado y torturado siguió pareciendo plausible mientras la evidencia principal acerca del juicio de Galileo fue la procedente de estos documentos, la sentencia y la abjuración. La cosa quedó así hasta que –tras más de 150 años de existencia de la tesis del encarcelamiento, y más de 250 años de la tesis de la tortura– salieron a la luz una se­rie de documentos relevantes en el sentido de que Galileo no ha­bía sufrido ni una cosa ni otra.

La nueva información acerca del encarcelamiento procede de una serie de cartas de 1633, principalmente las del embajador toscano en Roma (Francesco Niccolini) al secretario de estado toscano en Florencia, y secundariamente de la correspondencia de estos con el propio Galileo. Los funcionarios toscanos estaban es-pecialmente interesados en el caso de Galileo porque este ocupaba el cargo de primer matemático y filósofo del gran duque de Toscana, porque le había dedicado el libro a él, y porque le había pedido –y conseguido– su ayuda para publicar el libro en Floren-cia. Por ello el gobierno toscano consideraba el juicio como un asunto de estado, con Niccolini discutiendo constantemente la situación directamente con el papa en las reuniones que celebraba con él regularmente y enviando informes de las mismas a Flo­rencia. Además, Galileo estaba en muy buenas relaciones con Nic­co­­lini y su esposa.[6]

La correspondencia de 1633, que apareció en 1774-1775, mues­tra que Galileo, respondiendo a la llamada de la Inquisición, salió de Florencia el 20 de enero y llegó a Roma el 13 de febrero. La Inquisición le permitió alojarse en la embajada toscana (que era también el lugar donde residía Niccolini) a condición de que permaneciese allí recluido hasta el comienzo del juicio. El 12 de abril Galileo acudió al edificio de la Inquisición para el primer interrogatorio. Permaneció allí durante dieciocho días más siendo sometido a otros varios interrogatorios, pero estuvo alojado en unos aposentos de seis habitaciones puestos a su disposición por el acusador, juntamente con un criado que le llevaba la comida dos veces al día desde la embajada toscana. El 30 de abril, una vez registrada y firmada su segunda declaración, Galileo regresó a la embajada y estuvo allí cincuenta y un días, con una sola interrupción el 10 de mayo para una tercera declaración en el palacio de la Inquisición. El lunes 20 de junio fue convocado para que al día siguiente se presentase ante el tribunal. El martes fue sometido al “examen riguroso” y permaneció en el palacio de la Inquisición hasta la tarde del 24 de junio. No está claro si fue llevado a una celda o se le permitió seguir en los aposentos del acusador. El 22 de junio fue al convento de Santa Maria sopra Minerva para escuchar la sentencia y hacer la abjuración. Dos días más tarde se trasladó desde el palacio de la Inquisición a la Villa Medici en Roma, un suntuoso palacio propiedad del gran duque de Toscana. El 30 de junio el papa le concedió permiso para viajar a Siena, donde viviría bajo arresto domiciliario en la residencia del arzobispo, un buen amigo de Galileo. Vivió en esta residencia durante cinco me­ses. En diciembre de 1633 regresó a su propia casa en Arcetri, cer­ca de Florencia, donde permaneció bajo arresto domiciliario hasta su muerte en 1642, exceptuando un breve período en 1638 durante el cual vivió dentro de los límites de la ciudad florentina.

Con la posible excepción de tres días (del 21 al 24 de junio de 1633), Galileo nunca estuvo en la cárcel, ni durante el juicio (como era costumbre entonces) ni después (una vez pronunciada la sentencia). Incluso durante estos tres días probablemente vivió en los aposentos del acusador, no en una celda. La explicación de este tratamiento desacostumbradamente benigno no está del todo cla­ra pero incluye los siguientes factores: la protección de los Medici, el hecho de que Galileo fuese una celebridad y la actitud de amo­r­-o­dio del papa Urbano, un antiguo admirador.

La evidencia a favor del hecho de que Galileo no fuera encarcelado no nos dice nada respecto a si pudo evitar ser torturado. La respuesta a esta pregunta tuvo que esperar hasta que las actas del juicio fueron publicadas y asimiladas a finales del siglo XIX[7]. Dos documentos fueron cruciales en este sentido[8]. El primero son las actas de la reunión de la Inquisición del 16 de junio de 1633 presidida por el papa. Después de emitirse varios informes y opiniones y de una considerable discusión,

 

Su Santidad decidió que el propio Galileo tenía que ser interrogado, incluso bajo amenaza de tortura; y que si se resistía después de una vehemente abjuración en una reunión plenaria del Santo Oficio tenía que ser condenado a prisión a discreción de la Santa Congregación, y que tenía que ser conminado a no tratar en el futuro de ninguna forma (ni por escrito ni oralmente) del movimiento de la Tierra o de la estabilidad del Sol, ni de su contrario, so pena de reincidencia; y que el libro escrito por él y titulado Dialogo di Ga­lileo Galilei Linceo tenía que ser prohibido.

 

Este avance de la sentencia real menciona un procedimiento nuevo: el interrogatorio bajo amenaza de tortura. Las actas del interrogatorio, con fecha de 21 de junio y firmadas por Galileo, revelan que el inquisidor que le interrogó le preguntó varias veces si sostenía la teoría copernicana del movimiento de la Tierra; y ca­da una de las veces Galileo negó haberlo hecho después de la condena de dicha doctrina en 1616. Vale la pena citar de un modo más extenso parte del interrogatorio:

 

P: Habiendo llegado a nuestro conocimiento por medio del propio libro y por las razones propuestas por el lado afirmativo, a saber, que la Tierra se mueve y que el Sol permanece inmóvil, se debe suponer, como se ha dicho, que él sostiene la opinión de Copérnico, o al menos que la sostenía entonces, y en consecuencia se le dijo que, a menos que decidiese decir la verdad, se podría recurrir a los remedios de la ley y a tomar las medidas apropiadas en su contra.

R: No sostengo esta opinión de Copérnico ni la he sostenido después de ser conminado a abandonarla. Por lo de­más, estoy aquí en vuestras manos; haced lo que creáis conveniente.

P: Y se le conminó a decir la verdad o de lo contrario se re­curriría a la tortura.

R: Estoy aquí para obedecer, pero no he sostenido esta opinión desde que se tomó aquella determinación, como ya he dicho.

Y dado que no se pudo hacer nada más para la ejecución de la conclusión, después de firmar, fue enviado a su casa.

Yo, Galileo Galilei, he testificado lo antedicho.

Esta declaración no deja ninguna duda de que Galileo fue amenazado con la tortura durante el interrogatorio del 21 de junio. Pero no hay pruebas de que fuese efectivamente torturado, o de que sus acusadores planeasen realmente torturarlo. Aparentemente, el “examen riguroso” mencionado en la sentencia significaba un in­te­rrogatorio bajo amenaza de tortura, no un interrogatorio con tortura.

La forma más común y corriente de tortura en Roma en aquella época era la “tortura de la cuerda”. Consistía en atar las manos del reo a su espalda y después atar sus muñecas unidas al extremo de una larga cuerda que pasaba por una polea colgada del techo. El verdugo sostenía el otro extremo de la cuerda de modo que el reo podía ser elevado dos o tres metros y se le dejaba así suspendido durante diferentes períodos (una regla estándar especificaba un máximo de una hora). Para aumentar la tensión, a ve­ces se colocaban unas pesas en los pies del reo. Alterna­ti­va­mente, se dejaba caer violentamente al reo desde diversas alturas deteniendo la caída a pocos centímetros del suelo; cuanto mayor era la altura desde la que se le dejaba caer, mayor era el dolor en las articulaciones del reo (de hecho, los valores numéricos de la distancia recorrida en la caída proporcionaban una medida cuantitativa de la severidad de la tortura).[9]

Debido a la severidad de la tortura de la cuerda, podemos estar casi seguros de que Galileo no fue torturado de este modo. Dada su avanzada edad, sesenta y nueve años, y su delicado estado de salud, habría sufrido daños permanentes en brazos y hombros, y no hay pruebas de ello. Además, si hubiese sido torturado, la tortura habría tenido lugar el 21 de junio y no hubiera estado en condiciones de asistir a la lectura de la sentencia en la que pronunció su abjuración, el día 22. Por otra parte, las normas de la In­quisición especificaban que las sesiones de tortura, incluidos los gritos y lamentos de la víctima, fuesen registrados, pero las actas no mencionan este dato. Las normas de la Inquisición también estipulaban que las confesiones obtenidas durante la tortura fuesen ratificadas veinticuatro horas más tarde, fuera de la cámara de tortura, pero no existe ningún registro ni ratificación en este caso. Y antes de que un acusado pudiese ser torturado tenía que producirse un voto formal de los asesores recomendándolo, aparte de un decreto de los inquisidores; pero las actas del proceso no indican que se tomase ninguna de estas medidas en el caso de Galileo.[10]

Además, las autoridades de la Inquisición en Roma raramente practicaban la tortura, lo que reduce aún más la probabilidad de que Galileo sufriese este castigo. Las normas inquisitoriales eximían de la tortura a las personas viejas y enfermas (además de a los niños y a las mujeres embarazadas), y Galileo no sólo era viejo sino que tenía artritis y una hernia. Las normas también exoneraban a los clérigos, y ahora sabemos que Galileo había recibido la tonsura clerical (el corte de pelo ceremonial que se hacía a los hombres que eran investidos como clérigos) el 5 de abril de 1631 para así beneficiarse de una pensión. Por motivos que resulta fácil adivinar, las normas de la tortura estipulaban que un reo no podía ser torturado antes de transcurridas diez horas desde la última vez que había comido; pero el ritmo al que se celebró el juicio no dejó ningún período de esta duración. Finalmente, otra norma decía que el acusado no podía ser torturado durante la investigación de un delito a menos que la transgresión fuese tan grave como para requerir un castigo corporal. El supuesto delito de Galileo no llegaba siquiera a ser una herejía formal, lo que hubiera justificado el castigo corporal; en consecuencia, torturarle hubiera sido inapropiado.[11]

Naturalmente, todas las normas y prácticas recién mencionadas estaban sujetas a excepción. Por ejemplo, aunque los viejos no podían ser sometidos a la tortura de la cuerda, sí podían sufrir la tortura del fuego en los pies. Y aunque los clérigos no podían ser torturados por un laico, sí podían serlo por otro clérigo. Además, algunos funcionarios se saltaban a menudo las reglas o las in­terpretaban de un modo abusivo.[12] Había además varios pasos in­termedios entre los dos extremos de la amenaza durante el inte­rro­gatorio fuera de la cámara de tortura y la tortura real infligiendo daño físico en la cámara de tortura, como mostrar al acusado los instrumentos de tortura o desnudarlo y atarlo a dichos instrumentos como si se dispusieran efectivamente a torturarlo, etc. Para referirse a estos pasos intermedios se utilizaba la expresión territio realis (“intimidación real”), para distinguirla de la territio verbalis (“amenaza verbal”). Algunos estudiosos han conjeturado que Galileo fue sometido a territio realis. Esta versión de la tesis de la tortura no es incompatible con las órdenes papales del 16 de junio ni con el hecho de que Galileo no mostrase signos de dislocación después del 21 de junio, que tuviese fuerzas suficientes pa­ra asistir a la lectura de la sentencia y a la abjuración el día 22, que no hubiese ratificación de la confesión mediante tortura real, y que no hubiese un voto de los asesores recomendando la tortura ni un decreto de los inquisidores imponiéndola. Sin embargo, es inconsistente con la declaración del 21 de junio, que no contiene ninguna descripción de estos pasos intermedios. Por consiguiente, esta versión de la tesis de la tortura presupone la inautenticidad de dicha declaración.[13]

Se podría objetar que aunque Galileo no fuese torturado físicamente, el tratamiento que recibió –o sea, la amenaza de tortura en su último interrogatorio y el arresto domiciliario perpetuo tras la condena– equivale a una forma de tortura moral o psicológica. En efecto, desde mediados del siglo XIX han sido muchos los autores que han sostenido la tesis de la tortura moral.[14] Pero este argumento de la tortura moral es un camino resbaladizo sin un final a la vista.

A la vista de la evidencia disponible, la postura más sostenible es la de que Galileo fue interrogado con la amenaza de ser torturado pero que no sufrió una tortura real ni una territio realis. Aunque permaneció bajo arresto domiciliario durante el juicio de 1633 y los nueve años siguientes de su vida, nunca fue a la cárcel. He­mos de tener en cuenta, sin embargo, que durante 150 años después del juicio la evidencia pública disponible indicaba que Ga­lileo había sido encarcelado, y durante 250 años que había sido torturado. Los mitos de la tortura y el encarcelamiento de Galileo son, pues, mitos genuinos: ideas que de hecho son falsas pero que en su día parecían verdaderas, y que siguen siendo aceptadas co­mo verdaderas por las personas poco informadas y por algunos estudiosos poco rigurosos.

 

Notas:
1. Para otras versiones sobre la tesis de la cárcel véase la carta de Luc Holste a Nicolas de Peiresc (7 de marzo [o sea mayo] de 1633) in Galileo Galilei, Opere, ed. A. Favaro et al., 20 vols. (Florencia: Bar­bèra, 1890-1909), 15:62; John Milton, Areopagitica (London, 1644), 24; Domenico Bernini, Historia di tutte l’heresie, 4 vols. (Roma, 1709), 4:615; Louis Moreri, Le grand dictionnaire historique, 5 vols. (Paris, 1718), 1:196; Jean B. Delambre, Histoire de l’astronomie moderne, 2 vols. (París, 1821), 1:671; John William Draper, History od the Conflict between Religion and Science (New York: D.Appleton, 1874), 171-2; E. H. Haeckel, Gesammelte populäre Vorträge aus dem Gebiete der Wntwicklungslehre (Bonn, 1878-1879), 33; Andrew D.White, A His­to­ry of the Warfare of Science with Theology in Christendom, 2 vols. (New York, 1896), 2:142; y Bertrand Russell, Reli­gion and Science (Oxford: Oxford University Press, 1935), 40. Sobre la tesis de la tortura, véase también Paolo Frisi, Elogio del Galileo (Milám, 1775), in Elogi: Galilei, Newton, d’Alembert, ed. Paolo Casini (Roma: Theoria, 1985), 71; Gio­vanni B.C.Nelli, Vita e commercio letterario di Ga­lileo Galilei, 2 vols. (Lausanne [es decir, Florencia], 1793), 2:542-4; Gu­glielmo Libri, Essai sur la vie et les travaux de Galilée (Paris, 1841), 34-7; Silvestro Ghe­rardi, Il processo di Galileo riveduto sopra documenti di nuova fonte (Florencia, 1870), 52-4; Emil Wohlwill, Ist Galilei gefoltert worden? (Leipzig, 1877): J.A.Scartazzini, “Il processo di Galileo Galilei e la moderna crisi tedesca”, Rivista europea 4 (1787): 821-61, 5 (1878): 1-15, 5 (1878): 221-49, 6 (1878): 401-23, y 18 (1878): 417-53; y Enrico Genovesi, Processi contro Galileo (Milán: Ceschina, 1966), 232-82.
2. El relato simplificado del juicio de Galileo que se hace en los párrafos precedentes se ha extraído de las siguientes obras: Giorgio de San­tillana, The Crime of Galileo (Chicago: University of Chicago Press, 1955); Stillman Drake, Galileo at Work (Chicago: University of Chicago Press, 1978); Maurice A. Finocchiaro, Galileo and the Art of Reasoning (Bos­­ton: Dordrecht, 1980); Maurice A. Finocchiaro, trad. y ed. The Ga­lileo Affair: A Documentary History (Berkeley: University of Ca­lifornia Press, 1989); Mario Biagioli, Galileo, Courtier (Chicago: Chi­cago Uni­versity Press, 1993); Rivka Feldhay, Galileo and the Church (Cambridge: Cambridge University Press, 1995); Massimo Buccinanti, Contro Galileo (Florencia: Olschki, 1995); Francesco Be­retta, Galilée devant le Tribunal de l’Inquisition (dis. Doctoral., Fa­cul­tad de Teología, Universidad de Friburgo, Suiza, 1998); Annibale Fantoli, Galileo: For Copernicanism and for the Church, trad. George V. Coyne, 3ª ed (Ciudad del Vaticano: Va­ti­can Observatory Publica­tions, 2003); William R.Shea y Mariano Ar­tigas, Galileo in Rome (Ox­ford: Oxford University Press, 2003); Mi­chele Camerota, Galileo Ga­lilei e la cultura scientifica nell’età della Controriforma (Rome: Sa­lerno Editrice, 2004); Ernan McMullin, ed., The Church and Galileo (Notre Dame, Ind.: University of Notre Dame Press, 2005); Ma­rio Biagioli, Galileo’s Instruments of Credit (Chicago: Chicago University Press, 2006); Richard J. Blackwell, Behind the Scenes at Galileo’s Trial (Notre Dame, Ind.: University of Notre Dame Press, 2006); Antonio Beltrán Marí, Talento y poder: Historia de las relaciones entre Galileo y la Iglesia católica (Pamplona: Laetoli, 2006).
3. Citado de Finocchiaro, Galileo Affair, 290-1; véase también Galilei, Ope­re, 19: 405-6.
4. Galilei, Opere, 15:169, 19:411-5; Maurice A. Finocchiaro, Retrying Ga­lileo, 1631-1992 (Berkeley: University of California Press, 2005), 26-42.
5. Eliseo Masini, Sacro arsenale overo prattica dell’officio della Santa In­quisitione (Génova, 1621), 121-51; Desiderio Scaglia, Prattica per proceder nelle cause del Santo Uffizio, manuscrito no publicado, ca. 1615-1639 (¿), ac­­tualmente disponible in Antonio Mirto, “Un inedito del Seicento sull’Inquisizione”, Nouvelles de la république des lettres, 1986, nº 1, 99-138, en p.133; Nicola Eymerich y Francisco Peña, Directo­rium inquisitorum (Roma, 1578), ahora en Le manuel des inquisiteurs, ed. y trad. Lluís Sala-Molins (Paris: Mouton, 1973), 158-64, 207-12; Beretta, Galilée devant le Tribunal de l’Inquisition, 214-21.
6. Algunas cartas cruciales se publicaron en Florencia en 1774, como se explica en Nelli, Vita e commercio letterario di Galileo Galilei, 2:537-8. Una colección mayor se publicó en Angelo Fabroni, ed., Lettere inedite di uomini illustri, vol. 2 (Florencia, 1775). Un resumen meticuloso de esta evidencia la dio Girolamo Tiraboschi, “Sulla condanna del Galileo e del sistema copernicano” (conferencia impartida en la Accademia de’Disso­nanti, Modena, 7 de marzo de 1793), in Storia della letteratura ita­liana (Roma, 1782-1797), 10:373-83, en p. 382, traducida en Finoc­chia­ro, Retrying Galileo, 171. La correspondencia de 1633 puede ahora encontrarse en Galilei, Opere, vol. 15; las declaraciones del juicio en 19:336-62. Traducciones de las cartas más importantes y de las cuatro de­claraciones se dan en Finocchiaro, Galileo Affair, 241-55, 256-87, respectivamente. Respecto a la distinción entre la embajada toscana (Pa­lazzo Firenze) y Villa Medici, véase Shea y Artigas, Galileo in Rome, 30, 74, 106-7, 134-5, 179-80, 195.
7. Las actas del juicio fueron publicadas por Henri de l’Epinois, “Ga­lilée: Son Procès, Sa Condamnation d’après des Documents Iné­dits”, Revue des questions historiques, año 2, vol. 3 (1867): 68-171; Do­menico Berti, Il processo originale di Galileo Galilei pubblicato per la prima volta (Roma, 1876); Karl von Gebler,Die Acten des Galilei’schen Processes, nach der Vaticanischen Handschrift (Stuttgart, 1877); Henri de l’Epinois, Les pièces du procès de Galilée précedées d’un avant-propos (Paris, 1877); Domenico Berti, Il processo originale di Galileo Galilei pubblicato: Nuova Edizione accresciuta, corretta e preceduta da un’avvertenza (Roma, 1878). Además de los proponentes de la teoría de la tortura mencionados en la nota 4, entre las obras esenciales en el pro­ceso de asimilación se cuentan: Ma­rino Marini, Galileo e l’In­quisizione (Roma, 1850), 54-68; Th.Henri Martin, Galilée, les droits de la science et la méthode des sciences physiques (Paris, 1868), 123-31; San­te Pieralisi, Urbano VIII e Galileo Galilei (Roma, 1875), 227-46; Berti, Processo originale di Galileo (1876), cv-cxviii; Henri de l’Epinois, La question de Galilée (Paris, 1878), 197-216; Karl von Gebler, Galileo Ga­lilei and the Roman Curia, trad. Mrs. George Sturge (Londres, 1879), 252-63; Léon Garzend, “Si l’Inquisition avait, en prin­ci­pe, décidé de torturer Galilée?”, Revue pratique d’apologétique 12 (1911): 22-38, 265-78; León Garzend, “Si Galilée pouvait, juridiquement, être torturé”, Revue des questions historiques 90 (1911): 353-89, y 91 (1912): 36-7; y Orio Giacchi, “Considerazioni giuridiche sui due processi contro Ga­lileo”, in Nel terzo centenario della morte di Galileo Galilei, ed. Università Cattolica del Sacro Cuore (Milán: Società Editrice “Vita e Pensiero”, 1942), 383-406.
8. El primero lo cita Finnochiaro, Retrying Galileo, 246; véase también Galilei, Opere, 19: 282-3; y Epinois, “Galilée: Son procès”, 129, n.4. El otro está en Finocchiaro, Galileo Affair, 287; véase también Galilei, Opere, 19: 362.
9. Véase Scaglia, Prattica per proceder nelle cause del Santo Uffizio, 133; Genovesi, Processi contro Galileo, 79-81; Mereu, Storia dell’intolleranza in Europa, 226-7; Beretta, Galilée devant le tribunal, 216; y Beltran Ma­rí, Talento y poder, 797.
10. Véase Masini, Sacro arsenale, 120-51; Berti, Processo originale di Ga­lileo, cv-cxviii; Gebler, Galileo Galilei and the Roman Curia, 256-7; y Beretta, Galilée devant le Tribunal, 214-21.
11. Véase especialmente Garzend, “Si Galilée pouvait, juridiquement, être torturé”, donde se cita una impresionante serie de tratados sobre derecho canónico, derecho civil, teología y prácticas inquisitoriales de tiempos de Galileo. Por lo que respecta a la tonsura clerical de Galileo, véase Galilei, Opere, 19: 579-80.
12. Sobre los abusos del sistema que tuvieron lugar en 1604 en las investigaciones de la Inquisición de Padua sobre Galileo y Cesare Cre­monini, véase Beltrán Marí, Talento y poder, 25-45.
13. Sobre los grados de tortura, véase Masini, Sacro arsenale, 120-51; Philippus van Limborch, Historia Inquisitionis (Amsterdam, 1692), 322; Scartazzini, “Il processo di Galileo Galilei”, 6: 403-4; Gebler, Galileo Galilei and the Roman Curia, 256, n.2; Genovesi, Procesi contro Galileo, 252-5; Eymerich and Peña, Le manuel des inquisiteurs, 209; y las fuentes originales a las que se refieren la mayoría de estos autores: Paolo Gri­llandi, Tractatus de questionibus et tortura (1536); y Julius Clarus, Prac­tica criminalis (Venecia, 1640). Para argumentos a favor de la tesis de la territio realis, véase Wohlwill, Ist Galilei gefoltert worden) 25-8. Para críticas, véase Gebler, Galileo Galilei and the Roman Curia, 254-6; y Finocchiaro, Retrying Galileo, 252.
14. Entre los proponentes de la tesis de la tortura moral se cuentan Jean Biot, Mélanges scientifiques et littéraires, 3 vols. (Paris, 1858), 3: 42-3; Philarète Chasles, Galileo Galilei: Sa vie, son procès et ses contemporaines (Paris, 1862); Joseph L. Trouessart, Galilée: Sa mission scientifique, sa vie et son procès (Poitiers, 1865), 110. Para las críticas de la tesis de la tortura moral, véase Pieralisi, Urbano VIII e Galileo Galilei, 242-6. Véase también Finocchiaro, Retrying Galileo, 234, 236.
Fuente: Capítulo 8 del libro editado por Ronald Numbers Galileo fue a la cárcel y otros mitos acerca de la ciencia y la religión.
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