Esclavos, siervos de la gleba, proletarios: tres clases oprimidas de la antigüedad

Tras la lectura del primer capítulo de este libro, quizá algunos lectores se hayan preguntado, estupefactos: ¿pero es posible que en la antigüedad haya existido un número de proletarios libres suficientemente considerable? ¿Acaso no es verdad, más bien, que en aquel tiempo los esclavos eran quienes realizaban todos los trabajos pesados? No hay duda de que se ha difundido en general la opinión de que la antigüedad habría sido la época de los esclavos, a la que habría sucedido a continuación —hasta los alrededores de 1800—, el periodo de la servidumbre de la gleba, al cual le habría sucedido al fin la época de los jornaleros libres. No hay nada de inexacto, en sí mismo, en una distinción semejante de periodos históricos: durante la antigüedad la esclavitud desempeñó un papel determinante, así como lo tuvo la servidumbre de la gleba en el medioevo, y en el denominado evo moderno; es también indiscutible que con la civilización de las máquinas ha saltado al primer plano el trabajo libre asalariado. Pero hay que evitar considerar desde una perspectiva unilateral estas tres fases de desarrollo. En la antigüedad, por ejemplo, junto a los esclavos, fueron también numerosísimos los siervos de la gleba, pero aún en número mayor, hubo proletarios libres. La teoría según la cual la lucha de clases constituye el fundamento de todo proceso histórico encuentra, sin duda alguna, su mejor confirmación en la observación del mundo antiguo. Sin embargo, no es precisamente la lucha de clases entre libres y esclavos la que desempeña el papel determinante para quien repasa la antigüedad. Otros conflictos sociales poseyeron un alcance mucho más decisivo.

En la antigüedad la esclavitud fue posible debido a que en aquellos tiempos, como ya hemos destacado anteriormente, al norte de Italia y Grecia, países culturalmente avanzados, vivía en Europa un abigarrado grupo de pueblos bárbaros. Todas estas estirpes bárbaras: los galos en Francia y en las regiones alpinas, los tracios y los ilirios en los Balcanes, los escitas en Rusia, los germanos en Alemania, etc., estaban entre ellos en permanente estado de guerra. Una aldea agredía a otra, la pasaba a sangre y fuego, le arrancaba a sus habitantes que eran llevados al mercado de esclavos. Traficantes emprendedores, después, se encargaban del transporte de esta mercancía humana hasta los países civilizados, de forma no muy distinta a la practicada en el comercio de negros hasta bien entrado el siglo XIX. Posteriormente, durante los últimos siglos antes del nacimiento de Cristo, la mayor parte de los pueblos bárbaros y semi-bárbaros de Europa fueron directamente atacados y sometidos por los ejércitos romanos. Muchos centenares de miles de hombres fueron reducidos así a la esclavitud como consecuencia de estas crueles guerras de rapiña emprendidas por los romanos.

Además de las poblaciones bárbaras de Europa septentrional y central, romanos y griegos tuvieron contacto también con otras nacionalidades, es decir, con los pueblos del antiguo Oriente. Los egipcios, los sirios, los pueblos del Asia menor, los persas, los babilonios en Mesopotamia, e incluso otros muchos. Estos orientales, cuyas características nos son conocidas gracias al Antiguo Testamento, eran civilizados, y sus estados estaban firmemente constituidos. Esto excluía la posibilidad de organizar, por ejemplo en Asia menor, o en Egipto, una cacería sistemática de esclavos. Pero, por motivos que no hacen al caso ahora, en el siglo ll y en el siglo l antes de nuestra era, el aparato de estado se encontraba en plena crisis de disolución en vastas regiones del Oriente, y muy en particular, en Siria y en el Asia Menor. Esta fue una circunstancia especialmente favorable para los especuladores de toda laya, para aventureros y bandidos, que se aprovecharon de todo esto para organizar también en estas regiones una cacería de esclavos de gran envergadura. Los infelices orientales fueron encerrados de este modo en las cárceles que en Italia estaban destinadas a los esclavos, sometidos a igual destino que los bárbaros del norte. En ningún otro momento, como en este periodo que va del 200 al 30, antes de nuestra era, fueron introducidos en el mundo antiguo civilizado tantos esclavos, y eso era debido a que, a un mismo tiempo, los ejércitos romanos sometían a cautiverio a los hombres del norte, y los agentes de los especuladores romanos lo hacían en Oriente. Después de esta fase la importación de esclavos fue agotándose paulatinamente. La republica entró en decadencia, y a ésta le sucedió el imperio. Debe considerarse mérito de los emperadores romanos haber impuesto orden y paz en aquel inmenso territorio que se extendía desde Inglaterra a Egipto. A la vez que se terminaba con la administración de rapiña de la república tardía, se puso fin también a la caza de esclavos. A partir de entonces, griegos y romanos recibieron pocos esclavos procedentes del exterior, e incluso las masas de esclavos existentes disminuyeron a consecuencia de numerosísimas liberaciones. En consecuencia, el papel desempeñado por la esclavitud al finalizar la edad antigua fue cada vez más modesto, y, realmente, no se puede afirmar que la ruina de aquella civilización sea responsabilidad de la esclavitud, ya que el declive de ésta había llegado a estar ya muy avanzado durante el transcurso mismo de la edad antigua. Hay que hacer notar también que los propios griegos y romanos tan sólo en casos excepcionales y exclusivamente bajo circunstancias por completo particulares, se vieron, ellos mismos, reducidos a esclavitud.

¿Qué magnitud tenía el número de los esclavos en relación con el conjunto de la población durante el periodo de plenitud de la edad antigua? Todos comprendemos que se trata de una cuestión fundamental. Si el número de esclavos fuera netamente superior al de los libres, estaría claro que la mayor parte de trabajo productivo habría sido desarrollada, precisamente, por esclavos, y que los libres habrían tenido la posibilidad de existir, precisamente gracias al trabajo de aquellos. En el caso contrario, es decir, en caso de que fuesen mayoría los ciudadanos libres, entonces también ellos mismos debieron atender con esfuerzo a sus propias necesidades. Y tan sólo en un sentido muy restringido se podría, entonces, hablar de “estados esclavistas” en la antigüedad.

La investigación moderna ha demostrado que la última opinión es la más ajustada a la realidad. En el estado ateniense, por ejemplo, vivían hacia el 350 antes de nuestra era cerca de 170.000 personas. De ellas, según el calculo más fidedigno, 120.000 eran libres y 50.000 eran esclavos. Y sin embargo, Atenas era el centro comercial e industrial de aquellos tiempos, y en ningún otro lugar de la antigua Grecia existía, en proporción, más esclavos. Es más, en la mayor parte de las regiones griegas prevalecía aún casi exclusivamente la economía agrícola y el trabajo artesanal. El número de esclavos era, por eso, muy bajo en aquellas zonas, tan solo algunos centenares con relación a la totalidad de la población. La ciudad de Roma tenía en el periodo imperial cerca de 800.000 habitantes, de los cuales como máximo eran esclavos un cuarto de millón, no obstante el lujo de los ricos con su innumerable servidumbre. Incluso durante el periodo de la República tardía cuando afluían esclavos de todos los puntos cardinales, el número de ciudadanos libres alcanzaba a ser cerca de las tres cuartas partes de la población. Se puede comprobar así que durante cualquier periodo de la antigüedad, tanto entre los romanos como entre los griegos, es válido el hecho de que el grueso del trabajo productivo no era desempeñado por esclavos. Encontramos una excepción en la isla de Sicilia, durante los dos últimos siglos antes de Cristo. Allí, después de terribles guerras, había sido derrotada la vieja clase propietaria, y las tierras habían pasado a ser propiedad de capitalistas romanos que las hicieron cultivar por numerosas muchedumbres de esclavos. ¡En ese infierno social de la antigüedad el número de los esclavos llegó a ser superior al de los libres!

No se puede olvidar el papel que tuvieron, también en la antigüedad, junto a los esclavos, los siervos de la gleba. Es decir, los campesinos ligados a la tierra que cultivaban, los cuales debían pagar al amo tributos, además de proporcionarle prestaciones en trabajo. Alrededor del 400 antes de nuestra era existieron en Grecia, probablemente, más siervos de gleba que esclavos, desde el momento en que los campesinos se encontraron en una situación tal, penosa por tantos motivos, en las grandes regiones de Tesalia, Lacedemonia y Mesenia. Pero de todos modos, el progresivo desarrollo político y social eliminó la servidumbre de gleba. Todavía durante el siglo IV antes de nuestra era, en Tesalia y en Mesenia se daban casos de campesinos liberados. Sólo en Lacedemonia, inicialmente, se encontraba afianzada todavía una casta privilegiada, la de los famosos y temidos espartanos. Allí el hundimiento se produjo en el siglo III, pero, en contrapartida, de modo especialmente radical. También en vastas zonas de Italia, durante los siglos VI y V antes de nuestra era los campesinos se encontraban en una situación que se asemejaba muy de cerca, por decir poco, a la de la servidumbre de gleba. Pero también en Italia el desarrollo político provocó, alrededor del siglo IV el derrocamiento de la aristocracia terrateniente de tipo feudal y la liberación de los campesinos. Así pues, tanto Roma como Grecia superaron, paralelamente con el desarrollo de su civilización, la fase de la servidumbre de la gleba. Hacia el final de la Edad Antigua, sin embargo, y junto con el declive político general, se produjo en ese asunto un movimiento de retroceso. El poder estatal romano, en complicidad con los grandes propietarios terratenientes, sometió de nuevo a los campesinos, a partir del siglo IV de nuestra era, a la servidumbre de la gleba. Se ejerció una violencia sobre la población pobre, que a la postre, en venganza, cayó encima de sus propios promotores. En efecto, la opresión y la exasperación ejercidas sobre los campesinos pobres contribuyeron de forma determinante al hundimiento del Imperio romano de occidente.

En aquellas regiones, y durante aquellas épocas de la antigüedad en las que los siervos de gleba fueron mayoritarios en número, los proletarios libres eran una minoría desdeñable, casi inexistente como tal. Al margen de esto, los pobres libres y los esclavos vivían en estrecho contacto, aunque no les uniera sentimiento alguno de solidaridad, ya que el proletario solía ser griego o romano, en tanto que el otro era un esclavo, un salvaje del Norte, un “bárbaro”, dicho según la denominación de entonces, o bien un oriental, es decir, un hombre de todos modos lejanísimo por su lengua y costumbres, para un griego o un romano. La relación del proletario ateniense con los esclavos era aproximadamente la misma que la que hay actualmente entre el trabajador blanco americano en relación con los negros. Cuando en Atenas los proletarios tomaron el poder se preocuparon, ciertamente, de que los esclavos fuesen tratados humanamente, pero lejos estaban de pensar en liberarlos. También ocurrió que, en las grandes revueltas de esclavos del periodo de la república romana tardía, tomaron parte, si bien de forma aislada, libres pobres, pero este hecho no modificó sensiblemente el carácter fundamental del movimiento.

Capítulo segundo del libro de Arthur Rosenberg Democracia y lucha de clases en la antigüedad.
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