El enigma de la esfinge

D. H. Lawrence El enigma de la esfinge

Resulta infantil, pero ahora hemos de admitir que el inicio de la nueva era (la nuestra) coincidió con la agonía de la antigua era de los verdaderos paganos o, en el sentido griego, bárbaros. Cuando nuestra civilización actual mostraba las primeras chispas de vida, digamos en el año 1000 a.C., se desvanecía la grande y antigua civilización del mundo anterior, las grandes civilizaciones fluviales del Éufrates, del Nilo y el Indo, con la civilización marítima más pequeña del Egeo. Es pueril negar la antigüedad y la grandeza de las tres civilizaciones fluviales, con sus culturas intermedias en Persia o Irán, y en el Egeo, Creta o Micenas. No vamos a pretender que alguna de esas civilizaciones tuviera grandes conocimientos aritméticos, y es posible que ni siquiera inventaran la rueda. Un niño moderno de diez años podría dejarles en mantillas en aritmética, geometría y quizás incluso en astronomía, pero, ¿qué importa?

Por el hecho de que egipcios, caldeos, cretenses, persas e hindúes del Indo carecieran de nuestros modernos logros mentales y mecánicos, ¿eran menos «civilizados» o «cultos» que nosotros? Contemplemos la gran estatua sentada de Ramsés, o las tumbas etruscas, leamos acerca de Asurbanipal o Darío, y hablemos luego. ¿Qué papel hacen nuestros modernos obreros fabriles al lado de los delicados frisos egipcios que muestran a la gente corriente de Egipto? ¿O nuestros soldados vestidos de caqui al lado de los frisos asirios? ¿O nuestros leones de la plaza Trafalgar al lado de los de Micenas? La civilización se revela más en la vida sensible que en los inventos, ¿y tenemos nosotros algo comparable a lo que tenían los egipcios de dos o tres mil años antes de Cristo, como pueblo? La conciencia vital pone a prueba la cultura y la civilización. ¿Somos acaso más conscientes vitalmente que un egipcio de tres mil años antes de Cristo? ¿Lo somos? Probablemente lo somos menos. El alcance de nuestra conciencia es extenso, pero delgado como una hoja de papel. Nuestra conciencia carece de profundidad.

Buda dice que una cosa que se eleva es una cosa pasajera. Una civilización que asciende es una civilización pasajera. Grecia se elevó tras el paso de la civilización del Egeo, y éste fue el vínculo entre Egipto y Babilonia. Del mismo modo que Grecia se elevó tras el paso de la civilización del Egeo, Roma hizo lo mismo, pues la civilización etrusca fue una última y fuerte oleada del Egeo, y Roma surgió ciertamente de los etruscos. Persia se alzó de entre las grandes culturas del Éufrates y el Indo y, sin duda, cuando éstas periclitaron.

Quizá toda civilización en ascenso ha de repudiar a la civilización que ha dejado atrás. Es una lucha en el interior del yo. Los griegos repudiaron fieramente a los bárbaros, pero hoy sabemos que los bárbaros del Mediterráneo oriental eran tan griegos como la mayoría de los griegos. Solo los griegos, o helenos autóctonos, se adherían a la antigua cultura en vez de adoptar la nueva. El Egeo siempre debió de ser heleno, en el sentido primitivo, pero la antigua cultura del Egeo difiere de la que llamamos griega, sobre todo en su base religiosa. En un sentido muy antiguo, la nación era una iglesia, o una vasta unidad de culto, y de culto a cultura no hay más que un paso, pero darlo fue muy laborioso. La tradición del culto era la sabiduría de las razas antiguas, mientras que en la actualidad tenemos cultura.

Es bastante difícil que una cultura comprenda a otra, pero que la cultura comprenda la tradición del culto es difícil en extremo y, para gentes más bien estúpidas, imposible, porque la cultura es principalmente una actividad mental, mientras que la tradición del culto es una actividad de los sentidos.

El mundo pre-griego antiguo no tenía el menor atisbo de los extremos a los que podía llevarse la actividad mental. No lo tuvo ni siquiera Pitágoras, quienquiera que fuese, ni Heráclito, ni tampoco Empédocles o Anaxágoras. Sócrates y Aristóteles fueron los primeros en percibir el alba.

Pero, por otro lado, no tenemos la menor idea del vasto alcance que tenía la antigua conciencia sensorial. Hemos perdido casi por completo la gran conciencia sensual, de complejo desarrollo, esa conciencia y conocimiento de los sentidos que tenían los antiguos. Era una gran profundidad de conocimiento a la que llegaban directamente por instinto e intuición, como nosotros decimos, no mediante la razón, un conocimiento que no se basaba en las palabras sino en las imágenes. La abstracción no se expresaba en generalizaciones o cualidades, sino en símbolos, y la conexión no era lógica sino emocional. Las palabras «en consecuencia» no existían. Imágenes o símbolos se sucedían unos a otros en una procesión de conexión física instintiva y arbitraria –algunos de los salmos nos proporcionan ejemplos– y no «llegaban a ninguna parte» porque no había ningún sitio al que llegar, se tenía el deseo de lograr la consumación de un cierto estado de conciencia, de conseguir un determinado estado de conciencia sensorial. Quizá todo lo que nos queda hoy de la antigua manera de realizar los «procesos mentales» son juegos como el ajedrez y los naipes. Las piezas de ajedrez y las figuras de los naipes son símbolos cuyos valores están fijados en cada caso y cuyos «movimientos» son ilógicos, arbitrarios y basados en el instinto de poder.

Hasta que logremos comprender un poco el funcionamiento de la mente antigua, no podremos apreciar la «magia» del mundo en que vivían aquellos hombres. Fijémonos, por ejemplo, en el enigma de la esfinge. ¿Qué es lo que primero camina con cuatro piernas, luego con dos y finalmente con tres? La respuesta es: el hombre. Para nosotros, la gran pregunta de la esfinge es bastante tonta, pero en el antiguo acrítico que sentía sus imágenes, despertaba un gran complejo de emociones y temores. Lo que anda a cuatro patas es el animal, con toda su diferencia y potencia animal, su conciencia interior que rodea la conciencia aislada del hombre. Y cuando, en la respuesta, se muestra que el bebé camina a cuatro patas, surge al instante otro complejo emocional, mitad temor y mitad diversión, cuando el hombre se da cuenta de que él mismo es un animal, sobre todo en la etapa infantil, cuando camina a cuatro patas con el rostro hacia el suelo y el vientre o el ombligo polarizado hacia el centro de la tierra, como un verdadero animal, en vez de tener el ombligo polarizado hacia el sol, como en el hombre auténtico, según la concepción primitiva. La segunda cláusula, sobre la criatura de dos piernas, evocaría imágenes complejas de hombres, monos, aves y ranas, y la extraña relación de estas cuatro clases de seres sería un acto imaginativo instantáneo, que a nosotros nos es muy difícil de realizar, pero que los niños aún hacen. La última cláusula, la de la criatura de tres piernas, produciría maravilla, un ligero terror y el registro de las grandes extensiones más allá de los desiertos y el mar en busca de alguna bestia todavía desconocida.

Vemos, pues, que la reacción emocional a semejante enigma era

enorme, e incluso reyes y héroes como Héctor y Menelao tendrían la misma reacción, como la de un niño actual, pero mil veces más intensa y amplia. Los hombres no eran unos necios por reaccionar así; mucho más necios lo son hoy al desprenderse de sus reacciones emocionales e imaginativas y no sentir nada. El precio que pagamos es el aburrimiento y la paralización. Nuestros procesos de pensamiento directos ya no son vida para nosotros, mientras que el enigma de la esfinge es tan aterrador para el hombre de hoy como lo eran antes de Edipo, y aún más: hoy es el enigma del hombre a la vez muerto y vivo, cosa que nunca fue antes.

 

Séptimo capítulo del libro de  D.H. Lawrence Apocalipsis.

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