El Orden Biopolítico

Este ensayo nació del trabajo con los estudiantes de doctorado en las aulas de la Universidad austral de chile, de la necesidad de despejar las ambigüedades y confusiones con que me he encontrado cada año en torno a la noción de biopolítica. La biopolítica es hoy casi una moda académica. Da lugar a conferencias, seminarios, cursos y papers. Pero lo cierto es que tanto en la propia formulación de Foucault como en las lecturas que a partir de él se han hecho, el término aparece cargado de confusiones, ambigüedades y equívocos. Mi idea inicial era confeccionar una especie de pequeña guía que fuera capaz de simplificar las cosas. Sin embargo, como suele ocurrir, me desvié de mi objetivo y me embarqué en una reflexión más amplia, tratando de deslindar la biopolítica de cuestiones que en mi opinión no dejan de ser accesorias, pero sobre todo intentando pensar el presente a partir de Foucault, en ocasiones apegado a sus hallazgos, pero en otros momentos de manera mucho más libre. En cierto modo me mantuve fiel a la idea de simplificar, pero no tanto en el sentido reduccionista y facilitador, como en el de enfocar la cuestión hacia los que me parecían los problemas fundamentales a partir de un hilo conductor, claro y nítido, que permitiera seguir el recorrido en ocasiones tortuoso que el propio Foucault sigue en esos años de la década de los 70 en torno a la biopolítica. El término mismo es oscilante. inicialmente circunscrito al saber médico, posterior mente asociado a la sexualidad y al racismo, sirve luego para describir estrategias que tienen que ver con la seguridad y se generaliza finalmente como un régimen que vincula la idea de población y la ciencia del gobierno. Hay, sin embargo, un elemento común, una especie de constante que se da en todas esas figuras y que tiene que ver con lo eco nómico, pues la medicina social no deja de ser un modo de administrar recursos, la inflación de la sexualidad un modo establecer una economía de los cuerpos en el capitalismo, la población el hallazgo mediante el cual la administración se optimiza, y la economía política la verdadera herramienta mediante la que se articula el modelo biopolítico. todo ello culmina en una triple definición del liberalismo como criterio de veridicción, como régimen de verdad y como arte de gobierno y en ese sentido la idea de gubernamentalidad, asociada a esas tres definiciones, parece de hecho más importante y descriptiva que la de biopolítica.

Pero si el nombre de biopolítica parece haber triunfado es seguramente porque ha dado lugar a exitosas reflexiones como las de Esposito y de Agamben, por mencionar dos ejemplos notorios y notables, que han puesto el acento en los aspectos vinculados al sentido más habitual de la palabra vida. Es claro el ejemplo en el caso de Agamben, cuya reflexión nace de la distinción entre bíos y zoé, de manera que la reducción de lo humano a la mera zoé sería lo propio de la biopolítica. Otro tanto cabe decir de la interpretación de Esposito, articulada en torno a una metáfora biologista como la de inmunidad y en la que la idea de la vida juega un papel decisivo puesta en relación con la noción de comunidad. En estos dos autores la economía queda bastante diluida frente al análisis de otra línea de lecturas que, fiel a la tradición marxista, tiende aún a poner el énfasis en lo económico. Me refiero a los usos que de la biopolítica hacen autores como Negri, Lazzarato o Virno. Más allá de sus diferencias, comparten el apego al marxismo y evocan a su modo y de forma más o menos lejana el esfuerzo althusseriano dirigido a expurgar a Marx de Hegel. ahora bien, en estos casos, asumiendo que, en efecto, estamos ante una crítica de la economía política, lo que no queda claro es precisamente si en el fondo no dejan de absorber la idea de la vida en viejas categorías que la biopolítica debería ser capaz de renovar y, en su caso, sustituir.

Tratando de mantener un cierto equilibrio entre ambos extremos, este ensayo intenta reflexionar sobre lo que debemos entender por vida en su relación con la economía, pero sin regresar a un pasado o sin recaer en abstracciones metafísicas. Por ello busca ir más allá de un simple análisis de la gubernamentalidad y del homo economicus y pretende a la vez atender las relaciones de Foucault con el materialismo y en particular con el marxismo. considerando la obra de Foucault como una continuación del esfuerzo ilustrado, parte de la premisa de que, en efecto, como tantas veces se ha señalado, esa obra tiene por objeto la libertad y que solo desde ahí se entiende su larga y sostenida reflexión sobre el poder. Pero en la medida en que libertad, ilustración y crítica se aúnan para ofrecer una ontología, no hay duda de que Spinoza constituye un fondo inmejorable contra el que recortar el esfuerzo de Foucault, que culmina su trayectoria proponiendo una ética y una estética, las cuales sin embargo nunca realiza. Obviamente ese trasfondo obliga a reconsiderar algunas nociones en torno a la libertad moderna y a las críticas de la misma, así como a deslindar el proyecto de Foucault del de sus coetáneos posmodernos. Los tres primeros capítulos del libro están dedicados a esa tarea preliminar y giran en torno a los modos de pensar la libertad en el seno de lo moderno y a sus relaciones con la ética y la estética. Desde ahí, el capítulo cuarto sugiere un esquema del trazado general, de las intenciones y de las principales nociones en torno a las cuales se anuda la cuestión de la biopolítica en la obra de Foucault, para proyectar después sobre ese territorio el ámbito afectivo en el que se encuentran y se cruzan las palabras y las cosas, lo que hago en el capítulo quinto. a lo que de ahí emerge es a lo que en el sexto llamo mente común. Los capítulos séptimo, octavo y noveno están dedicados a desentrañar qué sea esa mente común y sus relaciones con la sexualidad, el deseo, la naturaleza y la vida. Del examen de esas categorías surge el deseo como una pieza fundamental en torno a la cual convergen la economía, la sexualidad y el discurso para construir una entidad que parece suceder a las ideologías y a las religiones. En ese sentido la reflexión foucaultiana en torno al orden biopolítico podría compararse con una especie de nuevo Tratado teológico-político escrito después de las religiones y de las ideologías y en un mundo donde ya no es posible reconstruir la ontología a partir de Dios ni de la naturaleza. Su resultado es una nueva mirada sobre la mayor parte de las categorías tradicionales de lo político y de lo moderno, pero especialmente reconfigura nuestra idea del individuo y de la masa, a las que está dedicado el capítulo final, y abre el camino para una redefinición, aún pendiente, de la acción política que permita reunir lo ético y lo estético.

«Fuente: Introducción del libro de Vicente Serrano Marín El Orden Biopolítico

Foucaultestructuralismo de Concha Fernández MartorellEl saber del traductor de Amalia Rodríguez Monroy