Diálogo de Pedro y Satanás en el Infierno sobre el «caso Marx»

Antoni Domènech Efemeride

Para Adolfo Gilly, en recuerdo del 25 de agosto de 2008

Habían transcurrido incontables eones sin comunicación oficial entre el Cielo y el Infierno. La terrenal decisión de Benedicto XVI de abolir el Limbo interrumpió esa veneranda tradición. Luego de que Marx hubiera salido del Limbo del olvido e ingresado en el Infierno, Pedro recibió esta comunicación urgente de Satanás:

«Caso Marx.- Situación insostenible en el Infierno. Este hijo de puta ha destruido en unos pocos años nuestra paz y nuestro ancestral orden social. Organizó, primero, la lucha de los diabluelos productores de azufre y carbón, de los fogoneros, de los transportistas, de los trabajadores en las plantas de bienes, digo de males, de equipo,  y aun de los torturadores y de los carceleros, todos los cuales, con medios inauditos y despreciables, como huelgas, asambleas, panfletos y grafiti irreverentes, han logrado jornadas laborales mucho más cortas y unos salarios a tal punto altos, que ponen en serio peligro la competitividad y la productividad de las empresas infernales. Estimulados por el ejemplo, y avivados sin duda por las continuas interrupciones experimentadas en su merecido castigo, los condenados a eterno tormento se han organizado también; por lo pronto, en una lucha por los derechos humanos universales, para pasar, enseguida, a una crítica subversiva y devastadora de la llamada ‘Economía Política del Infierno’. Una crítica que apunta a los propios cimientos de nuestra infernal civilización, poniendo en cuestión el sentido mismo de nuestra modernísima economía productiva (combustibles fósiles y nucleares, aparejos de tortura, aperos y utensilios varios de desolación y aflicción, ultraavanzados fármacos potenciadores del dolor y depotenciadores del consuelo, sofisticadas drogas inhibidoras de la reflexión y de la compasión, tecnologías varias de devastación química, bacteriológica y radioactiva, refinados instrumentos financieros generadores de eterna servidumbre por deudas y no menos refinados medios de desinformación masiva), además, claro está, de poner en cuestión el modo que tenemos de producir todo eso (mercados libres totalmente desregulados con monopolios que campan libérrimamente a sus anchas, empresas privadas capitaneadas todas por un verdadero dominus ab legibus solutus, mercados especulativos de mercancías a término hábilmente concebidos para hinchar la burbuja de los precios de los alimentos y dar tormento por hambre a la infernal muchedumbre, etc.). En su indecible osadía, Marx ha llegado a sugerir que el bochorno espléndidamente irrespirable del Infierno, lejos de ser un fenómeno natural que, decretado por el Cielo, pertenece a la esencia misma de nuestro inframundo, es un mero subproducto histórico del calentamiento global y del cambio climático inducido por las irracionales e inhumanas prácticas productivas, especulativas y publicitarias de nuestras infernales empresas. Tampoco se priva de desacreditarme de manera humillante, afirmando de continuo que yo mismo – ¡yo, Satanás!— no soy sino un ‘pobre diablo’, a lo sumo un valedor político de los intereses de esas empresas, cooptado antidemocráticamente por ellas: casi nadie cree ya aquí que sea yo ‘Caudillo del Infierno por la gracia de Dios’. Y ahora está anunciada una Asamblea general que habrá de reunir a diabluelos asalariados y a condenados a eterno tormento, bajo la divisa: ‘También en el Infierno hay Esperanza; otro mundo no infernal es perfectamente posible’. No tengo medios para reprimirla. Pero te digo, Pedro, que nuestra infernal civilización está en grave peligro. Espero instrucciones celestiales.»

Olímpico y celestialmente displicente, pero consciente del peligro, Pedro se limitó a tramitar al Infierno una orden de ingreso de Marx en el Cielo: «Que suba».

Pasado un tiempo, y cosa insólita, Pedro bajó personalmente al Infierno a entrevistarse en secreto con el mismísmo Satanás:

– «Ya veo que en el Infierno las cosas han vuelto a la normalidad, Satanás. Pero la situación allá Arriba es insostenible. Este hijo de puta está acabando con el mismísimo Cielo. Empezó a agitar a las almas beatas para que sean devueltas a la carnalidad y al sentido del goce terrenal. No contento con eso, ha comenzado una campaña que llama «desalienadora» entre los ángeles para que recuperen el sexo, para que puedan elegir el que les venga en gana y aun para que lo practiquen según les acomode. En su pérfida demagogia, ni siquiera se ha privado de comparar con desventaja nuestro paraíso celestial de almas bienaventuradas con la feroz carnalidad y el descarnado hedonismo del paraíso musulmán. Y ahora pretende una Asamblea General Celeste de inconfundible tufo populista, a fin de acabar con unas jerarquías establecidas desde eones inmemoriales, y reorganizarlo democráticamente todo de abajo arriba. La demasía de este tipejo no conoce límites: da a entender que el Cielo trata al Infierno como a una colonia, que lo explota, lo oprime y vive a su costa; es más, que sois Infierno, precisamente por ser colonia nuestra, no por merecimientos propios. Piensa, Satanás, qué pasaría, por ejemplo, si en esa Asamblea se airearan demagógicamente los gigantescos paquetes de acciones que algunas probas almas empresariales beatas tienen, para su merecido solaz celestial, en las empresas infernales. Me horroriza pensar que de esa Asamblea saliera una ‘Crítica de la Economía Política del Cielo y del Infierno’ El caso es, colega Satanás, que no tenemos allá Arriba posibilidades de reprimirla. He intentado disuadir a Marx por todos los medios, incluso amenazándole veladamente con el regreso al Infierno. Pero te confieso que tuve que interrumpir esas conversaciones en el delicado momento en que la elocuencia y el diabólico –ya me perdonarás— poder de persuasión de este judío de mierda comenzaban a hacerme mella.»

– «Si lo que estás sugiriendo, Pedro, es devolver a Marx al Infierno, me niego en redondo. Más peligrosa aún que la destrucción del Cielo sería la destrucción del Infierno. Hay que buscar otra solución. Te sugiero organizar una cumbre al más alto nivel, con Dios y conmigo. Si lo consideras necesario, invitando a Alá; yo no pondría objeciones. ¿Qué opinas?»

–  «¿Dios? ¿Alá? ¡Pobre diablo! ¡Si no existen!»

 

Texto publicado originalmente en Sin Permiso.

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