Clausura de la Escuela Moderna

Escuela Moderna de Ferrer Guardia

He llegado al punto culminante de mi vida y de mi obra.

Mis enemigos, que lo son todos los reaccionarios del mundo, representados por los estacionarios y los regresivos de Barcelona en primer término y luego de toda España, se creyeron triunfantes con haberme incluido en un proceso con amenaza de muerte y de memoria infamada y con cerrar la escuela Moderna; pero su triunfo no pasó de un episodio de la lucha emprendida por el racionalismo práctico contra la gran rémora atávica y tradicionalista. La torpe osadía con que llegaron a pedir contra mí la pena de muerte, desvanecida, menos por la rectitud del tribunal que por mi resplandeciente inocencia, me atrajo la simpatía de todos los liberales, mejor dicho, de todos los verdaderos progresistas del mundo, y fijó su atención sobre la significación y el ideal de la escuela Moderna, produciendo un movimiento universal de protesta y de admiración no interrumpido durante un año, de mayo de 1906 a junio de 1907, que refleja la prensa de todos los idiomas de la civilización moderna de aquel período con sus artículos editoriales o de distinguida colaboración, o con la reseña de mítines, conferencias o manifestaciones populares.

En resumen, los encarnizados enemigos de la obra y del obrero fueron sus más eficaces cooperadores, facilitando la creación del racionalismo internacional.

Reconocí mi pequeñez ante tanta grandiosidad. Iluminado siempre por la luz inextinguible del ideal, concebí y llevé a la práctica la creación de la Liga Internacional para la Educación racional de la Infancia, en cuyas secciones extendidas ya por todo el mundo, se agrupan los hombres que representan la flor del pensamiento y la energía regeneradora de la sociedad, cuyo órgano es L’École Renovée, de Bruselas, secundado por el Boletín de la Escuela Moderna, de Barcelona, y La Escuela Laica, de Roma, que exponen, discuten y difunden todas las novedades pedagógicas encaminadas a depurar la ciencia de todo contacto impuro con el error, a desaparecer toda credulidad, a la perfecta concordancia entre lo que se cree y lo que se sabe y a destruir el privilegio de aquel esoterismo que desde los más remotos tiempos venía dejando el esoterismo para la canalla.

De esta recopilación del saber, efectuada por esa gran reunión del querer, ha de brotar la gran determinante de una acción poderosa, consciente y combinada, que dé a la revolución futura el carácter de manifestación práctica de aplicación sociológica, sin apasionamientos ni venganzas, ni tragedias terroríficas ni sacrificios heroicos sin tanteos estériles, sin desfallecimientos de ilusos y apasionados comprados por la reacción, porque la enseñanza científica y racional habrá disuelto la masa popular para hacer de cada mujer y de cada hombre un ser consciente, responsable y activo, que determinará su voluntad por su propio juicio, asesorado por su propio conocimiento, libres ya para siempre de la pasión sugerida por los explotadores del respeto a lo tradicional y de la charlatanería de los modernos forjadores de programas políticos.

Lo que en la vía progresiva pierda la revolución de su característica dramática lo ganará la evolución en firmeza, estabilidad y continuidad, y la visión de la sociedad razonable, que entrevieron los revolucionarios de todos los tiempos y que prometen con certeza los sociólogos, se ofrecerá a la vista de nuestros sucesores, no como sueño de ilusorios utopistas, sino como triunfo positivo y merecido, debido a la eficacia altamente revolucionaria de la razón y de la ciencia.

La fama que adquirió la novedad educativa e instructiva de la escuela Moderna fijó la atención de cuantos concedían importancia especial a la enseñanza, y todos quisieron conocer el nuevo sistema.

Había escuelas laicas particulares unas y sostenidas por sociedades otras, y sus directores y sostenedores quisieron apreciar la diferencia que pudiera existir entre sus prácticas y las novedades racionalistas, y constantemente acudían individuos y comisiones a visitar la escuela y a consultarme. Yo satisfacía complaciente sus consultas, desvanecía sus dudas y les excitaba a que entraran en la nueva vía, y pronto se iniciaron los propósitos de reformar las escuelas creadas y de crear otras nuevas tomando por tipo la escuela Moderna. El entusiasmo fue grande, hubo en él fuerza impulsiva capaz de realizar grandes empresas, pero surgió una dificultad grave, como no podía menos de suceder: faltaban maestros, y, lo que es peor, no había medio de improvisarlos. Los profesores titulares, siendo ya escasos los excedentes, tenían dos gé neros de inconvenientes, la rutina pedagógica y el temor a las contingencias del porvenir, y fueron muy pocos, constituyendo honrosas excepciones, los que por altruismo y por amor al ideal se lanzaron a la aventura progresiva. Los jóvenes instruídos de ambos sexos que pudieran dedicarse a la enseñanza, constituían el recurso a que había de recurrir para salvar la grave deficiencia; pero ¿quién les había de iniciar el profesorado? ¿dónde habían de practicar su aprendizaje? Se me presentaban a veces comisiones de sociedades obreras y políticas anunciándome que habían acordado la implantación de una escuela; disponían de buen local, podían adquirir el material necesario, contaban con la Biblioteca de la Escuela Moderna, –¿tienen ustedes profesor? –les preguntaba yo, y me respondían negativamente confiados en que eso era cosa fá cil de arreglar; –pues, como si no tuvieran nada; –les re plicaba.

En efecto, constituido, por efecto de las circunstancias, en director de la enseñanza racionalista, por las constantes consultas y las demandas de los aspirantes al profesorado, vi palpablemente aquella gran falta, que procuré subsanar con mis explicaciones particulares y con la admisión de jóvenes auxiliares en las clases de la escuela Moderna. En sus resultados ha habido de todo: hay actualmente profesores dignos que empezaron allí su carrera y siguen como firmes sostenedores de la enseñanza racional, y otros que fracasaron por incapacidad intelectual o moral.

No queriendo esperar a que los alumnos de la misma escuela Moderna que se dedicaran al profesorado llegaran al tiempo indispensable para su ejercicio, instituí la escuela normal, de que se habla en otro lugar, convencido por la experiencia de que si en la escuela científica y racional está la clave del problema social, para hallar esa clase se necesita, ante todo, preparar un profesorado apto y capaz para tan grandioso destino.

Como resultado práctico y positivo de cuanto queda expuesto, puedo asegurar que la escuela Moderna de Barcelona fue un felicísimo ensayo que se distinguió por estos dos caracteres:

Dio la norma, aun siendo susceptible de perfeccionamientos sucesivos, de lo que ha de ser la enseñanza en la sociedad regenerada.

Dio el impulso creador de esa enseñanza.

No había antes enseñanza en el verdadero sentido de la palabra: había tradición de errores y preocupaciones dogmáticas, de carácter autoritario, mezclados con verdades descubiertas por los excepcionales del genio, que se imponían por su brillo deslumbrador, para los privilegiados en la Universidad; y para el pueblo había la instrucción primaria, que era y es por desgracia, una especie de domesticación; la escuela era algo así como un picadero don de se domaban las energías naturales para que los des he redados sufrieran, resignados, la íntima condición a que se le reducía.

La verdadera enseñanza, la que prescinde de la fe, la que ilumina con los resplandores de la evidencia, porque se halla contrastada y comprobada a cada instante por la experiencia, que posee la infalibilidad falsamente atribuida al mito creador, la que no puede engañarse ni engañarnos, es la iniciada con la escuela Moderna.

En su efímera existencia produjo beneficios notabilísimos: niño admitido en la escuela y en contacto con sus compañeros sufría rápida modificación en sus costumbres, como he observado ya: empezaba por ser limpio, dejaba de ser camorrista, no perseguía a los animales callejeros, no imitaba en sus juegos el bárbaro espectáculo llamado fiesta nacional, y, elevando su mentalidad y purificando sus sentimientos, lamentaba las injusticias sociales que de modo tan sensible, como llagas que por su abun dancia y gravedad no pueden ocultarse; se ponen de manifiesto a cada instante. Del mismo modo detestaba la guerra, y no podía admitir que la gloria nacional, en vez de tomar por fundamento la mayor suma de bondad y felicidad de un pueblo, se fundara en la conquista, en la dominación y en la más inicua violencia.

La influencia de la escuela Moderna, extendida por las demás escuelas que a modo de sucursales se fueron creando por la adopción de su sistema, sostenidas por centros y sociedades obreras, se introdujo en las familias por mediación de los niños, quienes iluminados por los destellos de la razón y de la ciencia, se convirtieron inconscientemente en maestros de sus mismos padres, y éstos, llevando esa influencia al círculo de sus relaciones, ejercieron cierta saludable difusión.

Por la extensión manifiesta de esa influencia se atrajo el odio de ese jesuitismo de hábito corto y largo que, como víboras en sus escondrijos, se cobija en los palacios, en los templos y en los conventos de Barcelona, y ese odio ins piró el plan que cerró la escuela Moderna, cerrada aún, pero que en la actualidad reconcentra sus fuerzas, define y perfecciona su plan y adquiere el vigor necesario para alcanzar el puesto y la consideración de verdadera obra indispensable del progreso.

He aquí, lo que fue, lo que es y lo que ha de ser la escuela Moderna.

Último capítulo del libro La Escuela Moderna

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