Carta a Romain Rolland

León Tolstoi

Yásnaia Poliana, 3-4 de octubre de 1887

Querido hermano:

Me llegó su primera carta. Me enterneció el corazón y la leí con lágrimas en los ojos. Quería contestarla, pero no tuve tiempo; además –no hablando ya de la dificultad de expresarme en francés– de que hubiera tenido que responder con mucho detalle a sus preguntas, gran parte de las cuales se basan en interpretaciones erróneas.

Me pregunta: ¿Por qué el trabajo manual es una de las condiciones necesarias para la verdadera felicidad? ¿Habrá que privarse voluntariamente de la actividad intelectual, de las ocupaciones dedicadas a las ciencias y las artes que le parecen incompatibles con el trabajo manual?

Según yo, he contestado a esos interrogantes en el libro titulado: ¿Qué hacer, traducido al francés, si he oído bien. Nunca pensé en el trabajo manual como principio independiente, y siempre lo he tenido por la más sencilla y natural aplicación del principio moral, y de tal naturaleza que se ofrece de primeras al conocimiento de toda persona sincera.

En nuestra degenerada sociedad, una sociedad de, lo que se viene llamando, personas instruidas, es obligatorio el trabajo manual, por un único motivo: porque el principal fallo de esta sociedad ha venido consistiendo y consiste hoy en el afán de emanciparse de dicho trabajo y utilizar –sin contrapartida alguna– el trabajo de las clases pobres, ignorantes y desgraciadas, de esclavos en definitiva, como de los esclavos del mundo antiguo.

Como prueba de franqueza de quienes participan de dicha sociedad y dicen profesar principios cristianos, filosóficos o humanitarios tenemos el empeño por salir, en cuanto sea posible, de esa contradicción.

La manera más fácil y que siempre está a mano para conseguirlo es, ante todo, el  trabajo manual dedicado a los cuidados de nuestra persona. No creeré nunca en la sinceridad de las convicciones cristianas, filosóficas y humanitarias del hombre que obliga a la sirvienta a sacar su bacín.

Y es que no hay regla moral más simple y más concisa que la de hacer que los otros nos sirvan lo menos posible y que uno sirva a los demás cuanto más mejor. Pedir al prójimo cuanto menos mejor y dar al prójimo todo cuanto se pueda.

Esta norma, que otorga a nuestra existencia un sentido racional y la felicidad que de  ella emana, acaba con todas las otras dificultades, hasta la que surge ante usted: ¿qué se deja  a la suerte de la actividad intelectual, de la ciencia y el arte?

Según esta norma, sólo puedo estar feliz y contento si tengo la firme convicción de que mi labor es útil a los demás. (La satisfacción de aquellos para los que actúo es un factor adicional, una alegría complementaria con la que no cuento y que no puede influir en la propia elección de mis acciones.) Mi inquebrantable convicción de que lo que hago es útil, tampoco encierra el mal, sino el bien para los demás, viene a ser, pues, la condición necesaria de mi felicidad.

Es por eso por lo que, sin quererlo, incita al hombre moral y sincero a preferir el trabajo manual en vez del científico y artístico. Pues el libro que escribo, y para el que necesito el trabajo de los cajistas; la sinfonía que compongo y para la que necesito a los músicos; los experimentos que llevo a cabo, y para los que necesito del trabajo de quienes  fabrican nuestros aparatos de laboratorio; el cuadro que pinto, y para el que se hace necesario el  trabajo de los que fabrican las pinturas y el lienzo, todas estas cosas pueden ser útiles para los demás, pero pueden ser también –como ocurre de hecho– completamente inútiles e incluso perjudiciales. Por eso, mientras hago todas esas cosas cuya utilidad es muy dudosa y que exigen además del trabajo de otros, me rodean por todas partes innumerables labores necesarias, de indudable utilidad para los demás, y en las que no me hace falta la ayuda ajena: llevar un peso, para ayudar al fatigado; labrar un campo, cuyo dueño está enfermo; vendar una herida. Y no digamos de estas incontables labores que nos rodean, para las que no se  hace necesario ninguna ayuda, y que causan satisfacciones directas a aquellos en cuyo provecho uno las realiza. Plantar un árbol, echar de comer a un ternero, limpiar un pozo, esas son labores útiles a los demás y que ningún hombre sincero dejará de preferir a las dudosas ocupaciones que en nuestro mundo se predican como la más sublime y la más noble vocación humana.

La del profeta es alta y noble vocación. Y sin embargo sabemos muy bien lo que en sí representan los sacerdotes que blasonan de profetas por la única razón de que les conviene y tienen la posibilidad de hacerse pasar por tales.

Quien obtiene la educación de tal o cual no es profeta, sino el que tiene la profunda convicción de que lo es, debe serlo y no puede dejar de serlo. Ese convencimiento no es habitual y puede demostrarse sólo por los sacrificios que el hombre ofrenda a su vocación.

Es aplicable lo mismo a la verdadera ciencia y al verdadero arte. Un tal Lully, que por su cuenta y riesgo abandona el servicio en la cocina para entregarse a tocar el violín, demuestra su inclinación por los sacrificios realizados. Pero el alumno del Conservatorio o estudiante, cuyo único deber consiste en estudiar lo que les enseñan, no tienen la oportunidad de mostrar su vocación: sólo se valen de unas condiciones que tienen por ventajosas.

El trabajo manual es obligación y felicidad para todo; la actividad intelectual es una labor peculiar que se transforma en deber y felicidad sólo para aquellos que tienen la vocación necesaria. Puede ésta manifestarse y demostrarse sólo si el científico o el artista sacrifican su tranquilidad y bienestar para cumplir su inclinación. El hombre que sigue la obligación de mantener su existencia con el trabajo de sus propias manos y, a pesar de todo, dejando a un lado el sueño y el descanso, halla la oportunidad de meditar y trabajar con buenos resultados en el dominio intelectual, testimonia con ello su vocación. El que rehuye ese deber moral común a todas las personas y, con el pretexto de su inclinación por las ciencias y las artes, se crea una vida de parásito, ése jamás producirá otra cosa que seudociencia y seudoarte.

Pero las obras de verdadera ciencia y auténtico arte son el resultado de los sacrificios hechos por el hombre, y nunca de unas u otras ventajas materiales.

¿Qué pasará con la ciencia y el arte? ¡Es curioso cuántas veces habré oído esta pregunta de gentes a quienes la ciencia y el arte nada les importaban, y hasta carecían de nociones

más o menos claras de lo que ellas son! Podría pensarse que esas personas nada aprecian tanto como el bien de la humanidad, que a juzgar por su idea de las cosas consiste en el fomento de lo que ellos denominan ciencias y artes.

¿Y qué ha pasado para que halla hombres tan necios que nieguen que las ciencias y las artes son útiles? Existen artesanos, existen labradores. Y a nadie se le ocurre poner en duda su utilidad; y nunca pasará por la imaginación del obrero el demostrar la conveniencia de su trabajo. Él produce; su producto es necesario y constituye en sí un bien para los demás. Lo emplean, y nadie duda de su utilidad, y tampoco nadie la demuestra.

Artistas y científicos están en esas mismas condiciones. Entonces, ¿qué ha pasado para que haya personas que con todas sus fuerzas tratan de probar su utilidad?

La clave está en que los auténticos científicos y artistas no se atribuyen ninguna clase  de derechos; dan los frutos de su trabajo; sus obras son beneficiosas y ellos no piden derecho alguno ni pruebas que lo confirmen. Pero la inmensa mayoría de quienes se titulan científicos y artistas saben muy bien que lo producido por ellos no vale lo que consumen, y ésa es la única causa de que con tanta energía quieran –como los sacerdotes de todos los tiempos– probar que su actividad es indispensable para el bien del género humano.

La verdadera ciencia y el arte verdadero siempre han existido y siempre existirán, como los demás tipos de actividad humana, y tan imposible como inútil es impugnar o probar su necesidad.

Ciencia y arte en nuestra sociedad desempeñan un falso papel surgido de las que se llaman personas instruidas, científicos y artistas a la cabeza, que constituyen un grupo privilegiado, como el de los sacerdotes. Y esta casta tiene los defectos propios de todas las castas. Que deshonra y humilla el mismo principio para el cual se organizó es uno de esos defectos. Y obtenemos una religión falsa en lugar de la verdadera. En vez de verdadera ciencia, dan lugar a seudociencia. Y lo mismo con respecto al arte. Un defecto de la casta es que gravita sobre las masas y, además de eso, las priva de lo que se suponía iba a difundir entre ellas.  Pero como defecto primordial de la casta tenemos la contradicción –que consuela a sus miembros– entre los principios que ellos dicen seguir y su modo de actuar.

Exceptuando a los que defienden el absurdo principio de la ciencia para la ciencia y el arte por el arte, los partidarios de la civilización se ven obligados a afirmar que la ciencia y el arte constituyen en sí un gran bien para la humanidad.

¿Cuál es ese bien? ¿Cuáles son las características por las que cabría diferenciar la felicidad y el bien del mal? Los partidarios de la ciencia y el arte eluden cuidadosamente la respuesta a esas cuestiones. Dicen incluso que no se puede definir el bien ni la belleza. «Ni el bien en general –dicen ellos-, ni el bien ni la belleza pueden definirse.» En eso mienten. Hasta ahora la humanidad ha venido haciéndolo siempre, en cada etapa de su desarrollo, definiendo el bien y la belleza. El bien está definido desde hace muchos siglos. Pero esa definición no les gusta a dichas gentes. Ya que revela la futilidad y hasta las consecuencias, nocivas y contrarias al bien y la belleza, de lo que ellos llaman sus ciencias y sus artes. El bien y la belleza se definieron hace muchos años. Los brahmanes, los sabios budistas, chinos y hebreos, los pensadores egipcios y los estoicos griegos los definieron, y el Evangelio les dio la más exacta definición.

Aquello que une a los hombres es bien y belleza; y cuanto los separa, mal y fealdad.

Todos sabemos esa fórmula. La llevamos en nuestro corazón. Bien y belleza para la humanidad es todo lo que une a los hombres. Por tanto, si los partidarios de las ciencias y las artes de verdad contasen con el bien de la humanidad, y supieran en qué consiste el bien del hombre –al saberlo– se ocuparían sólo de aquellas ciencias y aquellas artes que conducen a dicho objetivo. No habría ciencias jurídicas, ni ciencia militar, ni economía política ni ciencia de las finanzas, ya que todas esas materias no tienen otra finalidad que el bienestar de unos pueblos en menoscabo de otros. Si el bien fuera verdaderamente el criterio de las ciencias y las artes, y nunca las indagaciones de las ciencias exactas, insignificantes completamente respecto al bien auténtico de la sociedad, hubieran conquistado la importancia de la que hoy gozan; ni, en particular, hubiesen adquirido tanta importancia las obras de nuestras artes, sólo y apenas útiles para disipar el tedio de las personas ociosas.

La sabiduría humana no se encuentra en el conocimiento  de las cosas. Multitud de cosas hay que no podemos saber. Ahí no estriba el conocimiento, en saber lo  máximo posible. Radica la sabiduría humana en el conocimiento del orden en que se deben saber las cosas; es la capacidad de distribuir nuestros conocimientos de acuerdo con su grado y su valor.

De entre todas las ciencias que el hombre puede y debe saber, el cómo vivir es la más importante, haciendo el menor mal y el mayor bien que se sea capaz; y la más importante de todas las artes es saber evitar el mal y hacer el bien con el mínimo compra de esfuerzo, dentro de lo posible. Con esto, resulta que de entre todas las artes y ciencias que pretenden servir al bien de la humanidad no sólo faltan la ciencia y el arte principales, sino que han sido  tachados de la lista en que figuran las ciencias y las artes.

Lo que se llaman ciencias y artes no es sino una tremenda impostura, una gran superstición en la que ordinariamente caemos tan pronto como nos liberamos de la vieja superstición eclesiástica. Para ver con claridad el camino que debemos seguir, hay que empezar por el principio: quitándose el capuchón, que nos da calor, pero nos tapa los ojos. La tentación es grande. Nacernos, y luego, con ayuda del trabajo o, mejor, con el auxilio de cierta habilidad intelectual, vamos ascendiendo los peldaños de la escalera y acabamos entre los privilegiados, entre los sacerdotes de la civilización y la cultura; y hay que tener, como deben tenerlo también el brahmán y el cura católico, una gran sinceridad y un gran amor a la verdad y al bien para dudar de los principios a los que debemos nuestra ventajosa situación. Pero para el hombre serio que, como usted, se plantea el problema de la vida: no hay  elección. Para adquirir una opinión lúcida de las cosas, uno ha de liberarse de la superstición en que vive, aun en el caso de que esa superstición le sea ventajosa. Esto es una condición  sine gua non. No se puede platicar con el hombre que aferra con tesón a cierta creencia, aun cuando sólo se trate de uno cualquiera de sus puntos.

Necesita estar del todo libre su pensamiento de todo lo preconcebido, pues por mucho que haya de razonar, no se acercará a la verdad ni un solo paso si no lo está. Su creencia previa detendrá y manipulará todos sus razonamientos. Hay fe religiosa y hay también fe en nuestra civilización. Son parecidísimas. Dice el católico: «Puedo razonar, pero sólo dentro de los límites que me enseña nuestra Escritura y nuestra leyenda, poseedoras de la verdad inmutable y plena.» El que cree en la civilización dice por su parte: «Mi razonamiento se detiene ante los datos de la civilización, la ciencia y el arte. La ciencia representa en sí todo el verdadero conocimiento humano. Si ella no posee aún toda la verdad, llegará a poseerla. Nuestro arte, con sus tradiciones clásicas, es el único arte verdadero.» Dicen los católicos: «Fuera del hombre existe una cosa en sí, como dicen los alemanes, y es: la Iglesia.» Las personas de nuestro mundo dicen: «Fuera del hombre existe una cosa en sí: la Civilización.» Nos resulta fácil ver las equivocaciones en el razonamiento de las creencias religiosas, ya que no las compartimos. Sin embargo, aquel que cree en alguna religión positiva, el católico incluido, está persuadido completamente de que no hay más que una religión verdadera: justamente la suya; e incluso le parece que la autenticidad de su religión puede ser probada por medio del razonamiento. De este mismo modo, nosotros, creyentes en la civilización, no dudamos que sólo existe una civilización auténtica, que es la nuestra; y nos es casi imposible darnos cuenta de la falta de lógica en todos nuestros razonamientos enfilados a probar que sólo nuestro tiempo y los varios millones de personas que habitan esta península a la que llamamos Europa, de entre todas las épocas y pueblos, poseen la civilización verdadera, constituida por las ciencias y las artes verdaderas.

No hay que recurrir a nada positivo para entender la verdad de la  existencia  –tan sencilla como es-, de ninguna filosofía, de ninguna ciencia profunda; solamente se hace necesaria una propiedad negativa: carecer de supersticiones.

Únicamente hay que situarse en el estado de una criatura, o en el de Descartes, y decirse: no sé nada, ni creo en nada, y sólo quiero una cosa: conocer la verdad de  la existencia que me ha tocado vivir.

La respuesta es clara y sencilla y se conoce ya desde hace siglos. Algo en mi interior me dice que el bien y la felicidad son para mí necesarios, para mí solo. El entendimiento me dice: todos los hombres, todos los seres aspiran a lo mismo que yo. Los seres que buscan la felicidad personal, lo mismo que yo, me aplastarán: es palpable que no puedo poseer la felicidad que yo deseo; mientras que toda mi vida radica en el afán de ventura. No siéndome posible lograr la felicidad, de aspirar a ella, esto es lo mismo que no vivir.

¿No puedo vivir, entonces?

El discernimiento me convence de que con un mundo organizado de modo que todos los seres tienden sólo a su propia ventura, yo, un ser que quiere también eso, me es imposible lograr la felicidad; no puedo vivir. Y, sin embargo, a pesar de esta  argumentación  tan rotunda, vivimos y aspiramos a la felicidad, al bien. Nos decimos: yo podría alcanzar la ventura y ser feliz sólo si todos los demás seres me amasen más de lo que ellos se aman a sí mismos. Resulta esto una cosa imposible; pero, a pesar de eso, vivimos; y toda nuestra tarea, nuestro afán de riqueza, de gloria y de poder no es más que el intento de conseguir que los demás nos quieran más de lo que ellos se aman a sí mismos. La riqueza, la gloria, el poder nos dan la impresión de ese orden de cosas; y casi estamos contentos, y a veces no olvidamos de que eso no es más que apariencia, y no realidad. Todos los seres se aman a sí mimos más de lo que nos aman a nosotros, y la felicidad no es alcanzable. Hay personas (y su número aumenta cada día) que, no estando en condiciones de resolver esta dificultad, se suicidan, diciendo que la vida es sólo un engaño.

Pero la solución del problema es sencilla y se impone por sí misma. Yo sólo puedo ser entonces feliz cuando en este mundo haya de existir un orden de tal naturaleza en el que  todos los seres amen a los demás más que a sí mismos. Todo el mundo sería feliz si todos los seres dejaran de amarse a sí mismos, y amaran a los demás.

Hombre soy, y la razón me muestra la ley de la felicidad de todos los seres. Yo debo seguir la ley de mi razón: debo amar a los demás mas de lo que me amo a mí mismo.

Si el hombre efectúa este razonamiento, rápidamente la vida se le presentará en otro aspecto distinto al de antes. Todos los seres se exterminan los unos a los otros; pero los seres se aman y se ayudan. La vida se mantiene no con el exterminio, sino con la solidaridad mutua de los hombres que se hace patente en mi corazón como sentimiento de amor. Con empezar a entender la marcha de las cosas en este mundo, veo que con sólo el principio de solidaridad mutua condiciona en sí el progreso de la humanidad. La historia en su conjunto no es más  que un esclarecimiento cada vez mayor y una aplicación de este principio único de solidaridad de todos los humanos. Por tanto, la experiencia histórica y también la personal confirman el razonamiento.

Y halla el hombre encuentra aparte de este razonamiento también en su interior la prueba más convincente de la autenticidad del propio razonamiento. La máxima felicidad asequible al hombre, el estado más venturoso y libre es el de amor y renunciamiento. La razón revela al hombre el único camino de ventura posible, y el sentimiento hace que tienda hacia dicho camino.

Si los pensamientos que he intentado transmitirle le parecen confusos, no los juzgue  con demasiado rigor. Quisiera que alguna vez los leyera en una exposición más clara y más precisa.

Tan sólo he tratado de darle una idea de mi opinión sobre las cosas.

LEÓN TOLSTOI

 

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