Hay que aprovechar esta pandemia para hacer un cambio social radical

salud pública

El coronavirus es un problema de salud y desigualdad global que nos debe hacer comprender la crisis ecosocial actual que nos lleva al abismo.

Quería empezar preguntándote sobre los conceptos de salud, sanidad y salud pública, sobre los que creo a menudo hay cierta confusión. ¿Podrías explicarlos?

El concepto de salud abarca muchas dimensiones e indicadores: la calidad de vida, el bienestar y sentirse sano, la ausencia de enfermedad, los trastornos de salud mental o la muerte prematura son algunas de las más conocidas, pero también puede incluir el no sufrir abandono, la soledad o falta de cuidados, el sentirse feliz, la alegría de vivir, el sentido de la vida, o la ausencia de alienación por citar algunas otras más más difíciles de estudiar. Hace ya casi medio siglo el médico catalán Jordi Gol propuso una definición interesante al decir que la salud es «aquella manera de vivir que es autónoma, solidaria y gozosa». Hoy deberíamos enfatizar también nuestra interdependencia de los demás y del entorno ecosocial y político. Quizás podríamos completar esa definición diciendo entonces que la salud es “una forma de vivir, autónoma e interdependiente, solidaria y gozosa que debe desarrollarse en un mundo habitable, sostenible y justo.” Hay tres maneras básicas de entender la salud. La salud individual, con la que estamos más familiarizados y que relacionamos con la enfermedad, la medicina y la sanidad, ya que, bien sea personalmente, con el cuidado de familiares o amigos, o la asistencia de profesionales sociosanitarios, todas las personas enfermamos y necesitamos ayuda. La salud pública, es decir, aquella disciplina que fomenta la salud colectiva con los conocimientos, tecnologías e intervenciones necesarias para proteger y promover la salud, prevenir y vigilar la enfermedad y los factores de riesgo, o ayudar a morir humana y dignamente. Y tercero, la salud de los grupos sociales, una visión que se relaciona con la estratificación de colectivos según su clase social, género, etnicidad, situación migratoria, edad, territorio, identidad sexual o cultural, o distintas formas de discapacidad, todo lo cual nos conecta con las desigualdades de salud. De hecho, a menudo puede ocurrir que la salud promedio de una población determinada mejore, pero a la vez las desigualdades aumenten. Por tanto, en la salud pública debemos tratar de conseguir tres cosas: mejorar la salud colectiva y aumentar la equidad en todas las dimensiones de salud que sea posible.

¿Cuáles son las causas de la salud colectiva y las inequidades?

Dejando de lado todo aquello que hace referencia a la «mala suerte», a la «voluntad divina» y otras razones pseudocientíficas, lo cierto es que es muy difícil conocer con exactitud las causas del porqué una determinada persona puede sufrir un trastorno de salud. Hay demasiadas causas en juego y los riesgos no se traducen necesariamente en enfermedades. Valorar las causas de la salud colectiva tampoco es sencillo, pero para ello debemos comprender las distintas y cambiantes teorías de causalidad o explicaciones de la salud y la enfermedad que han sido más o menos hegemónicas durante la historia. Muchas personas, incluidos médicos y científicos, piensan que las principales causas obedecen a los factores biológicos o genéticos, a los llamados «estilos de vida», o al tipo de atención sanitaria o a las tecnologías de que disponemos. Todas tienen su importancia y es evidente que cuando enfermamos necesitamos y queremos una atención social y sanitaria que sea humana y de calidad, a la vez que técnicamente efectiva sin que nos cause daños innecesarios. Eso sólo ha sucedido recientemente en la historia, de forma limitada y para un escaso número de países. La colectivización de la asistencia sanitaria se inició en Gran Bretaña tras la Segunda Guerra Mundial basándose en el Beveridge Report que en 1942 propuso crear un Servicio Nacional de Salud (el National Health Service) para ofrecer asistencia preventiva y curativa completa para toda la ciudadanía. Un desarrollo así no se debe a la riqueza del país sino a condiciones históricas y políticas. Estados Unidos, con un sistema de salud que cabe caracterizar -en palabras de Fernández Buey- de “plétora miserable”, y Cuba, un país de renta baja con un bloqueo económico de ya seis décadas, pero con un sistema de salud de “escasez solidaria”, son dos casos extremos. Aún hoy, se estima que al menos la mitad de la población mundial no tiene acceso a servicios sanitarios básicos. En cualquier caso, cuando visitamos un centro de atención primaria o un hospital casi siempre es porque tenemos un problema de salud o un factor de riesgo que nos preocupa. Pero la pregunta entonces es: ¿por qué enfermamos colectivamente?

Entonces, ¿por qué enfermamos o tenemos mala salud colectiva?

Aunque los factores que he citado son importantes, hoy sabemos que todos ellos están relacionados con los determinantes sociales de la salud y la equidad. Es decir, la producción y distribución de riqueza, el desempleo y la precarización laboral, las políticas de vivienda y los desahucios, el entorno ambiental y la degradación ecológica, la violencia estructural contra las mujeres, la ausencia de una red de cuidados, o factores culturales como la falta de educación y de oportunidades. Y algo también muy esencial, la política y las relaciones de poder, así como con los diferentes intereses e ideologías que condicionan las decisiones políticas. Además, todo ello convive en el interior de un sistema socioeconómico y una forma de vida que, genéricamente, llamamos capitalismo basado en el egoísmo, el lucro y la destrucción ecológica. El conjunto de estos factores explica la generación de desigualdades sociales que a su vez ocasionan desigualdades de salud en casi todos los indicadores que consideremos, de modo tal que cuanto peor es la situación social casi siempre peor es la salud. Por ejemplo, sabemos que las mujeres de las clases sociales populares tienen más obesidad y sobrepeso, lo cual genera distintas enfermedades, pero también sabemos que están más explotadas y sufren de mayor discriminación de distinto tipo por razones sociales e históricas. En realidad, deberíamos tratar de integrarlas todas, pero la investigación científica a menudo no sabe muy bien cómo integrarlas y analizarlas de forma sistemática. En todo caso, aunque todas las causas son importantes, las más esenciales para entender por qué estamos sanos, enfermamos o morimos prematuramente y cómo se crean las desigualdades en salud son las políticas. La salud es política.

¿Cómo actúan estas causas de forma integrada?

Esta integración de causas tiene lugar mediante una especie de “cascada causal” o, por mejor decir, por una red causal sistémica en un complejo proceso que llamamos incorporación (embodiment). Pensemos en el ejemplo de la obesidad que he mencionado. Una mujer es diagnosticada de diabetes y necesita tratamiento. Esa enfermedad puede tener que ver con la obesidad que arrastra desde hace años, y que está relacionada con sus malos hábitos de alimentación. Esa conducta a su vez tiene también que ver con el hecho de no tener tiempo para cuidarse y hacer ejercicio, por su falta de opciones educativas y culturales, por sus malas condiciones de vida y trabajo, por las preocupaciones familiares y el estrés económico y cotidiano que sufre al cuidar a su hija, etc. Todo ello dificulta sobremanera que pueda adoptar buenas pautas de alimentación ya que vive en un entorno «obesogénico«, donde, además, puede serle difícil comprar alimentos sanos a un precio asequible. Vale la pena recordar que desde hace años la industria agroalimentaria añade azúcares a multitud de productos para hacer que éstos sean más apetitosos, y con ello conseguir más ventas y obtener más ganancias. Conviene resaltar que prácticamente todo lo que podemos comprar en un supermercado está en manos de un puñado de transnacionales (Big Food), unos oligopolios que a menudo destruyen el medio ambiente: destruyen ecosistemas y seres vivos, emiten muchos gases contaminantes, tienen un alto consumo de energía y agua, y utilizan masivamente fertilizantes, antibióticos y pesticidas en un mercado supuestamente libre. En definitiva, lo político y el resto de factores citado «entra” dentro de nuestros cuerpos y mentes “expresándose” en forma de daño psicobiológico con enfermedades, sufrimiento y mortalidad prematura.

Pero este análisis y conocimiento integrado que comentas no es el que habitualmente se practica en el ámbito científico, ¿verdad?

En los últimos decenios se han hecho grandes avances en muchos campos científicos y se han creado tecnologías formidables que, sin embargo, tienen muy a menudo efectos ambivalentes, positivos y negativos al mismo tiempo. Sin embargo, en el mundo global actual hay dos importantes consideraciones que debemos plantear y que están relacionadas con el conocimiento científico y la acción política. Gran parte de la investigación que hoy se realiza es enormemente hiperespecializada y reduccionista, un enfoque muy útil para analizar y entender muchos problemas, pero a menudo enormemente limitado para comprender y actuar ante muchos problemas ecológicos, financieros, sociales o de salud pública, globales o no, para los que precisamos utilizar un enfoque de tipo sistémico e histórico. Como dijo Marx, “cada vez sabemos más de menos hasta que lo sabemos todo de nada.” A menudo se insiste –a veces retóricamente- en la necesidad de realizar estudios con enfoques multidisciplinares o interdisciplinares, y es verdad que existen valiosas reflexiones teóricas, pero sin embargo el mundo académico penaliza ese enfoque (en la enseñanza, el tipo de publicaciones y la financiación), en favor de una especialización a menudo vacua. Por ello, son escasos los científicos y centros de investigación que tienen como objetivo efectuar análisis que sean a la vez integrales, desde la política y la ecología hasta la epigenética y los procesos moleculares, pasando por la sociología y la psicología u otras), y a la vez también integrados, utilizando un enfoque realmente transdisciplinar, con lo mejor de cada disciplina para alcanzar un conocimiento nuevo. El desarrollo de ese conocimiento, más integrado, complejo e histórico, como Marx lo entendió y practicó en gran parte hace siglo y medio, permitiría conseguir avanzar en la comprensión del capitalismo y en la crisis civilizatoria que enfrentamos. Por ejemplo, facilitaría la evaluación profunda del impacto de las políticas y las tecnologías en la vida cotidiana, o también la explotación, discriminación y alienación que sufren muchas mujeres de las clases populares, así como las nuevas formas de autoexplotación y precarización laboral que se diseminan por doquier, o la violencia silente y oculta que sufren tantas y tantas mujeres en casa y fuera de ella, y desde luego comprender mejor la atroz crisis ecológica y climática en que nos hallamos; tan dramática que, si seguimos como hasta ahora, probablemente la humanidad tenga muy poco futuro. La otra consideración de importancia a constatar tiene que ver con las incertidumbres y dificultades propias del conocimiento científico y de la acción política que pueda derivarse del mismo, en un mundo donde hay grandes amenazas que pueden presentarse súbitamente. La ciencia necesita procesos de trabajo de extremado rigor y precisión, que requieren habitualmente de mucho tiempo de preparación, análisis, revisión y supervisión. Eso quiere decir que los resultados obtenidos en artículos y libros científicos se realizan durante un largo periodo de tiempo de meses o años, que las incertidumbres existentes suelen ser grandes, y que habitualmente se requiere de la confirmación de lo obtenido con otros muchos estudios. Por ejemplo, entender con certeza que fumar perjudica la salud comportó cuando menos de 15 años de estudios y, aun así, el problema de salud pública está lejos de estar solucionado ya que se estima que en este siglo morirán debido al tabaco nada menos que 1.000 millones de personas.

¿Cómo aunar entonces el necesario rigor científico y la necesidad de resolver problemas? ¿Qué hacer en el caso de situaciones que requieren respuestas rápidas o en situaciones de emergencia?

Me parece que debemos acercarnos a estudios capaces de sintetizar de la mejor manera posible la calidad, la rapidez, la participación comunitaria y la acción política. Hace tres décadas se dio un paso adelante con la aparición de “arXiv”, un repositorio de estudios científicos que no han pasado la revisión por pares (peer review). Seguramente sería necesario entonces desarrollar una investigación científica que aúne una síntesis de estudios “rápidos e imperfectos” (quick and dirty), la llamada “ciencia comunitaria” (community science o citizen science) y los estudios de “acción participativa” (participatory action research community-based participatory research). ¿Por qué no se actuó en el caso de la pandemia del coronavirus de la que ya teníamos aviso meses antes de su expansión mundial? Además de las científicas, las razones probablemente incluyen una compleja mezcla de intereses económicos, ideologías reaccionarias y sesgos cognitivos: una amalgama de creencias que incluyen lo que sabemos, lo que esperamos, lo que creemos y lo que necesitamos. Hace una década hubo la pandemia de la gripe A H1N1 y el regreso de otra pandemia fue vaticinada por científicos y expertos. ¡Incluso Bill Gates advirtió que no estábamos preparados ante una nueva pandemia que podría ser catastrófica! Y sin embargo, la inacción ha sido total; el sistema se ha mostrado incapaz de romper la lógica de anteponer los intereses económicos y el beneficio privado de las elites al de las personas comunes. Como ha señalado el periodista y ensayista David Wallace-Wells, una de las razones clave de la inacción es que las elites están convencidas de que el mundo es de ellos, de los “ganadores”, de los más aptos, y que los otros, los “perdedores”, si no sobreviven, es por su culpa y se lo merecen. Al igual que en otros muchos ejemplos de salud pública, la pandemia del coronavirus muestra que cuando hay grandes amenazas, aun y no disponiendo del conocimiento científico apropiado, debemos sentirnos “alarmados” y actuar aplicando radicalmente el principio de precaución y así evitar males mayores. Sin embargo, como ha apuntado Yayo Herrero, ese principio parece de casi imposible aplicación en una sociedad que apenas si es consciente de la vulnerabilidad de la vida y del ser humano.

La actual crisis del coronavirus puede seguramente ayudar a entender mejor algunas de las causas y procesos que mencionas. ¿Por qué se ha convertido en un problema de salud pública tan serio a corto plazo?

La pandemia del coronavirus viene marcada a corto plazo por su letalidad, transmisibilidad y por su impacto sociosanitario. La letalidad no es muy alta, pero el virus es muy contagioso y al afectar a mucha gente (sobre todo personas mayores y enfermas, y ​​menos en los jóvenes), el número global de muertes puede llegar a ser muy elevado. Se están haciendo ingentes esfuerzos para hacer frente a la pandemia por parte de políticos, centros sanitarios y miles de profesionales –un ejemplo de ello lo tenemos en la ciudad de Barcelona, pero también en otras partes-, ahora bien pero un gran número de trabajadores sanitarios y de los servicios sociales están al límite de sus fuerzas, o ya han rebasado una situación de colapso, en un sistema sanitario público recortado y mercantilizado durante muchos años por las políticas de austeridad neoliberales con los recortes de Artur Mas en Catalunya, o la desastrosa gestión sanitaria de los gobiernos del PP en Madrid. La realidad es que nos encontramos en una situación temporal de tercermundización de la sanidad pública. Es vergonzoso y escandaloso escuchar a muchos políticos reaccionarios y neoliberales predicar calma y confianza ante la crisis y llamar “héroes” a quienes hace apenas tres semanas habían despreciado, extendiendo y profundizando la falta de recursos y la precarización laboral. Desde el punto de vista sanitario, además de su impacto directo en la mortalidad (especialmente grave en las residencias de ancianos) y morbilidad, la pandemia está obligando a retrasar pruebas diagnósticas y operaciones quirúrgicas de cientos de miles de enfermos crónicos o con trastornos de salud mental, a la vez que demora o dificulta poder tratar los procesos sociosanitarios de carácter grave o muy grave. Desde el punto de vista ético, además del elevado estrés e impacto psicológico y emocional en profesionales y enfermos, aparecen dilemas éticos sobre cómo, cuándo y en quién actuar, quién puede vivir o morir, tal y como ocurre con gran frecuencia en los países pobres. Desde el punto de vista psicológico, no cabe duda que el impacto emocional y psicológico de la pandemia es también enorme. Los familiares no se pueden despedir ni hacer el duelo de los seres queridos fallecidos que, en muchos casos, no pueden ni ser enterrados o incinerados. Y todo indica que el proceso de confinamiento social de muchas personas ancianas recluidas en sus casas o en centros geriátricos, o de la población general, va para largo. En el futuro habrá que analizar y valorar detenidamente los efectos de unos impactos que pueden llegar a ser enormes. El aspecto más positivo es el encomiable compromiso, valentía y brutal esfuerzo que están haciendo los profesionales sociosanitarios y muchísimos otros trabajadores de todo tipo, generándose un enorme caudal de muestras de solidaridad y trabajo comunitario, de orgullo y de esperanza.

Y a medio y largo plazo, ¿cuáles serían los principales problemas?

El coronavirus genera muchas fuentes de preocupación e incertidumbre a medio y largo plazo. Primero, porque el número de personas contagiadas que no conocemos puede ser muy elevado y, como todo parece indicar que será una pandemia de larga duración, se pondrá aún más a prueba la capacidad del sistema sociosanitario y la resistencia de los profesionales y de la sociedad en su conjunto. Parece claro que un largo confinamiento repercutirá negativamente en la salud mental y emocional de la población, con la más que probable generación de brotes de violencia relacionados con la inseguridad y los cambios sociales. Un ejemplo es el caso de las personas que deben confinarse junto a sus maltratadores. Segundo, porque es probable que el virus permanezca entre nosotros, mute, sea recurrente o incluso se vuelva más virulento, además de que pueden aparecer pandemias similares incluso más graves. Ya hay indicios de ello en China donde, con la aceleración socioeconómica que ahora sigue a la parada del país es posible que produzca un nuevo brote epidémico. Tercero, porque muchos países no tienen sistemas de sanidad pública apropiados para hacer frente al coronavirus ni desde luego a muchas enfermedades cotidianas, y tampoco existe un sistema de salud pública mundial adecuado que pueda hacer frente a amenazas sistémicas globales similares al coronavirus. Un último punto, es que no sabemos cuándo podremos disponer de una vacuna efectiva y sin efectos secundarios (quizás uno o dos años), pero sí que las grandes empresas farmacéuticas (el Big Pharma) están centradas en obtener grandes beneficios con enfermedades rentables relacionadas con enfermedades del corazón, la salud mental, la disfunción sexual, etc., y no en infecciones tropicales o la gripe. Dado que podría haber una lucha por el monopolio de la vacuna, el problema entonces sería si las naciones más pobres podrían tener acceso a la misma. Así pues, necesitamos una infraestructura de servicios e investigación orientada a las necesidades de salud de la población y al bien común. Iván Zahinos, coordinador de la organización Medicus Mundi Mediterránea, y con una larga experiencia de trabajo en África y Centroamérica, lo ha dicho con las mejores palabras: “pongamos límites a los vampiros que meten sus sucias manos en nuestros sistemas de salud y construyamos unas leyes planetarias que blinden este regalo que tenemos como humanos, el don de curarnos unos a otros sin pedir dinero a cambio. Sí, eso es lo más divino que tenemos, y sin duda lo más diabólico, ponerle precio a la vida.”

¿Y la pandemia del coronavirus debe ser también considerado como un problema de desigualdad?

Sí, desde luego, el virus no genera en sí mismo desigualdades de salud, pero la desigualdad social sí. Habrá que esperar a tener análisis elaborados y conocer con detalle ese impacto, pero la pandemia del coronavirus es un problema serio de salud pública que no afecta igualmente a todos, como a veces se dice, sino que presenta grandes desigualdades según la clase, el género, la situación migratoria y otros ejes de desigualdad. A nivel global, ya he comentado los problemas que se producirán en los países con sistemas de salud más débiles, cuya población muere cotidianamente de todo tipo de enfermedades infecciosas evitables, y que no están preparados para hacer frente a una crisis de esta magnitud. Aunque en este momento lo desconocemos (y los medios apenas si hablan de ello), la pandemia constituye una enorme amenaza para los grupos de población y los barrios más pobres y vulnerables de muchos países, con determinantes sociales de la salud frágiles e incluso calamitosos: vivienda, pobreza, precarización, falta de servicios básicos, agua y alimentación, contaminantes ambientales, etc. Eso afecta al África subsahariana, Irán o la India que, aunque relativamente protegidos por tener una población joven, enfrentan un desastre de salud pública; o Cisjordania y la franja de Gaza con gravísimos problemas al tener que hacer frente a un apartheid homicida; o a la población y barrios pobres en un país como Estados Unidos donde las políticas criminales de Trump podrían generar una catástrofe social llevándose por delante a un número enorme de población empobrecida. En nuestro entorno, también hay desigualdades muy diversas relacionadas con la pandemia, si bien deberemos esperar a tener los estudios adecuados para conocer en detalle ese impacto. En relación al sector sanitario, destaca el mayor riesgo que enfrentan unos profesionales sanitarios y de los servicios sociales que muchas veces trabajan con medios escasos o inadecuados, o el tipo de atención que se puede ofrecer a quienes atienden a las ancianas y ancianos en residencias. En cuanto al medio laboral, pensemos en quienes son despedidos de sus empleos, los sectores laborales y los trabajadores y trabajadoras precarizados que tienen que ir al tajo exponiéndose al dilema de perder el trabajo o enfermar. El teletrabajo sólo emplea a algunas profesiones, pero no a limpiadoras, camareras de piso, trabajadoras de cuidados, cajeras, y a otras muchas ocupaciones en gran parte precarizadas y feminizadas, que tienen peores determinantes sociales, ambientales y laborales de la salud, todo lo cual empeorará aún más sus condiciones de confinamiento y más que probablemente su salud mental. En el hogar, la crisis se manifiesta sobre todo en las mujeres que son quienes afrontan la mayor carga: salidas para hacer la compra de las personas mayores, enfermas o con discapacidad, cuidado y atención de enfermos y de niños y niñas que no pueden ir al colegio, etc. Así pues, el Covid-19 tiene todas las características para que la consideremos no solo una pandemia vírica sino una “pandemia de la desigualdad” en salud según la clase, género, edad, situación migratoria y lugar donde se vive.

Y eso se añade a un medio social precarizado en Catalunya y España desde hace años …

Sí, dado que buena parte de la población ya estaba en muy malas condiciones antes de la pandemia, aquí hay que decir que llueve sobre mojado. Las políticas neoliberales mercantilizadoras de lo público (que gobiernos, instituciones y agencias internacionales y los que sustentan el poder económico han generado), han deteriorado durante décadas los servicios sociales y sanitarios afectando sobremanera a las clases populares: altos niveles de pobreza, desempleo y desigualdad, precarización laboral, desahucios, servicios mercantilizados, exclusión social, servicios sociales deficientes, etc. Según determinados parámetros económicos de uso habitual, como el PIB por ejemplo, parecería que hubiéramos salido de “la crisis”, pero desde luego eso no es cierto: desde el punto de vista social, la sociedad ha seguido en crisis. Pensemos que, en España y en Catalunya, una de cada cuatro personas está en situación de riesgo de pobreza y de exclusión, que más de la mitad de la población tiene dificultades para llegar a fin de mes, y que ahora el gasto publicó está muy por debajo de lo que se necesita en materia de protección y servicios sociales. Philip Alston, relator de Naciones Unidas, ha dicho recientemente que España es un «país roto«, que ha abandonado a las personas en situación de pobreza y no toma en serio los derechos sociales, para añadir que hay asentamientos cuyas condiciones «rivalizan con las peores que ha visto en cualquier parte del mundo«, y también áreas que, por su escasez de servicios, centros de salud, empleo, carreteras o electricidad, “muchos españoles no reconocerían como partes de su propio país.” Si lo miramos globalmente, todo hace pensar como he apuntado que el coronavirus producirá un desastre en los países empobrecidos del mundo, tanto en la población general como especialmente en aquella con más alta vulnerabilidad. Seamos conscientes de que en el mundo rico la pandemia y otras amenazas pueden hacernos alcanzar colapsos específicos o globales, pero también que gran parte de la población del mundo ya vive cotidianamente en el colapso.

En un artículo reciente has señalado que los medios de información hegemónicos ocultan las causas profundas de la pandemia. ¿Qué quieres decir con ello?

Es lógico que los medios hablen de los datos, de quién está afectado y de qué hay que hacer para salir cuanto antes de esta crisis. Pero creo que es importante que, al menos en la medida que podamos, debemos empezar también a reflexionar sobre muchas de las profundas y complejas interrelaciones de la pandemia (crisis ecológica, económica, la psicología y cultura del miedo, el desempleo, la precarización, etc.), en gran medida tapadas por el relato oficial de los medios hegemónicos demasiado obsesionados con el “presentismo” del minuto a minuto que les conduce a tratar la crisis de forma aislada y emocional, cuando no tóxica. Una de las omisiones de los grandes medios es sobre las causas ya que, implícitamente y a menudo, se refieren al coronavirus como si se tratara de una «maldición» venida del exterior, que se ha convertido en una «guerra», que hay que pasar como sea, y que una vez pase, más tarde o más temprano, volveremos a la «normalidad» de la vida cotidiana. Pero no es así, tras la pandemia nada será igual. Parece que tenga que ocurrir una pandemia para ayudarnos a abrir los ojos y comprender un poco (aunque sólo sea un poco) la realidad que vivimos. Al margen del coronavirus, la «normalidad» es que la gripe común causa cada año entre 6.000 y 15.000 muertes, muchas de las cuales se podrían evitar; que casi la mitad de enfermos de cáncer tienen problemas de acceso a tratamiento oncológicos; que hay amplias desigualdades en la esperanza de vida al nacer por clase social y barrio según su riqueza, que los ricos se mueren en casa y los pobres en el hospital. Y la «normalidad» en el mundo es que dos terceras partes de la población sobrevive con menos de 5 dólares al día, que 2.500 millones de personas no tienen un hogar para vivir en condiciones, que beben agua potable contaminada, y que mucha gente respira, bebe y se alimenta con tóxicos que dañan la vida y la salud. ¿Qué pensaríamos y sentiríamos si habláramos de todos estos temas en los medios de comunicación con la suficiente profundidad y durante todo el día, durante semanas? Y, naturalmente, más allá de saber qué ocurre, es crucial comprender por qué pasan las cosas y tratar de cambiarlas. Con esta pandemia ha sucedido lo impensable en el mundo rico y en las clases sociales privilegiadas: sentir que no somos invulnerables. El virus, el miedo y la enfermedad también pueden afectarnos. Somos humanos.

¿Cuál es el origen de la pandemia?

La razón de fondo de la pandemia hay que encontrarla en el capitalismo. Esto no es un exabrupto o un eslogan de un anticapitalista radical, es lo que nos muestran los mejores estudios científicos cuando somos capaces de integrarlos con una visión transdisciplinar e interpretarlos de forma crítica. En el caso del coronavirus, los factores más relevantes tienen que ver con la alteración global de ecosistemas asociada a la crisis ecosocial y climática que vivimos. La deforestación del Sudeste Asiático y los cambios masivos en los usos de la tierra; la fragmentación de hábitats y la urbanización desmedida; el crecimiento de una agroindustria masiva; la transmisión de enfermedades entre muchas especies en estrecho contacto entre sí, que luego pasan a los humanos como este virus zoonótico que es el coronavirus SARS-CoV-2; la alimentación tradicional que incluye animales salvajes en países como China; la destrucción de la biodiversidad; el crecimiento masivo del turismo y los viajes en avión; la debilidad y mercantilización de los sistemas de salud pública, son seguramente los más importantes. Si lo integramos e interpretamos todo, vemos que lo que hay detrás es el capitalismo y su lógica consustancial de acumulación, crecimiento económico, beneficio y desigualdad, chocando contra los límites biofísicos planetarios en un mundo “lleno”; y que es más que probable que, como ocurre con los huracanes asociados a la crisis climática, las epidemias globales se vuelvan más frecuentes y destructivas. En definitiva, las circunstancias en las que las mutaciones víricas pueden amenazar la salud y la vida dependen de la sociedad y en definitiva de la lógica capitalista más extractiva y de predadora. De este modo, todo apunta a pensar que ésta no será la última pandemia, sino que otras, y quizás más virulentas, están por venir.

Y ¿qué nos enseña esta pandemia en relación al sistema capitalista en el que vivimos?

Esta pandemia nos puede enseñar muchas lecciones sobre las que creo debemos empezar a reflexionar cuanto antes. Mencionaré con algún detalle cinco de ellas. Un primer aspecto a destacar tiene que ver con la valoración de qué hacer ante las emergencias, tanto para acometer la urgente situación actual, como también a más largo plazo. A corto plazo es evidente que en una situación de urgencia hay que generar todos los recursos y esfuerzos para reducir como sea la mortalidad y el sufrimiento. Se trata sobre todo de salvar vidas, de proteger a las familias y trabajadores/as y de salvaguardar a las empresas en una economía casi “parada”. Ese es el orden de prioridad, y no el gestionado durante semanas en el Reino Unido, Estados Unidos o Brasil, que ha priorizado los intereses de los negocios y de los más poderosos. A diferencia de los servicios privados que sólo pueden organizar planes de emergencia muy limitados, una planificación publica puede planificar y organizar planes sociales de emergencia en momentos de “normalidad”, como en el caso de un incendio, un terremoto, o una pandemia. Ante una emergencia no hay apenas tiempo para pensar en la falta de previsión, insuficiencias y errores cometidos –y creo que ha habido bastantes-, sino que se trata de aplicar el máximo de esfuerzo para frenar la pandemia con medidas masivas y contundentes: coordinar las acciones de emergencia, descongestionar las urgencias con el mayor número de recursos posible, aumentar la capacidad de las UCI, y utilizar los hospitales privados, vergonzosamente infrautilizados. Entre otras medidas, hay que evitar los despidos en las empresas, subsidiar a los empleados, ofrecer una moratoria en el pago de alquileres. Al tiempo, deben también fortalecerse los servicios públicos, aumentar la inversión en un sistema de salud pública integral e integrado, realizar subsidios y transferencias en vez de créditos a personas y empresas, poner en práctica una renta básica de confinamiento que se pueda convertir en renta básica universal, reorientar los sectores económicos de muchas empresas, y que las capacidades privadas sean puestas al servicio de lo público. Esas propuestas generales deberán concretarse en cada momento valorando de forma flexible las incertidumbres sociosanitarias, económicas y políticas que existan.

Una segunda lección es valorar cuidadosamente la gravedad de la pandemia. No cabe duda de que estamos ante una pandemia seria, que puede llegar a tener una elevada mortalidad y morbilidad. No es cuestión de restarle ni un ápice de importancia y más aún en un momento de emergencia como el que vivimos. Sin embargo, todo hace pensar que, tanto desde el punto de vista histórico como de la situación actual, no estamos ante el problema de salud pública más importante. Hasta el momento (28 de marzo) han muerto ya unas 30.000 personas en el mundo, y el número potencial de muertes podría alcanzar los cientos de miles, o incluso mucho más si la epidemia se extendiera sin control. Sin embargo, conviene que contextualicemos la situación. Si la actual pandemia tuviera un nivel de letalidad equivalente a la mal llamada “gripe española” de 1918, en España morirían cerca de 500.000 personas y quizás entre 200 y 400 millones en todo el mundo. Además, recordemos algo de lo que no se habla o que olvidamos, ya que esta pandemia refleja también nuestra ignorancia y capacidad de amnesia. La gripe habitual de cada año mata entre 250.000 y medio millón de personas en el mundo, y hace apenas una década, en 2009, la pandemia de la gripe A H1N1 (virus H1N1pdm09) infectó a más de 1.000 millones de personas en el mundo matando a más de medio millón de personas (en España hubo miles de casos y unos cientos de muertes). La diferencia es que ahora la pandemia nos está afectando más directamente a nosotros, habitantes de un país rico, y que ha paralizado la economía global. Además, pensemos también que en el mundo los problemas de salud pública graves son abundantes. Por ejemplo, las 100.000 muertes anuales a causa de una enfermedad evitable y con una vacuna barata y muy efectiva como el sarampión, o en el millón y medio de infantes que mueren cada año por enfermedades causadas por la diarrea. De hecho, sabemos que la mayor de las pandemias es la desigualdad social que crea desigualdades de salud. Por otra parte, conviene destacar otra paradoja. A pesar de los efectos negativos sobre la salud y la economía generados por el coronavirus, el frenazo económico tiene ciertos efectos beneficiosos para la crisis climática y ecológica y otros fenómenos de salud. Por ejemplo, al frenar la actividad industrial y transporte se reduce la morbilidad y mortalidad asociada con los accidentes laborales y de tráfico, así como las enfermedades respiratorias relacionadas con la contaminación ambiental. En China, se estima que la reducción de contaminación debido a la frenada económica podría ya haber evitado la muerte de 50 a 75.000 personas. Esta aparente paradoja se aclara al comprender la perversa lógica de una economía de crecimiento sin fin que al crecer destruye las bases materiales que sostienen la vida, y al decrecer mejora los indicadores biogeofísicos y varios indicadores de salud colectiva. Como ha señalado un especialista en contaminación ambiental como Xavier Querol, parece más que probable que con la recuperación económica las cosas vuelvan a la “normalidad”, ya que en las salidas de la crisis se prioriza el desarrollismo con un intenso auge de las emisiones en detrimento de las políticas de legislación y control ambiental; además, tras la pandemia mucha gente podría tener un mayor temor a usar el transporte público volviendo a utilizar el vehículo privado.

Una tercera lección a extraer es la necesidad de tener un conocimiento diferente que permita entender procesos históricos complejos. Esto permite comprender la salud pública y las paradojas creadas por el capitalismo. Una paradoja es que estamos mejor preparados que nunca para hacer frente a una pandemia grave. En el siglo XIV la peste negra quizás mató hasta el 60 por ciento de la población europea sin que en ese momento se conociera nada de sus causas. Hoy tenemos mucho conocimiento genómico, virológico, pruebas diagnósticas, creación de vacunas, epidemiología, ecología, y muchos otros saberes de orden psicológico, sociológico y político, pero poco conocimiento sistémico, histórico y político integrado. Al mismo tiempo, la civilización actual ha creado una enorme variedad de factores destructivos que hay que entender y modificar. Vivimos en un “mundo lleno» (en extralimitación ecológica), con casi 8.000 millones de seres humanos, con mucha población y en un movimiento dinámico. Pensemos que en la peste del siglo XIV la pandemia se movió de China a Inglaterra en quizás una década, ahora la “pandemia” turística hace que mucha población se mueva de un lado a otro del planeta en cuestión de unas pocas horas. Los humanos somos animales sociales que necesitan estar en contacto entre sí para cooperar, trabajar, relacionarnos, divertirnos o cuidar de los demás. De hecho, muchas personas comentan que una de las cosas más tristes de esta pandemia es que ya no nos podemos tocar ni abrazar, no podemos despedirnos de los enfermos a punto de morir. Las pandemias se podrán tratar con nuevos medicamentos y prevenir con vacunas, pero la especie humana es como es y, afortunadamente, nos seguiremos necesitando unos a otros. Por lo tanto, aparte del necesario aislamiento actual, hay que prevenir la generación de nuevas epidemias globales evitando la transmisión de otros virus (o “supergérmenes”, bacterias resistentes a antibióticos) hacia los humanos y, sobre todo, entender las causas que facilitan la transmisión de nuevos virus que puedan poner en peligro a toda la humanidad. Esto significa, sobre todo, evitar la destrucción ecológica y la desigualdad social que estamos produciendo aceleradamente bajo el capitalismo.

La cuarta lección es la de la humildad y tiene que ver con hacernos una nueva pregunta. ¿Cómo puede ser que un agente infeccioso minúsculo pueda generar un descalabro y una crisis global y económica de tal magnitud? Algunas personas se imaginan que somos casi dioses, con conocimientos y nuevas tecnologías omnipotentes, que nos permiten controlar casi todo y alcanzar un progreso prácticamente infinito. No es así. Ya Friedrich Engels decía: «No nos vanagloriemos demasiado por nuestras victorias sobre la naturaleza. La naturaleza se venga de cada victoria nuestra… no dominamos la naturaleza… sino que le pertenecemos con carne y sangre y cerebro y vivimos en su seno”. No somos dioses, ni somos invulnerables, sino seres humanos, frágiles, intradependientes, interdependientes y ecodependientes. Somos seres intrínsecamente dependientes de nuestra propia psicobiología, necesidades fisiológicas y entorno cultural; somos dependientes de los demás desde antes de nacer hasta el momento de morir; y somos seres dependientes de la naturaleza, de la cual formamos parte y sin la cual no podemos sobrevivir. Desde 2008, bastantes economistas críticos han señalado que estamos en una situación económica de «respiración asistida», con una estructura financiera inestable y una gran deuda, en una economía que no entró en crisis debido al crecimiento de la economía china, a la inyección masiva de dinero por los bancos centrales y a las mercantilizaciones de servicios realizadas. No es que no haya dinero, hay mucho, pero la realidad es que no se sabe dónde reproducir el capital y obtener beneficios. De hecho, la estabilidad económica no podía durar demasiado, pero ahora la crisis se agravará, con cierre de empresas y comercios, empeoran sectores como el turístico y se producirá un fuerte crecimiento del paro lo que, a su vez, servirá de excusa para justificar la nueva crisis. Como era predecible, una Unión Europea, basada en la libre circulación de capitales, bienes, servicios y personas, ha dejado que cada país haga lo que pueda para solucionar su propia emergencia. Tal y como lo ha resumido un analista político tan destacado como Manuel Monereo, la UE “despolitizó la economía pública, homogeneizó a la clase política, neutralizó el conflicto social y constitucionalizó el neoliberalismo como el horizonte insuperable de nuestra época.” Y todo indica que cuando regresemos a la «normalidad», esta crisis podría servir para seguir expropiando a las clases populares y medias en favor de los superricos, a base de recortes y de conversión de deuda privada en deuda pública, pasando la factura a las clases medias y populares. Si no lo evitamos, podríamos pasar de un “socialismo de la emergencia” a un “socialismo de los ricos” y la “culpa” de todo recaerá en un “bichito” minúsculo.

Una última lección a considerar es de orden práctico y de tipo político. Hay que cambiar y hay que cambiar radicalmente. La crisis actual nos debería servir de espejo para comprender una crisis sistémica que nos enfrenta a un más que probable colapso. ¿Por qué? Porque vivimos bajo un capitalismo fosilista con un crecimiento exponencial de producción y consumo, basado en gastar ingentes y baratas cantidades de combustibles fósiles y de materiales que se están agotando. Esto quiere decir que nos enfrentamos no sólo a la emergencia climática sino también a una crisis ecológica de grandes proporciones en la que, como tan bien ha argumentado Antonio Turiel en su excelente blog The Oil Crash (y en su libro de divulgación Petrocalipsis, que está en imprenta), es fundamental comprender la crisis de la energía. Habrá un antes y un después de esta crisis, y esto debería llevarnos a hacer un cambio de rumbo total o la humanidad tiene poco futuro. Parafraseando a Naomi Klein al hablar de la crisis climática, podemos decir que esta pandemia lo cambia todo, y que es fundamental que la aprovechemos para hacer un cambio social radical. O cambiamos para transformar el mundo o la transformación del mundo nos cambiará a nosotros situándonos al borde del abismo. Klein señaló que el coronavirus puede llegar a ser «el desastre perfecto para el capitalismo del desastre» ya que las élites tratarán de beneficiarse de esta crisis aplicando la doctrina del shock: salvar a las elites mientras la población, ocupada intentando sobrevivir, delega en la autoridad cualquier salida. El relato para justificar la crisis es muy evidente: la causa del shock es el virus, él es el “enemigo” a batir en una guerra cuyos desastrosos efectos, inevitablemente, deberemos pagar entre todos y todas. Pero también hay la oportunidad de ampliar y profundizar una ola solidaria y conscientemente politizada y movilizada que fuerce a los gobiernos a un cambio en favor del bien común, la solidaridad y ayuda mutua. No sólo se trata de revitalizar servicios sociales golpeados por las políticas neoliberales mercantilistas, sino también de poner en marcha un proceso de cambio radical que permita hacer frente a la crisis ecosocial y climática que vivimos y, al mismo tiempo, cambiar nuestras vidas individuales y cotidianas para avanzar hacia un mundo más humano y realmente sostenible creando una economía homeostática, que gaste mucha menos energía primaria y adapte el metabolismo ecosocial a los límites biofísicos de la Tierra.

¿Qué grandes retos nos plantea a medio o a largo plazo la crisis del coronavirus?

Lo más importante es que hay que salir cuanto antes de la lógica económica y cultural del capitalismo. Quizás seremos capaces de hacer frente -mejor o peor- a esta pandemia, o a las condiciones de fondo de la crisis social y económica que se avecina. Quizás podremos mejorar la equidad, el entorno, la vivienda o los factores sociales que crean desigualdad y precarización. Hacer todo esto es muy importante, no hace falta decirlo, pero si seguimos con el actual modelo, seguiremos fomentando cada vez más las grandes amenazas de tipo ecológico, nuclear, biológico y político que acabarán con la civilización (y quizá incluso en el peor de los casos, con la especie humana). Por ello, creo esencial que la población más crítica y politizada capte profunda y ampliamente que lo que está en juego es el colapso de la humanidad. Ante lo impensable, no nos queda otra que, como dice el filósofo, poeta, ensayista y activista Jorge Riechmann, “hacer lo imposible.” Con ello no quiero decir que las reformas sociales de todo tipo no sean imprescindibles, lo son, son importantes; pero creo que sólo con un cambio de reglas que elimine la lógica del crecimiento exponencial, de la circulación y acumulación del capital y su espiral de expansión infinita, la creciente desigualdad social y la destrucción de la naturaleza y el ser humano, la humanidad podrá salvarse y evitar un colapso genocida y ecocida. El periodista e historiador Rafael Poch lo ha señalado de forma sintética al decir que la única manera de evitar nuevas epidemias de todo tipo es «matar esta economía capitalista.» Eso significa que hay muchos retos sobre los que debemos reflexionar y trabajar. Citaré cuatro. Uno de ellos es el valor de lo común. Esta pandemia nos sitúa en una «economía de guerra» donde el valor de lo público y lo común, lo comunitario, son una esperanza de cambio. Es reconfortante y emocionante darnos cuenta de hasta qué punto la población siente eso, cómo se organiza, cómo colabora, cómo ayuda a los demás. En tiempos de insostenibilidad y exterminio, en tiempos de “condición póstuma”, ha escrito la filósofa Marina Garcés, sólo cabe cuidarse, debemos cuidarnos. Otro reto clave es generar una cultura de esperanza, de alegría y de vida. Hay que desarrollar desde todos los ángulos posibles el cómo vivir bien, cómo podemos vivir mejor con mucho menos y más juntos como ha dicho la profesora, ecofeminista, y activista Yayo Herrero, con más empatía emocional, solidaridad y fraternidad. Fomentar eso es fomentar una cultura anticapitalista, ecofeminista y anticolonial. Otro reto esencial, entre otros que podríamos citar, tiene que ver con la manera de comprender y transformar lo global y lo local al mismo tiempo. Es un reto descomunal para el que quizás aún no estemos bien preparados, pero que hay que impulsar creando o reconvirtiendo organismos e instituciones globales que realmente prioricen la salud pública, la ecología y la equidad social. Los movimientos sociales y críticos tratan temas concretos en general a nivel local. Esto es fundamental, pero también insuficiente en el mundo de hoy. Precisamos políticas sistémicas, lo cual incluye el análisis, un programa, la organización y la gestión. Y un último reto es el de entender al enemigo y al adversario, ser estratégicos, entender que estamos en un proceso de lucha de clases brutal. Y que no será nada fácil hacer frente a todo tipo de adversarios y opositores de aquellos que se enfrenten contra “el orden criminal del mundo”, por usar las palabras del sociólogo suizo y gran analista del hambre y la pobreza, Jean Ziegler.

¿Qué salidas políticas ves ante las amenazas que has comentado?

Quizás lo voy a decir de forma demasiado simple, pero a largo plazo sólo veo dos grandes tipos de vías, que pueden tener distintas variantes, desde luego: o bien la lógica de una transformación hacia el bien común, o bien la lógica de la barbarie y el exterminismo. Si lo decimos con Jorge Riechmann modificando la conocida expresión de Rosa Luxemburg, hoy nos enfrentamos “al ecosocialismo o a la barbarie.” A pesar de toda la energía social y la ola de solidaridad comunitaria generada, tras la crisis la situación general será peor. “El virus no vencerá al capitalismo” ha dicho el filósofo coreano Byun-Chul Han, deberá ser el poder popular quien trate de hacerlo. Por el momento, sólo tenemos un pequeño aperitivo de las reacciones que pueden venir desde el establishment por preservar su status quo. Por ejemplo, la de Dominic Cummings, estratega mayor de Boris de Johnson, cuando, bajo una fórmula técnica, justificó la política del Reino Unido para favorecer a los negocios al coste de que muera mucha gente (el 23 de marzo Johnson cambió parcialmente, recomendando quedarse en casa entre otras medidas restrictivas y control, contagiándose él también). En Estados Unidos, las declaraciones de Donald Trump mostrando su intención de comprar los derechos de una potencial vacuna para uso exclusivo de estadounidenses; el senador de Wisconsin Ron Johnson al sugerir que no debemos preocuparnos por millones de muertes que puedan ocurrir sino por quienes sobrevivan; o las palabras de Dan Patrick, vicegobernador republicano de Texas, al señalar que las personas mayores deberían estar dispuestas a sacrificarse por el futuro del país. En Brasil, Jair Bolsonaro ha dicho que el Covid-19 es una “gripecita”, que niños y jóvenes no corren peligro, que los colegios no deben cerrar y la economía debe seguir tal cual. ¡Todo con tal de no tocar el business as usualTras el shock de la crisis vendrá el shock económico de la post-pandemia, y las decisiones políticas a tomar serán el “laboratorio social” donde se va a jugar el futuro de la humanidad. Será un tiempo de creciente miedo e inseguridad, un caldo de cultivo perfecto para demagogos y neofascistas. El escritor alemán Carl Amery escribió en un libro esencial (Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?: Hitler como precursor), planteando que la lucha por los recursos escasos en una tierra finita era el tema crucial del siglo, un mundo en el que un grupo superior neofascista querría imponer su forma de vida a uno inferior que sería esclavizado. Los “supervivientes” (preppers) preparan sus refugios, los científicos trabajan, los Estados mayores planifican. El Pentágono y las grandes potencias invierten miles de millones de dólares en sistemas autónomos avanzados, robótica e inteligencia artificial para intentar asegurar su supremacía militar en una especie de hiperguerra, con armas robóticas guiadas por inteligencia artificial. Pero todo eso puede prepararse en forma silente. Ya lo dijo Steve Bannon, estratega de Trump en las elecciones de 2016: “la política es una guerra y los generales no anuncian sus planes de batalla.” Por ello, un posible camino es la senda autoritaria de control total de la población. Una sociedad militarizada donde sería más fácil implantar el control social, la represión y el racismo. Una sociedad tecno-digital autoritaria que nos acerque a la vigilancia y control implantados en China y otros países asiáticos. La otra vía general que debemos imaginar e impulsar es luchar por una sociedad mucho más democrática que cuide la vida en todos los órdenes. La Covid-19 nos enseña la importancia de la salud pública y la equidad, así como la necesidad de cuidar a las personas, a la vida y a nuestro entorno, y cuán fundamental es crear una economía que se organice en torno al bienestar humano el cuidado de la vida y la estabilidad ecológica en lugar de la acumulación incesante de capital. Los grupos más poderosos y las élites no renunciarán ni al poder que tienen, ni a sus privilegios, nunca lo han hecho. Es realmente conmovedor ver las numerosas iniciativas sociales y cooperativas en marcha. Con redes vecinales de asistencia a las comunidades, grupos de ayuda y colaboración, o “mapas cooperativos” donde se ofrece ayuda, se identifican necesidades y voluntarios para ayudar a personas con riesgo, personas mayores o con discapacidad, las compras de alimentos a las vecinas y vecinos que no pueden salir al exterior, o a las personas vulnerables debido a su pobreza o condiciones de vida. Pero cuando pase la pandemia aguda y emerja una “pandemia crónica”, entonces será esencial haber construido una marea organizada y consciente que haga frente a una crisis sistémica que se manifestará con toda su amplitud y profundidad. La lucha colectiva deberá ser unitaria, persistente, inteligente y muy decidida.

Y en ese contexto, y en el marco de una post-crisis, ¿qué cabe hacer? ¿Qué líneas políticas son las más importantes para las izquierdas o los movimientos progresistas?

Bueno, seguramente es la pregunta más difícil de responder. En los debates sobre qué políticas hacer, a menudo se confunden niveles distintos, lo cual genera confusiones y debates estériles. En forma esquemática, creo que deberíamos distinguir entre los valores y objetivos finales a alcanzar, las políticas que ideal o teóricamente sería posible realizar, aquellas que se pueden poner en marcha en la práctica, y aquellas que se pueden aplicar en un momento histórico concreto dada la correlación de fuerzas políticas existente. Teniendo eso presente, intentaré responder de forma muy breve atendiendo a cuatro líneas: el conocimiento, la experimentación, las estrategias y la acción política, pero una respuesta adecuada merecería una larga reflexión y debate. Siempre pienso que, si quieres cambiar algo y tienes el tiempo de hacerlo, lo primero es analizar con mucha precisión cada situación en sus diversos contextos y detalles. De lo contrario, puede que pongas «parches» pero los problemas seguirán, se harán peores, o regresarán. Por eso, creo que lo primero es ayudar a comprender en profundidad el complejo mundo en que vivimos. El modelo de crecimiento capitalista es insostenible y eso nos lleva al abismo. Es crucial que mucha más gente comprenda y tenga una consciencia profunda de ese hecho, pero también que es posible vivir bien de otra manera, con mucho menos consumo y con una vida realmente sostenible, más saludable y más humana. Esto pasa por realizar una reflexión profunda y lenta, crítica y consciente de la realidad evitando la desinformación ruidosa y los bulos tóxicos. Esto significa también que necesitamos conseguir una reeducación de tipo político y cultural de la ciudadanía, que sea tan grande y tan rápida como sea posible. Hace muchos años Manuel Sacristán nos decía que para lograr un ser humano “que no sea ni opresor de la mujer, ni violento culturalmente, ni destructor de la naturaleza” necesitábamos una conversión, un cambio radical y muy profundo. Es posible vivir de otra manera, pero tenemos que cambiar muchas cosas. Aparte de la necesidad imperiosa de cubrir las necesidades básicas humanas, como también nos han enseñado durante muchos años personas tan valiosas y comprometidas como Joaquim Sempere, Jorge Riechmann o Yayo Herrero, u otras que ya no están con nosotros como Ramón Fernández Durán, Antoni Domènech y Francisco Fernández Buey, entre muchos otros, debemos reeducarnos; hay que aprender a desarrollar relaciones sociales fraternales, a tener empatía y a saber cuidar a los demás, ver el entorno como algo casi sagrado y no como algo que tiene un precio y, por tanto, que se puede vender, explotar o destruir, hay que pensar en el crecimiento personal, en aprender el sentido de vivir, y muchas cosas más. Por difícil que sea, y aun y teniendo la urgencia de cambiar, este es un punto crucial.

La segunda cuestión es que hay que seguir experimentando de forma práctica cómo podemos vivir de una forma diferente. Debemos visibilizar, explicar, y hacer entender que podemos vivir mejor con menos consumo, sin crecimiento, pero también con más solidaridad, con más cooperación, con más actividades comunitarias, etc. Vivir bien con menos. Ya hay muchas iniciativas de este tipo: cooperativas de producción, consumos colectivos, generando nuevas formas de vida, de relacionarnos, de sentipensar decía Eduardo Galeano citando a Fals Borda, de compartir las cosas en una vida que valga la pena de ser vivida. No quiero idealizar estas iniciativas como si fueran “la solución”, pero hay que imaginar y experimentar hasta el punto máximo que se pueda otra forma de vida, que nos lleve a vivir bien con menos.

Un tercer punto que también me parece esencial, es que, para comprender, experimentar, y tener estrategias y tácticas efectivas, es necesario con urgencia crear y desarrollar grupos de análisis y experiencias (think tanks) potentes que hagan propuestas estratégicas y tácticas, tal y como hacen las derechas, los institutos conservadores o las corporaciones, para entender mejor lo que pasa y para pensar lo que hay que hacer. Si existen iniciativas políticas que las apoyen y apliquen, esos grupos podrían amplificar su potencia y efectividad. Hemos de aprender a aunar lo radical y lo reformista, lo defensivo y lo ofensivo, lo cultural y lo práctico, lo institucional y lo comunitario. La necesidad de conservar aquello que nos hace mejores y de cambiar aquello que nos envilece o perjudica. Hay que hacer frente a todas las fuerzas reaccionarias y neofascistas. Aquellos quienes creen en ideologías legitimadoras de la desigualdad, el racismo o el fascismo no renunciarán a sus privilegios. Debemos arrinconarlos y desmantelar su ideología y su poder, pero también debemos proteger a la población. Por ejemplo, una de las medidas que cada vez suena con más fuerza y que puede ayudar a evitar las peores situaciones de precariedad y shock emocional y cotidiano es la renta básica universal; aunque quizás de entrada sea sólo como mecanismo de emergencia, como una “renta de cuarentena”, que garantice unos ingresos mínimos a toda la población en tiempos de post-pandemia. Debemos poner en marcha un “plan Marshall sociosanitario” en favor del bien común. Un plan, ambicioso y de largo recorrido, que transforme la salud pública y la política fiscal, que expanda los servicios públicos, que condone la deuda pública generada por las políticas de la UE al tener que recurrir a la financiación bancaria privada impuesta por el BCE, que cree un proceso real y profundo de transición ecológica dirigido a un decrecimiento selectivo, y que, en gran medida nacionalice los servicios estratégicos fundamentales (energía, transporte, telecomunicaciones, banca), para así reducir la pobreza, la precarización, la desigualdad y la exclusión social. Una primera y urgente medida por parte de la UE es que el BCE ponga directamente a disposición de los Estados europeos que lo requieran todo el dinero necesario para hacer frente a la actual emergencia, sin que ésta esté sujeta a ningún condicionamiento de devolución posterior, ni se añada a las deudas existentes.

Un último punto aún es más importante si cabe. ¿Cómo se hace todo lo anterior? Debemos juntarnos, ganar fuerzas, movilizarnos sostenidamente. Hacen falta movimientos a la vez locales y globales, con sensibilidades diferentes pero coordinados transversalmente, descentralizados, pero con un nivel apropiado de coordinación y una sinergia efectiva entre la sociedad civil y el poder político. Y que sean ágiles, resistentes, capaces de adaptarse a los cambios y al mismo tiempo con una mirada larga. Esta pandemia lo cambia todo, habrá muchos cambios, pero la dirección del cambio, como siempre, dependerá de la correlación de fuerzas, y de la capacidad de pensar y de construir un poder político alternativo que debe ser radical en su objetivo, aunque contenga numerosos elementos reformistas parciales. La pandemia puede ser una oportunidad para unirnos, pero habrá que hacerlo. En mis oídos resuenan unas palabras que recobran actualidad y deberíamos cuanto antes poner en práctica: “Agrupémonos todos en la lucha final. El género humano es la internacional.“

(Versión revisada y ampliada de la entrevista realizada por Gabriel Boichat titulada “El coronavirus és una amenaça molt forta per als barris més pobres” y publicada originalmente en catalán en la revista Crític, 26-03-2020. Accesible en El crític. Agradezco la lectura de versiones previas del texto a Núria Benach, Jordi Guiu, Yayo Herrero, Pere Jódar, Eliana Martínez, Jordi Mir, Juan Manuel Pericàs, Albert Recio, Jorge Riechmann, Víctor Rios, Joaquim Sempere, Luis Carlos Silva y Christos Zografos. En esta época de delirios agitados, solidaridad sin abrazos y esperanzas sin tiempo, sus fraternales observaciones, comentarios y sugerencias ayudaron a mejorar sus ideas y su redactado.)

Publicada originalmente en sinpermiso.info.

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