Posverdades

posverdades

Parece que últimamente se ha puesto de moda ese “palabro” de ahí arriba. Francamente, me cuesta entender qué significado le dan los que lo usan. Entre otras razones, porque parecen suponer, al usarla, que la vieja y venerable palabra ‘verdad’ ya no sirve, ha perdido su sentido y sólo mentalidades chapadas a la antigua, conservadoras, autoritarias, intolerantes y dogmáticas (la lista de adjetivos se puede alargar indefinidamente en esa dirección) mantienen su trasnochada fe en la existencia de algo a lo que referirnos con el no menos arcaico adjetivo ‘verdadero’.

Siendo así, no veo cómo puedo enterarme del significado de ‘posverdad’, pues si pregunto, por ejemplo, a alguno de sus usuarios: “¿Significa ‘posverdad’ la afirmación de algo cuya verdad o falsedad es inverificable, o bien significa que no tiene sentido preguntarse si es verdad o no tal o cual aserto?”, es como si estuviera preguntando: “¿Es verdad que ‘posverdad’ significa que no hay criterios de verdad?” Y claro, ¿cómo me va responder alguien que niega sentido a la palabra ‘verdad’? Si lo hiciera, tanto si es con un “sí” como con un “no”, se contradiría.

Pero bueno, digo yo, ¿qué mal hay en contradecirse? Si nada es verdad ni mentira, nadie verá diferencia alguna entre afirmar y negar lo mismo sobre lo mismo.

Creo que me estoy liando. Y es que estas posmoderneces no están hechas para mi caletre recalentado por el sol del desierto. Parece que estoy anclada en aquella época en que lo blanco era blanco y lo negro, negro. Época de grandes narraciones épicas, como la Ilíada, la Odisea, El viaje de los argonautas y otras mil fabulosas historias con cuya lectura o recitado se educaron generaciones y generaciones de helenos y de otros pueblos asiáticos, europeos y norteafricanos. Hoy, en cambio, los filósofos más postineros sostienen que ya no hay lugar para los grandes relatos. Hay que contentarse con pequeñas historietas locales sin pretensión alguna de valor universal.

Por eso nadie puede apelar a verdades compartibles: cada grupo o grupúsculo, cada individuo incluso, tiene su verdad, propia e intransferible. Eso debe de ser lo que llaman posverdad. De manera que tenemos posverdades para todos los gustos: de género (eso que antes llamaban sexo), de comunidad étnica, de nación a lo sumo.

Esta última es particularmente curiosa. Se caracteriza, entre otras cosas, por negar a los habitantes del territorio vecino la mayoría o la totalidad de las cualidades que se atribuyen a los del propio territorio, a la vez que se niega que haya diferencia alguna de intereses entre estos últimos. Con lo cual se apela a una presunta verdad de andar por casa después de haber decretado la inexistencia de la verdad en general.

Como los cultivadores de la posverdad son inmunes al principio de no contradicción, no sienten chisporroteos cerebrales cuando se arrogan el derecho a decidir ellos solos sobre cuestiones que afectan también a terceros, alegando precisamente que nadie puede decidir por ellos. En realidad, por mucho prefijo pos- que se le ponga, el fenómeno no es nuevo: recuerda bastante el grotesco espectáculo de las tropas de diferentes países yendo a pelear entre ellas con las bendiciones de unos capellanes o unos mul-lás que, en uno y otro bando, invocaban al mismo dios. Por lo menos, en Troya no eran los mismos dioses los que ayudaban a griegos y troyanos. Los cristianos, en cambio, al igual que los musulmanes, cuando van a la guerra, hacen todo lo posible para que su único dios acabe esquizofrénico perdido.

Es obvio que sobre posverdades es imposible ponerse de acuerdo. Pero hace tiempo que sospecho que cada vez hay menos gente a la que le importe ponerse de acuerdo con otra gente. Claro que, bien pensado, a lo mejor soy la menos indicada para criticar todo eso. Porque dada mi condición actual, en que mi otrora ágil cuerpo polimorfo ha quedado petrificado para siempre, seguramente no soy más que una posesfinge.

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