Hay que elegir entre el franquismo y la democracia

Discurso pronunciado por Albert Camus en el acto celebrado el día 22 de febrero de 1952 en la Sala Wagran de París, en favor de los sindicalistas españoles condenados a muerte por los tribunales de Sevilla y Barcelona.

 

Un diario de París anuncia hoy a sus lectores incondicionales un estudio sobre las grandes directivas de la política franquista. Desgraciadamente esta noche estamos obligados a limitarnos al examen de una sola de las directivas de esa política que está indicada en el punto de mira de los fusiles de ejecución y mantenida de una manera constante y obstinada. En efecto, hace quince años que el franquismo apunta al mismo objetivo; el pecho y el rostro de los españoles libres. Reconozcamos que frecuentemente ha dado en el blanco y que, si a pesar de tantos disparos no ha logrado desfigurar ese rostro que renace sin cesar, ahora tiene la esperanza de lograrlo gracias a la complicidad inesperada de un mundo que se llama libre.

¡Pues bien!, nosotros nos negamos a estar comprendidos en esa complicidad. Una vez más estamos aquí situados ante el intolerable escándalo de la conciencia europea. Una vez más lo denunciaremos infatigablemente. Esas nuevas víctimas, después de tantas otras; nos gritan desde el fondo de sus celdas que la mistificación, al menos sobre este problema, no puede prolongarse por más tiempo.

Hay que elegir entre el franquismo y democracia, pues entre esas dos concepciones no puede haber término medio. El término medio representa justamente esta inmunda confusión en que nos encontramos en que las democracias practican el cinismo, mientras que el franquismo, por cortesía, ensaya de convertirse en respetuoso de las leyes, ofreciendo cuatro abogados a once procesados que una banda de jefes y oficiales militares juzgan en un abrir y cerrar de ojos, antes de que los abogados hayan podido intervenir, en virtud de una ley especial que también dispone que no puede condenarse a muerte a un niño de dieciséis años, pero lo guardan en celda hasta su mayoría de edad para poder fusilarle en toda regla. Ya va siendo hora de que los representantes de las democracias rechacen esa caricatura y renieguen en público, definitivamente, de la curiosa teoría que consiste en decir. “Vamos a entregar armas a un dictador para que se convierta en democracia”. No, no. Si se le entregan armas disparará a quemarropa, como es su costumbre, al corazón de la libertad.

Hay que elegir entre Cristo y el asesino. Ya va siendo hora de que la Jerarquía católica denuncie en público, definitivamente, ese atroz maridaje. Se le ha podido reprochar a Felipe II su tendencia a creer que Dios era español. Pero comparado a Franco, Felipe II resultó modesto, pues Franco al sonar de los disparos de las ejecuciones no cesa de repetir que Dios es falangista. Sí, ¿qué se espera para condenar esta extraña religión que desde hace quince años se entrega a bendecir horribles comuniones donde son distribuidas hostias de plomo ardiente para consagrar la sangre de los justos?

Si esta denuncia no se hace inmediatamente no veo la razón que habría para elegir entre la hipocresía y el terror, ya que la hipocresía se habrá convertido en la sirvienta del terror. De esta forma la unidad del mundo se habría consagrado efectivamente, pero en la infamia. No obstante nosotros, en medio de este cambalache repugnante, seguiremos firmes, sabiendo muy bien lo que nos corresponde salvar, hoy como ayer. Y lo que tenemos que salvar es la vida, la frágil, la preciosa vida de los hombres libres. Si permitimos que se mate a esos hombres, no tendremos disculpa, pues esos hombres van a hacernos mucha falta, ya que no somos tan numerosos. Nosotros nos asfixiamos en una Europa en que la personalidad humana es degradada cada día más. Por cada hombre libre que cae nacen diez esclavos y el porvenir se ensombrece un poco más; ese porvenir que debemos garantizar porque es la vida humana y sus posibilidades de grandeza. Y el grito que provoca en nosotros esas matanzas, multiplicadas, es una protesta indignada contra la destrucción sistemática de unos valores, cuya existencia salva todavía a este mundo del deshonor. Se ha podido decir que el pueblo español representaba la aristocracia de Europa. ¿Quién dudará de ello al contemplar todo lo que nos rodea? Por desgracia esta aristocracia es hoy la sacrificada. Es una élite que se extermina y que tenemos necesidad que viva para que nos ayude a vivir. Por ello hay que actuar con urgencia, pues cada día y cada hora cuenta para todos.

Que cada uno de ustedes haga lo que pueda. No nos durmamos en la melancolía y en el desaliento fácil. No nos consideremos simplemente mártires con el sacrificio de los otros. No cedamos a la tentación de pensar que ese martirio no será inútil, pues si ese martirio sólo puede contar para ser útil con la memoria de los hombres sacrificados, hay el peligro de que sea inútil. Hay tantas víctimas hoy de todos los horizontes, que la memoria no puede retenerlas todas. No hay necesidad de la muerte de esos hombres. Sus vidas nos son necesarias. No les dejemos morir. El ejemplo de esos hombres no es tan seguro, en tanto que sus vidas son seguras, el calor de su sangre, su orgullo de hombres libres. Es todo ello que debemos guardar entre nosotros. Pero para lograrlo hay que arrancar esos hombres a los verdugos, a las misas de sangre, a los cálculos irrisorios de las cancillerías, a los jefes de Estado que saludan a los presidentes demócratas, después de haber decorado a los dueños de la Gestapo. Hay que arrancarlos sobre todo a la indiferencia del mundo. Por cada hombre libre que salvemos, diez futuros esclavos desaparecen y un futuro favorable es todavía posible. Ese es el sentido de nuestra acción esta noche: frente a los verdugos de España, y frente a todas las tiranías. Ese es el significado de nuestra esperanza.

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